Sophia - Despliega el Alma

En tiempos remotos, la luna fue concebida como símbolo de lo sagrado femenino y representó para la humanidad una metáfora del nacimiento, la muerte y la renovación.

Hoy, cuando alzamos la vista a la inmensidad de la noche, algunos tal vez veamos maravillados lo que la ciencia nos enseñó, que esa esfera brillante es un satélite natural de la Tierra que nos alumbra en la oscuridad gracias a la luz que recibe del sol. O tal vez la observemos y repasemos en la memoria ese día de 1969, la familia reunida frente al televisor, mirando con asombro cómo un hombre vestido de astronauta lograba pisarla por primera vez y dejaba una huella en la historia de las proezas humanas. Algunos quizás la miran con el anhelo de que el empresario Elon Musk avance en sus desarrollos espaciales e imaginan tocarla en un futuro cercano con sus propios pies. Los románticos a lo mejor suspiran por amor, correspondido o no, al descansar bajo su aura. Seguramente están también quienes la contemplen y dejen que su fuerza gravitatoria se lleve sus penas, o simplemente se entreguen a la ensoñación, mientras ella acompaña con su movimiento constante y regular.

Pero hubo un tiempo en que la humanidad veía en ella otra cosa: el símbolo de la Gran Madre, la dimensión sagrada de la vida y su ciclo de nacimiento, muerte y renovación. No hay registros escritos de aquellos tiempos del paleolítico y del neolítico, porque por entonces aún no se había inventado la escritura. Las historias se contaban alrededor del fuego y se transmitían oralmente de generación en generación. Pero sí hay estatuillas, figuras moldeadas o pequeñas esculturas que lo prueban y que permitieron a los arqueólogos, antropólogos e historiadores de la religión comprobar que, en un tiempo remoto, hace miles de años, la humanidad no tenía dioses, sino diosas. Un tiempo en que lo sagrado no se escribía con palabras pero se pronunciaba en femenino. Y el mayor símbolo de esa diosa era la luna  

“La luna, al igual que la totalidad de la naturaleza, se experimentaba como la diosa madre”, escriben en su libro El mito de la Diosa (Siruela, 2015) las autoras Anne Baring y Jules Cashford . Según explican, la luna creciente era la joven, la doncella; la luna llena, la mujer embarazada, la madre; la luna nueva, la anciana sabia. “En todas las mitologías hasta la Edad de Hierro (1250 años a.C.) se percibía la luna, gran luz brillando en la oscuridad de la noche, como una de las imágenes supremas de la diosa, el poder unificador de la madre de todo”, dicen, y agregan: “Gobernaba la fecundidad de la mujer, las aguas del mar y todas las fases de crecimiento y decrecimiento. Las estaciones se sucedían en secuencias, al igual que las fases de la luna”.

La luna menguante y la luna creciente, dice Anne Baring en su otro libro,  The Dream of the Cosmos, nos dieron a los humanos una imagen de la vida como cambio, un patrón cíclico de muerte y regeneración. “Hoy, cuando miramos hacia el cielo en una noche de aire limpio, estamos conectados a las innumerables generaciones de personas que observaron el movimiento circumpolar de las estrellas y el curso cambiante pero estable de la luna. Durante decenas de miles de años, observamos la conexión entre el ritmo cíclico de las cuatro fases de la vida de la luna y el ritmo del crecimiento, maduración, muerte y regeneración en la vida de la Tierra y, a medida que la agricultura se desarrolló en la Era Neolítica, en los ciclos de los cultivos. Experimentamos las fases de nuestras propias vidas entretejidas en el ritmo y el tejido de esa vida mayor, así como la vida de la Tierra”, relata. Todo esto, dice Baring, tras miles y miles de años, hizo crecer entre los humanos la confianza en la supervivencia del alma y la renovación de la vida después de la aparente muerte.

“En el Neolítico, a medida que se desarrollaba la agricultura y la cría de animales, los ciclos de la luna se experimentaron en relación con el ciclo de los cultivos. Las fases de luz y oscuridad de la luna se reflejaron en las fases fértiles y estériles de las estaciones. La semilla invisible plantada en la oscuridad del útero de la Tierra se hizo visible como los brotes verdes de maíz y luego como la cosecha, transformada en alimento por el trabajo de hombres y mujeres. Todo lo que era de la Tierra, ya sea roca o manantial, árbol o fruta, grano o hierba, era sagrado porque era la vida de la Gran Madre, ofrecida para el alimento de sus hijos”, cuenta.

La regeneración de la luna y el poder de la mujer de llevar un niño en su cuerpo eran unidos en un símbolo complejo, y ellas, por entonces y hasta que se conoció el rol del hombre en la concepción de un bebé, eran concebidas como seres con poderes divinos

“Este patrón lunar que se repitió constantemente a través del tiempo habló a nuestra imaginación, dando lugar a los grandes mitos lunares que perduraron durante miles de años. Comenzamos a percibir el nacimiento y la muerte como un rito de paso para el alma mientras viajaba entre las dimensiones visibles e invisibles de la Gran Madre, un viaje que siguió un camino a través del laberinto de la Vía Láctea. Los antepasados no estaban perdidos para los vivos, sino que estaban cerca. En la cultura lunar no había una línea de demarcación final entre la vida y la muerte o entre la muerte y el renacimiento. La muerte era un rito de iniciación que conducía al renacimiento”.

Sabemos todo lo que sabemos de la luna gracias a los avances en el vasto y complejo universo de la ciencia, la astronomía y la física. A un click de distancia tenemos a la mano información sobre sus medidas, la distancia con nosotros, su temperatura, sus componentes y su relación con el resto de los planetas y los astros. Sabemos cuánto tarda en dar una vuelta alrededor de la Tierra y la velocidad a la que lo hace. También, que influye en nuestros ritmos biológicos de sueño y vigilia. Datos fácticos que, pese a su inmenso valor, no apaciguan aun la curiosidad y la fascinación que los humanos sentimos por ella. Menos aún, el misterio que la circunda y esa gran metáfora que supo ofrecernos hace tiempo y que nos urge recuperar: que la penumbra no es eterna y que nuestra vida terrestre se sucede entre días y noches, luz y oscuridad. Pero sobre todo, que la vida del alma permanece y que la muerte es un rito de pasaje a otra dimensión.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

MÁS IMÁGENES

Pinta tu mundo

Por Saype

Un artista francés crea obras visuales sobre césped con materiales 100% biodegradables. Con ellas, busca explorar las cuestiones humanas y hacernos reflexionar sobre la vida.

Mujeres: distintos retratos, un mismo espíritu

Por NATIONAL GEOGRAPHIC

La muestra Women. Poder Femenino en foco, reúne las mejores fotografías tomadas a mujeres a lo largo de la historia de la revista National Geographic.

La fragilidad de la belleza

Por Pedro Jarque Krebs

A través de imágenes de animales, el fotógrafo peruano Pedro Jarque busca iluminar su esencia y, a la vez, alertar sobre los peligros que enfrentan las distintas especies.