Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

31 marzo, 2021

¿Es posible entrenar la espiritualidad?

Con las pascuas judías y cristianas, gran parte del planeta transita por estos días un tiempo de celebraciones muy sentidas. Flota en el aire una atmósfera de recogimiento y reflexión, matizada por la alegría del encuentro. ¿Es posible mantener ese espíritu vivo el resto del año?


Por Carolina Cattaneo

Por estos días, seres humanos de todo el planeta se recogen en oración y se encuentran con sus seres más queridos en la intimidad del hogar. Como desde hace milenios, cristianos y judíos de las distintas partes del mundo transitan hoy una de las de las celebraciones más sentidas para ellos, las pascuas. Cada una con un simbolismo distinto –la muerte y resurrección de Cristo, para unos, y la liberación de la esclavitud de Egipto, para los otros–, estas fechas del calendario religioso de ambas tradiciones congregan a una gran parte de la humanidad en un gesto común: mirar hacia adentro, mirar hacia arriba, hacer silencio, orar, pedir perdón, dar gracias, meditar, encender velas, cantar o leer los libros sagrados. Actos que se dan en el corazón de una práctica religiosa y que aun en algunas personas no religiosas también imbuye de un estado diferente, especial: como la Navidad, invitan también a los no creyentes o a los no practicantes a detenerse, a bajar el ritmo y a revincularse con otras cosas. Tal vez aprovechen la pausa laboral para hacer un viaje a algún lugar de gran belleza natural o destinen este tiempo a un encuentro familiar postergado por otras obligaciones, para reconfortarse y refugiarse en la calidez de los afectos. Para las personas que practican estas religiones, como para quienes no las practican pero están abiertas a oír su significado, en esta semana del año se celebran dos relatos bíblicos con metáforas que resguardan temas universales de la experiencia humana: nada menos que la posibilidad de renacer y el anhelo y la necesidad de libertad.  

¿Qué pasará con esta atmósfera imbuida de espiritualidad cuando hayan quedado atrás el domingo pascual? ¿Y más allá de la noche del Seder? ¿Y qué pasa con quienes no se reconocen dentro de una comunidad religiosa pero aún así sienten un deseo profundo de alimentar esa dimensión no material que nos completa y nos define como especie? ¿Qué hay del cuidado diario de ese aspecto? ¿Lo olvidamos hasta la próxima festividad? ¿O mantenemos la vela encendida para que ilumine los momentos oscuros por venir y les dé aun más brillo a los luminosos?

Hay quienes entrenan la fuerza del cuerpo en un gimnasio, con rutinas prolijamente respetadas. Están también quienes entrenan las habilidades de la mente, con arduas jornadas de estudio. Y la espiritualidad, ¿se entrena? En días en los que, como diminutas partículas de polvo, flota en el aire una atmósfera de reflexión, salimos a buscar respuestas a esta pregunta. 

Una dimensión sin divisiones

“La espiritualidad se siembra, germina, brota y florece en lo mundano. Se la puede encontrar y alimentar en la más insignificante de las actividades diarias”, escribe el psicoterapeuta, ex seminarista y estudioso de las religiones, el estadounidense Thomas Moore, en su best-seller de 1992, El cuidado del alma

El territorio de las cosas simples, de la rutina, del día a día, de cada amanecer y de cada anochecer. De cada nacimiento, de cada muerte, de cada acontecer, ordinario o excepcional, alegre o triste, pálido o brillante: allí es donde, según el autor, se “restaura el alma”, herida de acuerdo a su mirada por el dualismo entre mente y cuerpo, espíritu y materia, por el predominio de la tecnología, la falta de valores supremos, el consumismo y el abandono de las tradiciones sagradas. Y aunque reconoce la dificultad de definir con precisión este concepto, nos recuerda que podemos remediar la falta de certeza intelectual gracias a la intuición y a su misterioso mecanismo de asociarla de inmediato con la autenticidad y la profundidad, y de saber entonces de qué hablamos aún sin entenderlo completamente, ya que, dice, después de todo el alma no fue hecha para ser entendida.

“El alma necesita espíritu, pero nuestra espiritualidad también necesita alma: inteligencia profunda, una sensibilidad para la vida simbólica y metafórica, una comunidad auténtica y un verdadero afecto por el mundo”.

Thomas Moore, El cuidado del alma

“Podemos atender a nuestra propia alma mientras va abriéndose paso a través de ese laberinto que es el despliegue de nuestra vida (…) Emprender esta restauración del alma significa que tenemos que hacer de la espiritualidad una parte más importante de nuestra vida cotidiana”, señala, y a lo largo de las páginas, relata vivencias propias y de sus pacientes, Thomas Moore recurre a los mitos, a la importancia que dice que tienen los sueños para una comprensión interior más profunda, resalta el valor de los ritos, de la comunidad, de la belleza. En fin, se explaya sobre esos “lenguajes” que habla y entiende el alma humana, e ilumina los perfiles de nuestra existencia que la Modernidad y sus valores racionalistas y materialistas han sabido ensombrecer, denostándolos o simplemente ocultándolos, con la trágica consecuencia, según el autor, de una sociedad que manifiesta vacío, falta de sentido, depresión, desilusión ante la familia y las relaciones y pérdida de valores.

Desde el otro lado del océano, en Inglaterra, el ex monje jainista, activista por la paz, escritor y líder ecologista Satish Kumar predica hace años la integración de la dimensión ecológica, espiritual y social de las personas. Lo hace a través del periodismo, con su revista Resurgence & Ecology, y de la educación, con su escuela Schumacher College. En el libro Elegant Simplicity: the art of living well (Simplicidad elegante, el arte de vivir bien, en español), que publicó en 2019, Satish Kumar sostiene que el mundo moderno ha reducido el aprendizaje a lo medible. “Importa lo que puede medirse, y lo que no, no existe. Esto es lo que mucha gente cree porque su visión se limita a la realidad física”.

Pero para vivir una vida integrada y sana, Kumar sostiene que necesitamos ver más allá de la realidad física y ser capaces de ver la dimensión espiritual de la vida. “Materia y espíritu no están separados, no hay división. El espíritu y la materia están entrelazados. (…) El espíritu humano le da vida al cuerpo humano, nos volvemos seres animados, parte del anima mundi, el alma universal. Alma y cuerpo juntos hacen lo que somos. Sin alma, sin espíritu, sin imaginación, entonces el cuerpo es un cuerpo muerto. Cuando estamos rotos, separados, divididos, estamos enfermos. Cuando estamos completos, hay sanación”, sostiene. 

La espiritualidad, dice Kumar, no admite el verbo medir. No es mensurable. Pero así como necesitamos medir lo medible, y necesitamos de la racionalidad de la ciencia, su lógica, su empirismo, sus herramientas y tecnologías, también necesitamos de valores, de ética, de estética, de amor, de compasión, de generosidad, de un sentido de mutualismo. Y todo eso, advierte el autor, nos lo brinda la espiritualidad.  

¿Se entrena?

A la antropóloga argentina Ana María Llamazares la palabra “entrenar” le hace ruido. Algo desafina, para ella, en la intención de unir las palabras espíritu y entrenamiento. Consultada por Sophia, reflexiona: “Para mí hay una discordancia entre ellas. Es aplicar una palabra de carácter materialista, muy física, a algo de otro orden. Entonces, en vez de ‘entrenar’, diría ‘cultivar’. Como si fuera una plantita: la espiritualidad puede estar debajo de la tierra, no la notamos, hasta que un día, ¡pum!, brota. Y después hay que cuidarla, darle buenas condiciones, regarla, sacarle los bichitos”. Para Llamazares, la espiritualidad es una facultad que tenemos los seres humanos, “un don que viene naturalmente con nosotros” pero que fue obturado por el paradigma racionalista y moderno, al igual que todo lo relacionado con lo extrasensorial, lo supra racional, lo intuitivo. Esos aspectos, según estudió la investigadora y describe en su libro Del reloj a la flor de loto (Del Nuevo Extremo, 2011), fueron corridos de escena en un momento de la historia de la Humanidad e, incluso, considerados anómalos y patológicos, asociados a la brujería o a la locura. 

“La expansión espiritual también tiene lugar en la oscuridad. Los místicos le llaman a esto ‘la noche oscura del alma’. Cuando atravesamos dificultades emocionales, problemas psicológicos o crisis espirituales, entonces, metafóricamente, estamos en la noche oscura.Si podemos abrazar esta oscuridad con ecuanimidad, entonces podremos salir más fuertes”.

Satish Kumar, Elegant Simplicity

Y así como ella no usaría la palabra “entrenar” para hablar de una expansión de la dimensión espiritualidad, dice que en cambio usaría “cultivar”, “incentivar”, “convocar”. “Todas palabras más amorosas que tienen más que ver con el Principio Femenino y que se realizan a través de las experiencias concretas, de la vivencia. Y ahí sí, todas las tradiciones espirituales te hablan de la necesidad de una práctica que tiene una disciplina, un orden, un tiempo, constancia, algunas exigencias. La espiritualidad no es solamente un rayo de iluminación. Podemos tener experiencias cumbres, donde nos iluminamos, tenemos una vivencia fuerte, nos sentimos conectados o en comunión con lo sagrado, lo divino, lo trascendente, pero también está esta otra fase que es la de llevar lo espiritual a la vida cotidiana y encontrar un camino de práctica, algo muy importante para no perderte en la búsqueda espiritual que puede ser enorme y amplia”. El camino, dice, puede ser un sendero secular, por fuera de una tradición religiosa, que incluya uno o varios modos de acercarse a la espiritualidad, como la lectura de textos cargados de sabiduría, el yoga, las diferentes formas de meditación o las distintas variantes del chamanismo, entre otros tantos que existen. En definitiva, de lo que habla Llamazares es de trazar un camino propio, íntimo, genuino y personal.

(Foto: Pexels)

“El cultivo del alma implica un manejo prudente, durante toda la vida, de la materia prima. Los granjeros cultivan sus tierras, todos cultivamos nuestra alma”, escribe Thomas Moore. Él tampoco habla de “entrenar” la espiritualidad, en cambio sí se refiere al trabajo del alma como una tarea que consiste en llevar una “vida ricamente elaborada”, conectada con la sociedad, con la naturaleza, entretejida con la familia, la nación y el planeta”. Esa labor, cree, consiste en darle al alma un tratamiento artesanal con la sensibilidad de un artista, porque exige de nosotros habilidad y atención.  

Como Ana María Llamazares, Marcelo Manetti, autor argentino de los libros La tradición y Relatos del joven y el anciano (Ediciones del Camino), médico y estudioso de las tradiciones de sabiduría, señala que la espiritualidad es una habilidad humana, un sello de fábrica, pero que si no hacemos algo con ella, quedará siempre en estado de semilla. Y sí, para él, guarda relación con la idea de entrenamiento: “Los griegos ya hablaban de asketis. El asketa es el que entrena su mundo interno, su espiritualidad, y eso involucra un montón de cosas de la vida cotidiana. La espiritualidad no es un método, no es una técnica, pero sí se entrena. ¿En qué sentido? ¿Qué es entrenarse en última instancia? Practicar regularmente algo. Practicar la cortesía, practicar la contemplación de la belleza, practicar el cuidado de los otros. No es solamente meditar. Teresa de Avila tenía una frase que ilustraba esta idea: ‘Hay que saber pasar de los éxtasis a los pucheros’”, dice Manetti.

“Seguimos las enseñanzas de Buda para abrir los ojos a la realidad y ver que nunca estuvimos, que no estamos ni estaremos solos. Estamos entrelazados con todas las manifestaciones de la vida. Por lo tanto, nos sentamos (a meditar) individualmente, porque solo podemos sentarnos con nosotros, no por o en lugar de los otros. Nos sentamos individualmente para entrar en esa dimensión donde los otros, como seres separados de mí, de la vida, no existen más. Y de ese sentarse sucede el encuentro con todo lo que nos rodea”. Monja Coen.

Desde Brasil, Monja Coen, una monja formada en el budismo zen en Japón y en Estados Unidos que en marzo publicó en la Argentina el libro “Zen para distraídos” (Planeta, 2021), también comparte con Sophia su mirada y a la pregunta de si la espiritualidad se entrena, es contundente: “Sí -responde-, según el budismo, el camino de la vida, en el que encontramos felicidad, infelicidad, salud o enfermedad, debe ser visto como un camino y práctica incesante. Entrenamos nuestra espiritualidad, como entrenamos la sabiduría, la felicidad, la compasión, etcétera”. Por mail, explica: “Suelo decir que podemos hacer gimnasia de neuronas, eso es zazen -N.de R: práctica meditativa que desarrolla en el libro-. Podemos elegir qué pensamientos y sentimientos queremos estimular o desarrollar y cuáles podemos dejar en reposo. Lleva su tiempo, pero es posible. Como en un gimnasio, para desarrollar ciertos músculos tenemos que hacer determinados ejercicios por cierto tiempo para comprobar los resultados”.

Una travesía continua y constante: en tren de metáforas, Satish Kumar habla del desarrollo de la vida espiritual como de un recorrido sin fin. Los buscadores espirituales están siempre en un viaje, en un peregrinaje, buscando la verdad y la iluminación. No hay lugar donde puedan decir ‘encontré la respuesta’. La espiritualidad es un proceso, una exploración, no un destino”.

Espiritualidad no es lo mismo que religión

La base de una vida espiritual no está asociada, necesariamente, con una práctica religiosa concreta. No necesariamente, pero se acompañan, se complementan y se enriquecen. “La religión y la espiritualidad, que durante siglos han permanecido íntimamente vinculadas, nos ofrecen soluciones creativas para que nos convirtamos en personas profundas y compasivas basadas en abrazar el misterio”, dice Moore en la segunda parte del libro El cuidado del alma, publicada pocos años después de la primera. El bagaje de las religiones “es precioso”, dice el autor, pero con frecuencia no alcanza a cumplir su misión por su tendencia a moralizar, intelectualizar o defender un propósito oculto. Y aunque asistimos a un abandono generalizado de las religiones, aún así, el autor cree que todos poseemos el instinto de trascendencia. 

“La espiritualidad y las experiencias religiosas nada tienen que ver con un sistema de creencias en particular (…) Espiritualidad se trata de amor, no de creencias”, sintetiza Kumar. Y en línea con Llamazares y con Thomas Moore, al otro lado de la frontera, Monja Coen afirma: “Un ser espiritual, a diferencia de lo que muchos creen, no necesariamente tiene que ser una persona religiosa. Puede llevar esa búsqueda, que caracteriza la vida espiritual, de saber quién es, de dónde vino, para dónde va, sin estar ligado a ninguna religión. Ser espiritual es estar en la búsqueda de esa dimensión en la que esas preguntas son respondidas”.

Alimento para el alma

Vivimos tiempos excepcionales. Posiblemente, nunca en la historia transitamos una crisis que nos atravesara a todos por igual como lo hizo la pandemia de covid-19, del hemisferio norte al hemisferio sur, de Oriente a Occidente, sin dejar a nadie inmutable. Las cuarentenas nos encontraron refugiados y atemorizados puertas adentro, frente a una situación inédita, amenazante y desconocida, tratando de encontrar libertad en la vida confinada, de ver el resquicio entre las paredes por donde se filtraba un halo de luz o la ventana por donde recibir una gran bocanada de aire fresco. En el aislamiento, algunos se volcaron a cultivar las artes culinarias, otros a la botánica, hubo quien volvió al cajón de las fotos de la infancia o retiró el polvo de bastidores de pintura, partituras o agujas de tejer. Algunos hicieron talleres virtuales para aprender algo nuevo y también quienes practicaron yoga o meditaron por Zoom. Muchos recuperaron viejos amigos con videollamadas postergadas durante décadas o, incluso, se dedicaron a limpiar, ordenar o mejorar la casa. Tal vez no sea casual. Los místicos ya decían que los tiempos oscuros, la desazón y el dolor, las situaciones extremas de vida o muerte, nos conducen por caminos insospechados y nos acercan al misterio, a lo sagrado. Y ahí estuvimos nosotros, refugiándonos en los sutiles territorios del afecto, del arte y del silencio de los que hablan muchos autores, desde los antiguos filósofos hasta los consultados en esta nota.

“Necesitamos alimentar nuestras almas. Así como alimentamos nuestro cuerpo con arroz, vegetales, pan o sopa, necesitamos alimentar el alma con amistad, amor y compasión, con belleza y arte, con canto y pintura, con imaginación y meditación, con silencio y soledad”, enumera Satish Kumar en su libro Elegant Simplicity. “Con actividades como bailar, caminar, hacer jardinería, cantar, cocinar o crear cosas nos hace felices. A través de actividades del cuerpo, alcanzamos el alma, y así, el cuerpo y el alma se dan soporte para encontrar felicidad”.  

(Foto: Pexels)

Detenerse a observar la perfección de las hojas de los árboles. Suspirar ante la magia del perfume de una flor. Saborear la exquisitez de una fruta. Dejarse conmover. Asombrarse. Abrir los ojos y abrirlos una vez más. Oír y volver a oír. Inspirar y volver a hacerlo. ¿Se ve algo nuevo? ¿Algo nuevo suena? ¿Por qué esto huele como huele? Llevar una vida espiritual es, también, habilitar una forma de mirar la vida, de darle permiso para ingrese lo maravilloso, para que lo que damos por sentado, aquello a lo que estamos acostumbrados y habituados, recobre su singularidad. 

“Se trata -dice Marcelo Manetti, de poner en práctica la sensibilidad, de practicar todo lo que engloba el concepto de una vida sencilla. ¿Qué me gusta hacer más allá de mi trabajo? ¿La música? ¿Tocar un instrumento? ¿Cantar? Llevar un diario personal, por ejemplo, nos puede acompañar en este camino. Porque la espiritualidad se entrena cuando miramos para adentro, cuando nos permitimos regularmente momentos de ocio y de estar a solas nosotros mismos. Ese a solas conmigo mismo puede ser mirando por la ventana, saliendo a caminar, yéndonos a tomar un cafecito. Te da intimidad y te da contacto con tu núcleo interior, con tu spiritus, tu adman, con el nombre que cada religión le quiera dar. Es el contacto con ‘el escondido centro’, como decía San Juan de la Cruz. Uno de los Upanishads -N.de R: textos sagrados hinduistas escritos en sánscrito alrededor de 400 a.C- dice: ‘Dos entraron en la caverna del corazón’, y no aclara quiénes son esos ‘dos’. Esos dos son el espíritu individual y Dios, el espíritu universal, la partícula divina. Pero si no me permito estar a solas conmigo aunque sea un ratito, no la alcanzo”. Ese encuentro será a la medida de cada uno, porque como dice Mannetti, no está escrito en ningún lado el modo particular en que cada uno transita esa experimenta.

Íntima pero en comunidad, personal pero compartida: la espiritualidad está ahí, al alcance. Más allá de un calendario o de otro, más allá de las minucias del lenguaje. Como abejas que van a la flor, ahí estamos aleteando alrededor del polen de la vida. De manera incesante buscando nutrirnos de esa sustancia invisible, indefinida, misteriosa. Con más o menos angustia, con más o menos sufrimiento, pero con las mismas preguntas, la historia del ser humano está marcada por este impulso. Y en este momento, precisamente y según Llamazares, la Humanidad transita por un “gran despertar” signado por la búsqueda espiritual. Más allá de los dogmas, más allá de las instituciones, esa sed de lo que difusamente solemos mencionar como “sed de algo más”, sigue viva, quizás más que nunca.

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