Sophia - Despliega el Alma

8 mayo, 2019 | Por

Rébecca Dautremer: “No hay que esconder los temas difíciles”

La ilustradora francesa recorre el mundo de la mano de sus libros-álbum, que la convirtieron en una especie de celebridad. En su nuevo trabajo, que la trajo a la 45º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, cuenta la historia de un un conejo encantador, Jacominus, desde el nacimiento hasta la muerte. Mamá de dos niños, ella sabe cómo narrar mundos infantiles con mirada de adulto, y viceversa.

Por Agustina Rabaini

En la contratapa de ese libro de artista maravilla llamado Dautremer (y viceversa), de editorial Edelvives, se lee: “Que quede claro: hay dos tipos de personas. Las que viven ancladas en la realidad, notan la fuerza de la gravedad en cada paso que dan y solo juran por lo tangible. Y los soñadores. Es obvio que Rébecca Dautremer pertenece a este segundo grupo”.

La definición de soñadora no podría  ser más precisa para hablar de la ilustradora francesa Rébecca Dautremer, tras recorrer sus libros y haberla escuchado discurrir sobre sus búsquedas y procesos creativos el sábado pasado en el auditorio del MALBA.

“Dibujar es como tocar el piano y hay que ejercitar mucho. Hay que practicar hasta sentirse bien con la técnica y luego poder juzgar el propio trabajo”, dijo la ilustradora durante su conferencia en el Malba.

La autora había llegado a Buenos Aires horas antes para participar de la 45º Feria Internacional del Libro y, luego de dos jornadas de firmas de ejemplares para sus fans argentinos, en un auditorio colmado rescató anécdotas y pensamientos, los momentos que la hicieron soñar y construir una visión del mundo –con imágenes más románticas o alucinadas– que plasma con rigor en cada obra.

Además, había que ver su expresión de alegría cada vez que mencionaba a su personaje más reciente, el conejo Jacominus, una criatura blanca y pequeñita que le permitió hablar sobre los misterios, las alegrías y tristezas de la vida, y sobre el cual ya está preparando una nueva historia en papel troquelado, una técnica que había utilizado antes en El pequeño teatro de Rébecca.

Dibujar para vivir

Nacida en 1971 en Gap, en los Alpes, muy cerca de Italia y de la naturaleza, la ilustradora francesa egresó más tarde de la École Nationale Supérieure des Arts Décoratifs (ENSAD) de París, donde se apasionó con el dibujo, la pintura y la fotografía. Lleva publicados treinta libros entre los que aparecen La cabra ante los lobos, Princesas olvidadas o desconocidasSeda, Alicia y una versión ilustrada de la Biblia. En coautoría con su marido, Taï-Marc Le Thanh, hizo numerosas obras, entre ellas Cyrano, El yeti y Elvis.

Pero no sólo eso. “Hubo muchos otros proyectos: carteles, tapas de CD, tatuajes, escenografía de teatro y trabajé para una película de animación”, agregó la artista mientras reconfirmaba, con ayuda de una pantalla gigante,  su dominio del Gouache y del trazo en lápiz negro.

Sobre su proceso creativo, dejó claro que no deja nada librado al azar: “Intento saber adónde voy y busco conocer la imagen final de cada página, porque después no se puede volver atrás. Y no podría mencionar un color preferido; los colores me gustan por su existencia uno al lado del otro, no uno en particular”, contó, por si quedaran dudas sobre su mirada propia, su punto de vista personal.

“Hay lectores adultos y hay lectores niños, pero yo no hago grandes diferencias. En el prólogo del libro de Jacominus, el conejito, les digo a los niños que si no entienden todo o algunas partes les parecen misteriosas no importa. Algo sabrán entender o adivinar”. 

Luego instó a los estudiantes de la sala a practicar y ejercitar sin descanso: “Hay artistas que se desafían y apuestan al gesto y a la espontaneidad, yo en cambio necesito controlar lo que puedo, hago esbozos, croquis, primero en lápiz, después con color y puedo ayudarme con una fotografía. Me llevó veinte años sentirme un poco cómoda con la técnica, y ahora también quiero contar, explorar el vínculo entre la imagen y el texto, ver cómo provocar nuevas emociones”, dijo.

Según la artista, a la hora de dibujar personajes, “hay un momento de gracia muy corto, de creación” que hay que saber atrapar y no es cuestión tanto de saber, como de “sentir físicamente las cosas” y estar muy atentos. “Ahora que controlo más o menos bien la técnica siento que estoy en un gran momento, tengo por delante un campo de juego increíble”.

Ya era interesante solo ver pasar las imágenes de su obra o dejar caer la vista en uno de sus libros de formato grande, pero también pudimos conversar un rato con ella; invitarla a un viaje hacia atrás y de allí a la actualidad, adonde el camino la quiera llevar.

—Dijo la poeta estadounidense Louise Glück: “Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. Lo demás es memoria”. ¿Qué encuentra en la infancia para volver a ella, una y otra vez?

—No he dejado de ser la persona que era de niña durante mi vida adulta. En esa época se decía mucho “esto es para los niños y esto no”. Ya entonces me gustaba escuchar las historias de adultos, y creo que ese es el placer que he tratado de recuperar con el personaje de Jacominus. Aunque haya temas difíciles de entender para los niños, o duras, no hay que esconderlos: son situaciones muy intrigantes. Me acuerdo de una escena, yo estaba debajo de la mesa y mis padres relataban el momento del suicidio de un amigo. Fue un momento de gran intensidad y yo quería quedarme ahí escuchando, tratando de entender. No quiero esconder nada a los niños, sino que ellos decidan lo que pueden o no entender. Además, los niños pueden no descubrir todo el texto, pero sí muchos detalles en las imágenes.

—¿Qué quiso transmitir con su nuevo libro, “Las ricas horas de Jacominus Gainsborough”?

—Quise hablar de la vida, con todo lo que tiene de bueno y de duro, con la presencia de la muerte cuando falta su abuela, pero para ver también cómo en ese momento se enamora. Quería mostrar esa ambigüedad de la vida, no disociar lo bueno de lo malo. En la vida las cosas vienen mezcladas y este libro cuenta la vida de un niño que llega a ser hombre; es toda una vida la que se relata.

—¿Qué la llevó a hacer ese otro libro grande llamado Dautremer (viceversa) que contiene caballos en patines, superhéroes sin máscara, fotos de su infancia y otras ideas, acá y allá?

—Fue una suerte increíble poder hacerlo porque me dio la oportunidad de mostrar lo que no se ve de mi trabajo y no está dentro de los libros para niños. Trajes, tumbas, tatuajes que compuse para el teatro y libretas de esbozos, fotos familiares. Me permitió responder al interés de los jóvenes por las artes visuales en general y hacerlo a través de mi propio recorrido, de mi vida. Debe ser que a mí siempre me intereso conocer la vida de otros artistas o artesanos, y entender el oficio a partir de la experiencia.

—¿Por qué cree, a esta altura, que sus libros ilustrados interesan tanto a los adultos?

—Habría que preguntarles a ellos qué buscan pero, en general, hay un gran interés por los libros ilustrados que, aunque se considera que están hechos para los chicos, no es así. Tal vez se deba a que el arte contemporáneo hoy puede ser de más difícil acceso, al ser más abstracto e intelectualizado, y no permite un acceso a estas imágenes más narrativas y representativas que sí pueden encontrar en la historieta, la ilustración y las artes visuales. De cualquier modo, cuando empiezo los libros nunca me dirijo a los niños únicamente. Tengo la esperanza de que los adultos también los lean. Hoy la barrera entre el mundo de la infancia y el mundo adulto, es mucho más porosa. Hay adultos con ganas de escaparse de la realidad a través cuentos, juegos, un permiso para el placer que no era bien tolerado en otras épocas.

—¿Por qué admira tanto a la ilustradora Beatrix Potter, a quien homenajea con el personaje de la abuela de Jacominus? ¿Hay alguna otra artista que la haya inspirado especialmente?

—El mundo de Beatrix Potter me gusta porque es un universo muy acogedor y British, con su dosis de kitsch. Me gusta esa belleza perfecta de los dibujos, todo está en su lugar, hay algo suave en esos jardines con la barrerita inclinada en el punto ideal, esas ropitas un poquito arrugadas, toda una sensación de confort y perfección. En mis libros, en cambio, hay algo que asusta y es un poco raro, esa forma francesa de contar para que las cosas no sean demasiado cursis. Por otro lado, Beatrix Potter tuvo la valentía de ser ilustradora en una época en la que para las mujeres era muy difícil publicar. Hay otra ilustradora que amo mucho, la austríaca Lisbeth Zwerger, tiene un estilo clásico y muy suelto en su dibujo, fue una referencia importante. Pero también me inspiraron algunas fotógrafas, como Dorothea Lange, por los vínculos que tejía con los personajes que retrataba. Debe haber sido una persona con una gran empatía y es alguien que aprecio.

—A esta altura, ¿cuál dirías que es tu lugar en el mundo, ese lugar reservado que todos podemos encontrar y al que referís al comienzo de Las ricas horas de Jacominus Gainsborough?

—Bueno, tengo esta gran pasión por el dibujo y la pintura, y la gran suerte de poder vivir de eso. En esa burbuja me siento tan feliz y privilegiada, que a veces pienso que si me dieran una varita mágica para ejercer sobre mí, no la usaría. En todo caso, la usaría para poder ayudar a otros. Me siento bien en mi lugar, con mi idioma, mi marido, mis hijos, mi oficio. No sueño con ser otra cosa, en todo caso tengo miedo de que mi suerte cambie, pero me digo que cuando cambien las cosas, espero ser capaz de poder aceptarlo sin malhumorarme y dejar un poquito para los demás.

—¿Y Buenos Aires? ¿Cuál es tu relación con esta ciudad?

—Me gusta moverme, viajar; el movimiento de la vida. Ya me había gustado muchísimo la primera vez y vuelvo a comprobarlo ahora. Me sorprende siempre, es muy emocionante ver que, del otro lado del planeta o del océano, hay gente que conoce mi trabajo y quiere venir a las firmas. También está el placer del viaje, hay algo en las calles que uno percibe y me nutro de todo eso. Esta ciudad es un lugar donde podría pasar algunos meses trabajando y conocer jóvenes artistas, intercambiar con ellos. Es muy esperanzador ver que hay gente que te lee porque cuando dibujo estoy sola y, más allá de la devolución comercial,  la devolución humana es fundamental.

Dautremer (y viceversa)

Es el libro que Rébecca realizó junto a su marido, el escritor Taï-Marc Le Thanh, responsable de varios de los textos de libros álbum como Babayaga, Los cochinos, La hermanita carnívora, El pastor, Cyrano, El yeti. En él aparecen reflexiones sobre los grandes temas –el amor, la naturaleza, el arte– y un material visual espectacular: fotografías personajes, bocetos, carteles y otros experimentos. Entre sus próximos proyectos están dos libros objeto con Jacominus como protagonista. Y también trabaja por estos días en una edición ilustrada de De ratones y hombres, de John Steinbeck.

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