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Artes

13 mayo, 2022

Eugenio Cuttica: «El arte es la única salida que tenemos»

El artista argentino –radicado en Nueva York– regresó a nuestro país para presentar Serendipia, una muestra donde la mirada sagrada de la vida se hace presente y transforma el alma de todo aquel que se detiene a mirar.


Eugenio Cuttica nació en Argentina y descubrió durante la niñez que quería hacer arte por el resto de su vida.

Por María Eugenia Sidoti

Un misterio habita la producción de Eugenio Cuttica y es parte del universo visible (y a la vez invisible) que retrata en cada una de sus obras. Y no se trata de algo meramente conceptual, sino que es una experiencia material, física: Eugenio es esa tela y esos materiales que utiliza; es esa niña que flota, dormida, sobre el campo de trigo. Un éxtasis –como lo llama él– que sintió por primera vez cuando era muy pequeño: «Tenía 7 años y estaba jugando con la plastilina cuando, de pronto, ya no sabía si yo era la plastilina o si la plastilina era yo«, relata y comparte que, luego de atravesar otros momentos así, se hizo una firme promesa: «Me prometí a mí mismo que nunca iba a perder ese estado mental y a los 42 años, luego de un llamado muy fuerte, hice un gran cambio: pasé de pintar el grito a pintar el silencio, y ahí mi obra se catapultó. Desde entonces, pinto desde adentro hacia afuera. Todos los cuadros que ves aquí han surgido de esa manera, yo no pinto lo que veo, sino que hago visible lo invisible», revela mientras guía el recorrido de Sophia a través de sus obras.

Serendipia se llama su nueva muestra, un espacio que se puede visitar hasta el 15 de junio en el Hotel Anselmo Buenos Aires. El por qué de no haber elegido un museo o una galería para exponer en esta nueva visita a la Argentina (lleva años radicado en Nueva York donde se dedica a formar a jóvenes artistas), tiene una razón tan personal como afectiva: es en ese hotel donde se alberga cada vez que vuelve al país que lo vio nacer. «Son tan generosos conmigo que no podía negarme. Además me gusta, porque la naturaleza de mis obras es expansiva, tiene una energía que irradia y fue extendiéndose, creando una serendipia», dice señalando a su alrededor, donde las plantas y los árboles del patio conviven con sus pinturas e instalaciones, en ese juego que tanto le gusta: trazar líneas que enlazan mundos. «El arte no es un cuadro o una escultura sino una actitud hacia todo lo que nos rodea», su lema.

El artista en uno de sus espacios creativos. Tiene un taller en Argentina y otro en Nueva York, donde reside junto a su familia.

«A los 42 años tuve un llamado muy fuerte e hice un gran cambio: pasé de pintar el grito a pintar el silencio, y ahí mi obra se catapultó. Desde entonces, pinto desde adentro hacia afuera. Todos los cuadros que ves aquí han surgido de esa manera, yo no pinto lo que veo, sino que hago visible lo invisible».

–¿Y qué es una serendipia, Eugenio?

–Serendipia es una palabra griega, de origen persa, que es como un poema en una sola palabra, porque significa la belleza que sucede porque sí, que se aparece cuando uno no está buscándola. Es la aparición de la belleza en los lugares más inesperados.

–Se nota que existe una conexión muy fuerte de tu obra con lo trascendente.

–Antiguamente, en la Edad Media, los pintores rezaban antes de pintar, porque es una forma de pasar la energía del hemisferio izquierdo, que es el del intelecto, al derecho, que es el hemisferio de la intuición y del conocimiento innato. Entonces hacían esa transferencia y recién ahí empezaban a trabajar. El arte siempre ha tenido un fundamento y una ligazón con lo espiritual, y con una divinidad que todos tenemos, porque venimos con ella. Esta necesidad humana del arte se apoya en la etimología de arte: ars significa herramienta y teo, Dios. La palabra misma indica lo que realmente es: el arte es una herramienta para llegar a lo sagrado. Pero eso se fue perdiendo y entonces estamos todos sintiendo la falta de algo y nos encontramos buscando y buscando, como adictos, eso ausente que es la conexión con lo divino y que ya no sabemos lo que es, porque lo hemos olvidado.

El anfitrión durante la inauguración de su nueva muestra, que se puede recorrer hasta el 15 de junio de forma libre y gratuita. «Celebro que vengan todos, el arte no debe ser para pocos», dice.

Autorretrato

Nació en Buenos Aires en 1957 y se formó con grandes maestros de la pintura, como Antonio Berni y Carlos Alonso. Hasta los 40 años fue expresionista y la belleza estaba dada por el acto mismo de pintar, en su mayoría obras abstractas, con mucha materia. Una energía que, dice, le brotaba de sus centros emocionales. «Era una pintura que salía de un grito», comparte. Pero comprender que, cuanto más se grita, ese sonido se oye cada vez menos hasta que ya casi deja de producir su efecto, lo llevó a economizar recursos. Entonces se produjo en él una vuelta a los dibujos de la infancia, a una pintura más mesurada, más amorosa, más inclinada hacia la ternura, hacia la verdad, hacia el amor y hacia el silencio… Una pintura espiritual y meditativa, basada en conceptos que aprendió de la filosofía oriental.

Esa travesía fue para Eugenio una aventura necesaria en la búsqueda de una mayor conexión con lo sagrado porque, según explica, en sociedades basadas en el consumo, como la nuestra, la pérdida de lo divino se dio como un reemplazo a la mirada artística de la vida, que es libertad y la permanente necesidad de transformación. «El arte tiene un poder tremendo, es el poder por encima de todos los poderes; el arte verdadero atraviesa todo y tiene el poder de transformar la realidad. Esto que digo no es ciencia ficción, es algo verdadero. O sea, tanto el espectador frecuente del arte, como el que lo hace, es pasible de tener una transformación para bien. Porque el arte es amor, es libertad, es verdad y es belleza».

Hacer un alto para contemplar y dejarnos atravesar por el arte es una experiencia que todos deberíamos poder transitar.

«Tanto el espectador frecuente del arte, como el que lo hace, es pasible de tener una transformación para bien. Porque el arte es amor, es libertad, es verdad y es belleza».

–¿Cómo recibe eso el espectador?

–Todo esto entra a nivel inconsciente. Todo el mundo se da cuenta y no se da cuenta, pasan las dos cosas al mismo tiempo. Después que lo explico dicen «¡Ah, sí!». Es lo mismo que pasa con un poema. Yo trato de jugar con el misterio del lenguaje de la pintura y el lenguaje simbólico. Mis cuadros pueden gustar o no, pero nadie puede permanecer indiferente, porque son entes energéticos.

–¿Por qué tanta gente siente reparos a la hora de acercarse a una muestra de arte?

–Que la gente no se sienta preparada para acercarse con naturalidad al arte es algo que hacen a propósito galeristas, curadores y gestores del arte y la cultura, porque buscan imponer un concepto marketinero del arte. Entonces, para evitar las críticas, acusan de ignorante al que se queja, por eso las personas tienen miedo y, al no decir nada, viven rodeadas de un arte falso.

¿Cuál es la razón de que eso ocurra?

–Ocurre porque todo el mundo quiere ser artista. Esto que voy a decir puede sonar un poco fuerte, pero gran parte de la gente trabaja en algo que no le gusta, gana poco dinero y compra cosas feas para regalárselas a gente que odia. Es como una vida miserable, ¿no? Pero el que hace lo que le gusta y vive de eso pasa a otra dimensión y deja de trabajar para siempre, toma la energía de otro lado, se deja atravesar por la inteligencia del universo y todo es mucho más fácil y barranca abajo. Por eso el artista es envidiado y atacado permanentemente, a John Lennon lo mataron. Para ser artista hay que ser tres personajes a la vez: el guerrero, el mercader y el sacerdote. El sacerdote, porque tiene la conexión con lo supremo, pero necesita al mercader para saber vender su obra y venderse a sí mismo, si no tarde o temprano el arte deja de perdurar. Y el guerrero es necesario porque si tiene éxito será muy atacado: ser un artista provoca que otros se sientan mal y respondan de forma agresiva o indiferente.

Amor y respeto se llama esta obra que mide 1.85 x 3.2 metros y une la valentía del samurái con lo sagrado femenino de la niña.

–¿Qué tienen para vos estas pinturas que podemos ver en la muestra?

–Uno de los cuadros que a mí me parece más interesante es Amor y respeto, porque es muy fuerte pero a la vez es muy zen. Por eso tiene una imagen de un samurái, que es un guerrero, unido a la espiritualidad a través de la niña, que está como flotando. Los dos personajes están unidos por los mismos principios: uno es la espada que defiende la luz y la otra es la luz en sí misma, conectados a través de un puente de pasión, que son las hojas rojas. Algunas de mis pinturas son muy simples: Luna y los tigres, por ejemplo, representa lo salvaje, porque la verdadera femineidad tiene algo de felino y es muy poderosa, es el amor que siempre triunfa.

–¿Qué significa Luna, esa niña que aparece en casi todas tus creaciones?

–Luna es un personaje que hago desde hace veinte años, un símbolo de la femineidad verdadera, porque está cómoda en su piel de mujer. Es una niña de nueve años que no ha sido transculturada bajo ninguna estrategia de poder y es simplemente el amor incondicional, la femineidad que tenían nuestras abuelas, esa que todos extrañamos y, sobre todo, que las mujeres extrañan. Es un tema tabú del que no se puede hablar ahora y por eso lo pinto en distintas circunstancias. Casi siempre Luna está sobre una silla, porque la silla es el altar, el instrumento del estudiante que adquiere conocimiento. Ella está de pie, enaltecida por el instrumento del saber intuitivo, mirando hacia el horizonte, que es la mirada panóptica, la mirada de la consciencia que atraviesa la materia.

Luna y las glicinas significa, según su autor, la transformación a través de rayos que caen del cielo convertidos en flores de color violeta.

–Lo femenino es muy importante en tu obra…

–Es que lo femenino es la redención que conquista. Lo femenino tiene más fuerza que la fuerza del hombre, pero es algo que las mujeres lamentablemente han olvidado y están logrando su lugar combatiendo al hombre con las mismas armas que ha usado él. Entonces el machismo, lejos de disminuir, se ha extendido a los dos sexos, y ahora todo es machismo. Yo pinto la verdadera femineidad, el yin. Hoy el desequilibrio es enorme, todo es yan y por eso todos estamos solos. Es algo que no muchas personas se animan a decir, por eso a mí me va bien, porque digo las cosas que pienso. No tengo miedo, no soy un diplomático que pinta; soy un artista desde el lado de la transgresión.

–¿Sentís que el cambio de paradigma es evidente?

–Exacto. Felizmente, creo que la sociedad se está dando cuenta de que ya no queda piedra sobre piedra y que hay que empezar a reconstruir todo. Yo siempre estoy viendo la realidad que está detrás de lo aparente. Eso es algo muy duro, que me hace sufrir, hay que tener la piel de elefante, porque uno es un sismógrafo tanto de lo bueno como de lo malo de lo que ocurre alrededor. La gente muchas veces toma la decisión de acorazarse para dejar de sentir, para no sufrir. Pero el artista, en cambio, utiliza el sufrimiento como elemento de su trabajo.

–¿En qué medida el arte nos transforma?

–El arte tiene un poder de transformación enorme. El arte disuelve las diferencias, por eso es ecuménico. Es como el amor de la madre con el hijo, una forma de encuentro que es un bálsamo para la soledad. El arte es, también, un abrazo entre dos extraños: yo no conozco a todos los que ven mis obras y, sin embargo, muchos de ellos me han hecho llorar. Hay infinitos universos en el espacio tiempo y a través del arte uno puede elegir en qué universo quiere vivir; es mentira que debemos ajustarnos a la realidad con la que nacimos. El pasado no existe, el futuro no existe. Por eso, el arte es la única salida que tenemos, como individuos y como sociedad.

Si querés recorrer la muestra de Eugenio Cuttica, acercate al Hotel Anselmo Buenos Aires en Don Anselmo Aieta 1096, San Telmo (frente a Plaza Dorrego). El ingreso es libre y gratuito.

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