Inés Weinberg de Roca: «Ningún hombre puede ser elegido para la Corte Suprema si las mujeres no lo votan» - Sophia Online

Justicia

Inés Weinberg de Roca: «Ningún hombre puede ser elegido para la Corte Suprema si las mujeres no lo votan»

En una semana clave para la Justicia de nuestro país, hablamos con la jueza Inés Weinberg de Roca, quien subrayó la necesidad de que una mujer integre la Corte Suprema.

POR María Eugenia Sidoti
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Fotos: Clara Gabrielli

“Desde la adolescencia supe que mi vocación era ser jueza”, dice la doctora Inés Weinberg de Roca (75) en su despacho del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, al que preside desde 2018. A su alrededor hay fotos, libros, distinciones y diplomas del recorrido que la llevó a cumplir ese deseo temprano y que le costó tiempo y esfuerzo. “Fui abogada durante muchos años y ejercí la profesión y la docencia pensando que algún día lo iba a lograr. Sabía que no iba a ser fácil, pero seguí perseverando”. Darse por vencida no era una opción: inspirada por el deseo incumplido de su abuela de estudiar Derecho —a quien no le permitieron ingresar a la carrera por ser mujer, en la Berlín del 1900— sintió que debía hacer el camino con responsabilidad. “Hubo algo de mandato y también de reparación”, reconoce. Su madre marcó otra profunda huella en su sentido de la Justicia: huyó del nazismo junto a su familia cuando tenía seis años, sin documentación y sin estudios, y fue despojada de su nacionalidad.

Fue en 1993 que Inés Weinberg llegó a su primer cargo como jueza civil de primera instancia. Un lugar que le permitió ver cómo la Justicia puede impactar en la realidad de la gente. “Sentí que podía hacer una diferencia en la vida de las personas, que con mis fallos tenía incidencia en lo cotidiano, los ayudaba a resolver sus problemas”, detalla. De aquella época recuerda en especial un caso: “Tenía que conciliar una cuestión de bienes entre una madre y sus hijos, y uno de los hijos le contestó muy mal a su mamá. Ella me dijo: ‘¿Se da cuenta, doctora? ¡Qué difícil lo mío!’. Y yo dije: ‘Realmente me preocuparía mucho que un hijo pensara así de mí’. En ese momento, de repente se transformó el ambiente y por fin llegaron a un acuerdo: cada uno pudo verlo desde una perspectiva nueva, lograron ponerse en el lugar del otro. Acercar las distancias, eso es lo que puede hacer en gran medida la Justicia”. 

—¿Fue difícil la carrera judicial siendo mujer? 

—Lo más difícil fue encontrar la manera de ser postulada como juez, porque la que elige es la política. No creo que haya un problema de género en primera ni en segunda instancia. El problema de género parece estar en la Corte Suprema de Justicia y en los ministerios públicos. En toda la República Argentina no hay un solo fiscal general que no sea hombre. Desde la Procuración General de la Nación, donde mi postulación a ocupar ese cargo no prosperó, hasta todos los fiscales generales de las 24 jurisdicciones de nuestro país, todos lo son.

—La cifra indica que solo el 33.8% de los altos cargos de tribunales son ocupados por mujeres. ¿Cuál es la razón?

—Es que las mujeres somos muy flojas, te diría. Me refiero a que no somos lo suficientemente solidarias entre nosotras. No podemos esperar que los hombres se encarguen de que ocupemos los lugares que pretendemos ocupar. Ningún hombre puede ser elegido para la Corte Suprema si las senadoras no lo votan. Para que cualquiera de estos candidatos obtengan los dos tercios de los votos del Senado, tienen que elegirlos mujeres. Entonces, yo creo que el problema es que no nos ayudamos suficientemente unas a otras. Después de todos los cupos que se han establecido, ya no debería ser necesaria una ley para que ocupemos el lugar que nos corresponde. ¿Cómo no podemos imponernos nosotras, si somos el 52% de la población? Mi llamado es a que nos apoyemos entre todas para llegar adonde nos merecemos. 

—En el caso de la Corte, por ejemplo, lo razonable sería que si se fue una mujer el cargo lo ocupe otra mujer, ¿verdad? 

—Pero claro que es razonable, porque además la Corte tiene que representar a la sociedad. Y no es una sociedad de solo hombres. Que no haya mujeres en la Corte Suprema es atrasar. 

—¿Designar a un varón en el cargo que dejó vacante la doctora Elena Highton de Nolasco significaría un déficit democrático? 

—No creo que podamos llamarlo una deficiencia democrática, porque se están siguiendo los procedimientos necesarios. Pero sí implica una no representación de la realidad. Y yo creo que cuando las instituciones no representan la realidad, pierden credibilidad y también pierden fuerza.

—¿Y qué pasa cuando un poder como el judicial pierde credibilidad? 

—Cuando eso ocurre, estamos hablando de una sociedad que no es sana. Perdemos salud como República. Porque una justicia que no es reconocida, no ofrece seguridad jurídica. Y para que una sociedad funcione uno tiene que saber qué esperar.

—¿Qué ocurre con el tejido social cuando la Justicia deja de ser creíble? 

—Cuando no se tiene seguridad jurídica no se crea empleo ni se hacen inversiones. Pero, por sobre todo, se impacta en la gente más pobre, porque las empresas, de alguna manera, pueden recurrir al arbitraje entre ellas. Cuando la Justicia pierde credibilidad, los que son poderosos van por otro lado para buscar las soluciones. Pero el hombre y la mujer común no pueden hacer lo mismo, es como cuando se enferman y tienen que recurrir al hospital público, porque no tienen acceso a la medicina privada. Es decir, las sociedades pueden recurrir al arbitraje, que es caro, pero puede ofrecerles garantías. Ahora bien, la persona de clase media o de clase baja, tiene que recurrir sí o sí a una Justicia que no ofrece confianza, y es grave.

—Pareciera existir una cierta distancia entre la Justicia y las personas. ¿Desde el Poder Judicial se siente de esa manera?

—Ejercí muchos años la profesión de abogada antes de ser juez y noté cómo se veía con desconfianza la figura del abogado. Son como mundos paralelos que se desconfían, porque no creen el uno en el otro y viceversa. Hoy estamos tratando de hacer que la distancia sea cada vez menor, que comprender el lenguaje de la Justicia sea más fácil. Queremos que nos entiendan.

—¿Antes no se quería eso? ¿Era una decisión que la Justicia no fuera cercana? 

—Es una buena pregunta, pero no lo sé. Tampoco sé si la Justicia incidía tanto en la vida diaria de todos nosotros como ahora. Creo que ahora está todo mucho más permeable. Hace cincuenta años la vida de uno podía transcurrir lejos de la justicia, salvo en el caso de un fallecimiento, que había que hacer una sucesión, o de tener algún problema, como por ejemplo una quiebra. No había un vínculo cotidiano, pero esto cambió. Cambió en distintos momentos, como por ejemplo con el corralito, cuando cada uno tuvo que salir corriendo con un amparo al juez más cercano para recuperar sus ahorros. Hoy nos atraviesa, cosa que antes no. 

—Volviendo al tema de la poca representación de mujeres en los cargos más altos de la Justicia. ¿Eso está cambiando? ¿Y qué pasa con los tribunales internacionales?

—A nivel internacional está cambiando y a nivel local, con los cupos, también ha cambiado. Lo que falta en la Argentina es un cupo para la Corte Suprema, pero sería deseable que no fuera necesario. En la Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires dice que los jueces del Tribunal Superior no pueden ser todos del mismo género. Creo que las únicas dos jurisdicciones donde hay mayoría de mujeres son la Ciudad de Buenos Aires y la provincia de Santa Cruz. En todas las demás hay o paridad o más hombres que mujeres. Pero en ninguna ocurre lo que podría pasar con la Corte Suprema, donde si este escenario se mantiene no habrá ninguna mujer.

—En cuanto a la polémica candidatura del juez Ariel Lijo, ¿creés que es importante que estemos hablando de esto?

—Creo que es bueno hablar de todos los temas y no barrerlos debajo de la alfombra. Pero no quisiera hablar ni de Lijo ni del otro candidato, García-Mansilla, porque no pasa por ahí, no sé de sus méritos, no los conozco. Lo que sí pienso es que no tienen que nombrar a un hombre, porque una Corte Suprema que está integrada sólo por varones no es representativa de nuestra sociedad y de ese modo no puede tomar decisiones que la sociedad respete. 

—Una encuesta reciente del Foro de Estudios sobre la Administración de Justicia (FORES) señala que el 91% de los entrevistados percibía la justicia como “nada” o “poco confiable”. ¿Qué te hace sentir eso?

—Es que no es confiable una Justicia en la que no nos sentimos representados. La gente tiene una idea de cómo debe ser un juez, y la política tiene la obligación de proponer candidatos honorables. Además, la Justicia debe ser independiente. Acá se confunde mucho la independencia con no pertenecer a un partido político. En Alemania los jueces pertenecen a partidos políticos y me parece que no está mal, porque cada uno tiene su corazoncito, su afinidad, ninguno de nosotros está tallado en una piedra. Pero, sin perjuicio de eso, poder pensar de una manera independiente, es decir, no sentirse presionado por personas ni por grupos de pertenencia. 

—¿Y por qué da la sensación de que esa independencia cuesta tanto?

—Creo que la mayoría de los jueces son buenos jueces. Lo que pasa es que hay algunas malas designaciones que contaminan, porque lo que no hace la política es, a la mala designación, terminar de removerla. Hubo un período en que el Consejo de la Magistratura y el Tribunal de Enjuiciamiento de Magistrados funcionaba bien. Uno acusaba, el otro removía y se terminaba el tema. Pero en los últimos años ha habido acusaciones y después no ha habido juicios, ni para absolver, ni para remover. Entonces queda la mancha, que es malo para tanto para la sociedad como para el juez. El juez debe ser removido o confirmado, pero no puede quedar en un limbo.

—¿Qué pasa cuando el Poder Ejecutivo intenta intervenir en el Poder Judicial, como ocurrió en Venezuela?

—Eso pasa en todas partes del mundo, sobre todo en los gobiernos más autoritarios. Los poderes ejecutivos intentan inmiscuirse en la Justicia de su país. Acaba de pasar en Polonia, Donald Trump lo hizo también. El tema es que un intento es una cosa y que prospere es otra muy distinta.

—¿De qué depende que no prospere?

—Del estado de salud que tenga la sociedad. Tenemos que hablar más de esto y tenemos que ocuparnos más. Se trata de hacer el suficiente ruido. La Justicia es un ámbito cerrado y no podemos salir del expediente, porque si no terminamos inmiscuyéndose en los otros poderes, cuando no tenemos iniciativa ejecutiva ni legislativa. Pero siempre podemos escuchar a la ciudadanía a través de los amparos, de los juicios. Ese es el ámbito. 

—Otro tema que está dando vueltas es la denuncia contra el expresidente Alberto Fernández, donde se lo acusa de violencia de género. ¿También creés que es bueno que hablemos de eso?

—Me excede el tema y me excede también la difusión mediática que se le está dando, parece la única preocupación de la Argentina. ¿En nuestro país no pasa nada, salvo eso? Lo que siento que debemos preguntarnos es por qué llegamos al punto de que nuestros expresidentes de una manera u otra terminan acusados, procesados. Eso es preocupante.

—¿Eso debe llevarnos a un cuestionamiento como sociedad?

—Absolutamente. Reflexionar sobre las decisiones que tomamos, por qué elegimos de la manera en que lo hacemos. Hubo un momento en el que comenzaron a destaparse las causas de corrupción en nuestro país, algo que marcó un antes y un después en la Argentina, pero a la hora del voto ese cambio no se vio, no nos hicimos las preguntas correctas. 

—¿Pensás que podemos tener una mirada esperanzada, a pesar de todo?

—Sí, y sería bueno terminar esta charla esperanzadamente, porque creo que somos una sociedad sana. De hecho, no estamos en la situación de Venezuela, habiendo podido estar en una condición similar. Lo que me parece es que no estamos del todo alertas como para evitar algunas situaciones, pero que sí somos lo suficientemente sanos como para no enfermarnos, porque todavía somos capaces de ver el peligro y capearlo.

—Hay una frase que circula mucho, que dice “la República está en peligro”. ¿Sentís que es así?

—Creo que la República siempre está en peligro, en todas partes. Pero hasta ahora la Argentina ha tenido suficientes anticuerpos. Sin embargo, en una sociedad con indigencia y sin educación pública, esos anticuerpos pueden bajar rápidamente. Antes teníamos dos maneras de integrar a la población, que era a través de la escuela pública y del servicio militar obligatorio. Los dos han desaparecido. Ya no hay una escuela pública de excelencia que integre a toda la ciudadanía, porque los que pueden optan por la educación privada y la estructura social se va desintegrando, se crean diferencias sociales, nacen las castas. Este fue uno de los grandes problemas que nos dejó el menemismo, al que el presidente actual toma como guía: destruyó muchas estructuras, y una de ellas fue la Justicia. Con Carlos Menem, para mí, nació el desprestigio judicial.

—¿Te gustaría dejarnos alguna reflexión final?

—Yo trato de no decirle nada a nadie, solo intento vivir honorablemente mi vida. No tengo una receta ni una bola de cristal. Pero estoy esperanzada, porque esta propuesta de que dos hombres lleguen a la Corte Suprema por lo menos ha generado reacciones, más allá de que luego sean o no votados. Creo que es sano exigirle a la Justicia y a los otros dos poderes del Estado. Y no tener que ir siempre “a lo argentino”, remando en dulce de leche.

—Por último, hay una frase que compartiste y que dice “El miedo al otro nos deshumaniza”. ¿Lo que nos pasa tiene que ver con ese desencuentro?

—Todo lo que nos pasa es por lo mismo, porque no tenemos lugares donde estemos todos juntos, integrados. El único momento donde nos sentimos como ciudadanos de un mismo país es el día de las elecciones, cuando vamos a las urnas, o cuando festejamos la Copa del Mundo y usamos la misma camiseta. Sólo entonces nos sentimos juntos, iguales. En ese sentido, fue un error que hayan desaparecido los actos, los rituales colectivos, sería importante recuperarlos. Porque sentirse parte de algo es lo que da el espíritu a una sociedad.

La Doctora Inés Weinberg de Roca nació en la Ciudad de Buenos Aires y es la primera generación argentina de padres alemanes, deportados durante el nazismo. Estudió Derecho de la UBA, donde obtuvo su título de abogada en julio de 1971 y se doctoró en la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente preside del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su férrea vocación la condujo a tener voz propia en tribunales dominados por hombres, que aún continúan siendo mayoría en el exclusivo territorio de la justicia internacional.

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