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7 junio, 2015 | Por

“Está instalado que el poder es un privilegio”

Un homenaje a todos los periodistas en su día, a través de esta entrevista de archivo a María O'Donnell. Una mujer que supo hacer de la profesión un espacio destacado y comprometido.


 

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María O’Donnell

Es una de las periodistas destacadas de su generación. Empezó en Página/12 en 1991 y actualmente trabaja en Radio Continental, donde intenta encontrar la mirada ecuánime que la profesión, por momentos, parece haber perdido. En tiempos de polarización política, social y fundamentalmente mediática, una mirada lúcida sobre nuestra realidad.

Qué maravilla: las bibliotecas todavía nos permiten ciertas licencias poéticas. Como la de creer en la armonía de las ideas, incluso de aquellas alejadas entre sí. Sin ir más lejos, en esa enor- me y nutrida biblioteca que María O’Donnell tiene en el estudio de su casa, conviven –entre tantos autores– los periodistas más enfrentados de la Argentina actual. Lomos de colores que juegan a intercalarse de estante en estante, apretujados, aunque cordiales. Esa linda postal visual que solían regalarnos las palabras.

Pero la realidad indica que la escena ya no es pacífica y que la lectura se vuelve, por momentos, ruidosa. Los medios se enfrentan y las redes sociales arden. En ese marco, O’Donnell sabe que no ocupa un lugar cómodo y quizá sea justamente por eso que no se amedrenta. Al contrario.

Un breve repaso por su currículum: estudió Ciencias Políticas en la UBA y con 21 años arrancó en la sección de política de Página/12. Trabajó en el diario La Nación y fue corresponsal en Washington. Ganó una beca de investigación del Fund for Investigative Journalism y dos premios Martín Fierro. Actualmente, acompaña a Magdalena Ruiz Guiñazú en la mañana de Radio Continental y conduce La vuelta por la misma emisora. Sus últimos libros, El Aparato y Propaganda K, denunciaron los manejos políticos y la corrupción del Gobierno. Además, escribe un blog para la versión digital del diario El País de España. Casualmente, leyendo uno de sus últimos posts acerca de la realidad argentina, titulado “El riesgo autoritario”, aparece la primera confirmación del enrarecimiento: al final de su publicación hay una serie de comentarios que intentan desacreditar su labor, con pasajes que, por momentos, se vuelven casi intimidatorios. Y no llevan firma, claro. Inmejorable punto de partida para una charla sobre los medios, la Argentina y el poder.

–¿Qué te pasa cuando leés ese tipo de comentarios?

–No me engancho si no sé de quién provienen, sobre todo si se trata de una agresión. Pero hay muchas cuentas creadas con el fin de provocar y nada más, o personajes que se vuelven muy violentos. Lamento que en muchos casos la lucha sea personal. Días atrás le respondí un tuit a Luis D’Elía en el que le decía que no todo el mundo tiene una bóveda en su casa, como él afirmaba. Y entonces dejaron un mensaje en su programa en el que alguien decía cómo era mi casa y dónde quedaba. Hay una prepotencia, un mensaje intimidatorio en general. Hoy decís algo y alguien siempre queda disconforme. Pero no me siento presionada, sino más bien obligada a posicionarme en un terreno con muchos baches.

–Imagino que no debe de ser porque te moleste que estén en desacuerdo con lo que decís…

–Para nada. No está en mí decir lo que algunos quieren escuchar, esa dinámica tan símbolo de estos tiempos. Hoy pareciera ser que la cuestión está en refrendar aquello que vos ya sabés o pensás. A mí me gusta que el que me escucha no siempre esté de acuerdo conmigo, desde un punto de vista honesto. En definitiva, lo que nos nutre es el intercambio.

–¿Qué opinás del concepto de periodismo militante?

–Que no existe, no puede existir. El ejercicio de la crítica se ha perdido y hay que sentirse convocado por el proyecto desde un llamado emocional. Nos dicen que la transparencia es algo típico de la democracia burguesa. Hay un aspecto exhibicionista, es como una guerra de periodistas en donde muchos colegas ocupan el lugar que antes tenían personajes del espectáculo. En el fondo, la idea es revolearse la credibilidad unos a otros. La estrategia del Gobierno ha sido desacreditar, generando un método de hacer periodismo de periodistas. Y en ese jueguito vale todo, en especial manipular.

–¿Qué es lo que hace que exista esa posibilidad?

–Hay un gran relato y una gran inversión en ese relato, como nunca antes desde Alfonsín. Es un gobierno que trabaja activamente para moldear un discurso y –hay que decirlo– en eso es más inteligente que otros gobiernos. Antes la televisión estatal era insignificante, y aunque esta no mejoró mucho en rating, sí pudo introducir ciertos temas en el debate. Igual, creo que solo sirve para convencer a los ya convencidos, un ejercicio casi masturbatorio.

–A la hora de hacer periodismo político, entonces… ¿te parece un momento positivo, desafiante, tenebroso?

–Tiendo a verlo como una oportunidad. Hay una parte que no me da miedo y que me gusta, que es que el debate sobre los medios se dé en los medios. Vengo de una época en la que eso era tabú. En los noventa existía la idea del periodista como pope, pero hoy las redes sociales nos dejaron a la intemperie. Lo que me asusta es que esté todo tan teñido y termine siendo a favor o en contra de Clarín. El Gobierno quiso imponer la idea de la democratización de la palabra y la pluralidad de medios, pero terminó dando lugar a dos extremos. Entonces, cualquier intento de hacer periodismo de manera ecuánime queda afuera. Uno como periodista necesita tener la posibilidad de poder hacerles las mismas preguntas a unos y otros, pero ya casi nadie quiere respondernos.

–¿Ejemplos?

–Uno muy claro es Hugo Moyano. Cuando se volvió opositor, salió a hablar alegremente para contar su verdad, pero en cuanto le pregunté por las obras sociales y los negocios familiares, fue la última vez que me atendió. Se ve que lo agarré distraído. Es que no quieren exponerse a la pregunta mínimamente inesperada… ya ni te digo incómoda. Es una pena, porque el periodismo debería ser, como dijo alguna vez Gabriel García Márquez, la mosca en el oído del poder.

–¿Qué es lo que más te molesta de ese manejo?

–Que no siempre las armas son legítimas. Yo vivo de mi credibilidad, y si estoy peleando contra un aparato de propaganda enorme que distorsiona lo que digo, las dificultades son enormes. A mí no me tiene que condicionar ninguna pelea porque yo tengo que decir lo que creo.

–Y, obviamente, la “objetividad” no está en discusión.

–Exacto. ¿Quién es objetivo? Todos tenemos una carga y una mirada personal sobre la vida; opiniones formadas. Lo importante es que eso no interfiera en la honestidad intelectual de cada uno a la hora de entender un problema o de informarlo. La mirada debe ser abierta: no porque lo dice el Gobierno estoy en contra y tampoco lo estoy porque lo dice la oposición. Pero es más fácil estar en uno u otro bando; hacerlo brinda protección y sentido de pertenencia. Estar en el medio requiere una lectura mucho más profunda de todo.

–¿Por qué cada vez tenemos menos periodismo de investigación?

–Porque no hay quién lo financie. Los que podían tomarse el tiempo y disponían de la plata para hacerlo eran los diarios, pero hoy están en crisis por la competencia de Internet. O los noticieros, cuando existía la idea del interés público, como pasaba en Europa y Estados Unidos, en donde se lo financiaba a pérdida porque garantizaba prestigio. Pero hoy acá genera muchos problemas: te hace pelear con las pautas publicitarias o con el gobierno de turno y, entonces, se vuelve complejo.

–¿Cuál creés que es nuestro mayor problema a nivel político hoy?

–Que no hay suficiente transparencia en el manejo de los fondos y el sistema es corrupto en el propio financiamiento de la política. Nos pasa siempre que al cabo de diez años nos escandalizamos al ver cómo se enriquecieron los que estaban en el gobierno. Pero después pasa inadvertido que las declaraciones juradas de los funcionarios van a dejar de ser públicas, con lo que eso significa.

–¿Por qué nos pasa siempre lo mismo, entonces?

–Porque somos muy permisivos con el manejo de la cosa pública y, entonces, los funcionarios dejan de sentirse servidores públicos. Nos acostumbramos a que usen el chofer para resolver asuntos privados o a que no hagan la fila para la Aduana… Está instalado que el poder es privilegio. La República, como demanda social, siempre aparece como consecuencia de otra cosa. Al cabo de diez años de Menem, descubrimos que era corrupto y lo mismo nos está pasando con los Kirchner. Pero no nos planteamos cuestionar que hay diputados que no concurren a sus despachos aunque cobran salarios altísimos. No hay registro: todos nombran a sus parientes en la función pública y parece que está bien.

–¿Y cuál es a tu criterio nuestro deber como ciudadanos?

–Tenemos que dejar de ser permisivos. Nuestro defecto básico es la tolerancia a la corrupción chica: nos gusta que los demás paguen impuestos, pero después nos quejamos cuando nos tocan el bolsillo a nosotros. Lo que nos hace mal es la idea de que como el otro es mucho peor, uno zafa bastante bien como ciudadano. ¿Para qué pagar impuestos si se los roban los políticos? ¿Por qué tengo que estacionar bien si al de al lado no le ponen multas? Y cuando estalla la gran corrupción frente a nuestros ojos, gritamos: “¡Ohhh!”.

–¿Por qué nos aparece recién ahora esta rabia contra la corrupción?

–Porque es parte de otro cansancio. Ya ves que nunca aparece primero, sino que somos de aguantar bastante. Lo que pasa es que un día estalla: que un expresidente y su mujer pasen a tener de ocho a setenta y pico de millones de pesos en un período de diez años simultáneamente al ejercicio del poder significa que se están enriqueciendo a través de la gestión pública. Y son los Rodríguez Saá en San Luis, Menem en La Rioja y Macri con su primo Caputo y la constructora que opera en la Ciudad. Los funcionarios disponen de información privilegiada que no deberían utilizar para su propio beneficio.

–¿Te parece que vivimos una crisis de democracia?

–Diría que es una resignificación. La Presidenta cree que ganaron y, como son mayoría, todo el mundo debe aceptar mansamente. Esa no es la definición de democracia, sino una concepción personalista que busca que giremos nuestro depósito de esperanza hacia el líder mesiánico.

–¿Cuál es tu expectativa a largo plazo?

–Dicen que las democracias se consolidan cuando se vuelven aburridas. Sin embargo, estamos lejos todavía: antes tenemos que aprender a salir del drama permanente.

–Teniendo una presidenta mujer, ¿cómo ves la agenda de género?

–Es pobre. La Presidenta usa el tema del género para quejarse porque la discriminan o no la defienden, pero nunca utilizó su lugar para hacer algo firme por sus pares desprotegidas.

–Y en cuanto a eso: ¿es difícil abrirse camino en esta profesión siendo mujer?

–Sí, antes no lo notaba tanto, pero ahora lo veo claro. A medida que fui creciendo, se hizo evidente que los medios tenían horarios, cierres y tareas de varones, casi imposibles de compatibilizar con la maternidad. Y las gerencias son mayoritariamente masculinas, al igual que los espacios de opinión política. Hay nudos de machismo: ¿por qué la mujer siempre es la locutora, o la que tiene la misión de “ablandar” lo que dicen ellos? Se hace difícil, sobre todo, cuando llegás a cierto nivel, pero calculo que debe pasarles a muchas, trabajen o no de esto: cuanto más arriba en la pirámide estás, menos mujeres encontrás. Sin embargo, veo que aunque hay pocas en los altos cargos periodísticos, las que están hacen un gran aporte. Por suerte, hay buenos ejemplos: hace siete años Magdalena me llamó como su contrapunto para la radio, una elección inesperada, porque no es habitual que una periodista que ocupa un lugar importante dentro de los medios se rodee de otras mujeres. Y es eso: está bueno que empecemos a ser más generosas entre nosotras.

Texto: María Eugenia Sidoti. Fotos: Martín Pisotti.

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