Sophia - Despliega el Alma

Mujer y trabajo

9 mayo, 2008

Generación siesta


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Meg Wolitzer*

Desde los Estados Unidos, la escritora Meg Wolitzer nos habla de una nueva generación: la que elige suspender su profesión para dedicarse a la maternidad. El debate de siempre, una nueva mirada. Por Teresa de Elizalde. Foto: Getty Images.

Amy, Jill, Roberta y Karen. Cuatro mujeres de 40 años en plena Nueva York. Todas son madres y han decidido suspender sus carreras profesionales para dedicarse de lleno a la maternidad. Han colgado los botines de la profesión y han optado por quedarse en casa. Ya llevan diez años compartiendo desayunos, llantos, pañales y mamaderas. Ahora han dicho basta. Sus hijos van al colegio y se encuentran con mucho tiempo libre; están listas para volver al ruedo. Están listas para despertarse de esa siesta que eligieron. Es la nueva generación de mujeres que, cuando las posibilidades económicas de la pareja lo permiten, deciden retirarse del mundo laboral para ser nada más y nada menos que madres. Y punto.

Amy, Jill, Roberta y Karen son el argumento de la novela The Ten Year Nap (La siesta de los diez años), de Meg Wolitzer, una escritora norteamericana de 48 años, madre de dos hijos de 17 y 13, hija de una madre feminista y, fundamentalmente, observadora de este fenómeno que puebla su ciudad de residencia. Desde Nueva York, Meg charló con Sophia sobre lo que fue observando en esta nueva generación: sus dudas, sus miedos, lo que dejan y lo que eligen al quedarse en casa.

–Meg, ¿por qué empezaste a estudiar a esta generación?

–Tengo que confesar algo. Yo tenía mucho prejuicio con las mujeres que decidían dejar de trabajar para quedarse en la casa. Las juzgaba muy duro. Decía: “No puedo creer que no seas capaz de hacer todo a la vez, no puedo creer que tengas que dejar de trabajar para cuidar a tus hijos”. Pero cuando yo decidí dejar de trabajar y empecé a vincularme con otras mujeres en la misma situación, las empecé a ver desde otro lado. Antes, para mí, eran mujeres muy aburridas que se dedicaban a la casa, a los hijos, y esperaban al marido cuando llegaba del trabajo para que él les contara qué había hecho. Me di cuenta, entonces, de que mi actitud era terrible, de ignorante. El mundo es muy duro, es muy complicado, y es muy difícil encontrar eso que la gente llama “equilibrio”. De hecho, no tengo ni idea de lo que es.

–¿Cómo fue en tu caso? ¿Dejaste de trabajar diez años?

–Al ser escritora y tener un trabajo bastante inusual, logré tener un pie adentro y uno afuera, porque trabajo desde casa. Pero, de todas maneras, lo que cambia es la valoración que uno les da a las cosas. ¿Quién dijo que trabajar para una empresa que fabrica un producto que te importa muy poco es más interesante que decir: “Me voy a quedar en casa a jugar con mi hija”?

–¿El mayor dilema, entonces, es trabajo o maternidad?

–Muchos lo ven de esa manera, pero yo creo que eso es falso. Las empresas hoy te hacen decidir a quien querés más, si al trabajo o a tu familia. Eso es falso. Es absurdo. Yo creo que el debate tiene que pasar por otro lado. Tiene que pasar por que cada mujer se pregunte realmente qué es lo que la hace sentirse plena, con qué quiere contribuir al mundo, dónde está su objetivo de vida. Conectarse profundamente con el deseo.

–¿Qué sienten las mujeres que dejan de trabajar?

–Algunas lo viven con culpa; otras no. Algunas extrañan su trabajo; otras no. Cada una trata de elegir algo y de ser consecuente con esa decisión. Lo que sí me llamó la atención es que estas mujeres no viven la vida que se imaginaron que iban a vivir, pero sí la que en ese momento decidieron. Es muy fácil proyectarse e imaginar que una puede hacerlo todo. Pero luego la realidad se pone delante de tuyo y ves que no podés. Para algunas es casi como una ofensa a su inteligencia, pero luego lo aceptan. Yo era de las que decía que nunca iba a llegar a esa situación… Lo peor es que siempre aparece alguien que te dice que trabaja, cuida a sus hijos, hace gimnasia, viaja… y vos te mirás y te preguntás: “¿Cómo hará?”. Pero en cuanto uno se pone a escarbar, resulta que trabaja medio tiempo, o que tiene una madre que recién enviudó que vive al lado de su casa, o que en realidad son los hijos de su marido…

–¿Cómo se ven? ¿Se sienten seguras?

–Ellas están contentas, pero muchas saben que el resto de la sociedad las mira mal. Si vas a una fiesta en Nueva York, por ejemplo, la gente te pregunta: “¿Qué hacés?”. Enseguida te juzgan y deciden cuán útil sos para el mundo. Yo he visto muchas mujeres que no trabajan que se sienten avergonzadas o invisibles por la vida que llevan.

–¿Y qué sienten las que trabajan?

–¡Eso es para otro libro entero! Van de acá para allá y siempre sienten que están dejando algo de lado. Si van a buscar a sus hijos al colegio el día que pueden, empiezan a fijarse qué libros están leyendo sus otros compañeros, para ver si ellas se olvidaron de comprar algo. Les pasa todo el tiempo. Tienen la sensación de que hay algo que no están haciendo. Hay momentos en que sienten que han logrado encontrar ese equilibrio. Hay días en que el trabajo ocupa tu cabeza en un ciento por ciento, pero si tu hija al día siguiente tiene fiebre, ésa es toda tu preocupación. Ellas van de un lado a otro, y uno siempre tiene la sensación de que tienen más tema de conversación, de que son más inteligentes que quienes están en la casa criando a sus hijos. Parte de un pensamiento que supone, por ejemplo, que una jefa de marketing de celulares es más interesante que quien se queda en casa con sus hijos.

–Por cómo lo plantea, parece que sí, que son más interesantes…

–Yo conozco muchas mujeres directoras de empresas que son mucho más aburridas que la mujer que está en la casa haciendo tortas para su hijo. Hay mucha gente que no tiene tema de conversación y que trabaja todo el día. Entregar el alma a una empresa no te hace más interesante. Desarrollar tu propia vida interior, tener tu chispa, respetar tus elecciones y disfrutarlas no tiene nada que ver con el trabajo que tengas. Hay una dicotomía entre el mundo de la casa y el mundo del trabajo, como si no pudieran tocarse, unirse. Y el mundo del hogar es visto como lo más chato y aburrido del planeta. ¡Pero eso no es así! Al contrario, eso es lo que permite que el mundo siga. De todas maneras, yo no quiero defender a las mujeres que se quedan en la casa, porque lo que quise, planteando la vida de estas cuatro mujeres, es eliminar esa polémica maternidad versus trabajo. Lo que yo busqué es maternidad y trabajo.

–Uno de los temas más fuertes es qué hacen con la ambición las que no trabajan.

–Seguro. Pero si uno se detiene a pensar qué es la pasión que la mueve, puede llegar a decir frases del tipo “yo no nací para esto, yo no nací para que la empresa tenga más plata”. Yo era muy ambiciosa. Cuando era chica, quería llenar el mundo de ideas. Pero, a medida que fui creciendo, todo se limita un poco. Las posibilidades se acortan y, por eso, justamente, las mujeres se toman esta siesta a la mitad de la vida, cuando aparecen las preguntas. En esta etapa, uno se para frente al espejo y se pregunta: “¿Qué quiero hacer de mi vida?”.

–¿Para vos fue positivo quedarte en tu casa?

–Me pasó algo fabuloso. Yo usaba todo el tiempo mi cabeza, mi cerebro. Escribiendo, entregando informes en editoriales. De repente, me di cuenta de que estaba mucho más descansada. Me conectaba con otro lado de mi cuerpo; en realidad, me conectaba con mi cuerpo. Dar de mamar a tu hijo y que no te importe nada más en el mundo; no salir a la calle; sentir que no hay ningún lugar al que te interese ir porque estás ahí, feliz con él, eso es maravilloso. Fue como un descanso. Sentí como que la presión se evaporaba. Era algo muy físico. Estaba muy cansada de la vida que estaba llevando.

–¿Qué pasa con la pareja? Existe como un miedo latente en muchas mujeres de volverse menos “interesantes” para sus maridos…

–Seguramente a tu pareja no le va a modificar que le cuentes si fuiste o no al supermercado, pero cuando uno conoce a alguien y planifica una vida, hay otras cosas que pesan; es una comunicación mucho más profunda la que cuenta y la que imagino prevalece en esos momentos. –En definitiva, pareciera como si el miedo de muchas mujeres estuviera ligado a la imagen… –A la gente le preocupa ser invisible, no ser interesante. Le preocupa no proyectar cierta imagen. Pero el problema es justamente ése. Vivir desde afuera y no conectarse con uno mismo. Vivir la vida como si fuera una biografía y no una vida real. Si uno se pregunta todo el tiempo cómo quiere que lo vean y no se pregunta cómo quiere vivir la vida me atrevería a decir que ese vínculo que uno tiene con uno mismo es algo flojo. ¿Qué me importa cómo me vean los demás?

–¿Cómo es la vuelta después de la siesta?

–Muy difícil. El mundo laboral no está preparado para que te vayas y vuelvas. Y, ojo, que cuando yo digo siesta, no digo que uno se dedique a dormir durante diez años, sino que luego de estar criando a sus hijos diez años, levanta la cabeza y se plantee: “¿Ahora qué?”. El mundo laboral espera que uno esté siempre listo, como si uno anduviera con un portafolio bajo el brazo, pero la gente cambia, cambia de trabajo, se harta, se cansa. Si uno tiene una determinación, una pasión muy fuerte, y quiere volver, finalmente lo logra. La maternidad no te anula como persona, no te elimina del sistema.

–¿Cómo era este dilema en las generaciones anteriores?

–Era mucho más claro. En mi caso, tuve una madre feminista sin saber ella que era feminista. Ella era la típica ama de casa de los suburbios, teníamos un solo auto y nunca íbamos a Nueva York. Las mujeres de esa época no se lo cuestionaban. Pero ella se aburría y se puso a escribir. Y la gente le decía: “Muy lindo lo que escribís, pero mejor volvé a tu casa a cocinar”. Las cosas fueron cambiando y se juntó con otras mujeres, y todas empezaron a mostrarse insatisfechas. Aprendió a manejar, se fue a la ciudad, y nos educó en libertad, con la idea de que podíamos hacer lo que quisiéramos.

 

*Escritora americana, madre de dos hijos que vive en Nueva York. En sus libros disecciona la realidad de miles de mujeres de hoy. A sus 48 años, lleva publicadas varias novelas, entre ellas This is your life fue llevada al cine en 1988, adaptada por Nora Ephron. Actualmente es además profersora en la universidad de columbia.

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