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Género

6 octubre, 2008

Has recorrido un largo camino


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La mujer del siglo xx trabajó por ocupar espacios relevantes y por ser escuchada. Sobre esas bases, la mujer de este siglo se presenta como protagonista de una nueva construcción social en la cual la mirada femenina hace la diferencia. Por Marta García Terán.

Es una mirada. Una manera de ver las cosas. Una forma de hacerlas. Ni mejor ni peor, distinta. Ser mujer es una forma de estar en el mundo, de habitarlo, de sentirlo. Es la esencia femenina, la de un mundo interior inmenso; la que rescata el valor en las cosas, en los pequeños gestos, en las miradas, en el silencio que les permite encontrarse. Son esas virtudes en las que hoy se empieza a ver la conformación de una nueva sociedad.

La mujer del siglo XX trabajó por el reconocimiento, por ocupar espacios relevantes, por ser escuchada. Lo hizo a costa de mucho esfuerzo, generación tras generación, pero sentó bases sólidas. Sobre esas bases es que la mujer de este siglo aparece como promotora de una transformación, como protagonista en la construcción social.

Las mujeres ponen el cuerpo cuando creen, dejan el alma en lo que hacen, y el costo que pagan por afirmarse en su vida familiar y avanzar en lo profesional sigue siendo muy alto. Las diferencias con los hombres persisten y aún son muchas. Pero la mujer está segura de algo: no quiere parecerse a los varones; quiere ser ella misma y construir desde la diversidad. Y en esa manera de ser, de ver, de hacer es que muchos ven una salida.

La ven en la calidad de la escucha, en el ponerse en el lugar del otro, en la conexión más profunda, en el trato amoroso, en el cuidado del otro y del ambiente, en la profunda espiritualidad. Y en la gran capacidad para ser mujer, madre, esposa, jefa, compañera y amiga al mismo tiempo. Estas cualidades no se buscan para seguir marcando las diferencias, dice la psicóloga Fabiana Antonelli, sino para enriquecernos desde lo que cada género puede aportar a una sociedad mejor. Se trata de integrar lo femenino a un mundo masculino y, desde esta mirada, instalar una nueva conciencia sobre las responsabilidades que varones y mujeres deben asumir.

Hablar de la mujer hoy es mostrar un abanico inmenso de situaciones completamente distintas: la de las que avanzaron, accedieron a lugares relevantes, lograron el reconocimiento de muchos derechos y ganaron en protagonismo, y la de las que siguen siendo víctimas de la violencia y del trato desigual. Pero tanto unas como otras, en mayor o en menor medida, sienten la tensión entre la vida profesional y la vida afectiva; entre el desarrollo de su trabajo, por necesidad o por deseo, y el bienestar de su familia.

Entre el viejo y el nuevo paradigma

Es el tironeo que bien describe el pensador Gilles Lipovetsky al hablar de la “tercera mujer”, esa que busca la independencia pero sigue cautiva de los mandatos tradicionales. Los cambios que marcaron al género femenino en los años setenta constituyeron una verdadera revolución, dice, pero los códigos sociales no los acompañaron.

Sin duda, las mujeres todavía están muy lejos de encontrarse en una situación ideal; basta mirar hacia los países de origen musulmán para verlas completamente sometidas al sistema de patriarcado. O, sin necesidad de ir tan lejos, dar vuelta a la esquina; aquí, en nuestro país, como advierte María Cristina Zuruta, integrante del Comité para América y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Cladem): “Las mujeres de las clases más bajas, y no tanto, lo siguen pasando muy mal. El Estado tiene todavía una deuda en la conformación de políticas contra la violencia, que sean sustentables y trasciendan los gobiernos”.

La violencia contra la mujer es una realidad. Lo fue y lo sigue siendo; sólo que hoy se hace más visible. Para denunciarlo trabajan con energía muchas mujeres, como la antropóloga francesa Françoise Héritier, sucesora de Claude Levy-Strauss y una de las voces más respetadas en este momento. Desde hace más de tres décadas, intenta terminar con los prejuicios sobre lo masculino y lo femenino, y dice que el predominio de los varones es exclusivamente cultural y no tiene ningún fundamento biológico. Lo mismo hacen en nuestro país una gran cantidad de organizaciones.

Integrar para construir

Nadie discute que aún falta mucho por hacer, pero tampoco que el protagonismo de las mujeres en la sociedad actual es un hecho y no hay vuelta atrás, dice María Rigat-Pflaum, directora de los proyectos de Género de la fundación Friedrich Ebert en la Argentina. Y hay que buscar formas de integrarse para construir juntos.

La historia puede escribirse desde lo que falta, que es mucho; y también desde lo que se consiguió, que no es poco. No desanimarse y seguir hacia adelante. Esa fuerza interior es propia de la mujer y quedó en evidencia en la Argentina del 2001, como señala el politólogo Daniel Blinder: “Muchas familias estaban estructuradas en torno de un varón que generaba los ingresos, y una vez que se quedó sin empleo por la crisis, se sumió en la depresión. Y fueron ellas las que salieron a buscar la manera de arreglar estas familias que quedaron ‘rotas’”.

Es que las mujeres pueden tener formas suaves, pero una fortaleza interior que las define. Son ellas las que pueden producir una transformación; construir desde la diversidad. Esa capacidad es la que destaca el filósofo y escritor Guido Mizrahi. El piensa que el siglo XXI va a ser femenino. ¿A qué se refiere? A que poco a poco el varón va a ir integrando lo que antes rechazaba dentro de sí: su aspecto femenino, una vida más conectada a sus sentimientos. “El hombre está agotando sus energías para habitar la tierra y necesita que la mujer se vaya expandiendo. La expansión de la mujer es la expansión de la conciencia y de la energía amorosa en la tierra. Y nosotros debemos incorporar esa manera de ser, ir hacia la conexión de lo femenino con lo masculino y evitar las divisiones”.

Aporte silencioso

Una “tarea civilizatoria”. Así definen las sociólogas españolas Elena Grau y Anna Bosch la misión que tienen por delante las mujeres en el siglo XXI. Pero dicen que esta tarea de civilización puede, y debe, ser responsabilidad de mujeres y varones. Para que ellos se sumen de manera íntegra y trabajen por causas en las que la mujer tiene una fuerte presencia. Causas universales, como la igualdad de oportunidades, la búsqueda de una sociedad más justa o la paz.

Las mujeres han tenido y tienen un importante protagonismo en iniciativas en favor de la paz. No es extraño, entonces, que la mayor cantidad de premios Nobel entregados a mujeres ocupen esa categoría, desde la baronesa Bertha Sophie von Suttner, en 1905, a cuatro años haberse instaurado el premio, hasta Shiri Ebadi, en 2003, pasando por Jane Adams, Emily Greene, Betty Williams y Mairead Corrigan, la madre Teresa de Calcuta, Alva Reimer Myrdal, Aung SanSuu Kyio, Rigorberta Menchú y Jody Wiliams.

Muchas mujeres son mediadoras en la paz, promotoras de la educación y de la salud o impulsoras de la integración social. Pero esas que construyen una sociedad mejor no son necesariamente famosas, ni ocupan grandes titulares. Llevan adelante una tarea silenciosa desde la ciencia, desde el arte, desde las escuelas, desde los hospitales, desde las empresas o desde sus hogares.

Y es inspirador para otras mujeres ver cómo ejercen el liderazgo conservando su ser femenino, sin masculinizarse, pudiendo transmitir su sensibilidad. Silvia Báez, pediatra y médica sanitarista, lo ve constantemente en los barrios más humildes: “Ellas pueden resolver los conflictos de otra manera, salir de dramas familiares enormes. Los varones caen más en la depresión o en la angustia que los paraliza. Las mujeres se cargan la familia al hombro. Es admirable”.

Silvia ve, una y otra vez, cómo las mujeres enfrentan situaciones dificilísimas y buscan una salida sin perder la sonrisa, sin dejar de acompañar a sus hijos o a sus maridos, con una fortaleza inmensa. La explicación, para ella, no es otra que la búsqueda de la espiritualidad, que las ayuda a sobrellevar el odio y la violencia con fe y con esperanza. “Llega con el tiempo, con el profundo dolor, con las malas experiencias. Allí aparece la fe en Dios o en algo que va más allá de nosotros. Las mujeres se apoyan en esa espiritualidad, de la que sacan unas fuerzas increíbles”, dice. “Además, se amparan en otras mujeres, con una clara conciencia de género. Es maravilloso, porque todo esto es lo que las ayuda a salir adelante en un mundo muy desigual”.

Si hay alguien que siguió y siguió hasta forzar los límites de una sociedad extremista, patriarcal y demoledora con las mujeres, ésa es Gabriela Arias Uriburu. Se enfrentó –y lo sigue haciendo– con la sociedad jordana, que la separa de sus hijos. Lo hace con una enorme entereza y gracias a una fe que la acompañó en los momentos más difíciles.

“Diría que la espiritualidad ha sido primordial en mi vida, porque en momentos de suma oscuridad, de aflición y muerte, la fe ha sido mi faro. Me dio todo para pasar las noches de vigilia, los caminos llenos de terror, para enfrentarme con el poder cuando mis lágrimas lloraban por mis hijos. La espiritualidad no es igual a religión; aparece cuando uno reconoce lo sagrado de la vida. Y en algún momento, tarde o temprano, se nos manifiesta y nos da fuerzas”.

La expansión de la energía femenina

Gabriela se enfrenta con lo peor de la sociedad patriarcal, que en algunos países de Oriente Medio sigue tremendamente arraigada. Pero en el resto del mundo, dice Guido Mizrahi, empieza a haber atisbos de que ese modelo ya no va más. Y de que es hora de probar otra cosa. “La desigualdad, los conflictos sociales o las catástrofes naturales son las consecuencias de un mundo manejado por varones. Las mujeres están ahora promoviendo cambios fundamentales, que todavía nos se ven; pero se van a ver cuando ellos reconozcan que los recursos que utilizaron, la forma en que se manejaron, no sirve. Hay que darle una oportunidad a la mirada femenina. El hombre tiene que recapacitar y compartir responsabilidades, tratar de conciliar el trabajo con la familia como lo hacen las mujeres; estar presente en esas tareas que son tan importantes como su desarrollo profesional”.

Pero aquí hay que preguntarse dónde quedan parados los varones, desorientados muchos por los cambios de las últimas décadas. Lidia Héller, especialista en género y managment, cree que el varón está en crisis, que la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo fue la revolución silenciosa del siglo XX y que eso hizo tambalear la imagen del hombre como único proveedor y protector; lo corrió de ese lugar y lo obligó a un reacomodamiento que aún no logra por completo.

“Ellas ocuparon espacios que eran de los varones, pero no ocurrió lo mismo a la inversa. Es cierto que la mujer llegó a ocupar cargos importantes, pero todavía hay grandes desigualdades que se ven reflejadas en sueldos más bajos o en ascensos más lentos –explica Héller–. Además, el esfuerzo de la mujer es mucho mayor que el del hombre: en el trabajo tienen que rendir como ellos, pero se siguen ocupando de sus casas, de sus hijos, de sus padres. Ellos se concentran sólo en el trabajo. Esto hace que la mujer esté muy exigida”.

Sólo hay que mirar las estadísticas de los hospitales para darse cuenta, dice Fabiana Antonelli: “Hace veinte años, ellas ocupaban el 5% de las camas de Unidad Coronaria; hoy están casi a la par de los hombres. En los consultorios vemos cómo recrudece la angustia y la tensión entre las mujeres. Tenemos que trabajar mucho para que cada una pueda, más allá de las políticas de Estado, encontrar un equilibrio entre el mandato sociofamiliar y su propio deseo”.

Cambios individuales y sociales

Los hombres están cambiando; algunos muy lentamente, otros no tanto. Sería injusto negarlo. Pero son cambios que se producen dentro del espacio personal, acuerdos dentro de un matrimonio. Esto es bueno, pero no es suficiente para una verdadera transformación, porque las transformaciones sólo son posibles si los cambios se producen de dos maneras: desde el espacio individual y desde el espacio social.

María Rigat-Pflaum lo explica claramente: “Hay varones que hoy están aprendiendo a destruir los estereotipos masculinos y se interesan por acompañar a la mujer en la maternidad, por estar más cerca de sus hijos, por participar más activamente de su crianza. Son los cambios que se producen dentro del hogar y varían según el acuerdo al que haya llegado cada matrimonio. Pero no corren para otros espacios. No se trasladan a la política de recursos humanos de la empresa en la que trabaja la mujer, por ejemplo”.

¿Qué es lo que hay que hacer, entonces, para que esos cambios trasciendan el espacio individual? “El Estado es el que debe intervenir con políticas públicas que apunten a la democratización de relaciones sociales. Tiene que trabajar por los cambios en el afuera, en el ámbito social”, concluye Rigat-Pflaum .

 

1889 Movimiento pacifista:

La baronesa Bertha von Suttner escribió la novela Abajo las armas y se transformó en un símbolo para el movimiento pacifista mundial. En 1905, recibió el Premio Nobel de la Paz.

1891 Derecho al voto:

El Movimiento Internacional por el Sufragio Femenino comenzó a reclamar el derecho de las mujeres a elegir a sus representantes. Hoy quedan cinco países que no les permiten votar.

1946 Apertura:

A un año del fin de la Segunda Guerra Mundial, Françoise Giraud, periodista y política francesa, escribía en su columna de una revista para mujeres: “Señoras, no se queden en sus casas”.

1962 Protagonistas de la causa ecologista:

El libro La primavera silenciosa, de Rachel Carson, se convierte en un ícono de la lucha por el cuidado del ambiente, y ella, un referente para los ecologistas.

1972 “Has recorrido un largo camino, muchacha”:

El eslogan y la publicidad de una marca de cigarrillos es sinónimo de los años setenta, una década en que la mujer ganó una enorme autonomía.

1980 La mirada de género llega al cine argentino:

La directora María Luisa Bemberg cuestiona los estereotipos femeninos desde sus películas Señora de nadie, Camila, Miss Mary y De eso no se habla.

1982 “Las carreras y el señuelo de la maternidad”:

A comienzos de los ochenta, The New York Times comienza a plantear el tironeo que sienten las mujeres que abandonaron el rol tradicional de madres y esposas.

1991 “Puede tu carrera dañar a tus hijos?”:

Diez años más tarde, la revista Fortune daba un paso más allá y se preguntaba de qué manera las empresas podían ayudar a compatibilizar la familia y el trabajo.

1991 “Mujeres al poder”:

En la misma época los medios de nuestro país, como la revista Negocios, daban cuenta de la llegada de las mujeres a puestos gerenciales y destacaban su intuición comercial.

1992 “Pioneras de un nuevo equilibrio”:

Poco tiempo después aparecían las primeras notas que hablaban de la capacidad de las mujeres para ser madres, mujeres y profesionales. Y de la tensión que eso les generaba.

2006 “Nosotras tenemos las respuestas”:

La self-made woman norteamericana Oprah Winfrey se afianza como una empresaria de los medios de comunicación, desde donde se ocupa de los temas de las mujeres.

2007 “La nueva mentoría”:

“¡Al fin!” es la expresión que utiliza Fortune para describir cómo, por primera vez, una generación de mujeres líderes prepara a una nueva generación de mujeres.

2008 “Mujeres que hacen”:

En nuestro país, la revista del diario La Nación muestra a mujeres que, instaladas en espacios relevantes, empiezan a trabajar para producir verdaderos cambios.

2008 “Las mujeres de los 100 billones”:

En este siglo, las mujeres ya no figuran en los rankings por ser herederas, sino que son ellas las que generaron sus fortunas.

ETIQUETAS cultura femenina mujeres sociedad

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