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Ricardo Preve: «Cuando empecé me dijeron que esto del cine no era para mí»

Una pasión inesperada, unida a un genuino deseo de reivindicar hechos y personas injustamente olvidados, impulsa al reciente miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina a contar historias atrapantes y a convertirse en un documentalista de ligas mayores.

Por Sophia

 

El director Ricardo Preve fue nombrado recientemente miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina.

Por Luz Martí

Cuando mi amiga Silvia me pidió que la acompañase, en una tarde de calor para matarse, al Museo del Cine a ver De la Nubia a La Plata, un documental acerca de un egiptólogo argentino de los años 60, dudé. No soy cinéfila y unir “egiptólogo” con “argentino” me resultaba algo extravagante. Pero soy buena amiga y abandoné mi aire acondicionado para seguirla sin demasiadas expectativas.

La escasa hora del film voló y terminé llorando conmovida, no solo por forma en la que describe la pasión y el empeño de Abraham Rosenvasser por su trabajo en una misión encomendada por la UNESCO, sino por cómo estaba contada. «¿Quién hizo esta película? ¿Quién se tomó tanto tiempo para bucear en una historia casi desconocida pensando que valía la pena contarla?», me pregunté.

No fue difícil averiguarlo: Ricardo Preve, un cineasta y documentalista argentino y, curiosamente, fanático del buceo, radicado a medias entre Estados Unidos y Argentina. Tampoco demandó mucho trabajo contactarlo ni que, amablemente, accediera a una entrevista acá, en Buenos Aires.

Soñé con mi nota acerca del Dr. Rosenvasser, con el rescate de material egipcio valiosísimo que había logrado antes de que se perdiera, sepultado bajo el agua de la presa de Asuán, en Egipto, y que le permitieron donar al Museo de La Plata para tener su propia sala. Simultáneamente recordé mi pequeña experiencia en ese mismo lugar, con mi mano sumergida en el agua fresca del lago Nasser, mientras navegábamos rumbo a la isla de Philae en una mañana de cielo indescriptiblemente azul.

Llegué a la productora donde Preve trabaja en la post producción de su último film. Me recibió un hombre altísimo y sonriente con aire de niño (sería por la camisa fuera del pantalón bermuda en esa tarde de tantos grados centígrados), que me guió por laberintos de escaleras cruzadas por cables hasta una pequeña sala.

Afuera, en un patio lleno de árboles y de pájaros, varias carpas nadaban, lentas, en un estanque oscuro. Escuchaba la historia de este ingeniero forestal que, en 2001, a los 44 años, se encontró desempleado porque la empresa en la que trabajaba se fue del país y terminó dirigiendo y filmando largometrajes y series de tv por todo el mundo, para las cadenas más prestigiosas. A poco de conversar, pensé que la nota debía ser otra: relatar esa llegada tardía al cine y el descubrimiento de esa pasión por contar que hoy le da sentido a su vida, más que cualquier otra cosa, y lo convierte en uno de los más renombrados documentalistas del país.

El director argentino Ricardo Preve junto a uno de los actores, durante el rodaje del documental Fantasmas de Machu Picchu. 

—¿Cómo desembarcaste en el cine?

—Me gusta el verbo desembarcar porque vengo de una familia de fans de la navegación. Fue por casualidad. Charlando con Fernando Spiner, me contó que trabajaba en Adiós querida luna, la historia de una misión argentina a la luna. Me pareció un divague divertido y me ofreció acompañarlo en el proyecto. Yo venía de una industria en la que se evalúan, sobre todo, servicio, calidad y precio, temas que en el cine como industria también hay que tener muy presentes. Con el desafío adicional de que, para tener éxito, aparecen mil variables imprevistas y ninguna receta. Fue mi bautismo cinematográfico. Después me animé a co-escribir, el guión para un film que nunca se hizo, pero eso me permitió volver a la Salta de mi infancia y contactar con la tremenda realidad del mal de Chagas en esa zona, y sentir que algo había que hacer al respecto.

En ese entonces estaba radicado en EEUU. Decidido a seguir ese camino inesperado, lo comentó en casa de sus padres. Hijo de una familia tradicional, educado en un colegio marista, de padre italiano y madre húngara, trabajadores y cultos, Ricardo cuenta con innegable sentido del humor cuál fue la reacción de su madre. «¿Cómo te vas a dedicar a algo de lo que no tenés ni idea, después de una carrera como CEO de una compañía forestal? Esto del cine no es para vos, Ricardo», opinó, lapidaria, ante la decisión de su hijo.

Pero al hijo, que siempre había preferido las aventuras (como escaparse a los diecinueve años a Sudáfrica en un velero), la opinión no le hizo demasiada mella. Puso proa hacia su proyecto y comenzó un incesante participar en desafíos apasionantes.

Igualmente, la advertencia materna no cayó en el olvido, sino que, cuando llegó el momento de ponerle nombre a su productora, la bautizó de una forma que suena, más que nada, a un homenaje cariñoso para ella, llamándola “Esto del cine SRL”.

Durante otra de sus aventuras cinematográficas, filmando en Sudán. 

—¿Cómo fue trabajar para cadenas como Nat Geo, Discovery o Al Jazeera?

—En Washington conocí gente de Nat Geo. Entonces, la National Geographic Society monitoreaba nuestros trabajos con tremendo rigor. Cada film era como defender una tesis. Laburábamos incansablemente. Llegué a dormir en un sofá dentro de los estudios de filmación, en Washington. Pasear de noche por ese lugar, solitario y en penumbras, con pasillos repletos de revistas en coreano, afiches y materiales me iban abriendo los ojos a ese mundo maravilloso y haciéndome sentir parte de él. Tuve la posibilidad de aprender con los mejores y de hacer televisión para la ciencia, y no para el espectáculo.

Allí conoció a Geoff Luck, quien le confió su primer trabajo como productor local en Argentina y Uruguay. Para ellos realizó, entre otros trabajos, Los fantasmas de Machu Pichu, un rodaje de exhaustivo rigor científico y antropológico, así como otros que él mismo propuso, como Los niños momia de Salta, sobre las momias de los niños de Llullaillaco que están en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, filmado a 4500 metros de altura.

Una extensa investigación en el lugar lo acercó a la desatención del mal de Chagas, una enfermedad de la pobreza, generalmente padecida por aquellos más desprotegidos, que resultó en dos documentales de denuncia y un spot de concientización, protagonizado por Leo Messi para Al Jazeera.

El director también trabajó en el Museo de Ciencias Naturales de la coudad de La Plata, un espacio rico en su valor arqueológico. 

—¿Cómo elegís los temas? Hay algo allí y en su tratamiento que supera lo cinematográfico, y desde ya lo comercial: una la búsqueda de una profunda empatía con los personajes.

—El tema es lo más importante. Intervienen la intuición y el olfato. En mis viajes siempre escucho historias y algunas dan para investigar y pensarlas como film, sobre todo las que me permiten dar a conocer a la Argentina. El tema tiene que estar muy bien elegido y apasionarte para no abandonarlo, porque lo que te espera es muchísima investigación y sabés de antemano que vas a tener que enfrentar mil contratiempos y trabas de todo tipo: fondos, visados, permisos, transporte de material, etc. Hay episodios que me quedan dando vueltas en la cabeza, como la historia del submarinista de Volviendo a casa.

—En tus equipos hay gran cantidad de mujeres

—Mis equipos están compuestos por un alto porcentaje de mujeres. Soy un gran fan de trabajar con ellas porque son responsables, inteligentes, super profesionales y tienen un grado muy alto de compromiso. Y no solo lo digo refiriéndome a los puestos que habitualmente realizan como vestuaristas o directoras de arte, sino a la parte técnica: hay grandes directoras de fotografía, como la italiana Giulia Scintu, que hizo la fotografía de Volviendo a casa. Lo mismo puedo decir de las científicas, antropólogas e historiadoras con las que es un placer trabajar y que se dedican a full a cada proyecto que emprenden.

En los films de Preve hay siempre algo de justiciero. Un uso de función social que habilita la palabra a quienes no la tuvieron; a hombres y mujeres generalmente olvidados que, como Rosenvasser, hicieron cosas que la gente no conoce, como poner a la Argentina en el mapa de la arqueología. Pero también se nota la voluntad de iluminar problemas ignorados y encubiertos, como el del mal de Chagas o la discriminación.

En Salta rodó Niños momia, un documental sobre los niños de Llullaillaco para Nat Geo. 

—¿Qué hace que tus documentales informen y, a la vez, conmuevan?

—No elijo grandes epopeyas, sino historias de una escala humana que trato de conservar al contarlas. Tal vez sea eso lo que las haga conmovedoras, hablar de quien se muere en un país ajeno, de quien no puede volver a casa. Mis personajes son “nadie” y tal vez por eso sean “todos nosotros». Volviendo a casa revive la experiencia de Carlo Acefalo, único muerto de la tripulación de un submarino italiano hundido durante la Segunda Guerra, frente a Sudán. Carlo fue enterrado en un islote desconocido e Italia jamás se hizo cargo de repatriarlo, lo que me pareció una tremenda injusticia. Nosotros hicimos una expedición para buscar su tumba y devolver sus restos a su pueblo, donde hoy descansan junto a su madre y son visitados por mucha gente que le dejan flores como homenaje.

Los Huesos de Catherine, filmada en Chubut y Gales, cuenta la historia de Catherine Roberts, la primera mujer galesa que muere en la Patagonia a pocos meses de llegar, en 1865. El film refleja también el trabajo persistente de veinte años de tres científicos argentinos para identificar esos restos y la localización de una descendiente, una bombera galesa que, emocionada con la posibilidad, viajó a la Patagonia en sus vacaciones para dar sangre y poder comparar sus ADN.

Imagino la soledad de la Patagonia y pienso a esa mujer extranjera, empujada a un viaje de meses con su familia, hacia una tierra inhóspita. La veo enfrentando el mismo desamparo que la protagonista de La lección de piano (Jane Campion), pero Preve da una segunda vuelta con sus investigaciones y trae la historia a nuestros días, conecta con los descendientes y repara esas partes perdidas que, de otra manera, permanecerían desconocidas por siempre para las familias.

Para cada uno de sus trabajos Ricardo encara una exhaustiva investigación que lo lleva a bucear a través de increíbles historias.

Son documentales participativos y ágiles, a diferencia de la antigua versión con relatos en off e imágenes pasando, lejanas y enciclopédicas. En los trabajos de Preve hay una reconstrucción histórica esmerada de ambientación y vestuario. Hay escenarios detallistas y una elección minuciosa de los actores que representan a los personajes, que hablan a la cámara en primera persona y dan testimonio de sus avatares haciendo que el espectador no dude de lo que dicen, que se sienta parte de la historia y alcance la “suspensión de descreimiento”, que no es otra cosa que una compenetración con el tema y un deseo profundo de creer lo que el film relata.

—¿Cómo se cuenta la ciencia de manera que enganche?

—A la ciencia hay que contarla como un cuento, con principio, desarrollo y un final, manteniendo la incógnita a lo largo del relato a través de lugares y personajes interesantes. Que el espectador ansíe descubrir, por ejemplo, si esos huesos encontrados en 1995 eran o no los de Catherine Roberts, y lo quiera ver hasta el final.

—¿Qué podés decir de tu próximo trabajo?

—Estoy terminando. Algún día, en algún lugar, un documental en blanco y negro, acerca de la discriminación hacia los latinos en la ciudad de Charlottesville, Virginia, que es donde vivo parte del año. Esa inmigración a la que son forzados por motivos como el cambio climático, la pobreza o la violencia de narcotráfico es única para cada individuo, pero, sin embargo, juntas forman una red de senderos comunes de miedo, coraje y esperanza. Es un tema durísimo que deja a la vista los problemas que se intensificaron a partir de dos hechos que cambiaron la percepción de los inmigrantes en los Estados Unidos: la caída de las Torres Gemelas y el asalto al Capitolio, en 2021.

Podría seguir horas hablando, pero me despido. En un monitor se suceden, en escenas de impecable blanco y negro, las confesiones de personas que nos miran a los ojos, mientras cuentan el dolor padecido a diario por el rechazo y la violencia que sufren en ese espacio paradojal del sueño americano. 

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