2 de junio de 2026
Ayer por primera vez en mi vida tuve la alegría de ver Hagia Sophia. Dios me concedió este favor y no me ha dejado morir sin verla. Y le agradezco por eso. Experimenté tal felicidad celestial que, aunque fue solo por un momento, todas mis penas y mis problemas se volvieron insignificantes.
Santa Sophia se me reveló como algo absoluto, evidente, irrefutable. De todas las iglesias maravillosas que visité, esta es la iglesia universal. En mi mente suenan las palabras del himno pascual: «Alzad esos ojos, oh, Sión, y mirad: tus hijos vienen hacia ti desde el oeste y desde el norte, desde el mar y el este, brillando con la luz divina».
La lengua humana no puede expresar la liviandad, claridad, simplicidad; la maravillosa armonía que disipa por completo toda la pesadez de la cúpula y las paredes. Un océano de luz se vierte desde arriba y toma el espacio entero, cerrado y libre a la vez. La gracia de las columnas y la belleza de los detalles del mármol, la dignidad real —no el lujo —, de las paredes doradas y la ornamentación maravillosa, cautiva y derrite el corazón, suaviza y convence, crea un sentido de transparencia interior.
El peso y las limitaciones del pequeño yo que sufre desaparecen. El yo se va, el alma se sana de él al perderse entre las arcadas y fundirse en ellas. Se convierte en el mundo: yo estoy en el mundo y el mundo está en mí. Y la sensación de cómo se derrite el peso que se lleva sobre el corazón, del librarse de la fuerza de la gravedad, de ser como un pájaro en el cielo azul, le da uno no solo felicidad o alegría, sino la dicha del conocimiento del todo en el todo, y de todo en uno; de la completitud infinita y múltiple de un mundo en unidad.
Esto es sin dudas Sophia: la verdadera unidad del mundo en el logos, la co-inherencia entre todo, el mundo de las ideas divinas. Es Platón bautizado por el espíritu helénico de Bizancio: es su mundo, este reino elevado al que las almas ascienden para contemplar las ideas. La Sophia pagana de Platón se contempla espejada en la Sophia cristiana, la sabiduría divina. El templo de Santa Sophia es la prueba tangible y artística de la manifestación de Santa Sophia, de la naturaleza sophianica del mundo y de la naturaleza cósmica de Sophia. No es ni el cielo ni la tierra, pero sí la bóveda del cielo en la tierra. Acá no percibimos ni a Dios ni al hombre, sino a la divinidad y el velo divino arrojado sobre el mundo.
Cuán cierto fue el sentimiento de nuestros ancestros dentro de este templo.¡Cuán acertados en decir que no sabían si estaban en el cielo o en la tierra! Ciertamente, no estaban en ninguno de los dos; estaban en Santa Sophia, el espacio entre ambos. Este es el metaxu de la intuición filosófica de Platón. Santa Sophia es el último testimonio silencioso del genio griego: una revelación en piedra. Los bizantinos no fueron capaces de aprehenderlo ni de expresarlo en términos teológicos y sin embargo vivió en sus corazones como la verdad más elevada concebida durante el helenismo y manifestada en el cristianismo.
No fue accidental que fue ahí, en el templo de Santa Sophia, que la sinfonía divina de la adoración ortodoza, inspirada por ella, tomó forma y resonó en todo el esplendor de su belleza. Aquí uno vuelve a comprender toda la fuerza y evidencia convincente del testimonio de San Justino Mártir, cuyo significado ni él mismo conocía por completo: que Sócrates y Platón eran cristianos antes de Cristo, pues Platón era un profeta de Sophia dentro del paganismo.
La iglesia de Santa Sophia es el reino de las ideas platónicas hechas piedra, elevándose por encima del caos del no ser y sometiéndolo a la persuasión: el verdadero pleroma como una única unidad. Aquí es manifestado y mostrado al mundo. ¡Oh, Dios, qué sagrado, qué maravilloso, qué preciosa es esta manifestación!
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