Sophia - Despliega el Alma

18 abril, 2022 | Por

Patricia May: «Tarde o temprano lo que somos tiene que manifestarse»

Una charla con la prestigiosa antropóloga chilena para comprender cómo cultivando relaciones de amabilidad, amor y amistad con todo lo creado, podremos encontrar el sentido más profundo de la vida y hacer frente a la crisis global que humanamente atravesamos.


La antropóloga y escritora chilena Patricia May dedica su vida a buscar respuestas a través del estudio de distintas culturas.

Por Virginia Bonard

«Estamos llegando al borde de la oportunidad, al borde de la crisis», revela la antropóloga chilena Patricia May. Mujer sabia, «caminante espiritual», como se autodefine, se dedica desde hace décadas a buscar respuestas más allá de la razón. «¿Qué entiendo por espiritual? No algo místico, ajeno, dogmático, espiritualista, religioso; sino esa conciencia de hay un sustrato común profundo que nos hace uno: hay un campo común de existencia donde todo esto fluye y muchos lo sintonizamos. Estamos unidos por un destino común, somos una familia. Este es el paso de conciencia que tenemos que dar», sostiene.

Desde su punto de vista, se trata de la necesidad de un cambio que, según explica, se viene gestando desde hace varias décadas. «Estamos en un momento tan decisivo que la vida misma, con sus sincronías, nos empuja a hacer la transformación que estamos necesitando y que ha sido impulsada por aquellas mentes más visionarias, intuitivas; esas conciencias más despiertas ubicadas en los bordes del paradigma a nivel mundial».

¿A qué se refiere? Al fin de un sistema de poder, de consumo, de valores, de maneras de vivir tal como lo hemos conocido. Entonces reflexiona sobre la urgencia de sanar un mundo que se ha fragmentado. «Tengo la impresión de que la crisis ha llegado al núcleo del paradigma. Es como si hubiéramos avanzado y, en un momento, dado la vida misma nos dijera ‘ahora damos el paso o nos destruimos. Personalmente, venía esperando que algo radical ocurriera. Estoy pulsando esto desde hace mucho tiempo».

Ella, que comenzó a trabajar hace más de 30 años en impulsar el cambio de conciencia, primero a nivel personal, y luego también con las personas en sus grupos, destaca que el gran momento es hoy: «Al comienzo era una rareza, algo exótico, me refiero a la gente que tenía una búsqueda de sentido y ponía en duda nuestra manera de vivir y los valores bajo los cuales vivimos. Sin embargo, cada año se va acrecentando el despertar de una conciencia —le llamo conciencia espiritual integral— y al mismo tiempo, y junto con eso, la crisis se va intensificando».

«Creo que estamos en un momento fundamental, de preguntarnos quiénes somos, cuál es el sentido de la vida humana y la revelación que nos da eso, en la medida que nos conectamos con nuestro ser más profundo. Somos una unidad interconectada y sincronizada: no podemos entender el bien personal o local como algo separado del bien del otro y del bien del mundo. Eso es un avance espiritual».

Según describe, esa situación responde a algo muy vistoso: la conciencia humana que despierta en forma radical. «Los hechos nos obligan a dar el paso. Es como si la gran mayoría de las personas viviera en un valle feliz, inconsciente, sin mirar la oscuridad, los desechos y el dolor que generaba nuestro sistema de vida, de consumo, de rendimiento… y de pronto hubiera ocurrido un evento que nos expulsó, no solo por la pandemia, sino también por todas las crisis —las migratorias, el cambio climático, los conflictos sociales en tantos países…—, que ya estaban. Esto nos obliga a salir de nuestros espacios de comodidad y de inconsciencia tremenda, de un estilo de vida que no contempló que el alma humana, el alma del planeta, estaba sufriendo. Es tan fácil perder una encarnación entera distrayéndose de este tiempo».

—Cuántos hilos conceptuales que podemos ir tomando de a uno… ¿Por qué para vos es tan radical la conciencia que tenemos que tener como personas y también como humanidad?

—Quiero dar una definición de conciencia simple: conciencia es darse cuenta. Lo que caracteriza a un ser humano es darse cuenta de que es, de que existe, de que existe un entorno. Sin embargo, esa conciencia a través del proceso evolutivo humano ha ido expandiéndose, profundizándose. Justamente, estoy escribiendo un libro sobre la evolución de la conciencia humana, porque creo que estamos en un momento fundamental, de preguntarnos quiénes somos, cuál es el sentido de la vida humana y la revelación que nos da eso, en la medida que nos conectamos con nuestro ser más profundo. Somos una unidad interconectada y sincronizada: no podemos entender el bien personal o local como algo separado del bien del otro y del bien del mundo. Eso es un avance espiritual.

¿De qué manera lo haremos?

La antropóloga asegura que hay un espacio que tenemos que descubrir adentro de nosotros, despertando a un sustrato que está detrás de todos nuestros pensamientos y miedos. «En el fondo de la mente, como dicen los budistas, en el centro de corazón, como dice la tradición mesoamericana, hay un espacio de paz, de amor, de sintonía. Creo que el paso que tenemos que dar involucra la conciencia personal y es mucho más profundo que un paso intelectual, no alcanza con decir ‘a partir de ahora me voy a obligar a ser solidaria’. Tenemos que ir a la conexión con un fondo profundo desde donde nacen la bondad, el amor, la paz. El descubrimiento más potente de un nuevo tiempo es que ese centro interior habita y ha habitado siempre en lo profundo de nosotros. Cuando logramos salirnos de la aflicción, de la distorsión, de la mente funcionando a mil, de todas nuestras neurosis y nos aquietamos, aparece la virtud».

—¿Cómo opera el miedo a la hora de encontrarnos con esta cosa buena que tenemos allá atrás, esperando ser rescatada?

—Así como todo este proceso ha sacado lo más denso, lo más tóxico, la corrupción, las grandes oscuridades sociales; también ha sacado lo más oscuro de cada uno de nosotros. Y entre lo más oscuro, y digo oscuro como inconsciente, pulsante, humano-animal, está el miedo que forma parte de las emociones humanas y animales necesarias para la sobrevivencia. El miedo no tiene una realidad esencial. El miedo humano es una creación perversa de la mente humana que nos intoxica. Así como creamos realidades virtuales en las computadoras, creamos realidades virtuales a nivel psicológico.  Todos hemos sido contaminados por miedos por distintas causas. Es como una ola que entra a pulsar el corazón, activa el sistema simpático, daña los órganos, intoxica mentalmente, hace mirar el mundo con una distorsión. Tenemos que conocer mucho el miedo, saber cómo actúa, hasta que en algún momento lo reconozcamos como aquello que no somos. Porque cuando me aquieto —por eso creo que las prácticas contemplativas y meditativas son muy importantes para dar este paso— hago que aparezca algo muy profundo, sereno y luminoso, que está en todos los seres humanos. Esta claridad, que no es un valor impuesto sino algo inherente, nuestra esencia, nos permite expulsar el miedo. Y este viaje interior luego se despliega hacia mis vínculos, hacia mi acción en el mundo, hacia el mundo en general.

—La meditación, la contemplación: ¿es hacia afuera, hacia adentro, es en conjunto? ¿Cómo aplica a este tiempo que vivimos como humanidad?

—Las entiendo distinguiendo entre meditar y reflexionar sobre ideas profundas. La reflexión profunda es algo muy necesario en nuestro tiempo. Consiste en poblar el campo mental de ideas más expansivas, porque los campos mentales están poblados de deberes, cosas que tengo que hacer, de ansiedad y miedos, anticipaciones, expectativas, críticas, orgullo, prejuicios. Los campos mentales están intoxicados. El pensamiento profundo es muy necesario para poder darle cabida en el espacio mental a ideas más amplias. Lo rescato como una práctica del caminante espiritual.

«Cuando logramos salirnos de la aflicción, de la distorsión, de la mente funcionando a mil, de todas nuestras neurosis y nos aquietamos, aparece la virtud».

La meditación es otra cosa. Es la práctica de ir llevando la mente a un punto de atención, o de contemplación, o de silencio, en que se detiene este movimiento mental. Esto se puede realizar a través de técnicas meditativas, de focalizar la mente en la respiración y dejar de pensar que tengo que hacer el almuerzo, que tengo que contestar miles de mails, que me quedó tal cosa sin hacer, que estoy atormentada por una discusión que tuve la semana pasada… ¿Cómo llevo mi mente a ese estado de quietud? Hoy día, afortunadamente, tenemos un acopio importante de prácticas que nos han sido occidentalizadas quizás desde Oriente, pero que están en la tradición mística cristiana desde siempre.

—También las tradiciones mesoamericanas, que tenían claros momentos de contemplación y unión con la naturaleza, una conexión que hoy todos estamos necesitando…

—Completamente de acuerdo, estamos necesitando todo eso. El gran regalo que nos hacen los pueblos originarios es esa sintonía con la naturaleza y todas las técnicas contemplativas que aquietan la mente, el cuerpo, la emoción, la bioquímica, observando los movimientos de las hojas de un árbol, viendo el mar cómo va y cómo viene. Todo eso sintonizándome y yendo al sentimiento de qué soy yo, no como algo separado. Pero no basta con la contemplación, porque muchas veces estamos en lugares maravillosos pero nuestra mente está llena de ruido interior. Tiene que ser la naturaleza en nosotros en estado de sintonía, contemplación y paz para que eso realmente actúe.

Junto a su marido, Sergio Sagüez, fundó la Escuela del Alma, donde guía espiritualmente a personas desde hace más de 30 años.

El valor de ser compasivos

Vivimos en una sociedad exigente que nos pide demasiado, tanto a hombres como a mujeres. ¿Qué rol juega el perdón en estos intercambios? Patricia responde: «Ante estas sociedades hiperexigentes, se trata de ver hasta qué punto una persona consciente participa de estas obligaciones. Estamos llenos de deberes porque hemos introyectado psicológicamente las exigencias y las culpas. No ser lo suficientemente aptos, lo suficientemente buenas madres, o tener la apariencia que ‘hay que tener’. En hombres, mujeres y todos los tránsitos que hay en medio de eso, existe la carga de nunca ser suficientes. Es una culpa cultural, pero siendo conscientes la podemos poner en duda. Por eso, el perdón es muy importante», revela la escritora y a la vez destaca: «Nos debemos compasión y comprensión al camino humano, camino plagado de torpezas y falta de conciencia. Todos hemos sido torpes en algún momento».

Madre de tres hijos, nació con una condición física denominada pseudoacondroplasia que la hizo ser «pequeñita», como dice, y quizás fue ese rasgo el que, lejos de limitarla, la impulsó a leer la vida a través de una narrativa más elevada y a la vez más profunda. «No sé si la sociedad me ha obligado a ser algo. Seguramente he debido hacer un trabajo para poder independizarme de eso. Pero cada uno, como ser consciente y autodeterminado de su lugar en el mundo, participa de lo que le dicen o no».

—Conocerte, Patricia, es un viaje al interior del ser humano. Y tu humanidad vive en un cuerpo pequeño. ¿Cómo es tu relación con él?

—El cuerpo es muy importante en el trayecto de la encarnación del alma. El problema es que no vivimos en el “cuerpo sentido, irradiado por el alma”, sino en el de la apariencia y del juicio de los demás. Esta es una de las distorsiones culturales fundamentales que tenemos. Las personas viven en el “cómo me veo-qué van a decir de mí” y no en sentir profundamente lo que está pasando en el cuerpo. Y creo que esa es una de las causas de las enfermedades, de las que tienen que ver con la alimentación, y de las que tienen que ver con un exceso de entrenamiento o con una falta de movilización del cuerpo. Para que lleguemos a encarnar el alma, nuestro cuerpo tiene que estar en una calidad vibratoria armónica. Los principios espirituales tienen que encarnar para que eso se manifieste, tenemos que cuidar su calidad y de ahí saldrá algo armónico aceptando el cuerpo como es. Yo reconozco cuando estoy en armonía o en tensión, y lo trabajo. Así como algunas personas más delgadas y otras un poco más gruesas, más altas o más bajas, desde la aceptación de lo que son, buscan lo mejor para poder entregar lo mejor.

—¿Cuál es tu apreciación de la belleza?

—Desde mis 13 años tuve muy despierto mi sentir y mi vinculación con la belleza. Yo siento que soy bella y que todas las personas tienen belleza: encuentro belleza hasta en lo que es evaluado como feo. Pero claro, está la mirada del otro, que de repente no te mira lindo. En mi caso, porque mi cuerpo no responde a los estándares que hay que tener, porque es raro… Yo no le digo enfermedad, sino condición particular, porque siempre me he sentido completamente sana. Dentro de la lógica de lo que soy y de lo que cualquier ser humano es, es lo que encarna esa alma de un modo perfecto, buscando su mejor calidad.

—¿Qué ocurrió en tu vida, cómo fue el viaje?

—En mi trayecto, a pesar de todo, cuando no estaba la mirada del otro, había algo en mí, amable, bello. Pero en la adolescencia eso se puso difícil. Nunca fui una persona que buscara el ostracismo: siempre tuve grupos, amigos. Cuando empecé a meditar, a mis 23 años, me enseñaron una técnica completamente casual, simple: cerrar los ojos, respirar profundo. Y tuve experiencias maravillosas de contacto con algo en mí muy poderoso, sabio, luminoso, perfecto, que se movió como mi principio de identidad. El viaje, que ha sido largo —ya soy mayor y me siento así completamente— duró hasta la crisis de la mitad de la vida. Desde ahí salgo al mundo, desde ese sentimiento, no desde mi enanismo. Salgo desde mi condición de ser humano. Fui depurando muchas emociones, trabajé con la infancia, con todo el ego: ahí estaba todo el dolor de haberme sentido insultada, ofendida, descartada por mi cuerpo. En algún momento de este proceso terapéutico en el que me observé para ver cómo actuaba mi ego, en mi crisis de la mitad de la vida, como es muy normal, conecté con todos los dolores, me liberé y entré en un espacio de paz. Desde entonces vivo mi luz, mi belleza, y no me engancho con las otras cosas.

Ando lento, sabiduría para tiempos confusos (Urano) es uno de los últimos libros publicados por Patricia.  

Ese gran señor dominante que es el ego

Nos dice la autora chilena que en el núcleo del ego están las emociones básicas del miedo a no ser amado, aceptado o integrado; el miedo a la inseguridad, a los cambios de la vida, a lo porvenir, a la muerte no solo física sino a la falta de confianza al movimiento de la vida. «En el ego también anida un estado de deseo, ansiedad e insatisfacción permanente, esto de ‘nunca es suficiente’, algo que nos atormenta mucho y que no nos permite la paz interior —considera y señala que, ante eso, el error es cubrir el miedo a no ser amados aparentando—. Todo ser es amable por ser. No porque sea exitoso, porque haya estudiado, porque sea buen mozo o buena moza, sino porque sí. Esa comprensión del amor como una energía que brota de todos los seres a todos los seres sin condición. El ego se constituye tomando disfraces para agradar y generando máscaras de distinto tipo: desde el que se disfraza de pacífico y ‘aquí no pasa nada’, a la persona que es super seductora, o la que es hiperintelectual. Esas máscaras buscan atraer atención, incluso victimizarse es atraer atención».

«Si de verdad nos diéramos cuenta de todo lo que nos une y de que somos un solo ser en manifestación, ¿cómo haríamos daño a otros? No habría daño social. Buscaríamos el bien mayor de todos. Pero esa conciencia todavía no está».

—¿Qué es lo que ocurre entonces?

—Aparece el camino erróneo de creer que vamos a cubrir el miedo a los cambios y transformaciones de la vida controlando. Creemos que así dominamos las distintas situaciones de la vida, lo que incluye a la muerte física. Nos atamos tanto al estado del momento (la edad que tenemos, los roles profesionales o de familia), pero todo eso se va a terminar. Conocer algo más profundo de mí que ser joven o vieja, rica o pobre, enferma o sana, que esté ahí y que siga siendo, creo que es el antídoto para este tremendo miedo al cambio y a lo que comienza y termina. En el centro está la ansiedad y el deseo. Los hemos orientado mal, pensando que lo que necesitamos son más y más cosas, conocimientos, cursos, experiencias exóticas… “Me falta, me falta”, pareciera que decimos. Es como el maestro Jesús que dice a la samaritana: “Yo podría darte una gota de agua con la cual nunca más volverías a tener sed”.

—Hace poco diste el curso “Símbolos en la vida de Jesús. Una mirada universal”.  ¿Cómo es este maestro, cómo lo expresás?

—Lo he estado trabajando durante el año pasado y entregándolo como conocimiento. Este tema lo he desarrollado en mi fuero interior por muchos años, porque me siento muy cercana al mensaje del maestro Jesús, del maestro Lao Tsé o del Buda. La perspectiva no es la de la religión institucional, sino que los entiendo como grandes seres, grandes conciencias iluminadas que nos muestran el camino. Entiendo que compartimos en lo profundo la misma naturaleza, es solo que hay quienes nos llevan la delantera evolutivamente y nos conducen hacia la revelación del ser divino, esencial. Además, ningún maestro nunca ha querido entrar en esto de “yo tengo al Dios verdadero, que es mío”. Las conciencias despiertas e iluminadas están en una profundidad de expansión esencial que comparten completamente, solo que encarnan en distintos momentos de la historia, pero están en una misma conciencia. Son grandes seres. No es por achicarlos o desmerecerlos, al contrario. Jesús hizo un gran recorrido, por lo tanto me puede enseñar.

—¿Vos pensás que nuestro mundo actual está comprendiendo estos mensajes reveladores?

—Creo que estamos en el momento preciso para que muchos se hagan las preguntas esenciales, más allá de producir, consumir, tener comodidades. Me pregunto si cuando hablamos de humanidad no estamos hablando de algo demasiado grande. Creo que es una minoría de seres humanos la que está haciendo preguntas más profundas, la que está en una búsqueda más allá. Pero cada vez hay más gente despierta, por el desacomodo en el que estamos, porque estamos en riesgo, porque las almas que están naciendo la traen bastante clara en algunos sentidos. La esencia, el alma, muchas veces lo que hace en la historia es craquelar la comodidad, porque de esa manera se produce la búsqueda e, incluso, la desesperación necesaria para clamar por algo más que esto que se nos está cayendo.

—Estás publicando un libro y sé que te gusta la poesía. ¿Cómo te conectás con la literatura?

—Lo más natural para mí es escribir textos reflexivos o poesía. Y escribo casi todos los días. Pero son textos para mí. Siempre hemos tenido con Sergio, mi compañero de vida y padre de mis tres hijos, que también pinta, el proyecto de hacer algo más artesanal de pintura-poesía. El libro que estoy escribiendo ahora es sobre el paso de conciencia humana que tenemos que dar a nivel planetario. Hago un recorrido rápido por el proceso y el despliegue, y luego vislumbro hacia dónde vamos como conciencia integral que genere otras formas culturales. Esta tarea requiere disciplina y concentración.

—¿Tenés esperanza en el ser humano?

—No solo tengo esperanza: tengo certeza. Porque tarde o temprano lo que somos tiene que manifestarse. Lo que no sé es si esto va requerir mucho más tiempo de oscuridad, dificultades, dolor, ignorancia espiritual o si lo podremos hacer ya. Muchos hemos dado nuestros esfuerzos para que ocurra lo antes posible y tratar de vivir una vida coherente con eso, en la que se creen lazos comunitarios, de bien común con los demás. Sin egoísmos y con amabilidad con todos los seres. Amabilidad como comprensión del otro en tanto tú.

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