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Roberto Murchison: «Lo que me ilusiona es que la Argentina tiene alternativa, tiene con qué»

Una charla con uno de los empresarios más destacados de nuestro país para conocer más sobre ACTUAR, el programa de capacitación y mentoreo que está transformando la realidad social de la Argentina.

Por Sophia

El Ingeniero Industrial Roberto Murchison se graduó en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y obtuvo una Maestría en Administración de Empresas del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Pero, además de formarse académicamente, también se ocupó de cultivar su espiritualidad. A través de su trabajo en la Iglesia Presbiteriana San Andrés (donde ocupa el cargo de Presbítero Gobernante) y colaborando con distintas ONGs, encontró su vocación de servicio y de trabajo a la comunidad. Actualmente es Presidente de IDEA y de Grupo Murchison, un conjunto de empresas dedicadas a brindar servicios de operaciones portuarias.

Casado y padre de tres hijos, asegura que el mayor valor que le interesa inculcarles es el amor por el país que los vio nacer, y la decisión de aportar en algo para cambiar una realidad que se ha vuelto muy compleja. Y aunque su carrera lo llevó alto, él prefiere andar el terreno: fue parte de Seamos Uno, una gesta solidaria que se ocupó de repartir más de un millón de cajas de alimentos durante la pandemia y ahora, desde IDEA, forma parte del programa ACTUAR (Aprender, Conectar y Trabajar Unidos por Argentina) destinado a destinado a fortalecer a personas socioeconómicamente vulnerables de Argentina, a través de la capacitación y el mentoreo de profesionales de empresas.

–¿Cómo surgió el propósito de impulsar un proyecto solidario tan importante como ACTUAR desde una plataforma de empresarios tan prestigiosa como IDEA?

En IDEA entendimos que el desarrollo sustentable tiene que contemplar la inclusión social y a través del impacto que genera el trabajo. Con lo cual, con el tiempo empezamos a hablar de desarrollo sustentable, inclusión social o sustentabilidad social. Esto se vio volcado en un montón de coloquios, donde tuvimos paneles debatiendo qué podía hacer el empresariado y, a través de esas discusiones, entramos en contacto con el sacerdote Rodrigo Zarazaga y, cuando llegó la pandemia, nos preguntamos qué podíamos hacer en conjunto. Así nació la experiencia Seamos Uno, una experiencia que tuvo un impacto muy fuerte y a partir de ahí surgió un poco la inquietud de ver qué podíamos hacer.

–Querían continuar con el trabajo social. 

–Claro, pero esa gesta ya no resultaba sustentable. Entonces decidimos juntar algunos proyectos que venían de antes, que tenían que ver con la capacitación en habilidades blandas para entrevistas, y la idea de que hay un montón de know how que tiene el sector privado, las empresas, que bien podría ser útil para la economía popular. El tema era cómo hacerlo llegar. Nos parecía que lo importante era mejorar la productividad, y eso fue un poco el embrión. Muy rápidamente se sumó ACDE, con lo cual muchos de los voluntarios son de allí.

–Con una mano en el corazón, ¿qué te llevó a involucrarte?

–Por ese entonces yo era presidente de IDEA, con lo cual disponía de contactos para abrir puertas. Y a través de Seamos uno me conecté con la gente de los movimientos sociales. En el diálogo con ellos me di cuenta que había muchos prejuicios de ambos lados respecto de cómo piensa el otro pero, en el fondo, todos queríamos lo mismo: una Argentina mejor. Y estábamos de acuerdo en que la solución era generar más trabajo, no más planes sociales. Entonces, si había tanto en común, teníamos que ponernos a trabajar juntos. Porque no solo podíamos enseñar lo que nosotros sabíamos como empresarios, también teníamos mucho que aprender de lo que ellos nos podían aportar.

–¿Por ejemplo?

–Cómo se las ingenian en situaciones tan complejas, cómo se financian, cómo trabajan. Y un montón de visiones políticas distintas, donde no hay una sola verdad. Antes no lo había visto. Con lo cual creo que, como en todo, uno tiene que encarar esas relaciones con humildad, entendiendo que tiene cosas para aportar, pero también para muchas otras dejarse transformar. De hecho, a partir de la actividad social el que más me enriquecí fui yo.

–Es un hecho que no hay manera de pasar por algo así sin un cambio de consciencia. 

–Exacto. Lo que pasa es que uno tiende a segmentar su vida y piensa en el Roberto empresario, en el Roberto que participa en la comunidad religiosa o en el Roberto que es activista social. Pero en el fondo somos una sola persona. Entonces el desafío está en integrarnos. Creo que muchos de nosotros hacemos actividad social en nuestra vida privada, ¿no? No nos es tan ajeno, en el fondo, pero para algunos sí fue la primera vez que pisaron una villa y ese tipo de experiencia impacta mucho.

–¿Cómo lo viven los voluntarios, qué te transmiten?

–En general, la primera reacción es de mucho dolor. Dicen: “Yo no me di cuenta de que hay gente que vive así”. Creo que hay mucho de sentir, de darse cuenta. Porque son personas que no han tenido la posibilidad, que no han podido acceder a la educación o al capital, pero en el fondo ponen el cuerpo y se esfuerzan. A mí me tocó ir a una cooperativa y pude ver que todos trabajan una determinada cantidad de días para la comunidad, no sólo para sí mismos. Algunos barren las calles de la villa, otros cocinan en un comedor, construyen aulas para un colegio secundario o cuidan de los chicos de otros que tienen que salir a trabajar. Piensan en términos comunitarios y eso genera un entramado social fuerte; es una forma de no quedar aislados de la sociedad.

–La fuerza de la comunidad…

–No conciben algo solo para ellos, los trabajos son grupales. En los barrios marginales se trata de formar comunidad y eso no es algo tan visto en el sector privado, aunque uno genere una cultura laboral y cierto apego y pertenencia a una empresa. A mí, por ejemplo, fue lo que más me llamó la atención. El mayor problema que tienen es la falta de acceso al crédito, un problema común en la Argentina que también, a otra escala, tienen muchos empresarios. Entonces no pueden comprar máquinas ni nada que les dé más productividad, y eso hace que no se los pueda formalizar.

–Tenés lo humano muy presente, muy a flor de piel. Supongo que tu recorrido espiritual tuvo mucho que ver. 

–Sí, puede ser, siempre he trabajado mucho en comunidades de fe, donde todo es voluntario, y también en varias ONGs. Y ahí es donde más aprendo, más que siendo gerente general de una empresa. Aunque no parezca, lo espiritual está mucho más arraigado de lo que uno cree en nuestra sociedad. La gente lo busca, lo necesita. En general, la cultura latina le da bastante importancia al tema espiritual que, en un sentido amplio, es una parte intrínseca del ser humano. Y se ve mucho en los barrios humildes, con distintos tipos de expresiones, en general más vinculadas a las emociones, a través de los movimientos evangélicos y carismáticos.

–¿En tu caso en particular hubo alguna situación o alguna persona que te haya guiado en ese recorrido? –Cuando yo era muy chiquito, mi padre tuvo un renacer espiritual fuerte, que también impactó en toda mi familia. Fue a partir de una depresión: con apenas 30 años se encontró que lo tenía todo, pero no tenía nada, porque no podía encontrar el sentido. A partir de ahí empezó una búsqueda, y de alguna forma volvió a la religión de base de la familia, que es presbiteriana protestante, así que yo nací en ese ambiente. Por supuesto, como todo el mundo, durante la adolescencia tuve un alejamiento y aunque mis hermanos habían estudiado afuera, yo quise quedarme acá para responder una gran pregunta que había en mí, que era en qué creía realmente. Saber dónde estaba parado respecto de mis creencias me parecía algo muy relevante. Y ya en la facultad decidí volver a la iglesia donde me criaron y ver si ahí encontraba las respuestas. Participé en un grupo de jóvenes, me reencontré con Dios y con mi espiritualidad. Tuve que redescubrir, que reelaborar la relación.

–¿Creés que, a pesar de los dolores que nos aquejan como país, tenemos potencial para sanar?

–Los males no aquejan solo a la Argentina, el mundo entero está en la misma situación y habría que preguntarse por qué. Sí es verdad que acá hay un problema grande, que es este 40% de pobres nos duele a todos, especialmente a las personas pobres. Pero creo que Occidente tiene un problema ya desde hace muchos años, cuando se empezó a divorciar de la cultura judeo cristiana. De hecho, se habla del “síndrome de la flor cortada”, que es cuando cortás una flor y la ponés en un florero y se ve linda, pero luego se marchita. Yo creo que a la cultura de Occidente le está pasando eso: ha cortado sus raíces y eso ahora empieza a crujir. ¿Dónde está esa reserva espiritual? Yo no soy de los que piensan que los creyentes o los religiosos tienen el monopolio de la moralidad, porque la historia ha demostrado lo contrario. Pero sí que la religión, en el buen sentido de la palabra, y más que nada la vida comunitaria, generan una moralidad, una base de valores comunes que permite construir algo como sociedad.

–Como en Seamos Uno, el proyecto que liderás es integrador, ¿la intención es no dejar a nadie afuera? 

–En estos últimos tres años me ha tocado interactuar con gente de todo el abanico político y también con los distintos movimientos sociales. Y, personalmente, sostengo que en la Argentina hay mucho más consenso respecto del país que queremos, de lo que está expresado públicamente. Los movimientos sociales están pidiendo más trabajo, no más planes. En los barrios humildes exigen que haya más seguridad para ir a trabajar o para poder mandar los chicos al colegio. Creo que es algo esperanzador que eso esté pasando y, como les digo a mis hijos, prefiero vivir como un optimista equivocado que como un pesimista.

–¿Cómo ves el hecho de que cada vez más jóvenes se están yendo del país? 

–Por supuesto que duele que haya gente que se haya ido o que se quiera ir del país, aunque haya razones muy válidas para hacerlo. Pero con mi mujer hemos tomado la decisión de no criticar en la mesa de la cena al país ni a la Iglesia. El resultado es que mis hijos quieren quedarse acá. Es algo personal, pero creo que si te la pasás criticando el país, es lógico que los chicos se quieran ir. Entonces me parece que a veces responsabilizamos al país de nuestras propias frustraciones.

–¿Cuál es para vos el problema principal que tiene la Argentina hoy? 

–Para mí, el problema principal que tenemos es la incapacidad de atraer inversión. Porque se necesita inversión para generar trabajo y trabajo para eliminar la pobreza. Hay muchas familias decidiendo si este año se van o no de vacaciones, si compran una máquina, si amplían el quiosco o compran un camión. Es una empresa como la nuestra, que tiene 125 años, somos nueve primos tomando decisiones y eso ocurre con la ciudadanía, donde incluso los actores que no saben que están tomando decisiones cuando deciden dejar de hacer sándwiches para los vecinos, para armar un pequeño menú digital y poder sacar más rédito. Hay que entender que ese es el tema de la Argentina: tiene un montón de potencial, pero darle curso requiere de mucha inversión y, sobre todo, de educación.

–¿Cuál es el rol que te parece que tienen las mujeres en ese proceso?

–Mi visión es que, en general, el trabajo fue diseñado por hombres para hombres y por eso el sistema está crujiendo. Te pongo un ejemplo: yo desayuno con los colaboradores de distintos rangos jerárquicos una vez por mes. Y en uno de esos encuentros, les pregunté cuántos se habían juntado con alguien a tomar un café para charlar de verdad, profundamente, en el último tiempo y las que levantaron la mano fueron todas mujeres. Probablemente porque los hombres lo ven como una pérdida de tiempo, de eficiencia. En cambio las mujeres saben que, al sentarse a charlar están, se ponen a disposición del otro, y eso es muy importante porque esa disposición, esa empatía, les permite llegar al hueso de las cosas. Con el tiempo, habrá suficientes mujeres que estén en posiciones de liderazgo que ayuden a las empresas a cambiar esa cultura que pone tanta distancia entre las personas.

–¿De qué te gustaría ser el mensajero a través del programa ACTUAR? –Creo que el mensaje hacia el ecosistema empresario es que tenemos una herramienta que nos permite interactuar con una parte de la sociedad, con la cual normalmente no tenemos mucho vínculo y con la que podemos aprender mucho mutuamente. Parte de esos aprendizajes tiene que ver con la economía popular, con el trabajo comunitario, cooperativo, que tiene mucho de vincular y puede aportar grandes cosas a la economía formal. Tenemos que ser más colaborativos entre el propio empresariado y entre el empresariado y la economía popular, claramente. Ahora bien, al final del día, hay que ordenar la macroeconomía, porque si no esto que estamos haciendo será siempre algo marginal.

–¿Qué te da ilusión? 

–A mí lo que me ilusiona es que yo creo que la Argentina tiene alternativa, tiene con qué. Y tal vez ese es nuestro gran pecado, ¿no? Que tenemos potencial, entonces todo el tiempo se  está distribuyendo la riqueza, antes de generarla.

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