Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

14 octubre, 2011

Guerra contra la belleza perfecta

La obsesión por el cuerpo ideal llegó a un límite intolerable y varias organizaciones del mundo están reaccionando con fuerza para decirle basta a esta locura. En nuestro país la situación es considerada “particularmente grave”.


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Por Carolina Cattaneo y Marta García Terán.

¿Es esto lo más feliz que ella va a sentirse en toda su vida respecto de su apariencia? La pregunta, estampada en un aviso que muestra a una beba sonriente, asesta un golpe mortal a la tiranía de la imagen que hoy domina el mundo: la de la eterna juventud y la belleza perfecta. Y conmociona más aún el motivo de la cumbre que reunió a miles de personas de todo el mundo, preocupadas por una gran amenaza: la extinción de una especie, la de las mujeres. La ironía, fuerte, busca conmover y llamar a la acción: “Salvemos a las futuras generaciones de chicas de que odien sus cuerpos”.

Esta campaña fue promovida por la organización británica Any-Body e hizo detonar una bomba que hacía rato estaba a punto de explotar: la obsesión por la búsqueda de la perfección física. Es que lo que los especialistas describen como una “epidemia”, la  insatisfacción con el propio cuerpo, llegó a un límite intolerable. Las imágenes del marketing, la publicidad y los medios de comunicación nos invaden hasta el hartazgo y nos dicen que hay sólo un modelo de belleza válido para las mujeres: joven, alta, flaca, linda y sexy. Para colmo, ni siquiera son imágenes reales, porque el Photoshop agudiza la situación, por demás crítica. ¿Cómo explicar que las mujeres que vemos en las publicidades ni siquiera se parecen a ellas mismas?

La idea de un único modelo posible, las imágenes engañosas, los mensajes perversos que asocian la perfección física con la felicidad y la televisión que reduce a las mujeres a espacios de decorado no han hecho más que minar durante generaciones la autoestima de las mujeres, al punto de hacerles creer que su valor está dado exclusivamente por su aspecto físico. Y, lo que es peor aún, que ya no puedan distinguir lo sano de lo patológico.

¿Cuánto tiempo más va a soportar el mundo esta mentira que enferma a muchísimas mujeres? No demasiado. Son muchas las personas que hoy alzan su voz para decir basta, que le dicen no al Photoshop, que reivindican sus arrugas, que hacen gala de sus canas y defienden a morir su figura más allá de los kilos. Y que, definitivamente, no están dispuestas a poner en riesgo su salud, ni a perder su esencia, en manos de un cirujano.

Con un mensaje cálido y simple, la actriz británica Emma Thompson les habla a millones de mujeres que viven preocupadas por su aspecto. En un video que dio la vuelta al planeta, y con la canción “Imagine” como telón de fondo, les pregunta: “¿No sería maravilloso vivir en un mundo en el que una pudiera levantarse por la mañana y vestirse sin tener que mirarse al espejo para ver cómo le queda a ropa?”.

Emma no es la única, y tampoco la primera, que alguna vez quiso un mundo distinto. “Déjenme todas las arrugas, no me quiten ni una: he tardado una vida para procurármelas”, decía hace muchos años atrás la actriz italiana Anna Magnani, que les exigía a sus maquilladores que no intentaran disimular el paso de los años, el rastro de una vida bien vivida. Ella fue una pionera; supo ver cómo, a medida que transcurría el siglo XX, se intensificaba el mito de la eterna juventud, que se “materializó” de la mano de la tecnología hasta llegar al paroxismo de mostrar a mujeres de más de 50 que parecen de 30.

Pero todo tiene un límite y, en este caso, fue otra actriz la que pegó el grito y prohibió que su imagen fuera retocada. La británica Kate Winslet se indignó con una revista de hombres que la mostró en su tapa con unas piernas eternas y flacas, que nada tienen que ver con su cuerpo, y les prohibió a los diseñadores de los afiches de sus películas que la muestren perfecta, ya que está conforme con su físico y no quiere engañar a nadie: “La mentira y las cirugías estéticas van en contra de mi moral, de la forma en la que me criaron mis padres y de lo que yo creo que es ser bella de manera natural. Nunca voy a ceder a la presión de la industria cinematográfica. Soy una actriz y no quiero congelar las expresiones de mi rostro”.

Desde el periodismo, la revista internacional Psychologies decidió sumarse a esta cruzada y este año publicó un manifiesto en sus ediciones de diez países. En este “Manifiesto de la belleza positiva”, al que adhirieron cientos de miles de personas de todo el mundo y que recibió el apoyo de los más diversos especialistas, se describen diez aspectos que hacen a una mujer bella, como la autoestima, la búsqueda de lo genuino en cada una de nosotras, la inteligencia o la autenticidad. (Ver aparte).

El burka de las occidentales

Hace unos años, la periodista italiana Barbara Alberti quedó schockeada cuando vio en televisión una entrevista a una política que claramente tenía varios liftings en la cara. Estaba allí para promover una campaña destinada a que las mujeres musulmanas pudieran liberarse del uso del burka que cubre su rostro. La ironía desató la furia de Alberti, de 67 años. ¿Cómo era posible que esa mujer, presa del mito occidental de la eterna juventud, hablara de la prisión que el burka significa en Oriente Medio? Fue así como decidió escribir el libro Riprendetevi la faccia (Recuperá la cara), en el que dice que la cirugía plástica es el burka de las mujeres occidentales, a quienes se les niega un derecho humano fundamental: el derecho a envejecer naturalmente.

“Idolatramos el cuerpo, y la ciencia busca hacerlo vivir el mayor tiempo posible. Como si cuerpo y espíritu fueran cosas distintas, como si no existiera una conexión entre ellos. Se ha decidido por la mujer que el tiempo se detenga –dice la periodista–. Para mí, lo más importante es llevar los años con dignidad y alegría. Y a todas les digo: ‘Disfrutá de tu edad y nunca seas lo que los demás quieren que seas’. Yo, por mi parte, quiero ser una vieja bella, a la par de Clint Eastwood”.

No es casual que Alberti se refiera a este actor: la ironía, aunque sutil, es clara. A los hombres sí se les permite envejecer con dignidad. Un claro ejemplo de esto se vio en la BBC de Londres, hace unos años. “Es tiempo de botox”, le decían a Miriam O’Reilly, de poco más de 50 años, los productores del programa Countryfile, mientras que ella permanecía imperturbable, fiel al paso de los años. Hasta que su resistencia chocó contra el sistema: la obligaron a dejarle su silla de conductora a una periodista más joven, mientras que su compañero, de 68 años, no se movió un centímetro de su lugar.

Pero Miriam no lo dejó pasar así como así. Le inició juicio a la BBC por discriminación de edad, de género, y por daño moral; y a comienzos de este año, la justicia inglesa le dio la razón y la cadena tuvo que pedir disculpas públicamente y volver a contratarla. “La discriminación por la edad es endémica, es parte de la cultura de los medios audiovisuales. Todavía tenemos un largo camino por recorrer –dijo Miriam cuando ganó el juicio–. Estamos viendo cambios, pero aún no son suficientes ni se dan a la velocidad que quisiéramos. Espero que esta sentencia sea un modelo a seguir”.

Miriam no está sola. La acompañan muchísimas mujeres de todo el mundo que disfrutan de su edad y hasta legitiman las canas y las lucen con orgullo y naturalidad, sin nada que tapar. Son de la partida la actriz inglesa Vanessa Redgrave, la cantante francesa Françoise Hardy o la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde. En nuestro país se animan a las canas la actriz y ex modelo Chunchuna Villafañe, la pensadora Beatriz Sarlo o la licenciada en Letras y traductora María Kodama, viuda de Borges, entre otras.

El dios de la flacura

“La preocupación por la apariencia física es tan antigua como el tiempo –dice la documentalista italiana Elena Rossini–. La diferencia es el protagonismo que hoy ha cobrado la búsqueda del cuerpo perfecto, que se ha transformado en una suerte de nueva religión”. Elena no exagera. La extrema flacura es un estereotipo al que hoy se le rinde culto, que se idolatra y se entrona como modelo que miles de jóvenes aspiran a alcanzar, aunque dejen su vida en ello. Por eso, más allá de los componentes psíquicos de cada persona, los trastornos de alimentación son, sin duda, un signo de estos tiempos.

Hace ya más de veinte años que la psicóloga inglesa Susie Orbach viene llamando la atención  sobre esta obsesión por el peso, sobre la imposición de este ideal de mujer flaquísima que no ha hecho más que lograr que varias generaciones de mujeres odien su propio cuerpo: “En los últimos treinta años, la industria farmacéutica, las dietas, las cirugías y el comercio de la imagen han logrado que las mujeres no puedan vivir en paz, cómodas con quiénes son, con su cuerpo real”.

Es tal el énfasis que se ha puesto en el afuera que las exigencias físicas ya no sólo corren para quienes trabajan con su cuerpo. Estar flaca no es hoy un requisito exclusivo para las modelos, sino para cualquiera que pretenda tener “éxito” en la vida. Pero, por suerte, ya hay quienes se afirman en su talento y se atreven a desafiar esos modelos. Una de ellas es la cantante británica Adele, que con encantador desenfado declaró que poco le importa no entrar en talles chicos. “No tengo tiempo de preocuparme por una cosa tan pequeña como por cómo me veo –dijo la estrella del soul–. No me gusta ir al gimnasio y me gusta comer y tomar un buen vino. Incluso, si tuviera una buena figura, no sacaría a relucir mis lolas ni mi cola para nadie. Me encanta ver a Lady Gaga con todos sus atributos, pero mi música no se trata de eso. No hago música para los ojos; hago música para los oídos”.

Cuerpos en corte y confección

La presión por verse “jóvenes y lindas” lleva a cientos de miles de mujeres a pasar por el quirófano para intervenir su cuerpo y crear, así, uno nuevo que se amolde a las exigencias impuestas.

De este modo, terminan mirándose en un espejo donde buscan la mirada masculina en lugar de pensar qué es lo que ellas verdaderamente son o les gustaría ser. Y, lo que es peor aún, creen que como por arte de magia ese retoque las va a hacer sentir mejor con ellas mismas, cuando muchas veces lo que ocurre es que, pasado un tiempo, la insatisfacción que las llevó a la sala de operaciones vuelve a aparecer y las empuja hacia una nueva intervención. Una cirugía, sin duda, no puede llenar el vacío espiritual en el que hoy se encuentran sumidas miles de personas.

Por eso, Susie Orbach habla de cuerpos en constante corte y confección, un estado en el que las mujeres tenemos que sufrir en pos de alcanzar la “felicidad” que promete la belleza perfecta. “Nuestros cuerpos se volvieron un producto del trabajo, una manufactura –dice–; no nos son dados por la biología, sino que son algo que vamos moldeando, confeccionando, creando a través de las dietas, del gimnasio o de las cirugías”.

Hacia otro modelo de belleza

En nuestro país, también hay varias mujeres que, aunque podrían sentirse presionadas por la imagen, eligen otro camino. Claudia Sánchez, famosa por sus apariciones en los avisos de L&M, hoy vive tranquila en Uruguay, feliz de ser quien es y mostrar el paso del tiempo. “No me hice ningún tipo de operación. Operarme para ir al supermercado con la boca hinchada y toda la cara estirada no tiene sentido, es feo. Cuando era modelo, nosotras éramos nosotras, con nuestra personalidad, nuestra altura… Nunca medí dos metros ni pesé treinta kilos. Siempre medí 1,67; me sacaban una foto y salía tal cual. No quiero criticar; simplemente digo lo que yo no quiero hacer. Vengo de una familia de campo, donde la naturaleza primaba. Después tuve campo toda mi vida y, tal vez por eso, defiendo tanto la naturaleza”.

La ex modelo Tini de Bucourt supo a los 21 años lo que era vivir sometida a la imagen y, sin tener la madurez suficiente para decir “no”, decidió operarse las lolas, algo de lo que se arrepintió años más tarde. “Me encantaría no haberlo hecho, que mi cuerpo fuera el ciento por ciento de lo que tengo. Ahora me cuido, obvio: me pongo mis cremas, me hago limpieza de cutis, hago gimnasia, y el resto del tiempo desarrollo mis proyectos y lo paso bomba. Pero pienso que es muy loco el tiempo que las mujeres pierden en salas de espera porque van a hacerse tratamientos para… ¡ir en contra del tiempo! Ocupan tiempo para combatir el paso del tiempo, en lugar de aprovecharlo para desarrollar los talentos y los deseos que tienen, que es lo que justamente las hace únicas, auténticas e interesantes. Las que pasan por el quirófano quieren ser distintas y terminan siendo iguales”.

Sin embargo, así como Tini ve a muchas mujeres que luchan contra sus arrugas, también ve a muchas otras que buscan algo distinto. “Vengo de dar una charla sobre actitud para trescientas mujeres en la ciudad de Rosario. Les enseño a descubrir otro tipo de belleza, el brillo que cada una de nosotras lleva adentro. Doy charlas en el interior, en empresas, en hoteles… me llaman de todos lados. Algo está pasando, la mujer argentina está pidiendo a gritos nuevos referentes. A gritos, ¿eh?”. Un dato esperanzador. 

Revista Psychologies

Manifiesto de la belleza positiva

Creemos que…

  • La belleza es la celebración de lo que es único en cada una de nosotras.
  • Tomarse un tiempo para cuidarse a una misma estimula la autoestima.
  • La belleza y la femineidad son complejas, y no deberían seguir una serie simplista de reglas o convenciones universales.
  • La belleza debería celebrar los modelos de inteligencia, individualidad y confianza.
  • Ser bombardeadas por ideales inalcanzables de belleza puede dañar esa confianza.
  • La verdadera belleza irradia quiénes somos realmente, incluso nuestras imperfecciones.
  • Sentirse bella es más importante que lucir bella.
  • Una mujer puede jugar con su imagen, su maquillaje y su ropa sin ser superficial.
  • No descuidar la apariencia ni obsesionarse con ella son signos de salud en la mujer.
  • Podemos ser bellas sin ser jóvenes, ni abiertamente sexys o delgadas.

“Las mujeres reales desaparecen de la TV”

Lorella Zanardo vivió varios años fuera de su país, Italia. Cuando volvió, prendió el televisor y se indignó al ver que la programación local estaba contaminada por un nuevo flagelo: el velinismo. Las velinas son, en Italia, el prototipo de mujer joven, bella e ingenua que suele aprovechar su exposición televisiva para promoverse en el mundo del espectáculo y que, ante las cámaras, se muestra sexy, callada y en un segundo plano, detrás de un hombre. Frente a esto, Lorella, que hoy tiene 53 años, decidió transformar la rabia en acción y se puso a trabajar en un documental, que circula en Internet y tiene ya unos tres millones y medio de visitas (www.ilcorpodelledonne.net).

La obsesión en la Argentina

El desembarco de la organización Any-Body en nuestro país no es casual. Preocupados por la obsesión que las argentinas tienen con su imagen, la ONG inglesa hizo una encuesta en un shopping porteño y a través de la Web, y pudo constatar que el 65% de las mujeres tiene problemas para encontrar talles, pese a que la Ley de Talles está vigente. Además, el 92% conoce al menos a una mujer que hace dieta. La coordinadora de Any-Body en la Argentina, Sharon Haywood, describió la situación en nuestro país como “particularmente grave”, porque aquí se combina la búsqueda de la figura perfecta con la escasa oferta de talles para mujeres de cuerpos normales. Por otro lado, la Fundación Mujeres en Igualdad sostiene que cerca del 70% de las argentinas tiene problemas para encontrar ropa que le quede bien. Y según los especialistas en trastornos de alimentación, somos el segundo país del mundo con el mayor índice de desórdenes de este tipo, después de Japón. Desde hace cuatro meses, Any-Body premia a aquellas marcas que ofrecen una amplia gama de talles y, hasta el momento, destacaron la oferta de Portsaid y Ver.

Bajo la consigna “Tenemos que cambiar la televisión, no ignorarla”, Lorella decidió reunir en Il corpo delle donne (El cuerpo de las mujeres) imágenes que muestran la humillación pública a la que se someten muchas mujeres italianas. Sus verdugos suelen ser productores y conductores que las denigran al hacerlas participar de todo tipo de ridiculeces.

El resultado del trabajo de Lorella es un ensayo visual de veinticinco minutos. “Empezamos por una urgencia: la constatación de que las mujeres reales están desapareciendo de la televisión y que son reemplazadas por una representación grotesca, vulgar y humillante  –dice–. La pérdida nos parece enorme; la cancelación de la identidad de las mujeres ocurre bajo la mirada de todos, pero sin que haya una reacción adecuada, ni por parte de las propias mujeres”.

Lorella y su equipo quisieron mostrar cómo la televisión manipula sin escrúpulos el cuerpo femenino en un espectáculo en el que  todos somos espectadores silenciosos: “Las imágenes no son sólo imágenes; son comunicación, memoria, saber, educación… La televisión tiene un poder increíble. A pesar de que hable de la realidad y represente la realidad, puede disimularla. La televisión hoy roba, afea, mina el paisaje de conciencia de todos, nos quita las raíces y los fundamentos. Rostros reducidos a máscaras por la cirugía estética, cuerpos inflados en exceso como fenómenos de circo, que nos envían una idea de mujer falsificada e irreal”.

“No podemos divisar en la televisión una naturaleza peculiar del ser femenino, una nueva identidad, original y genuina que no exista sólo en oposición a la identidad masculina, excepto en raros casos de algunos canales televisivos o en horarios de baja audiencia”.

En el documental, Lorella dice que la presencia de la mujer en la televisión es una presencia de cantidad, raramente de calidad, y que aparece para contentar y secundar cada presunto deseo masculino: “Está reducida y se reduce a ser un objeto sexual, ocupada en una lucha contra el tiempo que la obliga a deformaciones monstruosas, forzada a estar en un marco, completamente muda, o que presenta espectáculos televisivos que no requieren ninguna competencia. Estamos tan acostumbradas a vernos a través de los ojos de los hombres que ya no sabemos reconocer qué queremos realmente y qué nos hace felices. Nos miramos las unas a las otras con ojos masculinos, miramos nuestros senos, nuestras bocas, nuestras arrugas como pensamos que un hombre nos miraría…”.

Los músculos de la cara, excepto los que necesitamos para masticar, besar, olfatear y soplar –dice el documental–, sirven para expresar emociones. Cuanto más articulado y complejo es el carácter, más individual es la expresión de nuestra cara. Entonces, ¿tenemos que avergonzarnos de nuestras caras? ¿Tenemos que esconder nuestras arrugas? ¿Es una vergüenza el paso del tiempo que deja sus huellas sobre nuestro rostro? Cuándo escondemos nuestra cara, ¿renunciamos a nuestra unicidad y, entonces, a nuestra alma? La cara del otro nos envuelve, nos pregunta algo, nos hace responsables. La cara lleva un mensaje consigo: vulnerabilidad absoluta. Por eso, la camuflamos, la escondemos, la decoramos y hasta la modificamos con la cirugía.

“No le hagamos un lifting a nuestra cara, sino a nuestras ideas, y así descubriremos que muchas ideas que han madurado en nosotras mientras veíamos cada día en la televisión el espectáculo de la belleza, de la juventud, de la sexualidad y de la perfección corpórea, en realidad, sirven para escondernos a nosotras mismas, y a los otros, la calidad de nuestra personalidad”.

ETIQUETAS estereotipos de belleza

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