6 de mayo de 2026
Es un mundo hostil para traer a un niño. Las guerras estallan sin un final a la vista, el entorno natural está al borde del colapso y el sistema económico global engaña a millones de personas privándolas de una vida digna. Valores básicos como los derechos humanos, la libertad individual, el bien común y los principios de la democracia están siendo cuestionados.
¿Qué es verdadero y qué no lo es? ¿Podemos confiar en la información que recibimos? ¿Es posible creer en las imágenes que vemos, en los informes que leemos? Hoy en día parece que todo puede ser manipulado y convertido en otra cosa. Hay una palabra que simboliza esta confusión, la palabra “fake”: representa la intención de borronear la línea entre la verdad y la mentira, entre realidad y ficción. Mientras que los hechos se presentan como falsos, lo “fake” (la decepción, las mentiras y cualquier tipo de “hacer creer”) se presenta como un hecho alternativo. Cualquier cosa puede ser alterada actualmente con fines codiciosos, por dinero o poder. Ahora bien, si dos más dos ya no es cuatro sino cualquier otra cifra arbitraria, la mente pierde su cable a la realidad. Vemos esto todos los días en el ámbito de la política, los discursos públicos y las redes sociales.
¿Cómo proteger a un niño de esta influencia tóxica? ¿Cómo puede aprender a distinguir entre lo real y lo ficticio, a respetar la verdad y a honrar la bondad? ¿Cómo logra desarrollar resiliencia, autosuficiencia y consciencia si la ética se ha vuelto tan relativa y controversial que incluso perdió el sentido?
Hay además otro monstruo que se asoma por el horizonte: la inteligencia artificial. Aunque se puede usar para cosas positivas, también tiene el potencial infinito de manipular a los jóvenes, especialmente, y de eliminar lo que nos hace humanos.
¿Hacia dónde nos va a conducir el mundo digital? El futuro dirá, pero ahora estamos en el presente: todos los días nacen niños.
Una nueva generación está luchando por orientarse en este mundo caótico que muy a menudo sucumbe a los peligros y las trampas que ninguna otra generación tuvo que enfrentar. No parece llamativo que aumente la reticencia a asumir la responsabilidad de la paternidad y la maternidad; sin ser la única causa de que el índice de natalidad disminuye cada vez más, sí es un argumento común y que se discute con frecuencia.
Para decirlo con franqueza: ¿acaso no es absolutamente irracional traer a un hijo al mundo, tal como está? En algún punto de mi ser, mi confianza en la vida grita: “¡No!”
Si existe algo que nos puede salvar de la pérdida de nuestra humanidad y de la extinción de nuestra especie es la convicción inquebrantable de que una nueva vida trae consigo la semilla de la esperanza y la renovación. Un nacimiento sigue siendo un milagro, cada madre y cada padre que ha asistido a uno lo sabe. Reconocer lo maravilloso de una nueva vida es una experiencia universal que también incluye a las mujeres que nunca dieron a luz y a los hombres sin hijos propios.
Años atrás una gran amiga mía estaba esperando su segundo bebé y me pidió ayuda con el parto que iba a ser en la casa. Ella, su marido y la partera estaban en el piso de arriba mientras que yo esperaba en la cocina, atenta a cualquier cosa que necesitaran.
Cuando los dolores del parto alcanzaron su pico, la partera me dijo que preparara una jarra de café bien fuerte, mucho más fuerte de lo que se puede tomar, para que las compresas evitaran desgarros del perineo. ¡Era urgente! Llevamos el café rápidamente arriba y el perineo de mi amiga quedó intacto. Pronto estábamos sosteniendo al recién nacido, todo limpio y envuelto en nuestros brazos.
Es difícil describir lo que sentí en ese momento. Surgió en mí una alegría, o más bien una suerte de elevación, que no dudo en llamar espiritual. Había ocurrido algo celestial y lo supe: dar a luz es un acto sagrado.
Recientemente nació una niña dentro de mi familia. Como su tía abuela, tengo el privilegio de verla seguido y presenciar sus primeros pasos en este mundo. No me había dado cuenta de lo difícil que es para un bebé adaptarse a la aspereza del mundo al dejar la comodidad del vientre materno. Ella tiene que aprender todo: a respirar, beber, tragar, digerir, enfocar la mirada, levantar la cabeza y sintonizar con los molestos ritmos de la alimentación y del sueño. Me da la sensación de que extraña la calidez y seguridad de su entorno prenatal. En esta fase precaria, se aferra a la piel de su madre en busca de comodidad.
Noto que está aprendiendo a distinguir rostros y colores diferentes. Lo que más me conmueve es que retuerce sus labios y su lengua en un esfuerzo por imitar los sonidos que hacemos. Su cuerpo pequeño se agita y transpira. Para mí, resulta obvio que la beba intenta comunicarse desesperadamente. Al anochecer, está exhausta por todas las cosas que ha visto y oído que está tratando de procesar con tanto esfuerzo.
Parece que aprender las maneras humanas es una tarea ardua. Es mucho más fácil y rápido para un cachorro convertirse en perro, a un gatito en gato, o a un ternero en una vaca; un elefante bebé sale del cuerpo de su madre, se para en cuatro patas y corre junto a la manada. No pasa lo mismo con el humano. Su camino es lento y se logra a través del aprendizaje, la paciencia, la prueba y el error, la frustración y los contratiempos.
La beba me enseña lo que significa vincularse. Sucede en el ida y vuelta, cuando yo sonrío y ella me devuelve la sonrisa, cuando reacciona encantada si repito sus gorgojeos. A medida que yo respondo ella me busca y siento cómo el amor brota dentro de mí. Necesita de nuestra amorosidad, ser arropada, tranquilizada y recibir nuestra atención para desarrollarse. Y nosotros necesitamos la promesa de su joven vida para creer en el futuro. En definitiva, todos necesitamos vincularnos y recibir amor.
Cuando vuelvo a casa después de visitarla me siento vital y llena de energía renovada. Mi mirada sobre el mundo es más esperanzada y mi corazón se siente liviano, menos acechado por la ansiedad. Aparece la confianza en lugar del escepticismo y la resignación. Sí, se pueden encontrar ideas creativas a todos nuestros problemas, porque la vida se afirmará a sí misma, pase lo que pase.
Por lo tanto, mi respuesta a la pregunta de si vale o no la pena traer un chico al mundo es un rotundo ¡sí! Quizá sea más difícil que nunca criar a un niño, conlleva mucha paciencia y sensatez poder guiar a un hijo o a una hija para que enfrente los desafíos del mundo moderno. Lo mejor que podemos hacer es ayudarlos a volverse adultos fuertes, equilibrados, conscientes y responsables que puedan afrontar el peso de crear nuestro futuro.
Distintos países están invirtiendo grandes sumas de dinero y energía en la exploración de nuevos campos de la ciencia y la tecnología. Me pregunto: ¿qué tal si invertimos en orientación para acompañar maternidades y paternidades conscientes? Los chicos son el gran capital de nuestra sociedad y la forma en que los criamos es clave para el futuro que queremos construir. La manera en que nos relacionemos con ellos determinará la forma en que se relacionen con nosotros, entre sí mismos y con el mundo.
Los niños son maestros exquisitos: verlos crecer nos enseña todo lo que necesitamos saber sobre el amor y la naturaleza de las relaciones humanas. Un niño que crece con amor y sabiduría va a tener menos tendencia a volverse adicto a un juego de computadora. Nunca va a aislarse ni convertirse en un zombie obsesionado por la sed insaciable de dinero y de poder. Sabrá dónde encontrar la verdadera felicidad y la plenitud y sabrá reconocerlas.
Viajo de una punta de la ciudad a la otra para ver a nuestra beba. Le hablo, le canto y le recito poemas sencillos y me deleito en cómo responde al sonido y al ritmo. Me mira buscando mi rostro y hundiendo sus ojos en los mios, asegurando ese momento de profunda intimidad. Qué confianza infinita en la mirada de un bebé, una confianza imposible de traicionar o de quebrar. Es amor puro, inocente, sin ambigüedad; enciende mi propio amor y me hace pensar en qué es, realmente, el amor, ese que se da gratuita e incondicionalmente, sin pedir nada a cambio. Me permite entender en un instante que el amor es lo que subyace a toda energía creativa. Es la fuerza vital. No hay ningún obstáculo que no pueda superar, ninguna oscuridad que no pueda convertir en luz, ningún sueño que no pueda convertir en realidad, como por arte de magia.
Algún día voy a enseñarle a Mila mi canción favorita, una que aprendí en un país que no es el mio. Traducida, suena similar a lo siguiente:
“El reverdecer del almendro
Las flores brotando
¿Acaso no es una señal, amigo mio,
de que el amor seguirá triunfando?”
¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
Un análisis sobre el impacto de la manipulación, pero también acerca del valor de los grupos terapéuticos para ayudar a salir de la violencia.
Tras el sismo que sacudió Venezuela, una familia descubre, entre el miedo y la incertidumbre, que hay lazos de amor que la tragedia no puede romper.
Tejer en círculo, correr en manada, filosofar en grupo, leer y escribir con compañeros: la tendencia de juntarse que crece en el mundo.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
magnífico totalmente de acuerdo y gracias por compartir e invitar a reflexionar