Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

8 noviembre, 2021

Esos objetos que tanto queremos

El costurero de la abuela. Una pala de jardinería. El mantel bordado que solo se saca en ocasiones especiales... En la era de la obsolescencia programada, un recorrido a través de esos tesoros heredados que conservamos y seguimos usando.


Por Carolina Cattaneo

Poco menos de un mes atrás, un miércoles de mediados de octubre por la noche, nuestra directora editorial mandó al grupo de Whatsapp del equipo de la revista una captura de Twitter con una foto de dedales antiguos. En el chat de Sophia compartimos, además de temas de trabajo, fotos de cosas lindas que vemos por ahí -algún árbol florecido, una playa bañada por el sol-, nombres de libros interesantes, una canción, una frase genial, curiosidades. Tengo que decirlo: no siempre veo todos los videos ni despliego todos los enlaces, pero la foto de los dedales antiguos me capturó de un modo extraño. Dejé lo que estaba haciendo y fui a buscar mi costurero, una lata sin bisagras y algo desarticulada que había sido de Clementina, mi abuela paterna, Agüi para sus cuatro nietos. Sin riesgo a exagerar, Agüi fue una de las personas que más me quiso y a las que yo más quise. Siempre amorosa en sus modos delicados y tiernos, siempre dispuesta a ofrecer refugio y consuelo, complicidad y confidencia, fue la dueña de ese costurero en el que aún quedan un dedal abollado por el uso, algunos carreteles de madera, su tijera de acero, un cartoncito roído con agujas de diversos tamaños pinchadas allí, su cinta métrica, también gastada por los años, y una pieza de madera con forma de huevo que ella usaba para zurcir medias de nailon. Insuflada por un entusiasmo inesperado, esa noche de miércoles en que nuestra directora nos compartió la imagen de los dedales, saqué esos objetos de la lata, los agrupé sobre la mesa, los fotografié y compartí la foto en el grupo. 

Dos días más tarde de aquel intercambio con mis compañeras de trabajo, un mensaje de Whatsapp de mi mamá, que se preparaba para ir a la presentación del libro de su amiga Marta, decía: “Hoy Marta me escribió temprano para contarme que estaba planchando el mantel de su bisabuela para usar en la presentación”. 

Y entre dedales y manteles, recordé el vestido con el que, por tradición, la familia de mi amiga Jimena viste a cada niña el día de su bautismo. Entre mi amiga, sus primas, hermanas y sobrinas, ya lo usaron unas 16 integrantes de la familia. Con más de cuarenta años entre la primera que lo usó y la más reciente, la prenda ya vistió a dos generaciones, trascendiendo modas y tendencias.

El costurero de mi abuela, una lata con una imagen de la campiña francesa, con sus instrumentos originales.

“Solo objetos”, pienso. Y sin embargo, pese a que dejaron de ser actuales, pese a que perdieron vigencia y podrían ser reemplazados por algo más funcional, más moderno, más fácil de lavar o más práctico para guardar, aún conservamos y seguimos usando.

¿Por qué mantengo de costurero la lata sin bisagras que durante años vi en la casa de Agüi? ¿Por qué elijo usar la biblioteca de mi abuelo materno para ubicar todos mis libros y, en cambio, no regalar algunos y tener un mueble algo más pequeño y liviano? ¿Por qué sigo recurriendo, para apoyar el mate en mi escritorio de trabajo, a las mismas cuatro servilletas de tela bordadas por mi abuela materna? ¿Por qué sigo usando su blazer azul, pese a que ni el largo de las mangas, ni su corte preparado para hombreras ni su género se corresponden a una prenda del siglo XXI?

Desde que mi padre me regaló el costurero, varios años después de que mi abuela muriera, no había caído en la cuenta de cuánta belleza encontraba yo en esa lata y en los objetos que traía dentro. En tenerlos. En usarlos. En saber que están allí, siempre a mano ante alguna necesidad urgente, siempre listos para sacarme de un apuro. Aquel miércoles de la foto de los dedales y de rebuscar entre agujas, hilos y alfileres, algo de mi abuela y su recuerdo, cada vez más lejano y difuso, se reavivó en mí: como si en medio de un día cualquiera, y de una forma muy extraña, inesperada, Agüi hubiera estado esperando la ocasión para decirme: “Acá estoy, sigo estando. Te quise mucho, no lo olvides”. 

En un tiempo en que la obsolescencia programada o el carácter descartable de algunos elementos de uso cotidiano marcan la norma en nuestras vidas apuradas, esos objetos heredados, que son rastros de otro tiempo y de otras formas, actualizan de maneras misteriosas las variantes del afecto

La palita hecha a mano que volvió a Europa

Desde Tours, mi amiga Mariela Dubravka, que es argentina pero vive en Francia hace unos diez años, me cuenta que cada vez que trabaja con las plantas de su departamento lo hace con una pala de jardinería que le regaló su papá. No es una herramienta cualquiera, ni para él ni para ella. Se trata de una pieza de madera y chapa hecha a mano por el bisabuelo de Mariela, Francisco Dubravka, un joven carpintero que migró a la Argentina a comienzos del siglo XX desde el entonces Imperio Austrohúngaro. Francisco, relata mi amiga, sentó aquí las bases de una familia y una carpintería.

Mariela ni siquiera recuerda a ese hombre, porque murió cuando ella tenía un año. Sabe cosas de él porque su papá -también carpintero- siempre le cuenta historias. Sabe, por ejemplo, que mientras Francisco vivió en Europa trabajaba reparando los órganos de las iglesias. También sabe que tenía dos hermanas y que, cuando las cosas empezaron a ponerse feas en el continente, los tres hermanos decidieron que fuera él quien debía aventurarse a América. Y así llegó a la Argentina, y con él se trajo la palita de jardinería. “A mí me encanta el objeto, para mí tiene mucho valor y es hermoso -dice Mariela-. Es cierto que podría comprarme una herramienta nueva y más moderna por dos pesos, pero a mí esta me gusta: es más, la tendría como adorno en una estantería”.

Si no fuera que la vida está llena de misterios, diría que Francisco Dubravka no fabricó la palita pensando en su bisnieta, tampoco en que eso que moldeó con sus manos algún remoto día del siglo pasado, volvería a casa cruzando el océano en el equipaje de su bisnieta argentina.

La pala de jardinería de mi amiga Mariela, hecha por su bisabuelo carpintero antes de migrar a la Argentina.

Lazos de familia

El mantel blanco que la amiga escritora de mi mamá, Marta Mujica, usó para el día de la presentación de su tercer libro, fue de su bisabuela Agustina Barque, una francesa nacida en 1862 que aquí en el país tuvo un amor clandestino y dos hijas con un caudillo santafesino. Marta es descendiente, por vía paterna, de esa relación prohibida.

“A Agustina la recuerdo como una viejecita dulce y hermosa, que jugaba conmigo cuando mi papá me llevaba a verla”, me cuenta Marta por mail. “La vi hasta mis 5 años, después falleció mi papá, al poco tiempo mi mamá, y mi destino fue lejos de la familia, designio de mayores en conflicto”.

El mantel lleva las letras AB y Agustina Barque las bordó para su propio casamiento, algo que nunca ocurrió. “Así, pasó de mi bisabuela a mi abuela, también para su casamiento, y más tarde llegó a mis manos por una tía. Yo lo corté porque medía seis metros y lo vainillé. Lo sigo usando en grandes acontecimientos del corazón, como la llegada de mi libro. Me recuerda todo el amor que tuve de esa hermosa viejecita en mi niñez”. A sus 80 años, Marta dice que al mantel lo heredarán sus dos hijas, María Sara y Nancy. 

Un mantel bordado para un casamiento que nunca ocurrió. Lo heredó la bisnieta de su dueña original, Marta.

Las galletitas con forma de corazón

Mientras da un paseo por la laguna de Chascomús, la periodista y editora Carola Birgin me cuenta por teléfono que durante varios años supo conservar un viejo molde de galletitas con forma de corazón que había sido de su abuela, Aída Vidret. Reemplazable fácilmente por algún utensilio más moderno e, incluso, prescindible en la era de la comida comprada, Carola lo usó mucho tiempo para replicar la receta que tantísimas veces había hecho su abuela mientras vivió. Carola sirvió las “galletas Vidret”, como les llama, en festejos y cumpleaños familiares, y aunque asegura que jamás alcanzó el sabor original, al menos tenían la misma forma que las que hacía su abuela, una mujer con la que, dice, tuvo “una relación de abuela-nieta entrañable” y a quien extraña casi todos los días.

Un molde de chapa y una receta original, recuerdo de la abuela de Carola Birgin.

Entre las muchas cosas heredadas que Carola atesora en su casa, también destaca otra de uso corriente y cotidiano: la mesa ratona del living. También de su abuela, fue el escritorio donde esa mujer, nacida en 1912 y pionera en distintos aspectos -cursó la universidad y se separó cuando pocas lo hacían-, se desempeñaba como escribana. Carola lo recuperó del estudio de su papá abogado y, empeñada en que estuviera en su casa, le cortó las patas y lo convirtió en mesa de living. “Para mí es una manera de honrar todo el trabajo que ella hizo en su vida, y lo honro cada vez que me siento alrededor con amigos a compartir un cafecito, una copa de vino, cada vez que me tiro a leer un libro o que apoyo los pies y descanso”, me dice Carola. “No tengo un fetiche con los objetos”, me aclara, entre risas, y se explaya: “Tengo esa forma de estar en el mundo, en la que necesito armar historias con lo que me pasa, con lo que tengo”. 

El escritorio de su abuela escribana es el centro de los encuentros en el living de Carola.

Mis manos en sus manos

No soy una costurera asidua, solo hago algún remiendo de emergencia o coso algún botón si es necesario. Me gusta coser pavadas: un almohadón con algún retazo que sobró por ahí, una almohadilla para descansar la vista, una bolsita rellena de lavanda para perfumar los cajones, no mucho más. Cosas intrascendentes e innecesarias que, sin embargo, me hacen sentar, aquietarme, abrir la lata, buscar entre los hilos, dejar a los pensamientos ir y venir como van y vienen las olas, acaso oír el mismo ruido metálico que oía mi abuela cada vez que hurgaba en su costurero para elegir un hilo de un color o buscar un alfiler de gancho. Me gustaría ser más habilidosa, saber hacer un ruedo sin ponerme nerviosa o cambiar un elástico, pero no, solo abro la lata para eso, para asuntos menores de costura mundana. Y sin embargo, me gusta saber que está ahí en mi estantería blanca, junto a mi caja de semillas, me gusta el acto de ir y agarrarlo y abrirlo y revisar entre alfileres, carreteles, agujas, botones, cintas, y saber que todo eso fue de ella, que mientras vivió, con su enorme ternura y esa mirada eternamente dulce, lo tocó con sus manos, tan delicadas, tantas veces acariciadas por mí, tantas veces unidas a las mías.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()

Más de Inspiración

El arte de caminar

Nos hace bien al cuerpo, pero también al alma: peregrinar es una forma de conectar con lo sagrado. En estas líneas, una caminante y viajera apasionada comparte pensamientos y hallazgos sobre la filosofía de andar.

Banquinas: el encanto de mirar al costado

“Te fuiste a la banquina”, nos dicen cuando hacemos (o decimos) algo fuera de lugar. ¿Y si salirse del camino no estuviera tan mal? ¿Y si nos estuviera haciendo falta mirar por fuera del itinerario pautado para andar con pasos más genuinos?

Encontranos en Spotify, YouTube, WhatsApp,...

Aunque dejamos el papel hace tiempo, nuestra esencia nunca cambió. Hoy seguimos acompañándote desde nuestro sitio web y a través de las redes sociales para estar más cerca que nunca. ¡Descubrí el universo Sophia!