Sophia - Despliega el Alma

Pareja

13 diciembre, 2007

Estás divorciada (¿y no te diste cuenta?)


La situación de muchas parejas

Vivir bajo el mismo techo es posible; la clave es de qué manera se vive. Un análisis de cómo en un matrimonio podemos estar lejos estando muy cerca.

Hace unos días, después de dejar a los chicos en el colegio, mi amiga María José me comentó que no se acordaba de cuándo había estado por última vez con su marido. Al principio, me sorprendí. No entendí de qué me estaba hablando. El último fin de semana habíamos estado todos juntos visitando una muestra de arte para chicos en pleno centro de la ciudad. A medida que me iba contando lo que vivía, empecé a entender qué me quería decir. “Cuando te digo que hace rato que no lo veo, trato de explicarte que no puedo registrar bien cuándo fue la última vez que realmente miré a Javier, que me ocupé de él, que contemplé sus necesidades. Casi ni me doy cuenta cuando está en casa, no lo sigo, no lo observo. Ayer, por ejemplo, me preguntó qué me parecía su nuevo corte de pelo. Me di cuenta enseguida de que era una pregunta capciosa. Se había cortado el pelo hacía diez días y notó que yo ni lo había registrado”.

Una vez que empezó a confesarse, María José no se detuvo. Igual que muchas parejas de hoy en día, ella y su marido casi no se comunican; cohabitan bajo el mismo techo, trabajan mucho, son padres de hijos pequeños y a la noche llegan a su casa agotados y casi sin ganas de hablar. Uno mira televisión, otro se sienta en la computadora, y así van, cada uno en su mundo, sin punto de conexión.

En una Argentina donde la tasa de divorcios sube cada día más, también aparece un alto porcentaje de matrimonios que, si bien están casados, para los especialistas no forman una pareja propiamente dicha. Están juntos desde lo formal, pero no desde lo profundo. ¿Las razones? “Son muchas”, dicen los expertos. Por un lado, está lo externo: la inseguridad en las calles, el costo de vida, la obligación de tener que trabajar cada día más para llegar a fin de mes… Por el otro, está la etapa de la vida que atraviesa la pareja. Hay un momento –cuando los hijos son chicos– en que el matrimonio se viste de expendedor de servicios y se dedica a firmar cuadernos de comunicaciones, comprar regalos de cumpleaños para los amiguitos, pagar cuentas, hacer compras en el supermercado y buscar prepúberes en el boliche. En ese marco, es difícil encontrarse, mantener la intensidad de otros tiempos. ¿Qué pasa? ¿Es normal lo que está sucediendo, es parte de esta etapa de la vida o hay que preocuparse? ¿Se puede salir de esta situación?

El encuentro y la intimidad

Según los expertos consultados, hay una etapa de la vida que es así, cuando los chicos son muy chiquitos. Sin embargo, no es bueno que la comunicación se pierda, más allá de la situación que se esté viviendo. “En este tipo de momentos, suele haber una comunicación cotidiana, anecdótica, pero en la cual los miembros de la pareja no están involucrados emocionalmente”, explica la psicóloga Patricia Faur.

Es normal que en casa reine el cansancio y que la mayoría de las conversaciones tengan que ver con “Me entregaron el boletín de Manuelito” o “Acordate de pagar el gas”. El problema surge cuando éstos son los únicos temas y no aparece de vez en cuando un “¿Cómo estás con tu vida, con tus proyectos?” o “¿Estás contento?” o “¿Cómo ves nuestro matrimonio?”. Eso es comunicación emocional.

Cuando toda la labor de “padre y madre” hace que la pareja deje de lado el rol de “marido y mujer” surgen los conflictos, los distanciamientos y, en ocasiones, la indiferencia. “Al aparecer los problemas en la pareja, se establece este circuito disfuncional, las parejas intercambian menos tiempo juntos (salidas solos, viajes, charlas íntimas), los momentos de gratificación mutua se van viendo disminuidos, y la insatisfacción marital va emergiendo mientras se va generando un distanciamiento entre ambos que muchas veces viene acompañado de aburrimiento, sentimientos de soledad y también apatía”, apunta Agustina de Cristóbal, psicóloga, especialista en vínculos del Centro Orientar.

En general, se va llegando a esta situación con el correr del tiempo, por desgaste y por descuido. Muy pocas parejas tienen la costumbre de comunicarse desde su intimidad emocional. “Esto es como un entrenamiento. Es necesario tomarse un tiempo para tener un feedback con el otro y saber qué le está pasando, qué siente, no sólo para que comunique lo que le ocurrió en el trabajo, sino para que tenga un espacio donde hablar acerca de sus sueños, de sus miedos. Cuando hablamos de intimidad emocional nos referimos a esto, a una comunicación un poco más profunda. Si bien es cierto que en la convivencia no se da con mucha frecuencia, porque con su vertiginosidad la vida cotidiana te va llevando a que no haya espacio, hay parejas que, por más que sea por poco tiempo, logran conectarse, aunque sea corporalmente, con una mirada, con un gesto de cariño”, agrega Faur.

La falta de comunicación, el silencio, la indiferencia no es simplemente apatía, sino que puede ser una forma de violencia. “A veces, en la pareja, el no comunicar es una manera de negar al otro, de ponerlo en un lugar de objeto, como si no existiera. Es una falta de registro”, afirma Patricia Faur.

La salida es comunicarse

Ante la situación del matrimonio de ir por la vida en paralelo pero sin punto de encuentro, hay una única opción para salir: ser conscientes de la necesidad de revertir la situación y aprender a comunicarse.

“Una comunicación sana es directa, no obliga al otro a interpretar mi discurso, a que trate de entender que con un gesto, una palabra dicha a medias o una metáfora le quise decir algo. Si le quiero transmitir algo, se lo digo directamente. Por ejemplo, a veces, en lugar de decir: ‘Quiero que me acompañes al médico’, tendemos a pensar que si el me quisiera tendría que darse cuenta de esto y me acompañaría sin que yo se lo pidiera. Entonces, se utiliza una comunicación indirecta y decimos: ‘Mañana voy al médico’ y nada más, o ‘El lunes tengo ginecólogo pero, dejá, voy sola’. En general, el otro no reacciona e interpretamos que no me quiere acompañar, cuando en realidad no se lo pedimos”, explica Faur.

Por último, es importante recordar que la comunicación no es sólo lo verbal; también incluye lo gestual, la acción, el lenguaje de los cuerpos. Hay cosas que a veces no se dicen directamente en lo que uno expresa. Existen distorsiones en la comunicación que tienen que ver con gestos, con sarcasmos, con ironías, con una mirada de desprecio y, sin embargo, nadie dijo nada. “El otro es absolutamente consciente de que algo le hizo mal en esa comunicación, pero no puede descifrar bien qué es. Es importante, entonces, estar atentos a todos los canales de la comunicación en la pareja, porque en ocasiones las cosas más dolorosas no tiene que ver con qué se dice, sino con cómo se dice. Tal vez, lo que reclamo es legítimo, pero el problema es que lo reclamo de una manera horrible”.

Muchas de estas parejas tienen temor a la intimidad, no sólo con el otro, sino con ellos mismos. En ocasiones, no nos relacionamos demasiado con nuestros sentimientos y vivimos huyendo de las propias emociones. Nos aturdimos, nos llenamos de actividades para no tomar contacto con lo que nos pasa. “En general, nos damos cuenta de esto cuando empezamos a sentirnos mal. Cuando no le damos la salida de la palabra a la emoción, el que habla es el cuerpo. En muchas parejas, hay desamor durante mucho tiempo, pero luego esto se va llevando a la sexualidad, a la relación con los hijos y, obviamente, al cuerpo. La intimidad emocional es la expresión auténtica, franca, de nuestros sentimientos sin temor a ser juzgados o criticados. No la dejemos pasar”, concluye Faur.

 

Opinión

La llegada de los hijos, una etapa especial

Según la consultora psicológica Guillermina Alvarado, “en el noviazgo suele ponerse mucha energía en la pareja. La llegada de los hijos es una etapa especial, cuando el varón pone todo el empeño en crecer en lo laboral y económico, y la mujer lo pone en los hijos, trabaje o no. En esas instancias, solemos confundirnos y creemos que la pareja funciona sola. Existe esa fantasía de que el amor es algo que surge, y en esta etapa de la vida, el que perdura es el amor que tiene ganas de mejorar y pone empeño. La mujer, al dedicarse a hacer crecer a la familia, y el varón, al poner toda su energía en dar un salto profesional, olvidan que la pareja es el primer motor de una familia. En la generación de nuestros padres, que hoy tienen entre 60 y 70 años, hubo muchos errores emocionales, pero también algo bueno que sería interesante recuperar: eran mejores pareja que padres. Se seducían, salían, cerraban la puerta, tenían sus espacios propios. Hoy ponemos todo en los hijos y olvidamos el vínculo matrimonial. Hay que tener claro que una familia surge de una pareja, y no de una madre que quiere tener hijos”, afirma Alvarado.

Las mujeres tenemos que replantearnos el tema laboral, tener clara una escala de valores. No nos puede salir todo bien; somos limitadas. Tenemos que priorizar qué es importante para nosotras a fin de no descuidarlo. Creemos que porque nuestra pareja es adulta no nos necesita, que los chicos nos necesitan más.

Lo mismo sucede con los varones. Llegar a casa es mirar a la mujer, a la que estuvo trabajando en su profesión, a la que organizó la casa todo el día; cuidarla, quererla y comprender que es mucho lo que tiene que hacer. Las mujeres necesitamos que nos alienten, sobre todo cuando abarcamos tanto. Al varón le cuesta interpretar a la mujer. Le es más fácil pensar que se queja todo el día de que está cansada en lugar de escucharla y decirle: “Entiendo lo que sentís”. Si este intercambio varón-mujer no se da, se forma una costra, y se cae en la apatía y el no mirarse.

 

Opinión

Tiempos de turbulencia externa

“En los matrimonios de hoy, los dos trabajan muchas horas y combinan carrera con familia. Están absorbidos por las demandas laborales, por la ansiedad que genera llegar a fin de mes y por las vicisitudes de ocuparse de los hijos”, dice la psicóloga Judith Wallerstein, quien se pregunta si hoy en día puede existir un buen matrimonio. La respuesta de muchos de los especialistas es que más allá de lo que ocurra exteriormente, un buen matrimonio se construye desde adentro. Para lograrlo, es imprescindible tomarse tiempos y saber mirar las situaciones desde arriba, no tanto desde el aquí y ahora.

En determinados momentos de la vida, estamos tan atentos a las mil actividades que hay que realizar que perdemos noción de lo que tenemos. Es bueno darse tiempo, mostrarse vulnerable, tal cual uno es; abrirse, en un marco de respeto y aceptación de las diferencias, algo que en los tiempos que corren muchas veces nos resulta difícil. En ese sentido, el acomodamiento de roles tiene mucho que ver. Hoy la mujer que trabaja siente que puede con todo, el varón no quiere perder el lugar que tenía, y cuesta que ambos acepten que no son contrincantes sino que pueden complementarse.

“Además, vivimos tiempos en los que uno está rodeado de disputa. En el trabajo hay que lucharla, en la calle hay que lucharla, y pareciera que este vicio llega también al matrimonio. Sería bueno que en casa no lucháramos. Un matrimonio es el oasis donde uno tiene que relajarse, sentirse contenido, crecer espiritualmente y disfrutar de la compañía del otro”, opina Wallerstein. Hoy, mujer y varón a veces olvidamos el verdadero sentido de compartir, que no es otra cosa que dar, que pretender el bienestar del otro, que nutrir. Lejos de eso, nos movemos en luchas de poder, de roles, de dominador y dominado, y ahí vamos, queriendo ganar y no tratando de compartir un objetivo común, que es crecer de a dos.

 

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