28 de julio de 2025
Pocas veces podemos vislumbrar la historia de vida de una persona: las batallas que ha librado, sus logros y sus cicatrices. Quizá nos acerquemos intuitivamente a percibir algo en su mirada, en sus gestos, en su expresión. Pero más bien ocurre lo contrario: el otro es un universo entero, único, y su vida un conjunto de sucesos inimaginable.
Gioconda Belli posa frente a la cámara con el pelo suelto, la boca pintada de rojo. Si uno no conociera su trayectoria, sería imposible imaginar quién hay detrás de la cámara: se trata de una mujer que dio su vida por la revolución en Nicaragua contra la dictadura de Somoza y que por su compromiso con la libertad, hoy vive su segundo exilio en España. Una poeta que se animó a hablar del cuerpo y de la sexualidad femenina cuando el tema era un gran tabú, y una voz que no teme denunciar las atrocidades cometidas por el actual gobierno nicaragüense.
Ganadora de diversos premios tanto por su poesía como por sus novelas, Gioconda Belli es considerada una de las mejores escritoras latinoamericanas. En su visita a Buenos Aires, donde presentó su último libro, Un silencio lleno de murmullos, una novela que combina datos históricos entrelazados en una trama ficcional de misterio, conversamos sobre literatura, tecnología, feminismo, liderazgo y los valores humanos que debemos encarnar en esta etapa crucial de la humanidad y del mundo.
—Empezaste a escribir en tu adolescencia, pero ya desde más chica recordás que tu abuelo te leía a Julio Verne. ¿Creés que ahí se encuentra la semilla de tu relación con la literatura y la escritura?
—Sí, no tengo la menor duda de que mi abuelo fue crucial en el desarrollo de mi imaginación. Era un ser bien especial porque tenía la idea de dejarnos el legado del amor por los libros. Él llegaba a la casa donde yo pasaba algunos veranos en la playa, porque vivía en un pueblo cercano, y nos traía libros, cómics. Mi abuelo fue importantísimo. Me contaba cuentos y muchas historias del tiempo de la colonia en Nicaragua, de la lucha de los indígenas, por ejemplo. La mujer habitada tiene mucho de eso, de las mujeres que luchaban aunque no las dejaban y que eran muy valientes. De ahí pasé a leer novelas de Dickens, El Gatopardo; de jovencita me encantaba leer Mujercitas, Drácula; las novelas góticas. En Un silencio lleno de murmullos incorporo algunas ideas de ese género.

—En este último libro tuyo, pese a que la historia narrada sobre Nicaragua es real y hay mucho de tu propia experiencia, te movés en el terreno de la ficción. ¿Es el lugar que te queda más cómodo para contar?
—Ya escribí un texto autobiográfico, El país bajo mi piel, y creo que esta novela es como el cierre de una trilogía que fue hecha, no voluntariamente, sino que fue saliendo: empieza con La mujer habitada [de ficción], sigue El país bajo mi piel, y ahora esta novela, que de alguna manera es el cierre de todo un círculo entre la ilusión, la práctica y la desilusión. Es una reflexión sobre la práctica política, que te puede llevar a grandes derrotas, pero esas derrotas tienen, también, enseñanzas. No se puede perder la esperanza ni la fe en lo que uno puede hacer, aun si te derrotan. Lo importante es poder aprender.
—Hay una frase del libro que dice lo siguiente: “La idea de la revolución necesitaba una revolución interior personal que no se dio. A fin de cuentas éramos hijos de la dictadura, llevábamos esa herencia en la sangre y fue apareciendo en la lucha. Salió lo mejor de nosotros, pero el poder corroe las buenas intenciones”. ¿A qué se refiere “una revolución interior”?
—Es una idea gramsciana, se llama “la responsabilidad de los intelectuales”. Gramsci fue muy importante para mí, y él hablaba de que toda revolución se vuelve una contrarrevolución si no hay un cambio de ideas, un cambio interior. Porque si hacemos una revolución con todos los valores que venimos cargando —la corrupción, el aprovechamiento, la falta de solidaridad y de compasión—, al final de cuentas pasa lo que pasó, por ejemplo, en Nicaragua, donde un personaje como Daniel Ortega encuentra dentro de su permanencia en el poder una razón de ser que le hace perder la perspectiva. El poder es para hacer cosas, no es para él ni para su familia, y no puede pasar por encima de todos los que se opongan a él, que es lo que ha hecho.

—En tu caso, que estás viviendo tu segundo exilio, lo que está ocurriendo en tu país debe ser muy duro…
—Sí, imaginate que a estas alturas de mi vida es un exilio que jamás pensé que me iba a tocar vivir, sinceramente. Que me hayan echado de mi país, que me hayan quitado mi nacionalidad, confiscado y expropiado mi casa y todo lo que tenía. Te sentís no solo traicionada, sino asombrada del nivel de crueldad que esta gente está demostrando.
—Hay una frase que dice: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente…
—Es muy cierto. Pero hay gente que ha tenido poder y no le pasa eso, saben renunciar, saben que les toca en un momento de la vida y tienen la humildad de saber que no son indispensables. Por ejemplo, Nelson Mandela, Václav Havel. No todos los que han tenido poder son necesariamente así. Pero sí lo estamos viendo en Daniel Ortega y en otros tiranos.
—¿Qué cualidades pensás que necesitan los líderes de hoy?
—Necesitaríamos más mujeres líderes, con una conciencia de un liderazgo diferente. Muchas veces lo que pasa con las mujeres líderes en este tipo de sociedades, donde el patriarcado ha sido la razón de ser, es que tienen que desnaturalizarse como mujeres y gobernar como hombres, porque si no, no les creen, como si la mujer tuviera que demostrar que es tan hombre como cualquier otro. Por eso escribí esa novela que se llama El país de las mujeres, donde ellas deciden: ‘no vamos a hacer eso, al contrario, vamos a gobernar con todas nuestras cualidades femeninas’. Yo estoy apostando a que eso va a ser cada día más posible.
—En En el país de las mujeres hablás del concepto de “cuidadanía”. ¿Podrías explicarlo y decirnos cómo lo podemos aplicar?
—La “cuidadanía” para mí es fundamental en este mundo. Es un área importantísima para la felicidad. Significa que hay una visión de cuidar lo que nos ha dado la naturaleza, cuidar el mundo, cuidar el mar; tener vocación de cuido, algo que para las mujeres es un instinto biológico. Creo que eso los hombres lo están aprendiendo poco a poco. Tengo un hijo que es increíblemente feminista en el sentido de que él cuida a su hijo, está totalmente claro eso de su parte como padre. Es tan lindo ver al padre intervenir de esa manera en la crianza, y significa tal cambio para el niño.
—En una entrevista señalaste que frente al movimiento feminista y los cambios que promovió, el hombre se encuentra “desorientado”.
—Ha habido un flujo de feminismo importante y cuestionador que ha puesto a los hombres muy nerviosos. Y ahora hay una reacción contraria, donde están culpando al feminismo de cambios que no tienen nada que ver con el movimiento. El hombre se siente amenazado pero la amenaza no es el feminismo, sino cómo está organizado el mundo. Al haber perdido su lugar de proveedores, tienen que encontrar un rol y una identidad diferentes, que no estén ligados a la dominación ni en mandar a las mujeres, sino una identidad solidaria, de compartir, de ser compañeros, de que ambos seamos más felices. Las mujeres no queremos el fin de los hombres, yo por lo menos no lo quiero, a mí me encantan los hombres, me gusta que existan, y creo que el trabajo que queremos lograr es la felicidad de los dos.
—Si pudieras imaginar un mundo utópico, ¿qué características tendría?
—Bueno, en primer lugar, tendría que ser un mundo donde no solamente hubiera una relación más equilibrada entre el hombre y la mujer, sino entre los países ricos y los países pobres y donde hubiera educación, un elemento fundamental para el adelanto de la sociedad. Generalmente cuando hay una situación económica difícil se sacrifica la parte social: se bajan los presupuestos de educación, de salud, etcétera. También hay que lograr la compasión. ¿Cómo es posible que esté muriendo tanta gente en el Mediterráneo? ¿Cómo es posible lo que está pasando en Estados Unidos con los inmigrantes? Es horrible. Han sido fundamentales para la vida y la riqueza del país y los están tratando como criminales.

—Traés el tema de la compasión, también has dicho que nos estamos deshumanizando. ¿Creés que puede tener que ver en parte con la tecnología? Así como vemos un video de una situación de guerra o de conflicto en la pantalla, seguimos escroleando y lo siguiente que vemos es un par de zapatos en venta…
—Claro, eso es horrible. Estamos de observadores. La tecnología se trata en gran parte de distraernos, porque la distracción tiene un efecto de consumo y eso alimenta el capitalismo y el individualismo; nos hemos aislado los unos de los otros. Yo tengo una frase que digo: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”.
—La solidaridad es lo que te mantuvo en pie frente a tantos momentos difíciles…
—Sí, claro. Esta solidaridad que he recibido en España me ha salvado, y también reconocer que la vida no se acaba porque te pase algo malo, sino que lo importante es encontrarle sentido y seguir adelante.
—Tenés naturaleza optimista, de eso no hay duda.
—Menos mal, si no ya me hubiera muerto (risas).
—Me pregunto por el lugar de la espiritualidad en tu vida. ¿Ocupa alguno?
—Para mí la espiritualidad es la humanidad, el mundo cercano que tengo a la mano. ¿Cómo voy a estar pensando en el más allá, si lo que tengo más acá no es satisfactorio o no puedo encontrar en eso la razón de mi ser? Ese ha sido mi credo. No pienso que voy a tener otra vida, ¡me encantaría! Somos muy dichosos de venir al mundo, de tener la oportunidad de estar vivos, y lo que hagamos aquí va a quedar en la memoria de los demás si vale la pena, si dejamos una huella. Creo que tenemos una obligación de dejar algo detrás de nosotros, de pensar que somos pequeñas piezas que vamos construyendo el futuro. Eso para mí es la espiritualidad.
—Voy a volver un poco a la literatura. Virginia Woolf es tu escritora favorita. ¿Por qué resulta pertinente leerla hoy?
—Todas las mujeres tendrían que leer Un cuarto propio. Cuando lees ese libro, te das cuenta de lo que ha significado la falta de la mujer en la literatura y por qué eso ha sucedido. Además tiene una capacidad de imaginación, de lenguaje, de maravilla… dibujaba con las palabras. La señora Dalloway, Al faro. Me han encantado también sus diarios. Además de pertinente, es bella. Una de las cosas que nos aporta la literatura es la belleza, una necesidad humana bien interesante, porque no la necesitamos para comer, ni para sobrevivir, ni para nada. Hablando de espiritualidad, la belleza es una seña del espíritu humano.
—Como la poesía, que tampoco nos da de comer, al menos no materialmente, pero sí en otros sentidos…
—Es la belleza de la palabra trabajada, que te puede transmitir una emoción profunda. Y somos seres de emociones, las necesitamos para tener una sensación de la vida más plena, ¿no?
—¿Pensás que la literatura, la música, el arte, son hoy más relevantes que nunca?
—Deberían serlo. Mucha gente ha dejado de leer por estar viendo Instagram. Nos fascina el teléfono. Y nos fascina porque existe esa relación donde tenés la retroalimentación inmediata de los likes y todo eso que es bien parecido al estímulo que sienten los jugadores que están apostando, que te activa la dopamina. Hay una parte bonita, entretenida, pero también tiene esa otra parte de adicción que es la que me preocupa. Los jóvenes ya no leen por estar en eso, y es una pérdida grande para ellos.
—Has hablado sobre la importancia de poder “soñar e imaginar el mundo”. Frente al avance de la tecnología en áreas creativas, y de la expansión de su uso y consumo por los jóvenes, ¿qué lugar tiene entonces la imaginación?
—Hay que defenderla. La inteligencia artificial da la impresión de que la podría sustituir, pero creo que es un instrumento para agudizarla. Es como todo, tiene doble filo. A nivel gráfico, por ejemplo, casi da miedo lo que pueden hacer, cómo pueden distorsionar la realidad y hacerte creer que es diferente a lo que es. Pero la imaginación humana es insustituible. El gran desafío de las nuevas generaciones es creer en su propia imaginación y no dejarse llevar por la idea de que la inteligencia artificial puede sustituir a la experiencia de la realidad y la imaginación humana.
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Prefundo y bellisimo!!!
Gracias Gioconda, te leo siempre, tu mirada amplia de la realidad latinoamericana, de la búsqueda del bien común , tu militancia y tu mujer interior que compartís tan generosamente, es huella en el camino… tu emoción, tu descripción tu arte compartido.. y tú siempre militar la vida misma. Te abrazo!