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¿Es buena idea llevar a los chicos a la cancha? Responden los especialistas

La presencia de público infantil en los partidos de fútbol genera múltiples interrogantes. Te ayudamos a encontrar algunas respuestas posibles.

Por María Eugenia Sidoti

Hay quienes sienten un gran amor por sus equipos de fútbol y, cuando tienen hijos, les transmiten esa pasión por la camiseta de la misma manera que, en muchos casos, lo hicieron sus propios padres con ellos. Sin embargo, a la hora de pensar en el vínculo que se establece con el club de sus amores, aparece en esas mamás y papás una pregunta que no tiene una única respuesta: ¿conviene llevar a las nenas, a los nenes, a la cancha? Y, de hacerlo, ¿cuál sería la mejor manera, el mejor momento? ¿Cómo lograr que, de tener lugar, la experiencia se vuelva disfrutable y quede lejos del estrés y del miedo que puede generar un evento masivo de esa magnitud?

Hay una necesidad básica en los chicos que es que se sientan seguros y a salvo. Por eso, al decidir llevar a un hijo o una hija a la cancha, es importante analizar qué partido van a ver. Quizás, si es un River-Boca, el ambiente será más complejo y no tan recomendable para los chicos. Pero si es un encuentro más tranquilo, tal vez sea una buena manera de empezar y probar cómo les va con la experiencia si, como padres, han decidido que esta tenga lugar”, apunta Mariana de Anquín, licenciada en Psicopedagogía, docente y educadora.

La tensión pre partido, sin embargo, es innegable. Lo mismo que la gran cantidad de emociones que desata cada encuentro. “Cuando nos preguntamos si llevar o no a los chicos a una cancha de fútbol, no hay una respuesta binaria, un sí o no, la cuestión tiene varias aristas para analizar”, sostiene Santiago Kweitel, médico pediatra y deportólogo, director de la Diplomatura en Medicina Deportiva Pediátrica de la Universidad Favaloro, quien opina que son los adultos quienes deben analizar los pros y los contras antes de tomar una decisión. 

Para de Anquín, a la hora de decidir, hay muchas variables a tener en cuenta, pero la más importante es lograr que el chico transite la experiencia como una situación confortable, para que no se sienta desbordado física ni emocionalmente. Por eso, recomienda especial atención con aquellos niños que son más sensibles o introvertidos, para quienes la vivencia puede resultar, en algún punto, abrumadora. “A veces, el fanatismo de los papás hace que se pierdan de vista algunos detalles: qué tipo de partido es, en qué horario se juega, qué tan tranquila es la ubicación que van a ocupar en la cancha y qué harán en caso de que el nene o la nena se quiera ir del lugar”. 

“Vivir un partido de fútbol en un estadio implica un montón de emociones: la pasión, la camaradería, el aprender a perder, la tristeza, la alegría, la empatía con el que le fue mal, la solidaridad. Son cuestiones que tienen que ver con lo que ocurre en la vida, con lo cual mostrarlas de una forma amplificada, si se quiere, no está mal, y hasta puede ser educativo”, reflexiona Kweitel, quien además reconoce que compartir este tipo de eventos puede reforzar los lazos entre padres e hijos.

Daiana Carreira, licenciada en Psicopedagogía, especializada en educación emocional, sostiene que antes que nada, lo importante es tener a mano algunas preguntas de referencia, para reflexionar y elegir de manera consciente y, sobre todo, saber qué es lo que nos motiva, como padres, a llevar a nuestros hijos a la cancha. “¿Tiene que ver con lo que yo quiero como adulto u obedece a su deseo y su sueño? En caso de que el clima se perciba violento, ¿voy a tener tiempo para conversar con él o ella, en varias ocasiones, sobre eso que se está viviendo? ¿Tiene mi hijo o hija los recursos necesarios para poder procesar las experiencias, en caso de que resulten negativas?”, son algunos de los interrogantes que nos deja. 

Ni sí, ni no, ni blanco ni negro

El fútbol debería ser una fiesta, pero en la Argentina lamentablemente no lo es. Por esa razón, desde el 11 de junio de 2013, no se permite el ingreso de los hinchas visitantes a los partidos de la primera división. La decisión de la AFA fue en respuesta al crimen del hincha Javier Gerez a manos de la policía bonaerense, minutos antes de un partido entre Estudiantes y Lanús, en La Plata. A pesar de eso, los hechos de violencia siguen siendo una constante: a la entrada, a la salida, en las inmediaciones de las canchas se suscitan peleas, insultos, pedradas, tiros. Y todo eso ocurre frente a chicos y adolescentes que solo llevan a cuestas la ilusión de ver jugar a su equipo.

“En el fútbol se viven situaciones que nosotros normalizamos, pero que no son buenas, como la violencia, las expresiones xenófobas, el uso de caracterizaciones vinculadas con la raza, las religiones y las orientaciones sexuales como forma de discriminación. Y, además, hay cuestiones que son claramente delictivas, como la violencia física, el robo, el consumo desmedido de sustancias como el alcohol y las drogas, que no solo pueden hacerle mal a un chico desde lo físico, sino también desde lo psicológico, lo emocional”, opina Kweitel. 

En un país acostumbrado a las grietas, la cultura futbolera del Boca-River genera una polaridad que también se instala en el imaginario de los niños. Lo mismo puede trasladarse a otros opuestos, como pueden ser Racing-Independiente, Estudiantes-Gimnasia, Belgrano-Talleres, Newell ‘s-Rosario Central y tantos otros clubes a lo largo y a lo ancho de nuestra extensa Argentina. Esa dicotomía, en general “insalvable”, lleva no solo a exaltar el gran elixir de la competencia, que es ganar, sino también a ver en el oponente a un enemigo, con el deseo de que la pase mal y, sobre todo, de que pierda siempre, sin importar contra quién juegue. 

“Si la familia es futbolera, es común que se hable del tema de la cancha y será parte de una cultura familiar en la que el fútbol se respira”, señala de Anquín, aunque reconoce que eso no debe hacernos perder de vista la necesidad de cultivar conversaciones amorosas, gestos de respeto y unión con los demás, aunque sean del equipo contrario.

“Llevar o no a un hijo o hija a la cancha es una decisión donde cada mamá, cada papá, tiene que poner en la balanza las cosas buenas y malas que existen y determinar cuáles de ellas tienen más peso. Entonces, de acuerdo a los valores de cada familia y a las intenciones desde lo que es la formación de un hijo, determinar qué es lo que quiere enseñarle, y cómo hacerlo”, considera Kweitel. 

“Quizás, lo mejor sea que el deseo confluya, para que se convierta en una experiencia en la que ambos, adultos y niños, puedan disfrutar. Pero siempre cuidando los ángulos que podrían no ser saludables, para que eso perdure en la memoria emocional con un impacto positivo. Crear momentos agradables, vivirlos juntos y poder procesarlos es la vida misma. Y eso une mucho en el vínculo”, concluye Carreira. 

Para los tres especialistas, la cuestión radica en encontrar una respuesta personal y a la medida de cada hijo, de cada hija, para potenciar lo positivo de atravesar esta o cualquier otra experiencia juntos. Sin forzarlos. Sin pretender que se muevan por las pasiones de sus padres. Para que ellos mismos vayan trazando el camino que los llevará a crecer y a encontrar sus propias motivaciones cuando sean adultos. De una manera cuidada, reflexiva, segura. Y sin perder de vista jamás que, detrás de cada rival, siempre se encuentra un ser humano que es igualito a ellos y al que, por ende, no hay razón valedera para odiar, insultar ni dañar. 

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