Sophia - Despliega el Alma

14 agosto, 2012

«Escribo desde la falta”


1 de 3
2 de 3
3 de 3

María Teresa Andruetto

A días de viajar a Londres para recibir el máximo premio de la literatura juvenil, María Teresa cuenta qué la motiva a contar historias. Por Magdalena Aliaga. Fotos de María Agrelo.

CÓRDOBA.- María Teresa Andruetto hace culto de un bajísimo perfil. Vive en Cabana, en medio de las sierras chicas de Córdoba, a 35 kilómetros de la capital, y a su casa se llega después de atravesar varios kilómetros de tierra sembrados de talas, espinillos y algarrobos. Por las chimeneas de las casas, muy separadas unas de otras, dispersas en un terreno ondulado, sale humo y el aroma impregna todo el ambiente. Allí pasa sus días esta escritora que a comienzos de año despertó la curiosidad de muchísimos argentinos que se preguntaron quién era la ganadora del premio internacional de literatura infantil y juvenil Hans Christian Andersen, conocido como el pequeño Nobel de Literatura.

Aunque algunos no la conozcan, a los 58 años María Teresa tiene una larga trayectoria. Es profesora en Letras, trabajó fuertemente en la difusión de la literatura, fue docente y coordinadora de talleres de escritura y comenzó a publicar a los 40 años, cuando sintió que estaba lista para darse a conocer. En 1988 escribió su primer cuento infantil y no paró nunca más. En 1993 publicó la novela Tama, con la que ganó el premio Luis de Tejeda, y ya lleva escritos una gran cantidad de cuentos y novelas cortas para chicos y jóvenes, como El país de Juan, Stefano o La niña, el corazón y la casa; novelas para adultos, como Veladuras o Lengua m madre, y varias obras de teatro y ensayos. En 2009 recibió el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil y sus libros comenzaron a venderse en América latina y a traducirse a otros idiomas; hoy está en negociaciones con editores chinos, coreanos y turcos.

A pocos días de viajar a Londres para recibir el premio que la llevó a las páginas de los diarios y revistas de literatura de todo el mundo, María Teresa nos abrió las puertas de su casa para compartir una larga charla en la intimidad de su hogar, donde vive con su marido, Alberto, ingeniero agrónomo, con el que construyó esta casa para pasar sus fines de semana cuando sus dos hijas eran chicas. Ellas hoy viven en la ciudad de Córdoba, donde estudian Psicología y Letras, respectivamente, mientras que su madre pasa sus días en el campo, rodeada de animales, y disfruta de una casa en la que se distribuyen los libros de sus escritores “faro”, como ella llama a Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Doris Lessing.

María Teresa nació y se crió en la pampa cordobesa y esa vida de pueblo que ella tanto valora marcó definitivamente su obra, de la misma manera en que la experiencia de su padre –un inmigrante italiano que escapó de la posguerra y del hambre– le imprimió cierta melancolía a sus textos.

“En la escritura, a veces existe la fantasía de que uno encuentra  historias en lugares exóticos, en viajes, en culturas lejanas… Pero yo las encuentro en la condición humana que conozco más: en las mujeres de clase media de pueblos como del que provengo. La melancolía en mi obra tiene que ver con el hecho de ser hija de un inmigrante, por parte de papá, y nieta de inmigrantes, por la rama materna. Era una tristeza tenue la que se respiraba en casa; no el llanto, ni el dolor franco, sino esa cosa sutil, pequeña, que hinca el alma de manera permanente”, explica durante una agradable charla que continúa así.

–María Teresa, ¿qué significa para vos y para tu carrera haber ganado el Hans Christian Andersen?

–Mirá, significa mucho porque es un premio importante, es un sueño cuyas dimensiones voy midiendo todavía. Por suerte, me agarra bien parada, por mi edad y por mi situación. Si hubiese llegado muchos años antes, posiblemente me habría hecho tambalear, pero ahora me agarra en un momento de madurez y seguridad.

–¿Recordás cuándo empezaste a contar historias?

–Fue algo que se fue armando. Tuve una tempranísima vocación, más bien una pasión por leer y por inventar historias para mis compañeras. Era una manera de construir cierta fantasía. La lectura siempre estuvo presente en mi vida y la escritura era una asignatura pendiente de mi mamá. No es que ella quisiera esto para mí, es que yo veía que a ella le gustaba tanto que a mí también me daban ganas de incursionar en ese mundo.

–¿Cómo era tu vida en aquel entonces?

–Yo vivía una vida de pueblo, una vida muy sencilla, a veces con algunas necesidades aunque nunca extremas. Nuestra vida era muy modestas y austera, pero había libros, muchos; eso nunca faltó. Mis padres eran lectores. Mi papá hablaba de los libros que había tenido que dejar en Italia, dos baúles grandes, y siempre trabajó para reponer esa biblioteca que de alguna manera perdió. Me crié en una casa en donde la palabra y las historias familiares eran muy importantes. El relato estaba muy presente en mis abuelos maternos, que eran inmigrantes, y en mi padre, que había dejado a toda su familia en Italia. Él hablaba de esa familia lejana, de los parientes, de los hermanos que no vinieron, de las historias de la guerra, de las cartas que iban y venían a Italia… Me crié en medio de palabras.

–¿Cuándo sentiste el deseo de vivir de lo que te gustaba, de los relatos?

–En la escuela secundaria pensé que podía estudiar literatura, pero no porque quisiera ser escritora, sino porque quería ser profesora, docente. Las palabras, los libros, han sido siempre mi “ganapán”, más allá de la escritura, porque las clases en la escuela media y superior y la coordinación de talleres de escritura me permitieron vivir antes de publicar libros.

–El pueblo es escenario en gran parte de tus libros. ¿Qué riqueza encontrás en la vida de pueblo?

–Conozco mucho ese espacio, el pueblo chico, y de allí provienen innumerables imágenes. En la escritura uno mira un lugar y ahí encuentra todo. A mí me pasa con el pueblo. Donde uno ponga los ojos, si se puede ir a lo profundo, encuentra el dolor, el amor, el horror, la venganza, la envidia, los celos, el desprecio por el otro, la generosidad; toda la condición humana está en cada cosa que miremos.

–Allí están también la melancolía y el abandono, dos constantes en tu obra.

–Sí. Reconozco que son aspectos constantes en mi escritura. Me parece que la melancolía puede venir por muchos lugares. Por una parte, me crié en la llanura de producción agrícola y, en general, ese tipo de geografía provoca melancolía. Los pueblos que nacen y crecen a la orilla del ferrocarril (como el de La niña, el corazón y la casa) se parecen a mi pueblo de origen, al lugar donde me criaron en mi infancia. También, como dice Doris Lessing, me parece que es muy difícil que alguien escriba si no tiene un temperamento un poquito inclinado a la melancolía. Uno escribe desde la falta, desde la remembranza. Cuando una persona siente que nada le falta, quizá no sea el camino de la escritura el que elige para transitar su vida. Es posible que busque otros caminos. Seguramente hay algo de melancolía también en mi temperamento. Marina Colazanti, una escritora, traductora y periodista ítalo-brasileña que adoro y ha traducido algunas de mis obras al portugués, dice que soy la reina de la melancolía (risas).

–¿Y a qué se debe esa tendencia a la circularidad, a ese ir y venir de personajes que se trasladan de un sitio a otro para por fin volver al lugar de origen?

–Aquello de ir lejos y volver al mismo lugar tal vez tenga que ver con esa cosa que tenemos los seres humanos de salir a buscar la felicidad lejos cuando la tenemos a nuestro lado. Pienso en la idea de viaje en todos los sentidos; a veces, tiene que ver con la geografía, y a veces, con la condición humana o con la valoración de las pequeñas cosas, de la vida común. Es tan esquiva la felicidad que solemos salir a buscarla lejos, mediante viajes reales o emocionales, y luego descubrimos que la tenemos cerca, después de haber dado la vuelta.

–Además de la felicidad, en tus textos hay una suerte de búsqueda de la belleza, aunque esté inmersa en el dolor o la tristeza.

–Algunas veces me han dicho que aun en los relatos más dolorosos, había una cierta piedad. No sé, para mí el otro es muy importante; no los otros en general, sino el otro con el que me vinculo, un niño, un anciano u otra mujer. Siempre me he interesado en cuidar las relaciones interpersonales y he tenido el deseo de hacer el menor daño posible. Hay una conciencia temprana, muy antigua en mí, que ha sido el deseo de maternar, de cuidar a un otro.

–¿Eso tiene que ver con tu vocación por la docencia?

–Creo que sí tiene que ver, porque el maestro, el profesor, el coordinador de taller tiene ese gesto de acompañamiento, de cuidado, de guía. Un escritor puede ser una persona egoísta, una persona encerrada en sí misma… Puede ser un excelente escritor y, sin embargo, ser una persona impiadosa, insensible en la relación con los otros, aunque sensible para inventar historias. Un docente, para ser un buen docente, necesita de una cierta generosidad, de un cierto cuidado de los otros.

–Como lectora, ¿cuándo sentís que encontraste un buen libro?

–Creo que un buen libro es un libro que se queda en nosotros, que se queda en nuestro corazón. Al comienzo y al final de un libro, hay dos personas que se encuentran: un escritor y un lector. Y si es un libro para niños, hay otra persona más: el adulto mediador. Si uno comparte con un hijo o con un nieto una lectura, no solo comparte un libro, sino que alimenta un vínculo.

ETIQUETAS literatura

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()

Más de Cultura

¿Qué necesita la Patria hoy?

Lanzamos esta pregunta en nuestro Instagram y surgieron maravillosas respuestas que hoy te queremos compartir. En esta fecha tan especial, reflexionemos juntos sobre lo que celebramos en este día, a través de opinión del historiador Omar López Mato, quien nos dice que todos podemos (y debemos) ser los héroes de nuestra patria.

Eugenio Cuttica: «El arte es la única salida que...

El artista argentino –radicado en Nueva York– regresó a nuestro país para presentar Serendipia, una muestra donde la mirada sagrada de la vida se hace presente y transforma el alma de todo aquel que se detiene a mirar.

Ada María Elflein: retrato de otra gran mujer que...

La docente, politóloga y escritora Cynthia Cordi se dedicó a reunir la obra de esta pionera patagónica. Fruto de esa investigación nacieron dos obras que son parte de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Te invitamos a descubrirlas.