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Punto de Vista

26 mayo, 2010 | Por

Inmunidad o comunidad

Con motivo del bicentenario de la Revolución de Mayo, una reflexión sobre la deuda pendiente que los argentinos tenemos con nuestra patria: conformar una comunidad con un objetivo común. Solo a partir de esta unión y de un proyecto para recuperar los valores que enarbolaron aquellos hombres en 1810 podremos construir un país mejor para todos.


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Desde diciembre, cuando se desató la crisis por el uso de las reservas del Banco Central, el país ha entrado en una nube que oscurece y paraliza todo, como la del reciente volcán de Islandia. La sistemática confrontación entre los políticos –agravios y acusaciones incluidos–, que consiguió frenar la actividad legislativa, ha generado un clima de confusión y desánimo muy poco acorde con la celebración del Bicentenario. Hoy, como un fantasma recurrente, la unidad nacional y la cohesión social están al borde del quiebre, mientras cunde un sentimiento de crispación cuando no de escepticismo.

La Argentina hoy no tiene demasiado para festejar: casi la mitad de sus habitantes está sumida en la pobreza, la educación y la salud públicas están en constante decadencia, y las instituciones políticas se muestran impotentes para resolver graves problemas, como la desnutrición infantil, la deserción escolar, la inequidad social, el desempleo estructural, la corrupción endémica, la inflación, el aumento del narcotráfico, la inseguridad y la violencia urbanas.

Admito que en este clima enrarecido me costaba encontrar razones para celebrar el próximo 25 de Mayo. Si hoy los argentinos tuviéramos la oportunidad de sentarnos a conversar con los “padres de la patria”, los miembros de la famosa Primera Junta, o aun con los próceres posteriores, esos que nombran nuestras calles y con los que nos llenamos la boca en los discursos, ¿qué podríamos mostrarles que hicimos de sus ideales de la Revolución de Mayo? ¿Qué del legado de valores a los que ellos consagraron sus vidas y que quedó plasmado unos años después en el Preámbulo de nuestra Constitución? ¿Qué tan exitosa fue nuestra gestión para alcanzar los objetivos de “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior”? ¿Qué verdaderos “laureles supimos conseguir” nosotros en los últimos ochenta años, para mirarlos a la cara sin sentir vergüenza?

Me dio tristeza y cierta bronca. Porque doscientos años no se cumplen todos los días. Y no quería perderme la fiesta. Quería encontrar razones para la esperanza, para poder alegrarme, pese a todo…

Una deuda en común

Necesitaba abrir mi alma, escuchar otras campanas. Por eso, a pesar del cansancio, junté fuerzas para ir a escuchar la disertación de la profesora Claudia Romero¹ en la Universidad Di Tella. El tema era conocido: la importancia de la educación como medio para cambiar la sociedad. Pero su planteo fue diferente y escucharla valió ampliamente el esfuerzo.

La doctora Romero habló como en general hablan las mujeres: simple, corto, preciso y coloquial. Pocas cifras y varios ejemplos, contundentes. Su tesis era demostrar que la educación no puede ser responsabilidad únicamente del gobierno y tampoco del Estado, sino de todos los argentinos, sencillamente porque de ella depende la salud de nuestra sociedad, nuestra calidad de vida y hasta el valor de nuestros bienes. Contó un caso esclarecedor. Cuando por trabajo se mudó a un pequeño pueblo de los Estados Unidos, tuvo que alquilar una casa para ella y su familia. Se encontró con que distintas casas de dimensiones y categorías parecidas, y en barrios equivalentes, diferían enormemente en el valor del alquiler. La explicación no tardó en llegar: lo que fijaba el precio de las casas era el nivel académico de la escuela del barrio, porque eso determinaba la demanda de viviendas. Por esa razón, todos los habitantes del barrio, con o sin hijos escolarizados, apoyaban a su escuela.

Romero habló también de las políticas de Estado e insistió en que no era sólo una cuestión de plata. A pesar del aumento del presupuesto de educación de los últimos años, las evaluaciones de rendimiento de alumnos de quince años, comparadas con las de otros países, confirman la decadencia de la escuela argentina. Según el informe PISA² de 2006, nuestro país ocupa el puesto 53 sobre 57. Y para rematar su tesis de la responsabilidad de todos, sobre el final, ella disparó citando al filósofo Roberto Esposito.

Según el pensador italiano, el término comunidad ha sido erróneamente entendido como aquellos atributos o posesiones que los miembros de un grupo tienen en común –los territorios, la etnia, la lengua, etcétera–, aunque según la etimología de la palabra latina communitas, lo que constituye una comunidad es todo aquello que aún debe ser hecho e incluso aquello que debe ser donado. No es lo que tenemos, sino lo que nos falta realizar: una tarea, un deber, una obligación de dar, una deuda en común.

Por esto mismo, dice Esposito: “… si la communitas es aquello que liga a sus miembros en una voluntad de donación hacia el otro, la inmunitas es, por el contrario, aquello que exonera de tal obligación o alivia de semejante carga”.³ Algo similar a la inmunidad jurídica, que nos sustrae a las generalidades de la ley, o también a la inmunidad física, cuando estamos protegidos frente a una enfermedad. Y el autor advierte sobre el peligro de un exceso de inmunidad del individuo, que amenaza su existencia individual y colectiva.

Pertenecer tiene sus obligaciones

Me abrió la cabeza, porque me dio vuelta el concepto de comunidad que yo tenía. Para pertenecer a una comunidad es necesario proyectarse fuera de uno mismo, hacia el otro, salir de la cómoda situación de inmunidad, para involucrarse en una tarea común, en un servicio a los demás. Y me quedó más claro. Después de doscientos años, los argentinos no hemos constituido una verdadera comunidad, porque no estamos compartiendo entre todos la tarea que debe ser hecha, “la deuda en común”, que es nada menos que la de construir la nación que fundaron nuestros patriotas de Mayo. La mayoría nos sentimos inmunes a un proyecto de país, a toda carga pública; ajenos al bien común. Todo eso es tarea de otros, del Estado, del gobierno o de los partidos. Delegamos infantilmente nuestro destino de nación en los políticos –siempre con perfil paternalista mesiánico–, para dedicarnos a nuestras actividades privadas. Todo lo público –la plaza, la escuela, el hospital, el centro vecinal– es de nadie, en lugar de ser de todos. Cíclicamente descubrimos un nuevo fracaso; entonces, nos enojamos, salimos a la calle y pedimos “que se vayan todos”. Siempre la culpa está afuera. No crecemos porque no nos hacemos cargo. Y si lo hacemos, por ejemplo en una ONG, lo hacemos solos, separados del Estado, en compartimentos estancos. Por eso también los políticos manejan la cosa pública con rasgos autoritarios y dejos de inmunidad, separados del pueblo, como si gobernar y construir el país fuera una tarea que les incumbe sólo a ellos y de la que el resto de los argentinos estamos exonerados de participar, salvo para votarlos.

Me volvió la esperanza y ahora sí pienso festejar. Estoy convencida de que se puede aprender del dolor y de los fracasos y corregir nuestros errores. El Bicentenario puede ser un excelente momento de reflexión conjunta, entre ciudadanos y políticos, para hacer la autocrítica y para cambiar. Empezar el tercer centenario como si fuera otra vez el primero, recuperando la mística y la visión audaz de los hombres y mujeres de Mayo, para abocarnos a la tarea común de construir un país mejor, entre todos y para todos. Y así empezar a saldar la deuda. No la de los acreedores financieros, los holdouts, sino la que todos los argentinos tenemos con la patria. Justamente esa “deuda en común” que nos constituye en comunidad desde aquel lluvioso 25 de mayo de 1810.

¹Doctora en Educación por la Universidad Complutense de Madrid.

²Informe PISA – Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE.

³Roberto Esposito, Comunidad, inmunidad y biopolítica, Herder, 2009.

ETIQUETAS compromiso educación obligaciones

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