Sophia - Despliega el Alma

8 agosto, 2019 | Por

Reciclar, una forma de arte y de vida

Hoy Viviana Berthet es una artista exitosa, pero antes de lograrlo tuvo que reinventarse. En ese proceso derribó prejuicios y supo escucharse para ser fiel a lo que sentía y buscaba. Su arte, en el que utiliza materiales de descarte y herramientas antes consideradas de uso masculino, es el resultado de un largo trayecto de vida.

Mis padres siempre esperaron un hijo varón, pero tuvieron tres mujeres. Por eso, de pequeñas recibíamos juguetes que eran para varones, como autos con piezas para armar o herramientas para hacer mueblecitos. Además, mi papá era arrocero y en nuestra casa había un galpón enorme donde jugábamos con las bolsas de arroz y nos tirábamos sobre ellas. A veces subíamos al techo, corríamos por las tejas y saltábamos al techo del vecino. Nos encantaba hacer ese tipo de cosas que no eran bien vistas para las niñas”, recuerda con una sonrisa Viviana Berthet, quien desde chiquita en San Salvador, Entre Ríos, fue forjando, sin saberlo, las bases de su camino de artista en su etapa adulta.

Desde la infancia, Viviana se familiarizó con todo tipo de herramientas manuales y con la vida de campo.

Luego de una infancia entre juegos, su primer intentó de instalarse en Buenos Aires fue a los dieciocho años, pero no se acostumbró y regresó a su ciudad natal para casarse con su novio de entonces. Sin embargo, al poco tiempo se separó y quedó sola con su hija. “Fue una época muy difícil porque no tenía trabajo ni ayuda de nadie. Mis padres ya no estaban en una buena posición económica y solo pudieron darme algunos muebles. Recuerdo no haber comido durante una semana y solo comprar el sachet de leche para ella”.

Apenas consiguió un trabajo, y cada vez que tenía un aumento de sueldo, Viviana cambiaba de casa para estar más cerca del colegio de su hija y de su trabajo. Eran viviendas humildes, pero para sentirlas “su casa” y embellecerlas, las pintaba de colores pasteles. “Siempre tuve habilidad creativa para resolver situaciones. Cuando se me presentaba algo difícil, respiraba profundo y encontraba la solución”.

Así, de a poco y con mucho esfuerzo, Viviana fue mejorando, volvió a ponerse de novia (con quien hoy es su marido) y a los 31 años se mudó a Buenos Aires junto a su hija.

Dos años después comenzó a estudiar Relaciones Públicas e Institucionales y se convirtió en docente, profesión que nunca abandonó hasta el día de hoy. Sin embargo, un accidente doméstico la hizo cambiar de rumbo: “Un día estaba tomando sol en el jardín de casa, escuché que alguien me llamó y entré. En ese momento vi cómo se despegó una piedra de la pared y cayó justo sobre la reposera donde hacía unos segundos estaba tomando sol. A partir de ese episodio, sentí que había tenido una nueva oportunidad de vida, empecé una búsqueda distinta y me acerqué a la Fundación Vocación Humana, donde encontré paz”, relata.

En la fundación, Viviana aprendió a conectar con lo mejor de ella misma, aunque confiesa que fue una labor difícil porque tuvo que perdonarse, aceptar muchas cosas internamente, recordar dolores y soledades. Al mismo tiempo comenzó a asistir a un taller de pintura y, en sus propias palabras, el arte llegó a su vida como una explosión. Pero otro hecho importante estaba por hacerla dar el segundo volantazo en su camino.

“Mis amigas me hicieron notar que con mis manos siempre resolvía todo, que agarraba algo y lo transformaba en otra cosa. Así fue que me pregunté por qué no empezar a soldar para usarlo en mi arte, y encontré un nuevo mundo”.

En esa época fuimos de viaje a Machu Picchu con mi hija y unas amigas e hicimos el Camino del Inca. Durante el trayecto, conversando con ellas volvió a aparecer el tema del arte y me dijeron algo que me hizo reflexionar y en lo que nunca había pensado. Me hicieron notar que con mis manos siempre resolvía todo, que agarraba algo y lo transformaba en otra cosa. Así fue que me pregunté por qué no empezar a soldar para usarlo en mi arte, y encontré un nuevo mundo”, dice convencida.

—¿Cómo fue la incursión en tu arte actual?

—Tenía cuarenta años cuando comencé a soldar en un taller donde hacíamos esculturas con esta herramienta. Me ponía la máscara y el delantal que pesa muchísimo; trabajaba con el picoteo del metal y el fuego y el calor que pueden dañar la vista. Desde la mirada habitual, todo eso puede sonar masculino, pero para mí era divertidísimo. ¡Sentía que volvía a jugar con mis juguetes de chiquita! Luego pintaba y le ponía piezas de metal a los cuadros, iba mezclando las dos cosas. Hasta que me di cuenta que el metal era un complemento y no el arte que quería hacer. Entonces me sumergí de lleno en la pintura y empecé a sumar en los cuadros todo lo que encontraba: papel de seda de las cajas de zapatos, madera, resina.

—¿Creés que en el mundo actual todavía es visto como algo masculino usar ciertas herramientas o realizar cierto tipo de actividades?

—Por supuesto, no es habitual ver a una mujer con un arnés subida a un andamio y pintando paredes. La semana pasada estaba pintando un mural y la gente se quedaba mirando. Yo uso torno, amoladora, lijadora, y a veces me ayudan porque hay que tener mucha fuerza para manejarlas. Para el día de la madre, mi hija suele regalarme una caja de herramientas, una soldadora o un atornillador eléctrico. Son herramientas de culto para mí y sueño con mi mesa de trabajo repleta de ellas.

—¿Juntás cosas de la calle para realizar tus obras?

—Montones. No salgo a buscar puntualmente, pero siempre voy mirando para abajo cuando camino y encuentro muchas cosas: desde tornillos, arandelas, alambres, monedas y elementos que están oxidados, hasta cosas que están en buen estado porque son de descarte. Todo lo que sea potable lo recolecto. He juntado restos de ventiladores y puertas que había en contenedores de basura que me han servido como base de piezas artísticas.

“Yo no puedo decir que el arte me salvó la vida, sino que el arte le dio sentido a mi vida. Cuando hay arte en mí, hay vida en mí. La sonrisa, la predisposición corporal, la energía y las ganas de hacer cosas, las saco del arte”.

—¿Antes también tenías esta relación con los objetos?

—Sí, cuando vivía en San Salvador con mi hija y no tenía muchas posesiones materiales, todo lo que era descartable para otro, para mí tenía mucho valor. Entonces rescataba sillas o muebles viejos, los arreglaba y los pintaba. Lo que hacía era resignificar cosas que para mí eran imprescindibles y que además veía bellas.

—¿Cómo monetizaste tu arte?

—Más que nada disfruto mucho de mostrar lo que hago. Al año que empecé el taller, me ofrecieron hacer una muestra compartida, así que me puse a pintar como desquiciada. Cada vez que tengo la oportunidad hago una muestra o participo en otras. Creo que si uno se organiza, si tiene la buena fortuna de tener su propio taller y si lo combina dando clases o seminarios, se puede vivir del arte.

—¿Cómo te describirías en lo que hacés y en el resultado de una vida?

—En casa me llaman “la cartonera del arte”, con mucho respeto por la dignidad del trabajo, por lo que significa la posibilidad de rescatar algo de la basura y transformarlo. Yo no puedo decir que el arte me salvó la vida, sino que el arte le dio sentido a mi vida. Cuando hay arte en mí, hay vida en mí. La sonrisa, la predisposición corporal, la energía y las ganas de hacer cosas, las saco del arte. No sé de dónde viene, pero la creatividad siempre sigue apareciendo. 

—Es una fuerza que se te impone.

—Si no hago algo con eso, creo que exploto en mil pedazos. No tengo idea cómo hago, pero sé que el impulso artístico no lo puedo parar.

Podés ver las obras de Viviana Berthet en www.viviberthet.com

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