Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

18 noviembre, 2010

Hostilidad y hospitalidad


Por Marisa Mosto*

No estamos acostumbrados a dialogar. Nos alineamos dentro de un grupo, una ideología, un partido, o adoptamos una comprensión predigerida de la realidad que aprendimos de algún periodista, diario, o frecuencia de radio, y la esgrimimos como un escudo frente a “los otros” Es que de eso se trata. Se trata de “presentar batalla”.Cuando decidimos sentarnos a dialogar, lo hacemos con el mismo espíritu: abundan los discursos estratégicos o las negociaciones en las que intentamos llegar a un armisticio beneficioso.

Se pelea por delimitar el propio territorio, por neutralizar al enemigo. Son modos de desplegar el poder del ego (propio o colectivo) que son viejos como el hombre mismo (recuerden a los Montesco y los Capuleto). Obedecen a una tendencia ancestral y hasta biológica: la tendencia a entender la vida en términos de lucha, dominio y sometimiento, exacerbada por una cultura individualista y pragmática que sólo entiende la lógica del poder. Es un modo de relacionarnos desde la hostilidad. El ‘otro’, el que es distinto, el que piensa diferente es una figura temible. Amenaza con quitarme lo mío: mis ideas, mis valores, mi tradición, mi forma de vida. La hostilidad es hija del miedo, y el miedo, de la vulnerabilidad. La hostilidad genera un estado de guerra permanente que hace a la vida aún más pobre y vulnerable (recuerden el final de Romeo y Julieta).

La tendencia a la hostilidad aparece contrarrestada en innumerables culturas por el mandato de la hospitalidad. Los dioses le han ordenado al hombre de infinitas maneras que sea hospitalario, que reciba al extranjero, al otro, al que piensa distinto, al que habita en un territorio diferente. El mandato de la hospitalidad surge no sólo como una obligación, sino como una oportunidad trascendente, una oportunidad para enriquecer la vida en común.

Entre nosotros, por ejemplo, existe una leyenda misionera-guaraní sobre el origen de la yerba mate. Una jovencita y su padre alojan en su hogar a un viajero que se les revela como un enviado de la divinidad Tupá y les regala como ofrenda por su hospitalidad la planta de la yerba mate. El regalo de los dioses es, a la vez, una invitación a seguir siendo hospitalarios, porque la ronda del mate es también una figura de unión y hospitalidad.

El mandato de la hospitalidad esconde el secreto de la vida en común. La hospitalidad es hija de la confianza; y la confianza, de la certeza en que el camino a la vida es la fraternidad. La grandeza de una comunidad o de una nación radica en su capacidad de trascender la hostilidad hacia la hospitalidad, de salir de la lógica del poder sectorial para generar un nosotros capaz de emprender objetivos vitales comunes. Porque de eso se trata: de la vida en común.

*Doctora en Filosofía.

ETIQUETAS diálogo hospitalidad

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