30 de enero de 2026
“No lo vas a creer, pero lo vas a querer”. Con ese slogan, abrió un nuevo bazar chino a la vuelta de la redacción de Sophia. Las obras para reformar el local —que supo ser un mercado gastronómico— duraron varias semanas. Me preguntaba cuál sería el nuevo rubro: ¿indumentaria? ¿calzado? ¿comidas? La vida es una caja de sorpresas: un mediodía, mientras pasaba para ir a comprar el almuerzo, un hombre chino salió a mi encuentro y me alentó a entrar, agitando las manos en el aire con una sintaxis sin verbos. “¡Mañana, gran inauguración! ¡De todo, gran inauguración! ¡Mañana!”.
No pude resistir la invitación a pasar para recorrer el local, ahora convertido en un mega bazar chino. Contento, me invitó a moverme en zigzag entre cajas y personas que hacían los últimos arreglos antes de la apertura. Y, como si fuera el guía de una expedición por la sabana africana, fue dándome información para un avistaje certero. “¡Maquillajes, ahí! ¡Decoración, allá! ¡Todo, todo hay! Ese sector… ¡carteras!”. Tenía razón. Conforme avanzábamos a través de los pasillos, un mundo de plástico infinito fue desplegándose ante mis ojos. No era la primera vez que recorría un bazar chino, claramente. Pero algo me decía que esta vez iba a ser distinto.
En la planta baja descubrí que había tantos colores y texturas de esmaltes de uñas como partículas existen en el universo. Verde, amarillo, fucsia, con glitter, semipermanente, en gel. ¿Cómo saber cuál elegir? “La angustia es el vértigo de la libertad”, escribió el filósofo danés Søren Kierkegaard en otro siglo, ignorando que, en un futuro que él no llegaría a ver, la angustia existencial pasaría por tomar decisiones impulsivas, alentadas por el consumo, la mayoría de las veces destinadas solo a la acumulación, o incluso a intentar llenar una sensación de vacío. “Esto no es todo. ¡Arriba, arriba… lo mejor!”, prometió, y fuimos juntos hacia un escalón más en la escala de ese paradójico ejercicio de comprar por comprar.
Esperen. No reniego de los broches, de las perchas, de las velas aromáticas, ni de los adornos navideños que he adquirido en tiendas similares. ¿O no cuadra aquí también eso de que quien esté libre de pecado arroje la primera piedra? Lo que intento decir es que ese hombre oriental que me conducía alegremente a través de la vasta producción del país más desafiante del mundo, me llevó hacia reflexiones necesarias. ¿Cómo puede ser que China nos inunde con sus Labubus en serie y que esos rostros diabólicos de cuerpos de peluche cautiven a grandes y chicos con la hipnosis de lo prescindible? ¿Por qué queremos comprar aquello que —sabemos— muchas veces no nos hace falta?
“Nos dicen que comprar cosas es la clave para la felicidad”, escribió Annie Leonard en el libro La historia de las cosas, donde reflexiona sobre la desconexión que existe entre lo que compramos y lo que verdaderamente necesitamos y cómo, gracias a la publicidad (que siempre nos hace sentirnos incompletos) la sociedad occidental cambió bienestar interior por aspiración material. Es que, como señala el filósofo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio: “La sociedad del consumo promete libertad, pero produce dependencia”.
“¡Escalera mecánica!”, me grita el dueño del bazar para sacarme de mi ensoñación, porque de pronto mis defensas ceden ante unos recipientes que no tengo claro para qué sirven, pero empiezan a gustarme de una manera urgente. Al parecer, son una réplica de los que creó un reconocido diseñador, pero cuestan una ínfima parte de los verdaderos. Luego, señala hacia ese sector del local donde la cinta en movimiento lleva hacia un segundo piso en el que, me aclara, “¡hay mucho más, mucho más!”.
¿Cuánto más puede haber en un bazar chino? La pregunta no parece tener respuesta y, al final, la cantidad de opciones es como el desenlace de un thriller: aterrorizante e incierto. En eso, me muestra una valija, exacta copia de las que vende una reconocida marca en la misma manzana. “Todas chinas, las mismas que cuestan el triple acá a la vuelta”, me explica el anfitrión del recorrido, haciendo rodar una carry on de color violeta. Charlamos y me cuenta que está orgulloso: su actual negocio le gusta más que el supermercado que supo tener años atrás. “Más lindo este ¿no? ¿Te gusta ahí?”, pregunta señalando hacia un sector donde flores y plantas artificiales desaprovechan la luz del sol, porque el techo, de acrílico transparente, deja ver el cielo. Sin embargo, nadie eleva la mirada: todo lo que brilla a los ojos de un comprador está siempre al ras del suelo.
¿Cuál es la verdad y cuál la falsedad detrás de todo esto? ¿Por qué obnubilan la reflexión los destellos de estantes repletos con gatitos de la suerte? De hecho, recuerdo que le compré uno a mi hijo cuando tenía dos años, porque cada vez que los veía se reía a carcajadas y lo imitaba subiendo y bajando su brazo. El adorno estuvo en movimiento pocos días, luego dejó de funcionar. Su “suerte” fue terminar en el contenedor de los reciclables.
Según la plataforma de recursos humanos Safeguard Mundial, 1 de cada 4 dólares producidos en fábricas alrededor del mundo proviene de China, país que acapara prácticamente el 28% de la producción manufacturera mundial. No tengo esos datos al momento del recorrido, pero no me hacen falta. Soy testigo ocular de la dicotomía cantidad versus calidad. Como no puedo dejar de pensar en el impacto que semejante engranaje puede tener en el planeta, busco luego esta cifra: 4,11 mil millones de toneladas de residuos sólidos industriales se registraron en ese país solo en un año.

En la cuenta de Instagram del bazar una joven influencer alienta a visitarlo, con la promesa de que se pueden encontrar más de veinte categorías de consumo distintas en un solo lugar. Belleza, decoración, bijouterie, juguetes, regalos, bebidas, papelería y hasta un spa de manos, son algunas de ellas. “Hoy no, mañana inauguración. ¡Mañana ya poder comprar!”, grita el dueño de este paraíso del polímero, ahuyentando a unas personas que, al ver la puerta abierta, quisieron aprovechar las ofertas.
Sin querer, se me fue demasiado tiempo en una visita que no tenía planeada, pero que por algo salió a mi encuentro. Me espera el almuerzo que compraré en otro chino, el de la comida por peso que está apenas unos metros más allá de este megaespacio. Antes de irme, agradezco por su amabilidad al dueño y le explico que tengo que volver a trabajar. Mientras me acompaña hasta la salida, aprovecha para mostrarme los cuadernos, los stickers y los vasos térmicos, mientras apura a las jóvenes vendedoras que están acomodando decenas de muñecos a terminar su tarea para seguir con otro stand.
“Podés traer compañeras, mañana. “¡Gran inauguración! ”, me despide sonriente y con un beso en la mejilla. Antes de irme, le pregunto su nombre. “Me llamo Ángel”, responde apurado, mirando a un lado y al otro como un ave que teme el avance del depredador, chequeando que todo esté donde debe estar. “Ángel…”, repito en voz alta, perpleja, buscando un remate para esa información. Al salir, vuelvo a leer el cartel de la entrada, pero con más detenimiento: “No lo vas a creer, pero lo vas a querer”.
En la vidriera, un peluche convive con una botella de whisky, un robot con una cajita de música, y la réplica de una cartera de marca con una fragancia imitación. En el fondo sé que, aunque podría caer fácilmente en las garras de las chucherías, en verdad no necesito nada de todo eso. Y que entre querer y creer, voy a elegir siempre la segunda opción.
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Muy bueno el informe, estoy totalmente de acuerdo. La gente se innubula con estos bazares. Compran sin necesidad.
Saludos
Helen