Sophia - Despliega el Alma

11 noviembre, 2020 | Por

Tamara Villoslada: “Siempre atendí el llamado de la transformación”

Desde su casa perdida entre los árboles, la artista argentina asegura que la naturaleza la salvó de seguir una vida que no quería y la ayudó a conectar con su ser más verdadero. De la maternidad, la creatividad, la pandemia y su largo viaje de vida habla en esta charla desde Uruguay.

Tamara en el bosque que rodea su casa ubicada en Punta del Este, Uruguay.

Por María Eugenia Sidoti

A punto de cumplir 43, la artista argentina Tamara Villoslada asegura que encontró, por fin, su lugar. Un lugar geográfico, pero también un destino intangible, producto de un viaje interior que la llevó hasta Uruguay. Fue allí, de pronto, frente al mar, que se sintió alineada. Entonces buscó un terreno y construyó su casa en medio del bosque. Hace cuatro años que contemplar la belleza del entorno es su gran ritual. Lo mismo que jugar en el verde junto a su hija Kala, de un año y diez meses.

Y, claro, siempre está ese momento sagrado de sentarse a escribir y dibujar. 

Al otro lado de la línea telefónica se escucha su voz y también el viento moviendo las copas de árboles que se adivinan frondosos. Dice que el verano, su estación favorita, demora en llegar hasta esas costas y que el invierno, sumado a la cuarentena, se hizo demasiado duro. Su casa es de cemento, madera y chapa; no hay gas natural. Por eso, luego de separarse del padre de su hija, tuvo miedo de no ser capaz de encender sola el fuego. Pero sus peores temores (sentir el peso de la soledad, no dar abasto con la crianza, encontrarse demasiado frágil emocionalmente, querer irse de ahí) no se cumplieron. Al contrario, la hicieron más fuerte.

En un entorno natural increíble, la artista comparte la vida junto a su pequeña hija. 

Tamara sabe bien lo que significa buscarse. Nació en la Patagonia, en Esquel, pero luego vivió en distintos lugares. “Mi mamá es descendiente de galeses y mi papá es medio buscavidas, así que después vivimos en Comodoro Rivadavia y más tarde nos mudamos a Córdoba“. Hasta allá fueron en busca de un clima más amigable y de una ciudad que tuviera universidad para ella y su hermana. “Estudié Comunicación Social, siempre me gustó la escritura, también el dibujo. En tercer año decidí que una vez que terminara la carrera me iría Europa. Y así fue: me recibí y fui a Barcelona a hacer un posgrado de ilustración con la idea de integrar lo visual a mis estudios. Tenía 24 años, vivía con mis padres, y me mandé, sola, sin conocer a nadie. La experiencia fue muy fuerte. Estuve en pareja, me separé; esas historias de hacerse adulto. Trabajaba más de diez horas frente a la computadora en arte y diseño. Tras casi siete años allá, quise volver. Tenía 30, me costó tomar la decisión, pero no quería seguir así“, relata.

Espacios creativos: cada ambiente tiene una luz especial. En su estudio, Tamara dibuja y escribe sin perder de vista a su hija Kala. 

Fue entonces que empezó un nuevo ciclo, doloroso, pero vital.Estaba haciendo una vida que no quería, necesitaba un viaje hacia adentro“, comparte. La fue a buscar su mamá y juntas emprendieron el regreso a Córdoba. Tamara reconoce que se sintió frustrada: “Era como volver para atrás. Pero la exigencia era mía, nadie me había dicho que tenía que quedarme en Europa“, reflexiona y celebra haber atendido, una vez más, el llamado de la transformación.

–¿Qué fue lo más difícil de ese viaje?

–Cuando vivía en Barcelona y no decidía qué hacer con mi vida, tuve ataques de pánico. Tuve uno arriba de un avión y por eso cruzar el Atlántico me parecía imposible. Fue un momento bisagra. Si tengo que buscar un por qué, siento que fue porque no estaba haciendo lo que quería, me había desconectado de mis deseos. Un poco por estar en pareja con un artista catalán que era bastante conocido y me proponía una vida social muy intensa. Y yo lo que necesitaba era reencontrarme conmigo. Cuando volví a la Argentina fue la contrapartida de aquel viaje hacia afuera: me inicié en el yoga y la meditación y me convertí en instructora de Kundalini Yoga.

–¿Cómo te rearmaste?

–Fue un proceso personal que me llevó tiempo. El proceso empezó en la casa de mis padres, después me alquilé algo sola. Me levantaba a las 5 de la mañana para meditar, cambié mi alimentación y muchas otras cosas. Fui bien profundo y fue relindo…

–¿Y qué encontraste?

–Me encontré con Tamara, fue volver a conectar conmigo. Fue lindo ese camino de autoconocimiento y de cuidarme. A partir de entonces cada decisión que tomé fue con sumo cuidado de no volver a la exigencia desmedida. Pero al final terminé sintiéndome un poco sola y cuando quise empezar a abrirme, no me hallaba del todo. Me había cansado del arte, aunque seguía trabajando en galerías. Quería más vida en la naturaleza. Hasta que llegué acá, a Uruguay, y pude integrarlo todo.

El océano que nos une

Después de vencer aquel terror de cruzarlo en avión, el Atlántico comenzó a tener para ella un significado especial, integrador. “Eso aparece en mi novela gráfica, que se llama justamente así, Atlántico, y fue editada por Bang Ediciones, una editorial de Barcelona“.  Tamara cree que nada es casual, que las cosas se unen y que el verde, que ahora la rodea, era el color que necesitaba para renovarse. “Dicen que hace bien al chacra del corazón“, detalla. Hoy cree que todos los viajes de su vida tuvieron un sentido, pero ninguno tan fuerte como ese que la llevó a vivir a pocos metros del mar. “Todo bien con el Mediterráneo, pero a mí el poder del océano me deslumbró, fue tocar la espuma y ser niña otra vez“.

–¿Qué sentís al ver el trayecto recorrido?

–Que todos los caminos se van juntando. De repente puedo unir el yoga con el dibujo, con un texto y con todo aquello que siento. Siempre me encantaron el humor gráfico y el cómic. El humor es muy importante, es lo que te salva, y la maternidad y este contexto me hicieron necesitarlo más que nunca. Este año fue todo junto: me separé en medio de la pandemia, con una hija chica, en otro país y sin poder ver a mis padres desde marzo. El otro día le decía a una amiga que si no fuera por el bosque, ya estaría loca.

–¿Qué te pasa cuando mirás a tu alrededor?

–Siento el llamado de la naturaleza, la necesidad de conectar con todo esto. Me alegra, me hace bien estar acá, tenemos unos atardeceres de sueño. Ha sido todo muy intenso desde que llegué, pero estoy feliz por todos los aprendizajes y los regalos que recibí, como Kala y esta casa que construí en este país lleno de luz y de gente hermosa.

–¿Podés vivir del arte?

–Más o menos, por eso trabajo de artista pero también hago otras cosas, no voy a esperar que me vengan a comprar obras. En temporada hago de todo un poco: doy clases de yoga particulares y también cartelería y lettering. Pero durante el invierno, que parece un pueblo fantasma, siempre algo se me ocurre. Llegué a armar cenas en mi casa y también tuve un café con el papá de mi hija, me encanta la gastronomía. Ahora estoy terminando mi nuevo libro que se llama Kobu, que en japonés es un concepto ligado al coraje y a la inspiración. Es una guía de entrenamiento creativo con 21 ejercicios para hacer en 21 días donde combino creatividad con yoga, meditación y mindfulness. Intenta ser una guía para ayudar a crear un momento en el día que permita conectar con el propio espacio interior y con el mundo desde otro lugar.

–¿Cuál es hoy tu mayor certeza?

–Que la rutina puede cambiar solo con salir a dar una vuelta observando lo que nos rodea, o cerrar los ojos y conectar con lo que nos pasa. Todos podemos aprender a hacerlo. La pandemia fue una pausa necesaria para empezar a revisar. Supongo que será un antes y un después en cómo vemos nuestras vidas y todo lo que cada uno va eligiendo y a lo que le va dando prioridad. La humanidad va a tener que replantearse muchas cosas.

–En tu trabajo aparecen siempre mujeres poderosas, pero también hay en ellas una fuerza sutil, muy femenina. ¿Qué buscás reflejar? 

–Cuando empecé, dibujaba unas nenas en situaciones desconcertantes. Esas chicas aniñadas hoy son mujeres que se acompañan, como en mi anterior serie, donde una peina a la otra y yo siento que un poco la cuida de no volverse loca. Siempre me sentí muy sostenida y apoyada por los círculos de mujeres desde un lugar muy amoroso. Por eso, el movimiento feminista de Argentina por un lado me parece bien, pero sería más poderoso si el cambio que necesitamos surgiera desde una energía más amorosa y femenina. Todas estamos en ese camino de reconectar con eso, porque nos hemos volcado hacia la energía masculina y tenemos que equilibrar. Creo que lo que intento mostrar es que las mujeres necesitamos emprender nuestro viaje de regreso.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()