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Vivir bien

29 diciembre, 2021 | Por

Equipaje para ir a ningún lado

Muchos ya partieron rumbo a los destinos de vacaciones, otros están por hacerlo y algunos ya saben que durante la temporada estival se quedarán en casa. Si fuera tu caso, ¿qué pondrías en una valija imaginaria para pasar el verano?


(Foto: Pexels)

Quisiera tener más certezas, una imagen menos difusa de la cara que tendrá el verano para mí. Pero por una serie de razones personales y situaciones que están fuera de mi alcance manejar, la temporada estival se me presenta más incierta que otras veces y la chance de pasar el verano en Buenos Aires es el escenario más probable. No hay viaje de vacaciones para mí, al menos por ahora. La situación sanitaria abona a esta incertidumbre más dudas que respuestas. 

Me considero una privilegiada, después de acampar en la Patagonia chilena o en el Parque Nacional Yellowstone en mis últimos dos descansos fuera de casa, al próximo año lo estreno sin moverme más allá de la General Paz. Aquellas noches de cielos diáfanos y estrellados, durmiendo en carpa o en casas de familia, inmersos —mi pareja y yo— en bosques frondosos y perfumados, ocurrieron en la vida prepandémica. Desde entonces, no me alejé más de 600 kilómetros de mi hogar. Una vez, para una escapada a la costa. Otra, a la provincia de Santa Fe, donde a orillas del Paraná una pequeña ciudad alberga parte de mis afectos de toda la vida, entre amigos y familia. 

Así las cosas, una noche de este diciembre que se va, ya acostada y mientras mi mente comenzaba a cruzar el límite de la vigilia, una frase sin verbo tintineó en mi cabeza. “Equipaje para ir a ningún lado”. Y mientras el sueño me iba ganando, intenté esbozar una valija imaginaria en la que pondría todo lo que quisiera para mí durante los próximos meses. Apenas alcancé a poner en ese equipaje “siestas en una hamaca paraguaya debajo de algún árbol”, «buenas lecturas», «alguna serie», cuando, finalmente, me dormí.

Pero el tintineo no se detuvo al día siguiente, y fui a la búsqueda de recomendaciones, sugerencias y consejos. Tras una elección aleatoria de personas a las que les pregunté “¿Qué pondrías en una valija para ir a ningún lado?”, surgió esta lista, ecléctica, caprichosa, diversa y espontánea.

Mirar hacia arriba. Euge, compañera de Sophia, dice: “Porque me gusta quedarme quieta en la tierra y sentir que mi pies tienen raíz, como en la canción de María Elena Walsh, entre mi equipaje para ir a ninguna parte siempre llevo la decisión de sacarme el calzado y entregarme a las caricias del pasto. Pero hay otro infaltable para esa valija enorme que no pesa: cada noche, antes de ir a dormir, me quedo unos minutos bajo el cielo, en silencio, para bañarme de luna y de estrellas”. 

¿Se volvió loca o qué? Mi prima, que vive en Europa hace tiempo, me sugiere poner en el equipaje para ir a ningún lado un curso de sirenas. Siempre fue creativa, alegre y adorable, pero esta vez pensé que mi prima había enloquecido. Nada de eso: había leído en The Guardian que tal cosa existe en Reino Unido, donde un club invita a adultos y niños a aprender a moverse en el agua con un traje que simula una aleta. Cuánto quisiera que ella estuviera cerca para ir juntas a nadar como sirenas.

Recorrer Buenos Aires como turista. Esto me propone mi amiga Sol. Dice que a ella le gusta conocer los secretos ocultos de la ciudad cuando hay poca gente y me sugiere hacer un tour por las cúpulas de los edificios porteños. Amante de la bici, también me recomienda una excursión a la Feria del Productor al Consumidor de la Facultad de Agronomía de la UBA. Con entrada gratis y bajo las consignas de la economía social y solidaria, la propuesta de este espacio es comprarle directamente a quienes producen. Hay de todo: desde artesanías hasta verduras, plantas, ropa o comida elaborada. Para completar la experiencia, Sol agrega: “Se puede llevar lona, reposera, mate, y hacer un picnic en el verde. De hecho, podríamos ir juntas un día”. Claro que sí. 

Reconectar con una amiga del pasado. Eso agrega mi mamá al equipaje. Le pregunto por qué, y por Whatsapp, me contesta: “Porque fueron momentos felices, porque nos contábamos todo: recién empezábamos a vislumbrar la vida de adultas y compartíamos miedos y esperanzas, evaluábamos juntas las iniciativas y los comienzos de nuevas sensaciones y descubrimientos, escuchábamos mucha música de esos años que hoy ya no está en el mercado”. 

Salir sin paraguas por un rato cualquier día de lluvia de verano. La propuesta de Vicky Llorente, colaboradora de Sophia, incluye elegir una calle que no quede lejos de mi casa y caminar sin protección. «Dejá que el agua haga lo que tenga que hacer, no corras y registrá en tu mente todo lo que pasa mientras vos caminás un día de lluvia sin paraguas por la calle”. Le pido fundamentación. ¿Por qué habría de mojarme? “Amo los días de lluvia en verano. Los olores de los árboles, el pavimento mojado. Y si bien suelo salir con paraguas, me gusta la experiencia de hacerlo un rato sin él. Me siento chiquita otra vez”. Ok Vicky, tal vez lo intente.

(Foto: Pexels)

Tomá nota. Desde sus vacaciones en la Costa Argentina, mi amigo Jose me dice: “Hacé una lista en papel de las cosas que te dan energía y otra de las que te la quitan. Pueden ser hábitos, actividades, relaciones, pensamientos. Y al lado de cada cosa, anotá cómo creés que podrías potenciarlas o mitigarlas, según el caso”. Su propuesta es algo desafiante, porque requiere de un cierto trabajo interior y la idea es que el equipaje, aunque es para ir a ningún lado, sea liviano. “Pero puede andar”, me aclara, y le tomo la palabra.

Show libre y gratuito. Caro, otra de mis compañeras de Sophia, me manda tres propuestas y, como en todo equipaje, hay que elegir qué dejar en la mochila y qué dejar en casa. Yo me quedo con esta: “Ir a ver salir la luna llena al río. Es un espectáculo digno de asombro. Hay muchos lugares públicos en la costa del río, en el Bajo de San Isidro. Llevar una manta, un queso rico, un buen Pinot Noir y unas copas. Servirse y esperar el espectáculo. Hay apps de calendarios lunares que indican los días de luna llena o casi llena y el horario exacto en que sale. Además, se puede acompañar de un ritual de gratitud por toda la luz que fue llenando ese ciclo lunar”. Buen plan, y al alcance de cualquiera: la luna, sistemática y democrática, se ve llena una vez por ciclo y todos tenemos acceso a ella. 

De aventura y vida silvestre. Mi amiga Camila me invita a poner en la valija un plan que incluye actividad física y naturaleza. “Pasear en kayak por el Delta, almorzar en un parador, buscar un muelle vacío y tirarte al río. Volver remando al atardecer y tomar un helado en la costanera”. Como buena periodista, me comparte datos: “Podés alquilar kayak en Paseo Victorica, a pocas cuadras de la estación de Tigre, del tren Mitre. El alquiler del kayak doble sale aproximadamente 2 mil pesos, por medio día. Un muy buen lugar para almorzar a solo 15 minutos remando desde Paseo Victorica es Timón Dorado. La heladería en la costanera se llama Vía Toscana y es muy famosa en la zona”. 

Mandarina, menta y eucalipto. Aprovecho el brindis de fin de año para pedirle a Lola López, otra de las colaboradoras de Sophia, que me agregue algo al equipaje. Pensé que entre copas y sanguchitos olvidaría el pedido pero, aplicada, al otro día me llega un mensaje muy concreto, en el que me dice que en mi valija pondría dos aceites esenciales. “Uno de mandarina para esos momentos donde necesitas energía y otro de menta o eucalipto para cuando necesitás relajarte. Los aromas tienen la capacidad de modificar instantáneamente nuestro estado de ánimo porque llegan de forma directa al cerebro”.  

Salí a la pesca, buscaba cosas para mi verano en la ciudad. Y al final, cuando tuve la lista armada, me di cuenta de algo: todo eso que va en mi equipaje, se lo deseo a las personas que armaron las valijas conmigo. Y también a vos, que estás leyendo esto y, aunque no sé quién sos, me tomo el atrevimiento y te deseo que tengas un lindo verano, emprendas un viaje lejos de casa o te vayas a ningún lado. 

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