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Reflexiones

17 enero, 2020

Inteligencia no es sabiduría

¿Cuál es la diferencia entre una y otra? ¿Por qué una persona inteligente no necesariamente es una persona sabia? Y, más importante aún, ¿cuáles son los límites que nos acechan en la búsqueda de una comprensión mayor del mundo y de la vida?


Por Sergio Sinay

Se suele definir a la inteligencia como la capacidad o facultad de entender, razonar, saber, aprender y resolver problemas. Pero eso no agota la incógnita: ¿qué es, en verdad, la inteligencia?

Comúnmente se la confunde con conocimiento o se da por sentado que las personas “inteligentes” son también sabias. ¿Pero de qué inteligencia hablamos? Un cuarto de siglo atrás el divulgador científico Daniel Goleman popularizó la categoría “inteligencia emocional” para definir la capacidad de entender las propias emociones, gestionarlas con eficiencia y comprender las emociones de los demás. El psicólogo Howard Gardner definió las inteligencias múltiples, entre las que describió a la lingüística-verbal, la lógica-matemática, la espacial, la musical, la física-cinestésica, la intrapersonal, la interpersonal y la naturalista.

La multiplicidad establecida por Gardner ha llegado a incluir también a la inteligencia existencial, la creativa y la colaborativa. Si se lee con atención la lista de categorías es posible deducir que las “inteligencias” que estas describen son aquellos atributos que en otro tiempo solían definirse como dones. A su vez, se entiende el don como una inclinación o disposición natural de la persona hacia cierta actividad. Es más que una habilidad, ya que mientras esta se adquiere o entrena, el don es congénito.

¿Ocurre lo mismo con la inteligencia? ¿Se “es” inteligente? ¿Se nace así? Si se naciera inteligente, no habría mérito en serlo. Sería una simple cuestión de suerte. Toca o no toca. Las corrientes deterministas, para las cuales somos criaturas sometidas a programaciones biológicas, psíquicas o incluso divinas (seres que pretenden ejercer el libre albedrío pero carecen en realidad de él), podrían abonar la idea de la inteligencia “natural”. Pero entonces nada habría que reprocharles a los “tontos”, puesto que ellos no podrían ser más que eso. Tontos.

Los caminos del pensamiento

El problema con el determinismo es que da por tierra con dos nociones esenciales de la existencia humana. La libertad y la responsabilidad. ¿Cómo responder por las consecuencias de una acción que no pude elegir (aunque parezca que sí) y que es producto de mi programación genética? Y otro problema del determinismo es que fomenta la creencia de que se puede llegar a entender las leyes de todo cuanto ocurre en nosotros y en el mundo. De que se le pueden extraer todos sus secretos al cerebro, al organismo y a la naturaleza.

En su libro Y seréis como dioses el gran psicólogo y filósofo humanista alemán Erich Fromm (1900-1980) había advertido sobre esta pretensión humana de eliminar los misterios, de controlarlo todo y de actuar como creadores del universo y no como una parte de esa creación. Producto de esa soberbia (pecado que los griegos antiguos llaman hubrys y que, como lo cuenta la mitología y lo demuestra la vida, los dioses suelen castigar) es el más reciente juguete que apasiona a buena parte de los humanos. La inteligencia artificial. La más novedosa de las categorizaciones de la inteligencia.

Aun la inteligencia artificial es creada por una mente humana (Foto: Pexels).

Esta sería una capacidad otorgada a las máquinas y computadoras para que actúen y “piensen” según los patrones humanos. Eso les permitiría desarrollar con extrema eficiencia muchas tareas que hoy están a cargo de personas, lo que redundaría en ganancia de tiempo y dinero. Los fanáticos tecnológicos creen que con la inteligencia artificial se inició la era del post humanismo. Gracias a la inteligencia artificial se llegarían a erradicar enfermedades, cada una de los órganos o miembros enfermos de nuestro organismo podría ser remplazado por otro, creado gracias a esa inteligencia, y un día, quizás inmortales, ya no sabríamos quiénes somos, si aquel humano único, irremplazable e intransferible que nació un día, o la máquina en que otras máquinas nos convirtieron. Tampoco sabríamos, convertidos en máquinas, para qué vivimos.

Inteligencia creadora

Mientras surgen estas y otras dudas existenciales, lo cierto es que ya muchos empleos y puestos de trabajo desaparecen eliminados por la inteligencia artificial y, aunque los feligreses de esta nueva religión tecnocrática aseguran que se crearán nuevos puestos y especialidades, lo cierto es que conocemos los que se pierden, pero los que se ganan son por ahora descripciones ficcionales. Y cuando se convierten en realidad no reparan el daño creado.

Las empresas del mundo digital, donde se pergeña la inteligencia artificial, emplean hoy menos del 10% de las personas que obtenían trabajo hace dos décadas en la industria automovilística, por poner un ejemplo, según muestran los investigadores Nicolás Berggruen y Nathan Gardels en su libro Gobernanza inteligente para el siglo XXI. La inteligencia humana que llevó a crear la inteligencia artificial podría no estar resultando tan inteligente.

Este es uno de los motivos por los cuales no habría que confundir inteligencia con sabiduría, aunque las máquinas y los robots dotados de inteligencia artificial lleguen a desarrollar tantas habilidades como un humano y a incorporar en sus circuitos tanta información como no cabe en el cerebro de un mortal. Aunque sean capaces de “razonar” y resolver tantos problemas como sus algoritmos les permitan.

En su libro Breves respuestas a las grandes preguntas, el físico inglés Stephen Hawking (1942-2018) advierte: “La inteligencia artificial se perfeccionaría y se rediseñaría a sí misma a un ritmo cada vez mayor. Los humanos, que estamos limitados por la lenta evolución biológica, no podríamos competir con ella y seríamos superados. En el futuro, la IA podría desarrollar una voluntad propia, en conflicto con la nuestra”. Este tema se desarrolla de manera apasionante en la más reciente novela del gran escritor inglés Ian McEwan, titulada Máquinas como yo.

Como ocurría con la criatura concebida por el científico Víktor Frankenstein en la genial y visionaria novela de Mary Shelley (1797-1851) titulada Frankenstein o el moderno Prometeo, toqueteando los resortes misteriosos de la creación, los humanos podríamos estar generando nuestro propio infierno al pretender ser como dioses.

Pareciera que, a veces, el desarrollo de la inteligencia va en desmedro del de la sabiduría.

No todas las personas inteligentes son sabias. Alguien puede ser muy inteligente y no ser sabio”, decía hace una década el profesor Dilip V. Jeste, de la Universidad de California en San Diego. Conductor de un estudio sobre las bases de la sabiduría, Jeste concluyó que esta tiene atributos que le son propios y que no comparte con la inteligencia: conocimiento general de la vida, regulación emocional, auto-conocimiento, capacidad de ayudar a otros, capacidad de tomar decisiones, tolerancia de valores diferentes. Se podría agregar que sabiduría es el modo en que se procesan y comprenden los acontecimientos de la propia vida para explorar en ellos el sentido de nuestra existencia.

Eso es, en otras palabras, la espiritualidad, algo fuera del alcance de las máquinas. Puede haber inteligencia artificial, pero no sabiduría ni espiritualidad artificial. Y esa es la gran diferencia.

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