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Habitar la espera sin perder la calma

Cuando esperamos que ocurra algo en nuestra vida (recibir una noticia, un resultado, una oportunidad), a veces corremos el riesgo de desesperar. ¿Cuál es el bálsamo que nos ayudará a atravesar este proceso más sabiamente?

Por Lucía Vázquez Ger

“La ansiedad es un apuro de nada. Es cierto que podemos tener ansias de algo, por ejemplo, de llegar a algún lugar, a Marte, a un orgasmo o al refrigerador, pero lo real en la ansiedad es la inquietud del cuerpo por abolir la espera, es decir, la ausencia”, escribió la psicoanalista Constanza Michelson en su libro Hacer la noche.

El día a día nos sitúa constantemente ante situaciones de espera. Continuas distancias separan un momento presente de un acontecimiento o hecho futuro e incierto que puede cambiar el ritmo o la forma de transitar la vida. Un bebé demora nueve meses en nacer; un estudio médico, unos días o semanas en dar los resultados; los procesos de sanación física o espiritual tienen también sus propias agujas. Podemos estar esperando un embarazo; la llegada de alguien; claridad mental para tomar una decisión; la conclusión de la obra en una casa; una mudanza; y la enumeración es interminable. La vida misma podría dibujarse como un itinerario de escalones, y cada uno como un nido de esperas.

“La vida humana se abre con la paciencia”, dijo también Michelson en ese libro, dando una pista de cómo transitar esa distancia que delinea la espera. Una posibilidad es, con paciencia en mano, abrirse paso en el territorio y avanzar hacia  una dimensión en la que el sí puede convivir con el no y con el no sé; y la vida puede bailar con la muerte, el único destino certero. La espera habitada lima asperezas y permite que el cuerpo ruede por un mundo que se siente redondo y sin abismos.

Según el doctor Rick Hanson, psicólogo, miembro del Greater Good Center de la Universidad de Berkeley y fundador del Instituto Wellspring de Neurociencia y Sabiduría Contemplativa, “es importante mantener la intención de estar presente y tener autocompasión por lo que puede ser doloroso”. En la columna Una práctica para estar presente, publicada por Psychology Today, Hanson señala: “Una forma de ayudarte a ti mismo es tomar una vista panorámica de tus pensamientos y sentimientos y ser consciente de tu cuerpo como un todo. Esto tiende a activar redes neuronales en los lados de tu cerebro que apoyan la sensación de dejar que las cosas sean como son, sin agregarles mucha charla mental”. De ese modo, explica, desaparecerá el “ruido” de aquello que ocupa nuestra mente «mientras tanto».

El tiempo «del medio»

Sin embargo, en el día a día cuesta esperar. Por más letra, consejo o poesía, a veces el cuerpo se tensa; la angustia oprime el pecho; la garganta se cierra; las sienes pesan; el estómago se comprime; los ojos permanecen abiertos en la noche; los pensamientos ahogan; el susurro de la mente no para y no es posible siquiera escuchar la propia respiración. Solo queremos que se aceleren los relojes y nos llegue esa respuesta; que el problema se resuelva; que el resultado sea el que esperamos; que se termine la noche de insomnio; que llegue de una vez el acontecimiento futuro y nos saque de la incertidumbre y del vacío que mientras tanto nos acecha el cuerpo.

Entonces sobreviene el impulso de escape, de meterse en la cama y volar por un rato hacia el terreno de los sueños para que el tiempo pase más rápido, o recurrir a otros mecanismos para apaciguar ese momento en el que los segundos son horas, las horas días, y los días semanas, y así sucesivamente.

De acuerdo a un estudio reciente de la Escuela de Graduados en Educación de Harvard, titulado Comprender y prevenir los desafíos de salud mental de los adultos jóvenes, ante la incertidumbre, la sensación de carecer de propósito y trascendencia genera ansiedad en tres de cada cinco adultos jóvenes. Asimismo, el informe señala que, ante situaciones adversas, aquellos que practican la espiritualidad son menos propensos a sentir que la vida carece de sentido (47%), en comparación con los ateos (34%) y los agnósticos (32%). Cultivar el significado a través de actividades de servicio comunitario, desarrollar relaciones gratificantes y duraderas y considerar que la vida es mucho más que una sumatoria de logros, son algunas de las estrategias propuestas en el camino hacia reconocer la importancia de saber que existe algo más grande que uno mismo.

Ante este escenario, Inés Ordóñez, directora del Centro de Espiritualidad Santa María, respondió a las preguntas de Sophia, compartiendo algunas pistas sobre cómo habitar la espera.

¿Qué trae consigo el ejercicio de esperar?

—Ese tiempo siempre desafía nuestro modo de vivir la vida. Si lo vivimos con esperanza, será un tiempo que probará nuestra confianza y podremos ejercitar la paciencia, sostenidos en la firme convicción de que la vida siempre nos da todo lo que necesitamos para vivir lo que nos pase. Entonces podemos esperar con confianza y abiertos al resultado.

¿Es posible sostener un tiempo de espera, que no depende de nosotros, sin ansiedad?

—Si aceptamos lo que estamos experimentando y habilitamos el poder vivir “en simultáneo” dos experiencias opuestas y a veces contradictorias, es posible.

¿Cómo hacemos para sujetar ese  “simultáneo”?

—Si sabemos y creemos que las personas “somos” espirituales y estamos “habitadas” por una fuerza que nos trasciende, ese tiempo se convertirá en una oportunidad para bucear dentro nuestro y encontrar cómo habitar esta dimensión espiritual tan potente.

¿Cómo funciona esto en la vida cotidiana?

—Se trata, por un lado, de recibir la emoción que me viene de lo que estoy experimentando: ansiedad, frustración, enojo, angustia, impaciencia. Sin juzgar lo que siento y dejándolo estar, tomo distancia y puedo reconocer que eso es una parte de mi vida, y que si miro todo lo demás, puedo encontrar también satisfacción, alegría, ternura, etc. Todo va a depender de si me dejo —o no— “tomar” por la experiencia que en ese momento es más fuerte y tiende a envolverme y a impactar en todo mi estado de ánimo. En vez de dejarme tomar y que impacte en mis actos, la recibo y aprendo a “desahogarme”. Es la práctica de una “higiene espiritual”, que me permite poder elegir cómo quiero actuar y relacionarme, liberado de esta tensión interior, que puede estar, pero sin impactar mi comportamiento.

¿Cómo se lleva esto a la práctica?

—El primer paso es darme cuenta de qué me está pasando y de lo que estoy sintiendo. Nombrarlo, percibir dónde y cómo lo siento, percibir su fuerza y dejarlo estar. Luego, tomar distancia. Respirar, percibir dentro de mí la dimensión desde donde surgen otras emociones que también encuentro en mi vida en ese momento: personas que amo, cosas para agradecer, lugares de mucha belleza, lo bueno, lo bello que sí hay en mi vida. Respirar desde ahí.

Así, renovar mi propósito acerca de cómo quiero vivir la vida. Si no lo tuviera tan claro hasta ese momento, es ahí cuando cuando la vida me da una oportunidad de hacerlo. Entonces me pregunto, dependiendo de lo que me pase: ¿Cómo quisiera vivir mi vida? ¿Cuál es el legado que quiero dejar a los que más amo? ¿Cómo quiero irradiar? ¿Cómo vivirlo entonces en este momento difícil? Conectarme con la fuerza que me habita y elegir cómo quiero vivirlo.

¿Cómo?

—Si soy creyente, lo puedo hacer a través de mi fe y los medios que me ofrece ese camino espiritual. Son momentos en los que muchas veces necesitamos de ayuda. Aceptar la ayuda ya es un acto de mucha humildad, porque significa que solos no podemos. En el Centro de Espiritualidad Santa María ofrecemos acompañamiento espiritual y ayudamos a las personas a que encuentren esta fuerza que los habita y que les permitirá vivir ese tiempo de otra manera: con la confianza en Dios, que todo lo que nos pasa lo transforma en algo bueno para nosotros; con la fuerza del silencio de la oración en cualquiera de sus formas; con la eucaristía; con la amistad espiritual y una comunidad sostenedora. Hoy tenemos al alcance innumerables estudios que nos hablan de la importancia del silencio, de la meditación y de la respiración.

¿Hay esperanza en la espera?

—En mi experiencia de acompañar personas, soy testigo de cómo esas situaciones difíciles son siempre oportunidades, y después de atravesarlas descubrimos cuánto aprendizaje nos han dejado.

***

La vida entera transcurre entre procesos continuos de gestar y parir. “Dios es el nombre de una distancia”, señala Michelson en su libro. Tal vez habitar la espera, es decir, una distancia, sea también habitar a Dios en la vida cotidiana.

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