Sophia - Despliega el Alma

27 julio, 2016 | Por

SUSANA MEDINA: “Como jueza, vi lo mejor y lo peor del alma humana”

En treinta y cinco años de carrera, la entrerriana Susana Medina recorrió los pasillos de cárceles y juzgados penales, conoció el dolor silenciado de muchas mujeres y sacó la justicia de las oficinas para acercársela a quienes no tenían acceso a ella. Una charla donde el alma es protagonista.

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Por Carolina Cattaneo. Fotos: Martín Pisotti.

“Yo siempre supe que iba a ser jueza, nunca pensé en otra profesión, quería estudiar abogacía para eso; es decir, desde muy temprano aquello del valor justicia fue una preocupación para mí. Quería trabajar por y para la justicia”. Susana Medina dice esto desde su despacho en el Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Entre Ríos, y para quien la escucha al otro lado del teléfono, tal vez por la determinación con la que entona la frase, tal vez por lo que dirá después, no quedan muchas dudas: de lo que está hablando esta mujer de 60 años, pelo y ojos claros, alrededor del metro y medio de estatura, que aspira algunas siglas cuando habla, al estilo provinciano, es de una vocación. De una profunda y arraigada vocación por la que todos los días, a las cinco de la mañana, se levanta entusiasmada, lista para anotar en un cuadernito, cuando aún no despuntaron las primeras luces del alba, las tareas que tiene por delante. De lo que está hablando esta jueza es de una tarea a la que le imprimió la fuerza de un huracán y que la catapultó, en mayo pasado, a la presidencia de la Asociación Internacional de Mujeres Jueces, un organismo que nuclea a 4600 magistradas de 75 países. Hasta allí llegó, en parte, por su larga presencia en la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina (AMJA), la ONG que fundó hace veintitrés años su mentora, Carmen Argibay, la fallecida jueza de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

“Vi las situaciones más terribles y otras donde se mostraba el ser humano en toda su plenitud”.

Hija de un suboficial del Ejército argentino y de una ama de casa, única mujer entre dos hermanos varones, nacida y criada hasta los 6 años en una zona rural del norte de la provincia de Entre Ríos, Susana Medina dice que trae con ella su inclinación por las cuestiones del derecho desde muy pequeña, pese a que en su casa nadie estaba en el tema. “No hubo otra cosa para mí”, dice, casi como si la temprana decisión de estudiar abogacía hubiera sido, más que una elección racional, el designio de una fuerza superpoderosa.

–¿De dónde creés que nace tu vocación?

–Siempre me gustaron la lectura y la historia. En Paraná, adonde nos mudamos para que mis hermanos y yo estudiáramos, hacía una tarea de servicio social con las guías de scouts. Después, en la escuela secundaria, acompañaba a mi mamá, que era presidenta de Cáritas, a los barrios más pobres de la ciudad. Estar en contacto con el dolor, con los más pobres de los pobres, hizo que yo quisiera ser jueza. Todo eso movilizó en mí el deseo de hacer justicia.

Una necesidad de “revertir un poco y luchar contra esas situaciones de violencia, de maltrato, de desigualdad estructural” la llevó a la carrera de Derecho en la Universidad Nacional del Litoral. Mientras estudiaba, el libro Las penas de un penalista le tocó una fibra sensible que, más tarde, la impulsó a dejar Paraná y a viajar a Buenos Aires para tocarle el timbre a su autor, el jurista Elías Neuman. “Llegué a su estudio –todavía recuerdo la dirección: Tucumán 1455, 10º F– y ahí lo conocí; estuvimos conversando, le conté que quería hacer Derecho Penal, que me gustaría trabajar con él, y en ese mismo momento, me dijo: ‘Comienza el lunes’”.

Susana Medina tenía 24 años y estrenaba su título de abogada. Corría el final de la década del setenta. Neuman atendía a sus clientes y llevaba los juicios; ella se ocupaba de acercarles noticias sobre sus causas a personas que estaban detenidas. Iba y venía incansablemente a los penales y al tercer y cuarto piso de los tribunales de la calle Talcahuano, cuando aún no existía en esos pisos un baño exclusivo para mujeres. “A través de Elías aprendí a recorrer los pasillos de las cárceles de Devoto y de Caseros, y también a conocer los intrincados caminos del alma humana, en un momento difícil del país en el que la desesperación, el llanto, las desapariciones y el dolor estaban a flor de piel, en un momento en el que no funcionaban las instituciones”. En esa época, recuerda Susana, entrar a las cárceles de Devoto o Caseros era sinónimo de tener que someterse a requisas difíciles.

–¿Cómo eran esas requisas?

–Eran verdaderamente indignas, te revisaban la cartera, el cuerpo, te hacían desnudar. En el caso de los abogados, no habríamos tenido más que exhibir nuestra credencial. Sin embargo, ahí teníamos que someternos a lo que quisiera la guardia del momento.

–¿Qué enseñanza te dejó aquella experiencia dentro de las cárceles?

–Que es muy importante saber escuchar, no tener prejuicios, que hay que brindarle a la gente el lugar que se merece, tratarla con respeto. Hay personas a las que atendía cuando yo era jueza de instrucción, y a las que les dictaba la prisión preventiva, y las ponía presas, y sin embargo hasta el día de hoy vienen, me escriben cartas, o me las cruzo en la calle y me saludan con cariño. Cuando tuve que tratarlas, lo hice con respeto por su situación, por sus derechos. No entiendo el servicio de justicia de otro modo que no sea así, respetando al ser humano en toda su dignidad.

–¿Por qué es importante dar ese trato?

–Hacer justicia o pedirla –cuando se procede de buena fe ambas son lo mismo– es tal vez la obra más íntima, más espiritual, más inefable del ser humano; entonces, ¿cómo hacer justicia sin escuchar al otro y respetarlo en toda su dimensión? Creo que eso es lo que me dejó mi experiencia: aprender a hacer un ejercicio de empatía constante, escuchar mejor para servir mejor, de ida y vuelta de ser humano a ser humano.

Con el regreso de la democracia, llegó también para Susana el regreso a la ciudad de Paraná. Volvió casada con un médico y lo
hacía, también, con dos hijas pequeñas. En Paraná dio clases en la Escuela de Policía Salvador Maciá y en la Universidad Nacional del Litoral, fue suplente en una defensoría de pobres y menores –o, como prefiere llamarla ella, en una defensoría oficial–, fue agente fiscal y, finalmente, ingresó a un juzgado de instrucción. En ese rol, su tarea consistió, durante trece años, en investigar delitos. “Ahí también vi lo mejor y lo peor del alma humana. Las situaciones más terribles y también otras donde se mostraba al ser humano en toda su plenitud, para bien, con deseos de salir de la pobreza estructural”.

“Queremos una justicia, no feminizada, sino con rostro más humano. Tenemos que mirar más allá”.

De sus años como jueza de instrucción recuerda un caso especialmente: “En una oportunidad, llegó hasta mí una señora que denunciaba violencia en el hogar. El hijo le pegaba. Pero después de citarla varias veces al juzgado y que no se presentara, decidí ir a buscarla y le dije: ‘Señora, ¿por qué no viene al tribunal? ¡Ya le he citado tantas veces!’, y ella me contestó: ‘¿Sabe por qué, doctora? Porque no tengo ropa para subir a los tribunales’. Eso de ‘subir’ no solo era subir geográficamente, porque la señora era de la zona de los bañados, la parte más baja y más pobre de la ciudad de Paraná, sino que también hablaba de que no se sentía digna para llegar al Palacio de Justicia, veía a la justicia muy lejana. La imagen de esa mujer me acompañó durante mucho tiempo, y en enero de 2000 dije: ‘Acá hay que hacer algo’”.

Aquel encuentro la motivó a crear el programa La Justicia va a los Barrios. Sacó de la oficina a sus empleados y con ellos las máquinas de escribir. Decidió que ella y su equipo saldrían una vez por mes y que sería el juzgado el que se acercaría a distintos puntos de la ciudad, y no a la inversa, para tomar denuncias y escuchar las demandas de quienes vivían en las zonas más postergadas. A esa iniciativa le siguieron Oficina Rural Móvil y Oficina Flotante, ambas, una suerte de comando de justicia que ahora va, en camioneta o en lancha, hasta los sitios de la provincia donde casi nadie llega.

Un día, hace veintitrés años, cuando el dolor silenciado de muchas mujeres se le hacía cada vez más patente, leyó una nota en el diario firmada por Carmen Argibay. “El artículo hablaba de la discriminación, del abuso, de la violencia contra las mujeres, e invitaba a formar la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina para luchar contra estos temas. Dejaba un número de teléfono y una dirección de correo postal. Viajé a Buenos Aires, donde se hacía la primera reunión y, como no conocía a nadie, me senté atrás. Yo no hablaba, escuchaba lo que decían las demás. Y Carmen, que estaba adelante dirigiendo la reunión, dijo: ‘A ver, quiero escuchar a la colega que vino del interior’. Y era yo. Carmen me dio voz cuando yo era invisible. Entonces se formó AMJA y empecé mi trabajo ahí; fui pasando por todos los cargos. En 2004 se hacía la conferencia en Uganda de la Asociación Internacional de Mujeres Jueces, y como Carmen no podía ir, me pidió que fuera. ‘¿Yo, Carmen? Si no sé hablar inglés’, le dije. Pero insistió, y finalmente fui”.

A los trece años que trabajó en el juzgado de instrucción y a su actividad en las asociaciones de mujeres jueces, se les sumaron doce años en el Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos, la máxima autoridad judicial de la provincia, donde hoy es vocal de la Sala 3 del Trabajo. Hace poco, en un encuentro de la Fundación Global, Susana Medina repasó sus años de carrera y su activisimo en la inclusión de la mirada de género en el Poder Judicial. En aquella reunión insistió en que cada vez más se necesitan jueces no solo idóneos y formados éticamente, sino además con una mirada de género. “Queremos una justicia, no feminizada, sino con rostro más humano (…) Tenemos que tener un plus, mirar más allá. A veces viene gente a los despachos que no sabe leer ni escribir y te dice: ‘Doctora, ¿dónde pongo el dedo?’. Esa gente se tiene que sentir confiada, porque cuando parece que todo se desmorona, cuando no hay nada más, está la justicia, la esperanza de justicia. No entendemos la justicia de otra manera que no sea como un servicio y una garantía del ciudadano”.

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–En todo tu recorrido, ¿cuáles han sido las situaciones más difíciles que atravesaste?

–Una fue cuando tuve que investigar el delito de desobediencia a la autoridad por parte del jefe de la policía de la provincia. Yo era profesora de la Escuela de Oficiales de Policía, es decir que administrativamente dependía del jefe de policía, pero era la jueza de instrucción que lo estaba investigando; entonces, con mucho dolor, renuncié a la cátedra. Finalmente, lo procesé y el hombre tuvo que renunciar a su cargo. Con esa causa y con otras más, cuando tuve que investigar a funcionarios, mi familia se vio agobiada, porque la amenazaban por teléfono, había amenazas de bomba en el colegio al que iban las chicas [por sus hijas], había amenazas de bomba en Tribunales y había que desalojar todas las oficinas. La gente
me miraba de reojo como diciendo: “¿Por qué hacés esto?”, aunque nadie me lo dijera directamente. En la escuela de las chicas los padres se reunieron para pedirles a los directores que sacaran a mis hijas del colegio. La directora dijo que de ninguna manera, y le estoy agradecida, porque todos los chicos que iban al Lasalle en ese momento lo pasaron mal.

–¿Cuáles fueron esas otras causas que mencionás?

–Fueron una seguidilla. La causa del jefe de policía de la provincia fue uno. Otras estaban relacionadas con delitos contra la administración pública, donde había muchos funcionarios de gobierno involucrados. Nunca tuve miedo, pero sí sufrí por el dolor y las amenazas a mi familia, me sentía vulnerable por no poder proteger a todo el mundo, no podía proteger a mi familia y a todos los ciudadanos, pero tenía que cumplir con mi deber. Entonces lo hice convencida y lo volvería hacer. Hoy veo a las chicas grandes y eso fue una anécdota en sus vidas; seguramente me veían a mí tan comprometida y tan convencida de que lo que estaba haciendo era bueno que no les dejó ningún dolor ni ninguna pena y nada que reprocharme.

–¿Cuántos años tienen tus hijas?

–Tienen 34 y 32. Eugenia es ingeniera mecánica aeronáutica, la única mujer de su promoción. Y Natalia, que es médica legista, creo que tomó algo del padre y algo mío: cuando eran chicas y no tenía dónde dejarlas o con quién, las traía conmigo a tribunales, no había otra posibilidad, así que seguramente algo habrán aprendido de la madre, que trabajaba sábado, domingo, en las Fiestas, que estaba de turno… y no me cuesta, para mí los días no son festivos ni inhábiles, me gusta lo que hago, volvería a elegir mi profesión.

–¿Tu familia te reclamó que trabajaras un día festivo o feriado?

–Jamás. Si lo pude hacer o lo puedo hacer todavía, es porque he tenido una familia que me ha apoyado en esta vocación: mis padres, mi marido, mis hijas. Solo tengo palabras de agradecimiento  porque me han dejado hacer siempre todo lo que quise. De hecho, ahora, por la Asociación, tengo que viajar y mi marido cuida de mis padres como si fueran los propios; mi papá tiene 90 años y mi mamá 88. Cuando viajo, mi marido es el que los cuida. Siempre cuento con él.

–¿Será que habrás aprendido a construir una familia, algo que no es tan fácil?

–Siempre guardo un lugarcito para mi familia. Los domingos me gusta hacer asado; soy una gran asadora, me mandé hacer una parrilla donde entran veinte pollos parrilleros, un lechón. Prendo el fuego, pongo el diario, me sirvo un vermouth, preparo la picada para cuando viene llegando la familia, voy haciendo todo despacito y lo disfruto plenamente. Vienen mis padres, las chicas desde Buenos Aires, amigos, mi hermana desde Rosario. Me encanta preparar la mesa, estar en todos los detalles. Mi papá cumplió 90 el año pasado y lo festejamos. Traje todo de México, adonde había viajado por un congreso invitada por la Corte Suprema de ese país; allí fui a un mercadillo y compré sombreros, piñatas… ¡me vine con dos cajas! Con eso le armé la fiesta a mi papá. Había hasta bolsitas para las sorpresas.

–¿Quiere decir que una vida profesional intensa puede convivir con la ternura y la vida en familia?

–Absolutamente. Es cuestión de organizarse. Una sola cosa lamento de mi vida: no haber tenido más hijos. Habría querido tener todos los hijos que la vida me hubiera dado.

–¿Y qué pasó?

–Tuve a las chicas muy seguidas y en ese momento empecé a trabajar más intensamente como jueza de instrucción, y tenía que estar de turno 24 horas. Tal vez lo postergué sin darme cuenta de que el tiempo pasaba. Hoy aliento a mis hijas a que tengan todos los chicos que quieran; les digo que se los voy a criar yo, sin resignar mi profesión, los voy a traer a mi despacho, como las traía a ellas (ríe).

 –¿Pensás en la jubilación?

-No, ¡nunca! Creo que voy a trabajar mientras mientras tenga salud física y mental.

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