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Sociedad

20 enero, 2023

Escribir la historia familiar, una forma de conjurar el olvido

Nuestra historia no es reciente, viene construyéndose desde el principio de los tiempos. Pero, en un momento de la vida, necesitamos hablar de ella para completarnos. Recuperarla como legado para las generaciones siguientes puede ser un ritual de sanación y memoria.


Las fotografías familiares, tesoros para nuestros trabajos biografícos.

Por Luz Martí

Lanzarnos a contar nuestra historia familiar es una invitación que hoy se ofrece más que nunca en las redes, con propuestas que van desde talleres literarios hasta seminarios de escritura. Revisar las memorias propias y las de nuestros mayores aparece como una necesidad que aflora en determinado momento del camino. La idea atrapa como lugar para lanzarnos a escribir, porque facilita un tema del que todos tenemos algo para decir y, a la vez, nos invita a una exploración de vínculos y afectos casi desconocidos.

Al morir mis padres, vi cómo desaparecían los referentes de su generación y me di cuenta de que mis hijos no tenían la menor idea de nada que se remontara más allá de sus fechas de nacimiento. Sin tener muy claro para qué, empecé a acumular fotos, cartas y escritos de algunos parientes acerca de nuestro pasado común. Gran parte de lo que encontré no concordaba con lo que yo creía saber. Sentía, cada vez más, el deseo de ponerlo en palabras, de disfrutar del calor de esas compañías lejanas. Deseaba escribir la historia de la familia, rescatar el entramado de amores y desamores que nos trajo hasta acá para descubrir, en plena tarea, que esa búsqueda tiene algo de lucha desesperada contra la orfandad.

¿Qué hay que recordar? ¿De qué manera? La historia familiar se va moldeando con recuerdos de sus integrantes, armándose como un rompecabezas inmenso destinado a no completarse nunca. La “verdad” empieza a convertirse en un relato de límites imprecisos: del mismo episodio algunos guardan ciertos detalles y los demás, otros. Quería saber y hablar de quienes fueron mis maestros en la vida, de quienes nos enseñaron estilos que hoy son parte de la manera de ser de muchos de mis familiares: semillas plantadas por ellos que florecieron en casi todos nosotros y por las que nos reconocemos.

La tía Elisa, una parte de mi historia

De repente estoy parada frente a un mostrador de Ezeiza con una carry-on, la valija más pequeña que va incluída en el pasaje más barato. El vuelo que pensaba hacer el año próximo como vacaciones se adelantó de golpe por otro motivo. Me alegro de haber reaccionado rápido, de haberme dejado llevar por el impulso. Hay cosas que no esperan. Lo vi claro después, a pocos días de llegar: la emoción nos hace contactar con los sentimientos, la empatía, el dolor y las necesidades del otro. Pero las cosas deben resolverse con la cabeza fría. Para algunas instancias, la emoción es mala consejera, para otras, no tanto. Elisa, mi tía querida, una especie de madre transatlántica de noventa y cinco años, tenía Covid. Su salud anterior al virus era buenísima, su cabeza lúcida, inteligente, informada, genial. Pero a esa edad, en una Madrid helada, al Covid se le sumaban peligros colaterales. Quería verla, acompañarla, alcanzarle un té y entretenerla con viejas anécdotas de la familia, que experimentara la calidez de conversar en ese lenguaje familiar propio, formado por frases y palabras clave que cobran sentido sólo entre quienes han compartido muchos momentos de la vida, el mismo humor y un afecto profundo. Ella estaba bien cuidada. Yo mucho más no podía hacer. Pero necesitaba ir porque, sin sentirme Dios, «pensé que era bueno”.

Tiempo atrás, Elisa me había contado acerca de la casa de mis abuelos, en San Telmo, donde se crió junto a mi padre y a mis tíos. De su generación ella es la única que queda, la última depositaria de sucesos pasados. Describió la casa a través del cristal maravilloso de su memoria: olores de sopas caseras y a cera de muebles, detalles de los bronces en las manijas de las puertas, el cuarto de la ropa blanca con impecables pilas de sábanas almidonadas, mientras dibujaba un plano de cada piso y yo anotaba, voraz, datos ignorados, imaginando que servirían para integrar la historia familiar que quería escribir y soñando con mi propia visita a esa casa de la avenida Garay, que hoy sobrevive, casi en ruinas, como refugio temporal para gente en situación de calle.

Ese gran rompecabezas

Querer desentrañar la historia de mis antepasados, la mía y la de quienes me siguen, y salir corriendo a acompañar a alguien enfermo, por un tiempo me resultaron dos hechos absolutamente desconectados entre sí. Sin embargo, aparecieron de repente íntimamente unidos, al servicio de una sola voluntad: la de evitar que se pierda el camino que recorrimos juntos, ese que nos trajo como familia hasta el siglo XXI.

Lo más difícil de la tarea era encontrar el tono del relato porque, como ocurre con la iluminación en el cine y en la fotografía, el tono es fundamental y marca profundamente el clima. Sabía que elegir el modelo Wikipedia, lleno de datos duros y fechas, sería un pasaporte directo al tedio para quienes leyesen y que no pasarían de la segunda hoja. Los recuerdos están atravesados por emociones que nos marcaron la vida y piden ser contados desde las tripas y el corazón. Yo buscaba expresarlos de forma de atrapar a mis lectores como si los tuviera en casa, charlando frente a la chimenea, en una de esas tardes de lluvia y frío en las que no dan ganas de levantarse de sofá.

Leí biografías, notas y libros para orientarme. Descarté Léxico Familiar, de Natalia Guinzburg, pero me deleité con la Autobiografía de Woody Allen. Allí estaba el tono que quería: una crónica intimista, un continuado perfecto de nostalgia, sentido del humor, descripción de personajes y cronología, donde la historia está poblada no sólo de cuentos de parientes, sino de menciones a vecinos y a amigos que la enriquecen y la hacen mucho más vibrante. Sin equipararme con Woody, trataría de no desentonar demasiado.

En segundo lugar, la pregunta del millón. ¿Para quién escribo? No para postularme a un premio ni para publicarlo en una editorial con miles de lectores: es para mi familia, para los descendientes de esos vascos e italianos que no merecen ser olvidados porque, de alguna manera, somos también ellos. La psicoanalista Piera Aulagnier, desde su trabajo Construir(se) un pasado me dio una pista valiosa: como sujetos, constantemente guardamos y descartamos recuerdos guiados por motivaciones ignoradas. Los necesitamos para construir un fondo de memoria sobre el que hacer pie, que nos permitirá tejer la urdimbre de nuestras composiciones biográficas.

De allí imagino que, si como personas necesitamos construir un pasado, como familia o clan será el pasado común, la suma de los momentos vividos por sus miembros, lo que dará forma a ese corpus de historia familiar. Nuestro pasado personal se ancla y se afirma al formar parte un pasado común mayor, que nos acuna en el amparo de la pertenencia.

Narrar para ser testigos

Estoy parada, bajo una llovizna suave, en las escaleras del Museo Arqueológico de Madrid y de repente me pregunto qué fui a hacer allí. No me satisface un dramático «a visitar por si la muerte”. Quiero acompañar en la vida, honrar los días de Elisa dándole la calidad que merecen. Entender lo que necesita. Dar lo que nos arrepentimos de no haber dado a otros: nuestro tiempo, para enriquecer el suyo, para alivianar las horas interminables de quien vive solo y es viejo. Y no es sólo eso. Intuyo que hay más, y suena a algo mío.

Tal vez, entre las cosas que atraviesen ese deseo de acompañar, se oculte parte de nuestros miedos: ser testigos del fin de una etapa de nuestra historia, convencernos de que una generación nos deja y de que pasamos a la primera fila como los mayores del clan, los próximos destinados a desaparecer. Nace entonces el deseo de servir, de dejar huellas para los demás, de contar momentos pasados para que no se pierdan, de alcanzar una forma de ser recordados y, a la vez, de cumplir con alguna especie de ritual para completarnos. Dejar nuestra parte de la tarea lista, para que otros la continúen.

Pienso en la historia del mundo. ¿Cuánto habrá de cierto en cada capítulo, si los de nuestra propia familia están llenos de olvidos y de reemplazos y de confusiones?

Cuando a lo largo de mi historia me tope con lagunas sin voces que puedan explicarlas, abriré la puerta a mis lectores para fantasear un poco y agregar la sal y la pimienta que crean necesarias. Frente a ese olvido propondré una frase cargada de magia, que aparecía a pie de página, en la versión del poema del Mio Cid que leíamos en el colegio: “Lo que falta súplanse con la Crónica de los Veinte Reyes”. Que la imaginación vuele no cambiará el meollo de la historia y, con suerte, la llevará por caminos nuevos y sorprendentes.

Elisa, Victoria y Luz bajo los jacarandás del noviembre porteño.

Una historia sin final

Una despedida rápida en el portal de la casa, un saludo como si fuéramos a vernos a la semana siguiente, como si nada. Un poco de nudito en la garganta. Hablar con el taxista para descomprimir. Llegar a Barajas tempranísimo. El aeropuerto, ese no-lugar agobiante, hoy me resulta más acogedor que estar esperando en una cafetería de los suburbios, mirando el reloj a cada rato.

Check- in, Migraciones (un poco de ansiedad, porque abuso de Alerta Aeropuertos, sobre todo de los episodios que pasan allí, en la T4), Freeshop donde no compro nada y me harto a los cinco minutos, quiosco de revistas llenos de Hola, de imanes con forma de paella y de best sellers con inmerecidas encuadernaciones lujosas como sólo en España, donde tampoco compro nada.

Barcito y café, mientras frente a mí desfila una fauna de gente de países que ni se me ocurre que existan, parejas peleando, amigas haciéndose selfies, familias exhaustas, chicos que lloran y cargan peluches gigantes que no van a caber en los porta equipajes, grupos de monjas mirando las pizarras, equipos de baloncesto mejicanos con sus conjuntos de jogging de colores brillantes, pasajeros aturdidos que dan vueltas y compran chocolates para gastar los últimos euros, se prueban perfumes y eligen muñequitas flamencas para llevarles a las hijas o a las amantes.

Estoy junto a la ventana. Puedo mirar la pista y ese invento que me subyuga más que nunca que es la manga: un tentáculo perfecto, hermético, que se adhiere a la entrada del avión y nos conduce hasta allí sin ofrecer ninguna posibilidad de escapar a nuestro destino.

Pienso en Elisa. Me voy tranquila. Mejoró mucho desde mi llegada, se cansa menos, está de buen ánimo. La dejo casi bien. Cuando lo cuente al resto de la familia, no va a faltar quien diga que nos va a enterrar a todos. Y yo voy a contestar que sí, que tal vez, que probablemente, cuando en realidad esté pensando en el vínculo amoroso que nos une, del que disfruté tanto y que iluminará más de un capítulo de la historia que escriba.

Un retato de los buenos momentos que perduran en la memoria familiar.

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