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Cultura

23 septiembre, 2022

«Frente a la violencia del mundo, la dulzura es un poder infinito»

La frase es de Anne Dufourmantell, una filósofa y psicoanalista francesa que murió intentando rescatar a dos niños que se ahogaban. A pesar de su ausencia, su voz se levanta con fuerza en estos tiempos que tanta dulzura precisan.


La elegante dulzura de Anne en una de sus últimas entrevistas. Foto: Captura del canal de YouTube de Librairie Mollat.

Por Luciana Tixi

En Potencia de la dulzura, un libro publicado en Argentina por Nocturna Editora, la dulzura forma parte de un movimiento que no tiene límites, pero sí un enorme poder de transformación. Su escritura es poética, fragmentaria, y en él se entremezclan ficción y reflexión como si fuera una canción destinada a dejar florecer un pensamiento que se escucha como una música suave, para invitar a aquietarse, a viajar hacia adentro.

Anne Dufourmantelle nació en París en 1964 y estudió filosofía en la Sorbonne, donde se doctoró a los 30 años con una tesis sobre el carácter profético de la filosofía. Más tarde se formó, además, en la universidad de Brown, en Estados Unidos. Fue psicoanalista, profesión que ejerció con rigurosidad, buscando indagar en las experiencias de sus pacientes, hilvanándolas en el tejido de las indagaciones filosóficas. Aunque siempre con una disposición amorosa para dedicarse a ellos.

También fue docente, novelista, ensayista y columnista en el diario Libération de Francia. En el ámbito editorial, dirigió para Calmann-Lévy una colección llamada “Biblioteca de Pequeñas ideas”, donde publicó el libro La hospitalidad junto al conocido filósofo francés Jacques Derrida. Su estilo claro, sin ambigüedades, lejos de los tecnicismos de los que estas disciplinas muchas veces son presa, fue la clave para atraer enseguida la atención y cariño del público. 

Pero su estadía en el mundo fue corta: murió en 2017, cuando apenas tenía 51 años y le quedaba mucho por decir. Ocurrió en las costas de Pampelonne, cerca de Saint-Tropez, luego de salvar a dos niños que corrían el riesgo de ahogarse en la playa. Este acto de entrega cubrió su recuerdo con un halo heroico, y muchos leyeron en este gesto final de su vida la coronación de su pensamiento, que proponía albergar el riesgo como una forma de ser y estar en el mundo. 

Por eso, hoy queremos rendirle homenaje a través de estas líneas, repasando algunas de sus ideas más importantes.

La dulzura

Anne Dufourmantelle decía que la dulzura no es un concepto, porque no se deja definir. “La dulzura es un enigma”, señalaba. Lo mismo podría decirse de su pensamiento, que no cabe ubicar ni dentro de la psicología, ni dentro de la filosofía, sino en los márgenes de estas disciplinas. En sus textos se pueden leer profundas reflexiones donde hace dialogar a otros autores de distintos ámbitos para pensar un poco por fuera del molde, a contrapelo de lo esperable. Lo llamativo de su escritura es, justamente, esta invitación a abandonar el terreno de lo seguro, de la certeza. La decisión de animarse a enfrentar lo desconocido para dar lugar a lo nuevo. 

El riesgo, ese arrojarse a lo desconocido

Uno de sus libros, quizás el más conocido, se titula Elogio del riesgo (fue publicado en 2019 en Argentina, también por Nocturna Editora). En esta serie de ensayos reunidos, la pensadora francesa recupera la noción de riesgo como un valor de la existencia: “La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros, los vivos, corremos”, comienza diciendo en este trabajo donde a su vez señala: «‘Arriesgar’ la vida es una de las expresiones más bellas de nuestro idioma». En contra de la tendencia tan de nuestra época, que busca evadir el riesgo haciendo cálculos, contratando seguros, planificando hasta lo más mínimos detalles, alimentando la ilusión de poder saberlo y controlarlo todo, Dufourmantelle se separabba de esa idea y para proponernos reflexionar sobre la riqueza que encontramos cuando damos lugar al riesgo.

Sin embargo, lejos de promover el riesgo como una forma de vida alocada, que abraza el peligro sin responsabilidad en pos de una realización personal, la pensadora hablaba más bien de dejarse llevar, un poco, hacia el terreno de la incertidumbre, de lo desconocido. “Si el riesgo es aquel evento del ‘no morir’, está más allá de la elección, es un compromiso físico del lado de lo desconocido, de la noche, del no saber, una apuesta frente a lo que, precisamente, no se puede zanjar. Entonces abre la posibilidad de que sobrevenga lo inesperado”. 

Dos de los libros de la filósofa francesa que fueron editados en la Argentina. Foto: Nocturna Editora

Dejar lo familiar para abrirse al amor

En otro de los ensayos que componen el libro Elogio del Riesgo, la autora habló de la necesidad de dejar lo familiar, los códigos, las pertenencias, el linaje, todo aquello heredado a lo que sin pensarlo permanecemos adheridos, para abrirse al riesgo del amor. Pero, según explicaba entre sus páginas, para ser seres capaces de amor y de alegría antes debemos dejar atrás “la familia”, entendida como aquello que nos ata a órdenes no cuestionados, a los mandatos invisibles. 

El olvido

En su obra, Dufourmantelle también ha cuestionado el afán de nuestras sociedades por querer recordarlo todo. Según decía, “la lucha contra el olvido se ha extendido de manera preocupante a toda función de salvaguardia, evitándonos quizás un vínculo diferente, silvestre con nuestro pasado”. ¿Cuántas veces nos encontramos sacando fotos de cuanto momento registrable tenemos con el fin de evitar perder esos recuerdos, sin entender que ese olvido, ese volverse difuso e incierto del pasado en realidad nos constituye? 

Dejar atrás el sí mismo

El riesgo, el olvido, lo no familiar, apuntan en una dirección opuesta a lo que marca el mapa de moda en el desarrollo personal. Mientras los libros de autoconocimiento y autoayuda se multiplican exitosamente, Anne Dufourmantelle opinaba que, por el contrario, “las experiencias más fuertes que nos es dado vivir disuelven el ´sí mismo´ más que cualquier propósito negativo”. Disolver el sí mismo es, justamente, mostrarnos que no somos transparentes para nosotros mismos, que siempre hay algo nuestro que se nos escapa, que puede ser nuevo y no estar determinado.

A su entender, la manera en que nos relacionamos con lo que nos sucede, la manera en que nos dejamos afectar por lo real, depende de nosotros mismos y de cómo nos movemos en ese mundo abierto. Por eso, su apuesta es la contraria, como si invitara a no volverse uno mismo, a no encerrarse en conceptos y definiciones a los que se debe prestar obediencia.  

Hay que leerla para reconocer lo atractivo de su propuesta. Más allá de la belleza de sus textos, que hacen navegar sobre las páginas, ofreciendo una experiencia de lectura distinta, la reflexión a la que nos invita su obra, siempre vigente, además nos interpela. Mientras leemos, estamos invitados a ejercitar el preguntarnos sobre nosotros mismos y sobre nuestra época, sobre nuestra necesidad de reaseguro, sobre nuestros miedos, sobre nuestros vínculos. Pero se trata de una pregunta diferente, una pregunta sin respuesta, abierta a la novedad y a modos honestos y genuinos de ser fuera de cualquier moda. 

ETIQUETAS arte cultura emociones filosofía literatura sentido de la vida

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