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IMAGENES | Por Anezka Kasparkova

El maravilloso legado de la abuela Agnes

30 noviembre, 2021

Pintó hasta los 90 años y logró convertir las paredes de Louka, un pueblo de República Checa, en una galería de arte a cielo abierto.

Anežka Kasparkova, más conocida como la abuela de Moravia, decidió hacer de la vejez su gran oportunidad para cumplir el sueño de pintar y embellecer así su pueblo.

Las fotos la muestran absorta en su tarea, con los ojos celestes fijos en el pincel empapado de pintura color azul ultramar. Pintó hasta partir, luego de cumplir 90 años, y jamás le tembló el pulso a la hora de ponerse en marcha con el proyecto de crear belleza a su alrededor. A mano alzada, la artista Anežka Kasparkova —más conocida como Agnes o incluso como «la abuela de Moravia»— fue delineando, poco a poco, sobre el fondo blanco de las paredes, flores, hojas y corazones para embellecer la fachada de distintas construcciones, entre ellas la emblemática capilla municipal de Louka, una localidad de Moravia Meridional, ubicada en República Checa. Todos llegaron a conocerla bien: allí nació y luego de pasar su vida trabajando en el campo familiar, descubrió su pasión por la pintura cuando se jubiló. Entonces no dudó en salir por las calles de la aldea para compartir su talento y llevar alegría a la vecindad sin esperar jamás una retribución más que el asombro.

La abuela de Moravia años atrás, pintando las paredes y las aberturas de la capilla municipal, cuyo campanario data de principios del siglo XVIII.

Los marcos de las puertas y de las ventanas tampoco escaparon a sus pinceladas. Era habitual verla en acción durante la primavera, por la mañana o después del almuerzo. Agachada, sentada, en cuclillas, sobre un andamio o un banco, se mantenía siempre en movimiento para no perder la cercanía con su obra. De tanto en tanto, alguien que pasaba y saludaba, lograba sacarla por un instante de esa especie de meditación en la que solía perderse durante horas, y entonces levantaba la vista y la mano por cortesía, para volver cuanto antes a continuar su creación.

Con zapatillas juveniles, jean, falda o calzas, un delantal y el pelo blanco al viento (o a veces envuelto en un pañuelo para que no le molestara al pintar), la abuela Agnes se convirtió en uno de los personajes fundamentales del paisaje local. Y también en la persona favorita de los más jóvenes, que tantas veces hacían un alto en su camino para mirarla con admiración. Convencida de que nunca es tarde para ir en busca de los sueños, por más locos que parezcan, esta mujer se resistió a pensar la vejez como un réquiem para la libertad. «Hago lo que me gusta», solía responder a quienes le preguntaban cuál era el secreto de su vida tan activa como longeva.

Con pequeños botes de pintura color azul ultramar, la artista pintó las paredes blancas de su pueblo con delicadeza y mucho amor.

Cuentan que su idea de embellecer Louka nació luego de una estadía en un pueblo polaco llamado Zalipie, donde todas las casas estaban decoradas con flores. Y que, eterna enamorada de los misterios del océano, eligió para su proyecto los colores del mar. Declarada personalidad destacada por el municipio, en cuyas redes sociales todavía suelen aparecer retratadas sus obras, partió en marzo 2018 dejando un hermoso legado que la alcaldesa, Anna Vašičová, se comprometió a conservar y, llegado el momento, a restaurar, de la mano de otras artistas mujeres.

Pincel en mano, Agnes pasó sus últimas primaveras encarnando el proyecto de embellecer todas las casas de su comunidad.

Para elegir los temas y la dinámica de trabajo, la abuela se dejaba llevar por la fantasía e improvisaba la mayor parte de los diseños una vez que comenzaba a pintar. «Voy creando lo que pienso y luego esas flores crecen», dijo con picardía en una entrevista en la que se mostró orgullosa de que se la retratara como «la artista del pueblo». Lo cierto es que en sus temáticas, más vigentes que nunca, predomina una geometría perfecta muy similar a la armonía de los mandalas. ¿Por qué eligió ese ritual? Nunca fue un misterio para nadie en ese lugar que, a través de las pinceladas de Agnes, se transformó en un paisaje mágico: «Amaba pintar y quiso ayudarnos a tener una vida mejor, más linda, más rica», la despidieron agradecidos sus vecinos.

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