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Tatiana Camps: “Las transformaciones nunca ocurren sin incomodar”

Una charla con la ingeniera civil chilena, experta en Transformación Organizacional y liderazgo femenino, quien acaba de publicar en la Argentina Liderar desde lo femenino (Urano), un libro donde nos habla sobre la necesidad de poner en valor eso que nos hace únicas y fue invisibilizado por el patriarcado.

Por Sophia

Tatiana Camps es ingeniera civil y una convencida del poder que tienen las personas para empujar procesos de transformación.

Por María Eugenia Sidoti

La ingeniera y consultora chilena Tatiana Camps comenzó a dar sus primeros pasos en el mundo del liderazgo cuando lo normal para una mujer era estar en minoría. Tiempos en los que, con suerte, había una sola ejecutiva en reuniones repletas de varones, además de alguna secretaria que entraba eventualmente para servir el café. De a poco, esa realidad fue cambiando, aunque la forma masculina de liderar continuó siendo la única posible para muchas empresas. Eso la llevó a preguntarse qué estaba pasando y por qué, si las mujeres tenían cada vez más protagonismo, no podían encontrar el espacio para poner en valor esas habilidades que las hacían únicas. Ese diferencial que Tatiana identificó como “la manera femenina de liderar”. 

Tatiana Camps es ingeniera civil (Universidad de Chile), magíster en Biología Cultural y consultora organizacional. Durante los últimos años ha trabajado con equipos ejecutivos en procesos de transformación a través de programas de liderazgo y comunicación efectiva. Su búsqueda de mayores espacios de participación para mujeres dio origen al taller de encuentro y reflexión Liderando desde lo femenino, que inspiró su libro. 

Así surgió su necesidad de investigar el tema y se lanzó a entrevistar a decenas de mujeres en roles de mando durante cinco años, para consultarlas acerca de sus experiencias. El proceso de escucharlas la sorprendió: la mayoría no reconocía lo femenino como algo valorable y distintivo. Y muchas, incluso, prefirieron no ser asociadas a ese concepto. Cuando la editorial Urano de Chile se enteró que su investigación estaba lista, le ofreció volcarla en un libro que en su país ya va por la cuarta edición. Liderar desde lo femenino es el título de este trabajo que acaba de llegar a la Argentina y que la autora presentó en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde compartió esta charla con Sophia. 

–Hay una frase de Víctor Hugo que dice: “No hay nada más potente que una idea cuyo tiempo ha llegado”. ¿Te hace sentido?

–Ay, sí, a mí me remueve y me conmueve mucho todo lo que está pasando. Siento un gran entusiasmo y la responsabilidad de contar que las mujeres, y también los hombres, tenemos en este momento la tremenda oportunidad de generar un cambio trascendental. Me motiva mucho eso, me siento agente en esta transformación. Y también me da coraje: veo que me atrevo a ser cada vez más audaz en mi propuesta, en los lugares a los que voy, y que lo que digo genera mucha cercanía. Así que, como tú dices, este fue un momento muy sincrónico para el libro.

–¿Cómo fue la experiencia con las mujeres a las que entrevistaste?

–Pasaron dos cosas: una, que fueron muy generosas a la hora de darme su tiempo. No todas me conocían y eran mujeres muy ocupadas y, no obstante, todas me hicieron un espacio en su agenda, me recibieron en sus casas, en sus oficinas, estuvieron disponibles para entrar en esta conversación conmigo. Y no era una conversación sencilla, porque las conducía a una profunda reflexión. Varias me dijeron al final: “Me llevaste a lugares adonde nunca había estado”.

–¿Algunas se mostraron reticentes?

–Hubo quienes pidieron que no las citara a la hora de hablar de lo femenino. “¿Para qué hablar de eso?”, me preguntaban. Eso hizo que apareciera una segunda pregunta para la investigación. La primera era: “¿Cuál es el valor estratégico que las mujeres traemos a las organizaciones?”. Y la segunda pasó a ser: “¿Por qué las mujeres no quieren ser relacionadas con lo femenino?”. Lo sorprendente era que las mujeres con mayores reticencias a ser relacionadas con lo femenino eran las que estaban más relacionadas con los movimientos feministas. Ellas temían que eso las hiciera caer en un estereotipo. 

–¿Sentís que, a pesar de ser mujeres, el concepto de “lo femenino” les generaba incomodidad?

–Sí, porque temían la caricatura de lo femenino. Por eso mi propuesta fue detenernos a entender qué es lo femenino, qué es esta capacidad de generar relaciones, vínculos, confianza, afecto, cercanía, respeto y de habilitar la vulnerabilidad y la emoción a la hora de liderar. Eso no es caricaturizar, eso es darle más libertad a la mujer, porque muchas reconocieron que en el camino de ocupar posiciones de liderazgo se habían masculinizado, se habían enfermado o habían tenido que esperar llegar a ser las gerentes generales para poder hacerlo a su propio estilo, de un modo más cercano al de los hombres.

Liderar desde lo femenino (Urano) se llama su libro, donde aborda la necesidad de crear más y mejores espacios de liderazgo para las mujeres. 

–Es decir que encontraste mucho dolor. Porque alumbrar un nuevo paradigma también es un proceso de “parto” y es un hecho que nos ha costado mucho a todas…

–Absolutamente. Y fue verme a mí misma en ese proceso y reconocer lo normalizado que tenía el contexto, y que yo misma había discriminado lo femenino por creer que “femenino” e “inteligente” eran espacios disjuntos y debía elegir uno de ellos. Cuando estudiaba Ingeniería en la universidad estuve en el Centro de Estudiantes y llegué a ser vicepresidenta, pero no fui presidenta porque ni siquiera se me ocurrió. ¡Qué terrible! No es que alguien me dijera: “Tú no puedes serlo”. Fue peor, pensé que no iban a votarme. Entonces, de alguna manera el libro me ayudó a ver cómo me había ido integrando.

«Empieza a aparecer la dimensión humana para todos y eso es lo bonito de incorporar lo femenino. Hay una transformación que es cultural, hay un movimiento que es sistémico y no solo de la mujer: aparece lo femenino que el hombre también tiene, aparece la comunidad».

–¿Qué mujer guió ese proceso?

–Mi tía Lenka, que falleció hace poco. Fue vicerrectora de la Universidad de Santiago, probablemente la primera mujer vicerrectora de una universidad en Chile, y era ingeniera también, era mi ídola. Cuando egresé, ella estaba organizando la Asociación de Mujeres Ingenieras y le dije que sentía que debíamos hacer un taller de autoestima con esas mujeres, porque yo percibía aquel dolor del que me preguntabas antes, esas carencias… Veía que muchas habían tenido que ocultar que eran madres o su deseo de tener hijos por miedo a no conseguir un puesto o un ascenso. 

–Y a los varones eso nunca se les preguntaba…

–Tal cual. Pero ahora ellos mismos reconocen que tienen hijos o que quieren tenerlos y cuidar de ellos, están pidiendo permiso. Yo tengo una pequeña empresa con mi papá y días atrás él me dijo sobre un ingeniero que acabábamos de contratar: “Oye, me pidió retirarse antes para ir a buscar a sus gemelos al jardín. ¿Está bien eso?”. Mi papá no entendía, porque nunca lo había visto. Pero empieza a aparecer la dimensión humana para todos y eso es lo bonito de incorporar lo femenino. Hay una transformación que es cultural, hay un movimiento que es sistémico y no solo de la mujer: aparece lo femenino que el hombre también tiene, aparece la comunidad.

–¿Sentís que hace falta que habilitemos a los varones para que puedan conectar con ese lado femenino que también los habita?

–¿Sabes la cantidad de hombres que me escriben ahora por LinkedIn? Ellos están viendo esto que tenemos las mujeres de poder encontrarnos y tener espacios de confianza, de cercanía que ellos no tienen. Hace poco hice un taller, eran veintiocho hombres y dos mujeres. Y uno de ellos dijo: “Nosotros solo hablamos de fútbol y de trabajo”. Entonces, cuando aparece lo humano en la charla, lo primero que les pasa con esa conversación es que se sienten intimidados, les resulta impertinente, les genera miedo. Pero después se sienten aliviados, felices.

–Se les desmorona toda esa estructura patriarcal que traen.

–Claro, se preguntan qué significa ser hombre hoy día. El año pasado hice un experimento con dieciséis amigos y les pregunté: “¿Qué reconoces como masculino en ti, qué te gusta y qué no te gusta de eso?”. Sólo tres me respondieron y sólo uno pudo nombrarme cosas positivas de lo masculino. Entonces, nos está pasando algo que también tiene un riesgo: tenemos confundido lo masculino con lo machista, como si fueran sinónimos. 

–En los agradecimientos de tu libro mencionás a todas las mujeres que te inspiraron y fueron maestras, pero también a las machistas y perversas. ¿Por qué?

–Es que no somos una sola. Todas esas mujeres soy yo. Todas esas mujeres eres tú. Vivimos en el patriarcado y esas mujeres están en cada una de nosotras así que, por supuesto que me acompañaron y les agradezco, porque de otro modo no me estaría integrando. Hace poco tuve una lesión en la rodilla y estaba la posibilidad de que tuvieran que operarme y cuando el médico me dio el nombre del cirujano, era una mujer. El cuerpo se me contrajo, fue físico, y me llevó a preguntarme: ¿crees que una mujer no es tan buena para operarte como un hombre? Son 5000 años de historia, no le vamos a dar vuelta a la página de un día para otro. Por eso creo que debemos ser compasivas con nosotras mismas.

–Estudiaste con el gran maestro Humberto Maturana, imagino que encendió una llama en vos.

–Sí, y fui muy afortunada. Cuando tenía menos de 40 años ocupaba un buen puesto en el mundo corporativo y me iba muy bien, pero entré en crisis, le perdí el sentido a lo que estaba haciendo. Como que en el fondo no tenía nada, no lo veía, no entendía mi para qué. Uno de los problemas que tenemos para atraer más talento femenino a la ingeniería es mostrar el impacto que tiene en el bienestar de las personas, y eso era lo que yo no veía. Entonces renuncié. Quería cruzar mi experiencia como ejecutiva con el bienestar de la empresa y decidí ir a la fuente, que para mí era Humberto Maturana. En paralelo conocí a Carmen Cordero, una bióloga que investigó junto a él. La experiencia me transformó totalmente: fue entender, como dice Maturana, que no somos seres racionales, sino seres emocionales con la capacidad de razonar. Fue así que puse a las emociones en el centro.

–¿Creés que nosotras tenemos actualmente el rol de poner eso en evidencia?

–Las transformaciones nunca ocurren sin incomodar. La pandemia, por ejemplo, nos permitió ver la crisis como un espacio de transformación. Pero esto no es solo incomodar y ya. Es un llamado a no quedarnos calladas, porque nuestra experiencia de ser mujeres es distinta a la de los hombres. Por lo tanto, nosotras vemos cosas que ellos no, y hablar de eso que nadie más ve significa que debemos complementar las miradas, no que estamos locas. Históricamente, el mote de locas ha sido utilizado para estigmatizar y quitarnos la voz.

–Es que, como dijo alguna vez la cineasta argentina María Luisa Bemberg, lo masculino se volvió sinónimo de universal.

–¡Exacto! Me ha pasado que me llamen de una empresa para pedirme un programa de habilidades comunicacionales para las mujeres, cuando lo que en realidad querían era que sus mujeres se expresaran como los hombres: de forma asertiva, concreta, fundamentando con datos. ¡Así se pierde toda la riqueza que tiene esa mujer! ¿Por qué mejor no les enseñamos a los equipos de líderes a escuchar? Lo que tenemos que poner en valor es lo femenino. Lo masculino ya está súper instalado, no lo sigamos potenciando.

Días atrás, durante la presentación de su trabajo en la 47a Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. 

«En la cultura patriarcal que vivimos, lo masculino es lo valioso y lo validado, es el referente. Mientras que lo femenino sería lo incompleto, lo débil, lo invisibilizado. Esta manera de entendernos nos ha privado de la mitad de nuestras habilidades y nuestros talentos, los femeninos», describe en su libro. 

–¿Y cómo se logra?

–Lo que yo he visto, que es fundamental, son los círculos de mujeres, los espacios de mujeres. La posibilidad de generar una red con otras en el lugar que estés y poder ir instalando esto poco a poco. No sabemos todavía cómo, recién estamos aprendiendo. Pero lo importante es que aun así lo vamos haciendo.

–Hay muchos que opinan que las mujeres trabajando juntas somos complicadas.

–Una vez, una gerenta me dijo: “Tengo equipos de mujeres y son un nido de víboras”. Lo que creo es que, cuando las reglas del juego son la competencia, sale lo peor de nosotras. Pero cuando se flexibilizan y hay espacio para la colaboración, aparece lo femenino. Las mujeres vamos de la mano avanzando en abrir espacios para otras mujeres y claro, no somos angelitas, va a haber conflicto, pero los números lo demuestran: donde hay una mujer, se abren puertas para otras mujeres.

–Es interesante eso de que las empresas donde hay liderazgo femenino, además, crecen a nivel números.

–Es que es un buen negocio en todos los ámbitos: clima laboral, seguridad, atracción y retención de talento, identidad de marca, rentabilidad y hasta en el valor de la bolsa, es impresionante. El liderazgo femenino genera un movimiento emocional: se amplía el rango de las emociones que son posibles, que son aceptadas y, al ampliarse, se amplía también el rango de conductas. Eso se llama innovación y flexibilidad, que es lo que trae valor.

–Una pregunta que abordás en el libro es la cuestión del poder. ¿Nos interesa realmente a las mujeres tenerlo?

–Debemos resignificar el poder. Yo creo que a las mujeres sí nos interesa el poder, pero lo que no nos atrae es el ego, el autoritarismo y la avaricia que han estado unidas a este concepto patriarcal de poder. Pero el poder es el poder hacer para otro. Esa es mi próxima investigación: cómo son las experiencias cuando las mujeres se conectan con el poder.

–¿Qué aprendiste en este camino de investigar sobre lo femenino?

–Fue tomar el peso de manera profunda de esta frase que está tan dicha, que señala que el cambio comienza por una misma. Sobre todo, en esa dificultad que tenemos las mujeres de reconocer nuestro propio talento y de sacar la voz. La crisis de sentido nos está pisando los talones y necesitamos una transformación urgente. La ONU ya nos ha dicho que sin mujeres no habrá desarrollo sostenible. El planeta está en crisis y tenemos una enorme responsabilidad, no nos podemos detener.

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