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Reflexiones

13 abril, 2020

Humanos, ¿pero qué humanos?

Así como somos capaces de ser de ser empáticos y generosos, los seres humanos también podemos tener muchas veces actitudes perversas y egoístas. ¿Estamos eligiendo correctamente nuestras acciones diarias para convertirnos en aquellas personas que queremos ser?


Por Sergio Sinay

El ser humano no es ni bueno ni malo por naturaleza. Simplemente es, existe. Decía la filósofa alemana Hannah Arendt (1906-1975) que nacemos humanos, del mismo modo en que los perros nacen caninos, los gatos nacen felinos o los caballos nacen equinos, y debemos convertirnos en personas. Convertirnos en personas significa, desde mi punto de vista, desarrollar recursos propios, socializarse, ampliar la conciencia (esa herramienta poderosa y exclusiva de nuestra especie), comprender qué son los valores y convertirlos en modo de vida, reconocerse como parte de un todo, entender qué significa prójimo, aprender a convivir en la diferencia, saber que no se puede vivir sin el otro, porque es el otro quien nos da existencia al mirarnos, nombrarnos, escucharnos, preguntarnos, pedirnos, ofrecernos, acompañarnos.

No se nace personas. Cada uno debe construirse como persona.

En ese proceso de construcción los humanos contamos con un atributo que nos es propio y único. Un privilegio. El libre albedrío. La capacidad de elegir, de decidir. Aunque estamos sometidos a ciertos condicionamientos biológicos o psíquicos, no somos seres predeterminados. Elegimos. Y así vamos definiendo quienes somos. Lo hacemos bajo nuestra absoluta responsabilidad.

La libertad última

El coronavirus y la cuarentena pusieron sobre el tapete este aspecto de la condición humana. Nos confrontaron con aquello que el gran Víktor Frankl (1905-1997), médico, pensador, enorme sujeto moral, sostenía: “Nuestra más grande libertad es la libertad de escoger nuestra actitud. Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. En esa actitud el sufrimiento puede reducirse a un dolor inexplicable o convertirse en una fuente de sentido. La mayor parte de las situaciones que enfrentamos a lo largo de nuestra vida no han sido elegidas por nosotros (aunque cierta soberbia teñida de autosuficiencia nos haga creer a menudo lo contrario). Pero la que siempre es nuestra e intransferible es la actitud ante la situación. Frankl llamaba a esto “libertad última”, la libertad que nadie nos puede quitar, ni aun en la más extrema de las situaciones.

Que debamos construirnos como personas no significa que todos lleguen a serlo.

“En ese proceso de construcción los humanos contamos con un atributo que nos es propio y único. Un privilegio. El libre albedrío. La capacidad de elegir, de decidir. Aunque estamos sometidos a ciertos condicionamientos biológicos o psíquicos, no somos seres predeterminados. Elegimos. Y así vamos definiendo quienes somos. Lo hacemos bajo nuestra absoluta responsabilidad”.

Algunos, muchos, quedan simplemente en humanos. Y en lo humano entra todo. Lo perverso y lo sublime, la santidad y lo diabólico, la generosidad y la mezquindad, el egoísmo y el altruismo, la empatía y la indiferencia, la compasión y la perfidia, la bondad y la maldad, el amor y el odio. Estamos hechos de una materia prima que contiene todos esos ingredientes. Y mediante nuestras acciones, decisiones, elecciones, conductas, acciones y actitudes vamos definiendo cuáles nos constituyen.

La situación inédita que nos ha tocado vivir a los humanos de hoy (los de otras épocas han tenido sus propias circunstancias extremas, muchas de ellas peores que la nuestra), bien puede observarse como una radiografía de los individuos y de las sociedades. Quedan a la luz las elecciones de cada uno, y no se revelan a través de sus palabras, sino fundamentalmente de sus actitudes.

Hemos visto médicos y enfermeros trabajando a destajo con escasez de recursos, mal pagos como de costumbre, exponiéndose sin abandonar su puesto, al que bien podríamos llamar su misión. Hemos visto personas anónimas llevando alimento a mayores recluidos o haciéndoles las compras. Hemos visto a personal de geriátrico supliendo con amor y voluntad a hijos y nietos. Hemos visto vecinos solidarios. Hemos visto trabajadores de servicios esenciales que estuvieron cada día en su labor para que tuviéramos luz, agua, alimentos en los comercios. Ellos y otros parecían partes naturales de un paisaje, pero no lo eran. Eran presencias extraordinarias. Y, aunque no todos lo sepamos ni hayamos sido testigos, hubo incontables actos de amor, de compañía, de generosidad, de empatía, de comprensión, de aceptación, en hogares, en lugares de trabajo, en la calle, en los barrios. Los protagonistas de esos actos no estaban programados naturalmente para ello. Eligieron como actuar, tomaron decisiones en esa dirección. Podrían haber hecho lo contrario. Como humanos podían ir en una o en otra dirección.

La cara oscura

También eligieron y tomaron decisiones como humanos aquellos que discriminaron en los consorcios, en los barrios. Aquellos que delataron a otros por simple paranoia o sospecha. Aquellos que vaciaron góndolas sin pensar que dejaban a otros sin alimentos o sin elementos necesarios. Aquellos que amenazaron a médicos, enfermeros o personal de salud que vivían en sus edificios (como ocurrió en el conocido episodio de la calle Amenábar, de Buenos Aires, y en otros lugares) o los que, en Córdoba, amenazaron con quemarle la casa (con su mujer y sus hijos adentro) a un hombre que estaba enfermo y al que se acusó de portar el virus, pero fueron incapaces de pedir perdón (aunque lo imperdonable existe y esto lo es) cuando oficialmente se comprobó que sufría de úlcera.

Ninguno de ellos (y de tantos otros que no salieron en los medios, pero actuaron en igual dirección) pensó en ponerse los zapatos del otro, ninguno pensó “podría ser yo”, ninguno pensó que al día siguiente podría estar clamando por la presencia de ese médico, esa médica, o por la ayuda de ese vecino. Y su actitud fue humana, porque la monstruosidad es humana. Los monstruos que vemos en películas o sobre los que leemos novelas son ficciones. Los verdaderos monstruos, los reales, son humanos. Y suelen disfrazarse del ciudadano menos pensado.

“Esa minúscula e invisible cápsula de material genético llamada coronavirus puede impulsar cadenas de generosidad y amor, y cadenas de perversión y egoísmo. Y nos pregunta en cuál de esas cadenas elegimos ubicarnos como eslabones. La respuesta solo puede darla cada uno de nosotros. Y no se puede postergar, disimular ni trasladar. No hay forma de evadirla. Hagamos lo que hagamos, responderemos”.

La historia lo demuestra. La nuestra y la del mundo. Esa maldad elegida (porque se puede elegir actuar de la manera contraria, todos somos responsables de nuestras acciones) solo espera su oportunidad para emerger. No nace en un instante. Se va cultivando día a día, se riega con egoísmo, con miserabilidad, con indiferencia, con oportunismo en las acciones de cada día. Y llega un momento, una circunstancia, una situación extrema como la que a todos nos tocó en este caso, en que se manifiesta en toda su dimensión.

 Así, esa minúscula e invisible cápsula de material genético llamada coronavirus puede impulsar cadenas de generosidad y amor, y cadenas de perversión y egoísmo. Y nos pregunta en cuál de esas cadenas elegimos ubicarnos como eslabones. La respuesta solo puede darla cada uno de nosotros. Y no se puede postergar, disimular ni trasladar. No hay forma de evadirla. Hagamos lo que hagamos, responderemos. La respuesta dirá, entre otras cosas, si nos hemos consagrado como personas o si simplemente hemos quedado en humanos, un simple dato biológico. Y si de lo humano hemos escogido lo peor. Porque, volvamos a Frankl, siempre elegimos.

Somos todos humanos. Todos portadores del complejo bagaje de características humanas. Todos dotados de conciencia, no podemos escapar de ella. Todos somos seres que eligen. El coronavirus nos deja esta pregunta: ¿qué humanos elegimos ser? Nuestras actitudes responderán.

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