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Historias de verano: ¿por qué volvemos a los mismos lugares?

Aunque los conozcamos en detalle y sepamos todo sobre ellos, aunque no ofrezcan escenas ni personajes nuevos, existen sitios que nos llaman a regresar, una y otra vez, para darle de beber al alma de su fuente de afectos, recuerdos y sensaciones.

Caballos pastando contra el cielo oscuro de tormenta, una escena de verano que se repite en la vida de una familia.

Por Luciana Tixi

Las vacaciones son una costumbre que podemos rastrear hasta la Antigüedad: los emperadores romanos viajaban a la isla de Capri para escapar del calor y las pestes de la capital del Imperio. Hasta bien entrado el siglo XX, el veraneo fue una costumbre reservada a las clases aristocráticas. El historiador Felipe Pigna contó en un programa de radio que en nuestro país, muchos próceres como Belgrano, Pueyrredón, Saavedra, y figuras como Mariquita Sánchez de Thompson, tenían sus quintas en las barrancas de San Isidro, donde disfrutaban de bañarse en el río. Hacia mediados de 1900, la posibilidad de vacacionar se democratizó y las clases trabajadoras pudieron acceder a este derecho de suspender la rutina para descansar.

Lo cierto es que las vacaciones son una pausa en la vida cotidiana que se hace necesaria y para muchos evoca un momento de felicidad, de vida ideal más conectada con la naturaleza, cercana a la infancia. Son muchos los que, desoyendo el consejo de Dalai Lama cuando sugiere “una vez al año, ve a algún lugar en el que no hayas estado antes”, eligen volver al mismo paisaje, con el que entablaron un vínculo especial y que recuerda una situación idílica ansiada durante el año.

¿Qué tienen estos lugares de veraneo que nos atraen a repetición? Si bien todos los paisajes tienen algún atractivo turístico, no es eso lo que nos devuelve como un hechizo a repetir las mismas rutinas de verano. Se trata más bien de los rituales que construimos, de las historias que nos contamos y que nos colman de pequeños momentos de plenitud.

Desde que tiene memoria, Dolores (43), veranea en el campo que su familia tiene en la Costa Atlántica, cerca del Faro Punta Médanos, en la provincia de Buenos Aires. Ese es el punto de encuentro de su extensa familia cada temporada estival. Hoy, ella lleva a sus hijos, como antes la llevaron a ella para que se reuniera con sus primos, tíos, y abuelos. “Para mí, y creo que para todos los que vamos, el campo es irremplazable. Apenas llego siento ese reposo que necesito después de un año de actividad, siento que literalmente me vuelve el alma al cuerpo”.

Un campo en la Costa Atlántica es el punto de encuentro de la familia de Dolores desde que era chica.

Dolores tuvo la suerte de viajar y conocer otros destinos turísticos, pero ninguno tan especial como el campo. “Me permite un descanso espiritual que no encuentro en otro lugar. Ahí puedo tomar distancia de mi día a día, abrir los ojos a la naturaleza”. El verano y el campo son el tiempo y el espacio donde Dolores se reúne con sus padres y hermanos, a los que no ve durante el año porque vive en Salta. “Siempre me gustó encontrarme con mi familia en una situación de disfrute para todos, en la que compartimos experiencias que van imprimiendo recuerdos y dejan testimonio de que estamos vivos”. Cuenta de cabalgatas de luna llena al borde del mar, cuenta de fogones y largas noches con juegos de mesa, de siestas en los días de calor. “Cuando uno va desde chico a un lugar, genera un vínculo de pertenencia. Ver crecer un árbol, proyectarse al futuro y verse en el pasado en ese mismo sitio es una experiencia mucho más rica que la de hacer turismo”.

De olores y paisajes, recuerdos y libertad

Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo solían veranear en Mar del Plata. El matrimonio de escritores argentinos tenía una casa justo frente a la de Victoria Ocampo, que se llamaba Villa Silvina y que habían comprado en un remate en 1942. Ahí pasaron los veranos durante más de treinta años. Cuenta Mariana Enríquez en su libro La hermana menor, un retrato de Silvina Ocampo, que allí Silvina tenía una habitación con un bow window donde había colocado una mesa para escribir. Muchos de sus cuentos fueron escritos en esos meses, y hay varios poemas inspirados en las flores que ella misma había elegido para su jardín. En esas playas, a las que Silvina iba por la mañana, también compartían tiempo con Jorge Luis Borges y otros artistas. Cuentan un episodio en la playa: Borges ya no veía y estaba mostrando sus partes íntimas hasta que Silvina le advirtió de esto a Bioy, Bioy tapó a su amigo, Borges se acomodó y siguió como si no pasara nada, haciendo un comentario con su particular sentido del humor.

Son estas anécdotas las que genera el veraneo. Esto es lo que más rescata Teresa (36) de sus días en el campo Santa Rita, ubicado en Salta. Allí, dice, logra desconectarse y se reencuentra con personas muy queridas. “De Santa Rita tengo muchos recuerdos de cabalgatas, de dormir en el medio del cerro. Es el lugar que elegí para casarme porque tiene un valor muy especial, por las personas a las que conocí”. Teresa está contando los días para tomar un respiro de Buenos Aires, donde vive, e ir al campo con sus tres hijos, que tienen entre siete años y 4 meses, llevarlos al río, a pescar o a visitar a algún vecino. Caballos pastando contra el cielo oscuro de tormenta, los chicos caminando en el barro, un grupo de adolescentes que charlan en lo alto de un cerro son las imágenes que guardan para Teresa una magia inexplicable.

Un campo ubicado en Salta reúne para Teresa memorias familiares y paisajes montañosos.

Otro escritor que solía evocar su lugar de verano es Jorge Luis Borges. Muchos de sus cuentos están inspirados en Adrogué, una localidad al sur de Buenos Aires, donde pasaba sus veranos en la infancia. “En cualquier lugar del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué”, supo decir. Allí aprendió a andar en bicicleta, salía a caminar con su papá, se perdía entre los árboles. Al principio la familia alquiló una quinta, La Rosalinda, después pasarón temporadas en el Hotel La Delicia, y cuando el padre murió, Leonor Acevedo, su mamá, compró un terreno e hizo una casa que hoy es un museo. “Porque Adrogué era eso entonces (no sé si ahora lo es): es un largo laberinto tranquilo, de quintas, un laberinto de vastas noches quietas«.

Quequén es una ciudad portuaria, vecina de Necochea. Mientras uno se baña en el mar puede ver los barcos enormes entrar del otro lado de la escollera para cargar granos. De esta ciudad, donde pasó todos los veranos de su infancia y adolescencia, Agustina se acuerda del olor a cereal de los silos cercanos, las tardes en la playa refugiados del viento en las carpas con sus padres y sus dos hermanos mayores, el frío del agua del mar. “Veranear es como vivir otra vida, es poner tu rutina de la ciudad en suspenso y cambiarla por una rutina más cerca de lo agreste, de la naturaleza”. Cuando eran chicos ir a Quequén era ganar una libertad que en la ciudad estaba vedada: “Estar ahí nos permitía movernos con mucha libertad, íbamos a la playa solos, al club de La Virazón, nos juntábamos con nuestros amigos del verano”. Como en el relato de Teresa, el veraneo evoca un espacio y un lugar donde nacen amistades intensas. Hoy con casi cuarenta años y un hijo de dos años, después de haber viajado por el mundo y aún teniendo ganas de conocer lugares nuevos, Agustina vuelve unos días en el verano a Quequén donde pasa tiempo con su mamá y sus hermanos que viven en el exterior, y repiten juntos las rutinas de antaño.

Hace más de tres décadas que Catalina, que hoy tiene sesenta y cinco años, veranea con su familia en una chacra en la Patagonia, al sur de la provincia de Chubut, entre la cordillera y el lago. “Nosotros somos animales de costumbre”, se ríe. “Mi marido ya no quiere viajar más, al único lugar al que quiere volver es a nuestra casa en el sur”. Cuenta que su marido y su hijo, que tiene cuarenta años y vive afuera con su familia, son apasionados por la pesca con mosca –siempre con devolución, aclara– y que este lugar es como el paraíso para ellos.

Aunque los conozcamos en detalle, aunque sepamos todo sobre ellos, aunque no ofrezcan escenas ni personajes nuevos, existen sitios que nos llaman a regresar, una y otra vez. Tal vez, para darle de beber al alma de su fuente de afectos, recuerdos y sensaciones.

La naturaleza de la Patagonia atrae a Catalina y a su marido desde siempre: allí encuentran refugio cada verano.

A Catalina le encantan las plantas: “Estar ahí con todas esas plantas nativas para mí es un programa en sí mismo”. Los chicos, dice, se sienten libres, juegan en el monte haciendo casitas, entre los senderos o a la orilla del lago. La vida en familia, las largas charlas que se arman en las noches a la luz de las estrellas, tomando un trago de Cointreau, son momentos que describe como muy cercanos a un viaje espiritual.Nos gusta quedarnos en familia, si bien tenemos algunos vecinos amigos, no necesitamos hacer sociales, no tenemos esa angustia por hacer programas. Con estar ahí cerca de la cordillera alcanza. Se crea una ambiente en el que todos abren su corazón”. Para Catalina el veraneo es un ritual de tranquilidad que la conecta con Dios y con lo sublime de su creación.

Son estas charlas, esas amistades, esas imágenes que se abren como un abanico de recuerdos que condensan sensaciones y emociones, momentos de la infancia, momentos de calidez y sintonía con la naturaleza y sus ritmos los que vuelven especial a los lugares. Es como decía Borges cuando hablaba de Adrogué: “De algún modo yo siempre estuve aquí, siempre estoy aquí. Los lugares se llevan, están en uno”.

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