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Esos tesoros que dejó mi abuela al partir

Esta es la despedida de una nieta a su abuela. Pero es, también, una celebración de la vida y del legado que aquellos a quienes amamos nos entregan para siempre.

Por Clementina Escalona Ronderos

“Hebe, con hache y be larga”, aclaraba siempre. Ella, que parecía eterna, “indistruttibile”, como decía mi papá, ya no está.

Hace un mes que falleció mi abuela Hebe*. Todavía no la lloré, y tampoco sé si voy a hacerlo. Tengo desarrollada la peculiar y delicada habilidad de evitar el dolor con argumentos: que ya estaba grande, que vivió bien, que es natural. Conectar con sus manos tibias, la mirada viva, celeste y brillante, sus amables y considerados consejos… No, eso sería demasiado. Mejor pensar, decir y repetirme: “así es la vida”.

¿Cómo empezar a escribir sobre una persona que ya no está? ¿Qué recorte hacer, qué decidir contar? Ella, que quería ser actriz y le gustaba escribir. Yo, que fui actriz y escribo. ¿Cuánto es realmente propio, cuánto es heredado? Como si en nuestros genes llevásemos  toda la información: los traumas, lo no resuelto, las heridas, y también los deseos incumplidos, las fantasías, los secretos íntimos. Todo fluye, en cascada, de una generación a la siguiente.

Sus cosas favoritas eran tres: el mar, el cielo y la cama. Cuando íbamos en familia a la playa, para ella el día “no estaba ganado” salvo que nos diéramos un baño de mar. Y así, toda la vida fuimos los locos de la playa, los únicos a los que el guardavidas tenía que cuidar entre la espuma blanca de las olas, bajo cielos encapotados. Era su pasión, el mar, y nos dejó la certeza de que meterse en el agua salada lo cura todo. Después venía un churro con dulce de leche, una ducha caliente y más tarde un libro, porque ella leía todas las noches, y así también mi hermana y yo elegíamos algo para leer, y nos acostábamos las tres, con mi abuelo, sobre la cama grande, cada uno con su historia.  

A veces escucho la frase: “Todo tiene arreglo, salvo la muerte”. Nunca me gustó esa frase. Prefiero “tiempo al tiempo” porque en eso sí creo: en la habilidad del tiempo de alisar las cosas, suavizarlas, como una plancha que va quitando las arrugas de una camisa. El tiempo, la paciencia, la perspectiva. Esos son conceptos que me gustan. Pensar que la partida de mi abuela es un “desarreglo” de la vida no hace ningún sentido. Me gusta más imaginarla bailando sobre el escenario del cielo, “gin-guity, gin-guity”, un brazo arriba, un pie al costado, esa gran sonrisa. Me divierte pensar que está sentada sobre una nube, fumando un cigarrillo, diciendo “¡al fin, puedo fumar en paz!”, porque de chicos le rompíamos las cajas de Marlboro, le perforábamos su contenido con alfileres y le llenábamos la casa (el espejo del baño, la almohada de la cama, la tapa del inodoro), con dibujos de calaveras hechos en marcador y lápiz. Nos gusta creer que la muerte no es algo “roto”, sin arreglo, sino simplemente una ruta nueva, que no figura en nuestros mapas, y que conduce a paraísos escondidos donde todo es paz, donde todo es descanso y gratitud.

Para Hebe, no saber manejar era lo mismo que ser analfabetos, y se decidió ella misma a sentarse en el asiento del conductor para decirnos (a mí, y al resto de sus ocho nietos), “¡Acelerá! ¡Frená! ¡Dale, metele! ¡Cambiá a segunda!”, y poder por fin, luego de unos meses de choques y algunos golpes, acompañarnos a sacar el registro de conducir.

Pienso que a lo largo de la vida, nos vamos dando unos a otros regalos, y que cuando alguien parte, esos regalos se hacen más evidentes. Con la ausencia del otro, nos queda solamente lo que nos dejó, y comprendemos el valor de cada charla, de cada gesto. Hebe me regaló el amor por la cultura y el arte: de chica me llevó a ver ballet al Teatro Colón, y recuerdo salir bailando sobre la calle Tucumán, haciendo piruetas y cantando, convencida de que quería ser bailarina. Me llevó al Malba, que para cualquier chico preadolescente puede ser “aburrido”; pero para ella “aburrido” era una mala palabra, y me habló de Frida Kahlo y Diego Rivera, de Gauguin y de Van Gogh, como si fueran conocidos suyos. 

Recuerdo que, de chica, Hebe me decía que lo mejor que uno podía tener era fe. Yo no entendía a qué se refería (¿Lo mejor no era una muñeca que hablara? ¿O chocolates sin fin?), pero la fe era lo que a uno lo mantenía en pie y lo que nunca había que perder. Era devota de la Vírgen María, a quien tenía “hinchada de tantos pedidos”, y a veces rezábamos juntas el rosario. Tampoco había que pelearse nunca con los hermanos, “ni siquiera por plata”; sencillamente, porque no valía la pena. Y sobre todo, ante todo y a pesar de todo: disfrutar de la vida. Para eso estaba y para eso estábamos. “Vos jodé todo lo que puedas”, me dijo siempre, y cuando nos veíamos, quería saber si había ido a bailar, si había hablado con algún “chico buen mozo”, si la había pasado bien. Hebe conocía mis secretos, sabía guardarlos y aconsejar sin juicio. Era pícara y era empática, y con el tiempo, esos comentarios menos queribles (“Querida, ¿no estás un poco gorda?” “¿No tenés a ningún muchacho, che?”) aflojaron, y prevaleció cada vez más la bondad, la escucha y el cariño. 

Hay una sola cosa material que le pertenecía y que me interesa conservar. Cuando Hebe tenía alrededor de quince años, participó de un concurso de escritura que organizó la biblioteca de su barrio. Mintió la edad (cosa que siguió haciendo siempre, incluso a los médicos), para poder participar y ganó el primer premio. Nadie creyó que lo hubiera escrito; era un cuento con demasiada inteligencia y profundidad para venir de una adolescente. 

El cuento se llama “De maniquíes y resonancias”. Son cuatro carillas y media, escritas a mano en papel borrador. Un día lo sacó de un cofre que tenía en un placard, nos sentamos frente a frente, y me leyó el cuento entero. Al final, agregado en birome, decía: “¿podría ser que algún día mis hijas, mis nietos, lo lean?” 

Escribiría páginas y páginas sobre Hebe. Aunque probablemente la mejor forma de agradecerle, de honrar sus regalos, de celebrar todo lo que ella fue, sea seguir bailando, seguir amando el arte, seguir “jodiendo todo lo que pueda” y nunca, pero nunca, perder la fe. 

*La fecha corresponde a febrero de 2024, momento en que se escribió la nota.

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"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss