Sophia - Despliega el Alma

14 agosto, 2014

Hay que aprender a tolerar el enojo de los hijos


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Maritchu Seitún es, sin duda, una de las referentes más conocidas en materia de crianza en la Argentina. Según su punto de vista,  es necesario que los padres recuperemos el timón para criar hijos más seguros y preparados para la vida. Por Isabel Martinez de Campos.

–¿Qué diferencia hay entre cómo criamos a nuestros hijos y cómo nos criaron nuestros padres?

–Muchos padres tratan de hacer lo contrario de lo que hicieron con ellos. Al haber tenido una crianza autoritaria, hoy son padres permisivos, desean ser amigos de sus hijos, y cuando eventualmente quieren poner alguna regla o límite, pasan largo rato intentando convencer a sus hijos de sus “buenas” razones para pedírselo. Algunos padres hoy no quieren que sus hijos sufran ni se frustren; los asusta que se enojen con ellos, pero todo esto los inhabilita para funcionar adecuadamente como padres.  Además, crían hijos débiles, porque lo que los hace fuertes son justamente los inevitables dolores, sufrimientos, frustraciones, esfuerzos y límites que pone la vida; y muchos padres hacen intentos enormes para que no los padezcan.

–Hoy en día decimos: “Me siento culpable porque trabajo, porque lo reté, porque me fui de viaje”. ¿La generación anterior era tan culposa?

–Las mujeres nos hemos hecho cargo desde hace miles de años del bienestar de nuestros hijos y de la familia, y todo aquello que no nos permita ofrecer ese bienestar nos hace sentir culpables. Por otro lado, la sociedad hoy nos pide que trabajemos y ayudemos al sostén económico del hogar; que estemos actualizadas sobre los temas del mundo, que tengamos participación política, que estemos en buen estado físico, incluso delgadas o sin arrugas. No es sencillo sostener tantas exigencias porque nuestro cerebro sigue teniendo el mandato inconsciente de ser sostenedoras del bienestar de nuestros hijos. Nuestras madres también sintieron culpas, y trataban de resolverlas comportándose como madres sacrificadas, abnegadas; esas son las imágenes que tenemos internalizadas, grabadas en nuestra conciencia moral, y nos llenan de culpa cuando elegimos no ser madres igualmente sacrificadas.

–Nuestras madres no parecían sentir tanta culpa.

–Es verdad, no se sentían tan culpables  por frustrar o poner límites a sus hijos. ¿La razón? Se sentían apoyadas por la sociedad en el objetivo de educar. Hoy, además, sentimos culpa –inoculada en buena parte por la sociedad de consumo– cuando les ponemos límites o no satisfacemos sus deseos, porque la sociedad también se ocupa de impulsarnos a consentirlos, de modo que sigan siendo “su majestad, el hijo”. No es sencillo salirse de ese mandato no explícito sino subliminal.

– Alguna vez usted dijo que los padres hoy confunden autoridad con autoritarismo. ¿Tienen miedo de ejercer autoridad? ¿Por qué?

–¡Yo digo eso a cada rato! Los padres actuales no quieren ser autoritarios y eso es bueno, porque al fin y al cabo un padre así es arbitrario, decide todo y no ayuda a sus hijos a que aprendan a pensar y resolver. Un progenitor con autoridad, en cambio, es aquel que ofrece a sus hijos una disciplina con sentido, les da la opción de ir aprendiendo a tomar decisiones, incluso a equivocarse –cuando esos errores no sean de alto riesgo– y hacerse cargo de esas equivocaciones. La buena autoridad, en síntesis, les enseña a pensar, lo que hoy es indispensable a edades cada vez más tempranas.

–Se ve a diario a chicos que contestan mal, insultan a sus padres o los manejan. ¿Cómo llegamos a estar inmersos en esta tiranía de los hijos?

–La tiranía de los hijos es la consecuencia casi inevitable del permisivismo. Cuando convencemos a nuestros hijos de que son nuestros amos y señores, nuestros dueños, ellos terminan creyéndolo. Esto, que es muy importante y útil durante los primeros meses de vida, termina haciendo daño, porque no les permite salir de la posición de “ombligo del mundo”. Cuanto más crecen, más se nos complica.

Si esos padres pudieran comprender los deseos de sus hijos, incluso acompañar su dolor porque no pueden hacer todo lo que quieren, y establecer una disciplina razonable desde que son chiquitos, los ayudarían a madurar y a saberse integrantes de la comunidad humana, con derechos pero también con deberes y obligaciones.

–¿Qué es lo bueno y lo malo de la crianza de hoy? 

–Cuando éramos chiquitos las masitas caras las comían nuestros padres y resulta que hoy las comen nuestros hijos sin darnos tiempo de probarlas. Somos la única generación que pasa por el triste lugar de que nunca es nuestro momento. Pero si seguimos así, nuestros hijos no van a querer crecer porque hacerlo implica renunciar a esas masitas, a que todo el trabajo lo hagan los padres y a muchos otros derechos que dan por sentados. La parte buena es que hoy sabemos que nuestros hijos chiquitos son personas, los escuchamos, los tenemos en cuenta. Sería genial que pudiéramos darles algunas masitas, pero no todas, y ¡ni siquiera la mitad!

–Cuando llegan padres a su consultorio, ¿cuáles son las preocupaciones habituales?

–La principal consulta se refiere a los límites. A los padres jóvenes les cuesta que sus hijos les hagan caso, confunden comprender con permitir cualquier cosa, y les falta firmeza. Quieren lograr un clima armonioso en la casa y no encuentran la fórmula para  dejar de gritar y ser obedecidos. Además, les cuesta ponerse de acuerdo entre ellos en ese tema y consumen tiempo y energía en cinchadas inconducentes para que su cónyuge haga lo que para él o ella es bueno.  También consultan por miedos, por temas de integración social y otros de la vida diaria: sueño, alimentación, control de esfínteres, rendimiento académico, uso de la tecnología. Muchos han perdido la confianza de encontrar la respuesta, sin darse cuenta de que muchas veces alcanza con el sentido común y con aprender a tolerar el enojo de los hijos, lo que a otras generaciones no les preocupaba para nada.

–¿Y a los chicos cómo los ve?

–No me gusta generalizar, pero veo muchos chicos emocionalmente inmaduros y con poca fortaleza interna para enfrentar los inevitables contratiempos de la vida. Y, sobre todo, observo chicos que no juegan a juegos de niños (juegos de roles y de colaboración) y pasan muy pronto al deporte, la competencia y los jueguitos electrónicos, lo que los deja sin el más saludable recurso que tienen los niños para procesar los hechos de la vida.

–¿Cuál es el desafío para los padres de hoy? ¿Qué tenemos que aprender?

Tenemos que aprender que el “no” fortalece, que los chicos nos van a querer igual aunque les pongamos límites, que podemos comprender lo que desean y después decirles “no”, especialmente en temas relacionados con la salud, la ética y la seguridad, y en otras cuestiones relacionadas con lo económico, la falta de tiempo, etcétera. También les podemos enseñar que el amor incondicional no está reñido con las delimitaciones a sus conductas, que el sufrimiento fortalece, que si llegan a los primeros grados sabiendo esperar, esforzarse y frustrarse, tendrán mejores posibilidades de rendir bien académicamente.

–Hoy las familias se componen de formas menos tradicionales. ¿Eso hace niños diferentes?

–Todo dependerá del nivel de sostén que tenga ese padre o esa madre que está solo. Si los padres únicamente se separan como pareja conyugal, si se respetan los tiempos de los chicos, no tiene por qué haber diferencias mayores con los chicos que tienen a sus dos padres en casa. El problema surge cuando los excónyuges se dedican a vengarse de sus ex a través de los chicos. Los hijos  necesitan querer a sus dos padres sin que nadie los obligue a tomar partido o a mantener secretos para que no se armen (más) líos.

–¿Cómo se educa a un niño feliz?

–Para que un chico pueda ser feliz, primero tiene que confiar en el vínculo con sus padres, y desde allí, fortalecer sus recursos y flexibilizarse. No puede esperar que la felicidad venga de afuera. Al igual que nosotros, los chicos tienen que aprender a ser felices aunque las cosas no resulten como les gustaría; a estar motivados, a entusiasmarse, a ser curiosos, a disfrutar el camino y no el resultado. La felicidad no se puede buscar; la encontramos de a ratos mientras vivimos.  Como dice John Lennon: “La vida –y yo agrego: la felicidad– es eso que nos ocurre cuando estamos ocupados haciendo otros planes”.

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