Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

19 octubre, 2020

Habitantes del presente

Dice el autor de esta nota que "como náufragos en el mar del tiempo hemos quedado confinados en la isla del presente". ¿Qué significa eso y por qué es tan importante conectar con nuestro tiempo emocional? Una invitación a habitarlo y echar raíces en él...


Por Sergio Sinay

Un antiguo aforismo de origen incierto recomienda cuidar mucho el presente, y ocuparse de él, porque es ahí donde viviremos toda nuestra vida. Acaso nunca como ahora experimentamos la verdad de esta idea. Una profunda zanja temporal establecida en el mes de marzo nos separa del pasado, tornándolo muy lejano a pesar de que está solo a meses de distancia. Y cuando miramos hacia el futuro nos cuesta encontrarlo. Solo vemos un enorme signo de pregunta que ocupa todo el horizonte.

Como náufragos en el mar del tiempo hemos quedado confinados en la isla del presente. Es lo único cierto. Gustave Flaubert (1821-1880), autor de Madame Bovary, esa extraordinaria novela que indaga como pocas en la intimidad psicológica y emocional de una mujer atrapada en la jaula de los mandatos sociales y familiares, adelantándose en el tiempo a mucho de lo que desde entonces se diría y haría en los procesos de liberación femenina, afirmaba: “El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente”.

“El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente”.

Gustave Flaubert

Si Flaubert viviera hoy comprobaría que aquello que él vislumbraba se alteró, y que ahora somos nosotros quienes no podemos escapar del presente, porque no hay a dónde ir. ¿Qué hacer, entonces, cuando lo único cierto es el minuto, el día que transcurre? Hay quienes lamentan lo perdido, hay quienes maldicen por los planes abortados y hay quienes convierten el presente en su jardín y siembran en él. Ya decía Confucio que antes que maldecir la oscuridad es mejor encender una vela.

Rompiendo cadenas

Desde donde hoy estamos, hay cosas que parecen lejanas y perdidas para siempre. El cafecito ritual con amigos o amigas, la salida al teatro y a cenar, la ida al cine, el viaje cotidiano en colectivo y subte (maldecíamos el ir apretujados y hoy pagaríamos por volver a estar sofocados en el amasijo humano de entonces), el rutinario trayecto hasta la oficina, el estudio, el taller o el comercio, comer en un restaurante y bromear con el mozo amigo, las escapadas de fin de semana o los viajes a horizontes lejanos y desconocidos. Esas y tantas cosas más no solo ocupaban buena parte de nuestro tiempo cronológico, el del reloj, sino también de nuestro tiempo mental y emocional. Imaginarlas, desearlas, planearlas era un modo natural de empezar a vivirlas. Hoy, cuando nuestro deseo o nuestra imaginación se impulsan hacia el futuro, chocan con una pared o saltan al vacío.

“¿Qué hacer, entonces, cuando lo único cierto es el minuto, el día que transcurre? Hay quienes lamentan lo perdido, hay quienes maldicen por los planes abortados y hay quienes convierten el presente en su jardín y siembran en él. Ya decía Confucio que antes que maldecir la oscuridad es mejor encender una vela”.

Podemos retomar la declaración de Flaubert y proponernos romper las cadenas del pasado y dejar de torturarnos por el futuro para vivir el único tiempo posible. El presente. Es cierto que no podemos decidir en qué restaurante comer. Pero también es cierto que podemos descubrir y ejercitar nuestras insospechadas cualidades culinarias. Quizás ya las conocíamos, pero las desplegábamos solo en ocasiones especiales. Hoy tenemos la oportunidad de ser chefs cotidianamente. Sin ir más lejos, podemos hornear nuestro pan de cada día entregándonos a ese significativo ritual del amasado, al diálogo entre nuestras manos y la masa hasta convertir el ejercicio en una meditación que nos lava el alma.

En este continuo presente podemos recuperar, o iniciar, el arte de la conversación, al que habíamos remplazado por el contacto virtual o la conexión (que no es comunicación). En una conversación, ya sea telefónica, presencial (con quien o quienes convivimos) o a través de plataformas que nos permitan vernos mientras hablamos, no solo cuentan las palabras, sino los silencios y los gestos. Hoy no nos apura el tiempo, las conversaciones pueden ser mucho más que meros roces. Formas de acompañarnos, conocernos o seguirnos conociendo. Intimando.

De pronto nos damos cuenta, estacionados en el presente, que nos habíamos aislado de la naturaleza, fagocitados por todo tipo de artefactos tecnológicos. Y descubrimos que con una pequeña planta ponemos vida en nuestro balcón, nuestro patio o nuestro living. Y que con dos comenzamos a crear un pequeño jardín privado. Y vemos la vida en esas plantas, y las cuidamos y nos maravillamos al verlas crecer y florecer. O nos conseguimos la mascota que antes rechazábamos y descubrimos que ese ser es un verdadero interlocutor si le prestamos atención a su lenguaje tanto oral como físico. Y una arteria afectiva se destapa entonces en nuestro corazón.

El viaje interior

No podemos viajar, es cierto, a esos destinos que planeábamos conocer o revisitar. No sabemos cuándo será posible o ignoramos si lo será. Pero cuando es imposible desplazarse por el mundo externo, se abren ante nosotros los infinitos y variados paisajes del mundo interior. ¿Cuánto hace que no los recorríamos? ¿Qué encontramos al hacerlo? ¿Cuánto conocemos verdaderamente de los profundos valles y los altos picos de nuestras emociones y sentimientos? ¿Qué podemos observar, y acaso admirar, de lo que hemos hecho hasta aquí en la vida? ¿Cuántas personas, vivas o no, pueblan esos paisajes, qué tenemos para decirles, para agradecerles, para devolverles o incluso para preguntarles, dado que si afinamos el oído interior escucharemos y entenderemos sus respuestas?

Hay mucho por recorrer ahí, adentro, y quizás no lo hubiéramos hecho nunca de no haberse dado las circunstancias que nos retienen hoy en el presente. El equipaje para esa excursión no es complicado. Alguna tranquila música de fondo, también un poco de silencio, un anotador donde tomar nota de lo que registramos y descubrimos, algunas fotos (después de todo hemos tomado miles y nunca las volvimos a ver: ahora es el momento). También ciertos objetos significativos, de esos que estaban ahí, silenciosos y quizás olvidados. Cada uno de ellos puede abrirnos un recuerdo, una idea, una imagen, un paisaje interior. Hay mucho para recorrer, sí, cuando no se puede viajar. Como decía Blas Pascal (1623-1662), figura fundamental de las matemáticas y la filosofía, gran parte de los problemas humanos se originan en la imposibilidad de las personas de permanecer quietas en una habitación.

En definitiva, el presente no es una jaula, sino el verdadero territorio que habitamos. Es donde florecen nuestros afectos y nos duelen nuestros pesares. Es donde, por una causa o por la otra, nos descubrimos vivos. El presente pide ser habitado. “La verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo al presente”, escribió Albert Camus (1913-1960), ese gran hombre moral, autor de El extranjero, La peste, El primer hombre y El mito de Sísifo, entre otras obras. Entregarlo todo es entregarse a él, sin reproches al pasado ni promesas al futuro. Echando raíces en la realidad que nos contiene y atraviesa, nuestra única tierra. Si lo hacemos, descubriremos que el presente no tiene un único color, ni una única textura emocional, que no es una imagen fija, que no está congelado, que está lleno de vida, de los olores y colores de la vida, de sus texturas. Lo que el presente nos pide es que elijamos y decidamos cómo y para qué vivir. Cualquiera sea la elección y la decisión solo podremos ejercitarla en él. Aquí y ahora.

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