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6 julio, 2020 | Por

Pilu Giraudo: “La naturaleza necesita diversidad y sorpresa”

Apasionada por el campo y consciente del potencial que tiene la agricultura para impactar positivamente en la vida de las personas, se convirtió en abanderada de la siembra directa, una tecnología reconocida mundialmente por su potencial para mejorar las condiciones del suelo e impulsar el desarrollo humano.

Por Florencia Rodríguez Petersen

María Beatriz Giraudo (50), más conocida como Pilu, es ingeniera agrónoma. La suya es la quinta generación de productores agropecuarios en la familia. “Alguien tiene que prepararse para el campo”, pensó cuando tuvo que elegir qué carrera estudiar. Hoy tiene la certeza de haber elegido bien. “Lo que hago me exige dedicarme a las necesidades diarias de la humanidad”, reflexiona pensando en la importancia de cultivar la tierra. 

Fue la primera mujer al frente de AAPRESID (Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa), organización de la que es Presidenta Honoraria. Y aunque muchos crean que el campo es cosa de hombres, destaca: “Las mujeres rurales somos un tercio de la población global”. 

Hace unos días expuso sobre el potencial de este tipo de agricultura en una conferencia de la FAO (Food and Agriculture Organization), de Naciones Unidas. “La organización puso a los sistemas de Argentina, basados en siembra directa, como la alternativa para recuperar los suelos degradados y garantizar la seguridad alimentaria”, comparte.  

Habla de la siembra directa —un sistema que comenzó a imponerse hace cuatro décadas— como una revolución en la agricultura. Pero también cree que es una herramienta clave para garantizar la seguridad alimentaria, mejorar los suelos, cuidar a las personas y promover el desarrollo. En sus palabras hay amor por la tierra, pasión por el conocimiento y una intensa búsqueda del bien común.

—¿Por qué es tan importante la siembra directa?

—Es una revolución que ocurrió hace no más de 40 años en la Argentina, trazando una disrupción absoluta al paradigma milenario de cómo llevar a cabo la agricultura, que era con labranza. Durante miles y miles de años se cultivaba la tierra moviendo el suelo, poniendo lo que va abajo arriba y lo que va arriba abajo, olvidando que todo tiene una razón de ser para la naturaleza. 

En números

En Argentina la población rural tiene en promedio 45 años, lo que implica una posibilidad de recambio. En Estados Unidos la media es de 56 y en Europa asciende a 65. 

El 90 por ciento de la producción agrícola nacional se realiza con tecnología de siembra directa, mientras que en el resto del mundo sólo el 10  de la superficie cultivada utiliza esta tecnología. 

*El suelo mejora en sus condiciones físicas, químicas y biológicas.

*La evaporación directa del agua de lluvia de los suelos se reduce hasta en un 70%.

*Aumenta en más de un 80% la capacidad de incorporación y almacenamiento del agua en los suelos. 

*Disminuye entre un 60 y un 80% el uso de combustibles fósiles. 

—¿Cómo se realiza ese proceso?

—Durante miles de años fuimos alterándolo todo con una agricultura de deterioro permanente. La siembra directa lo que hizo fue dejar el suelo sin moverlo, cubierto con los residuos de la cosecha anterior. Solo se pasa una máquina que hace una línea, deposita la semilla y, si es necesario, fertilizante. Esa es toda la remoción que hace. Se busca imitar a los procesos de la naturaleza. 

—¿Qué beneficios tiene?

—El primer gran beneficio es que se detiene el proceso de erosión de los suelos y empieza un proceso de lenta recuperación, de mantenimiento y, en muchos casos, de mejora. La labranza destruía los suelos y hacía imposible aprovechar el agua de lluvia que, en vez de penetrar, empezaba a correr. Al no moverlo más y dejar esa cobertura, que hace como una esponja, esta se incorpora lentamente y se almacena de manera natural para cuando los cultivos la necesitan, disminuyendo los shocks de temperatura tanto de frío como de calor. Esto deriva en un uso mucho más eficiente del agua. Otra gran ventaja es que, al no emplear labranza, disminuye mucho el uso de combustible fósil, factor clave en el cambio climático. Y en este sentido también es destacable, porque la producción de biomasa guarda carbono y es por eso un aliado estratégico para reducir las emisiones.

Fue la primera presidenta de la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa, uno de los órganos más importantes en la producción agropecuaria del país.

—¿Qué contras puede tener?

—No entender que la naturaleza no acepta recetas acabadas. No hay un manual que diga cómo se hace algo siempre. Al contrario. La naturaleza necesita diversidad y sorpresa. Cuando la presionás siempre para el mismo lado, se resiste. Y ya de por sí esta es una actividad de mucha adversidad, totalmente dependiente del clima, que no manejamos en la mayoría de los casos (si tuviéramos riego masivo sería un atenuante) y los mercados, que son volátiles. El gran riesgo es no entender que es un sistema y por eso requiere una mirada holística que incorpore un enorme abanico de herramientas y tecnologías que muchas veces son de última generación, a otras que son ancestrales. La única condición sine qua non es que implique sustentabilidad: que sean herramientas que cuiden el ambiente, cuiden a las personas, fomenten desarrollo y permitan que siga creciendo la producción, no solo en cantidad, sino en calidad.

“El riesgo es no entender que la naturaleza no acepta recetas acabadas. No hay un manual que diga cómo se hace algo siempre. Al contrario. La naturaleza necesita diversidad y sorpresa. Cuando la presionás siempre para el mismo lado, se resiste. Y ya de por sí esta es una actividad de mucha adversidad, totalmente dependiente del clima, que no manejamos en la mayoría de los casos”.

—¿Por qué los organismos internacionales buscan promover este tipo de agricultura?

—La siembra directa mantiene a los suelos sanos, saludables, fértiles: es lo que hoy se necesita para la seguridad alimentaria. Es una tecnología que se adelantó 40 años a la discusión global de hoy. Argentina es líder en este tema, pero nuestros países limítrofes van en la misma dirección. Llama la atención que el mundo no lo adopte. Por supuesto que no es la solución a todo, pero es una gran herramienta para lo que el mundo necesita.  Por primera vez en la historia de la humanidad tenemos el conocimiento y la experiencia para entregar a las próximas generaciones suelos en mejores condiciones de lo que los recibimos. Siempre fue un proceso de deterioro, nosotros tenemos la oportunidad y la responsabilidad de ser un hito en la historia de la humanidad por esta misión. 

En India junto a Chetna Sinha, creadora del Mann Deshi Mahila Bank, el primer banco del mundo para mujeres rurales.

Las mujeres rurales representan el 43 por ciento de la mano de obra agrícola y conforman un tercio de la población global.

Una misión urgente

El compromiso de Pilu con la misión de dejar la tierra, el suelo, mejor de lo que lo recibimos remite a una frase que se le adjudica a la Madre Teresa de Calcuta: “Qué nadie venga a tí sin irse mejor y más feliz”. Pero su mirada no es volátil ni tiene solo una perspectiva a largo plazo. 

Por eso destaca la urgencia de respetar a la naturaleza: dejar de remover violentamente la tierra, permitir que las capas se ordenen y sean el sustento de lo que vendrá; aprovechar como protección y abono para nuevas cosechas lo que queda de experiencias pasadas. Pilu confía en que estar atentos a cómo la vida crece abre oportunidades sorprendentes. 

Mostrando los sistemas de producción de la Argentina a la delegación del Ministerio de Agricultura de Francia.

Hay un emprendimiento de arroceros en Corrientes. Eran tildados por la comunidad como contaminadores. Si bien a veces se dan casos de mal uso y pagan justos por pecadores, la mayoría de las veces no es así. Para demostrar que lo que hacían estaba bien, llevaron peces al área de agua que utilizaban para los cultivos. Se encontraron con que podían criar pacú combinado con la producción de arroz. Si los animales vivían, quedaba demostrado que las prácticas que llevaban adelante eran poco contaminantes”, cuenta y agrega cuáles fueron las repercusiones de la experiencia: “Eso generó confianza con la comunidad, pero también un negocio nuevo en la región con creación de empleos, demanda de nuevas profesiones y oficios, y una recaudación impositiva que debería volver con servicios. Es un círculo súper virtuoso”, concluye. 

Mujer de campo, con raíces fuertes y horizontes amplios, sabe perfectamente que la siembra directa tiene frutos infinitos. “Muchos piensan que estas tecnologías dan lugar a pocos y expulsan a muchos. Al contrario, para los pequeños productores fue la oportunidad de unirse en grupos de trabajo y lograr mayor rentabilidad. Pero, además, Argentina tiene capacidad para transformar toda la biomasa que producimos —ya sea vegetal o animal— no sólo en alimentos para las personas o para los animales, o en bioenergía, sino también en productos para la salud, biofármacos, materiales para la construcción. ¡Con los residuos de la cosecha de trigo se hacen placas para construir casas!”, exclama fascinada con el potencial del sistema de producción que utiliza la siembra directa. 

“Los suelos verdes son suelos vivos: hay indicadores que señalan que cuanto más haces producir los suelos con la tecnología adecuada y basado en siembra directa mejores son los parámetros productivos, económicos, ambientales y todo eso promueve desarrollo social. Es el camino para la sustentabilidad”.

Acá tenemos los recursos naturales y hay una heterogeneidad que nos da la posibilidad de abordar infinitas producciones y transformaciones. Tenemos una plataforma científico-tecnológica muy preparada, organismos de investigación y aplicación de tecnología públicos y privados en todo el país, tenemos juventud en el campo. Y todo esto va ligado a la gran capacidad de innovación tecnológica”, afirma antes de detallar que el sistema puede (y debe) incorporar diseño de software, aplicaciones y otros desarrollos informáticos. 

La ingeniera con las manos en la tierra durante la siembra de trigo, la semana pasada.

—¿Cuál es el potencial de desarrollo que hoy nos brinda la siembra directa?

—Es un combo que no tiene límites. En cada región del país se puede plantear una producción desde los commodities que conocemos de todo tipo, hasta la transformación de estos en productos e incluso en nichos de producción nuevos. Hay muchísimos desarrollos ligados al patrimonio étnico y cultural, que es otra gran riqueza de este país. A nivel mundial, cada vez hay más interés en conocer la trazabilidad de lo que se consume. Esta tecnología tiene una sustentabilidad tremenda. 

—Parece ser un círculo perfecto…

—Sí. Pero no hay que dormirse en los laureles porque, dicho burdamente, no tenés la vaca atada. El compromiso es enorme. Y está bien que así sea, porque estamos atendiendo las demandas básicas de la humanidad: es un sistema que requiere desarrollo permanente. La ciencia y la tecnología avanzan muy rápido. Hoy la renovación de conocimiento no llega a dos años y sin investigación aplicada no se lograría implementar los resultados. Esa es otra gran bondad de Argentina: el científico y el productor investigan juntos y cuando el resultado está validado, se divulga en forma gratuita y libre para que muchos la puedan adoptar rápidamente.

—¿No hay obstáculos?

—El mundo mira a Argentina con admiración, pero no todas son flores. Hay movimientos que están en contra del uso de fitosanitarios. Estos grupos son anticiencia y eligen regirse por sus ideas o por lo que escuchan y no por lo que la ciencia estudia y divulga. Eso es una amenaza, porque implica un retroceso. Esto no quiere decir que nosotros hagamos todo bien: si alguna tecnología se usaba porque estaba chequeado que no producía ningún riesgo y de repente se detecta porque sí lo produce, se elimina. Por eso es fundamental el testeo, monitoreo y seguimiento permanente. Es algo apasionante, que no deja de evolucionar y dar más y mejores oportunidades. 

—Decís que también es una herramienta de empoderamiento que hace crecer las oportunidades…

—Sí. Porque crea un abanico de servicios completamente diverso. Según cada región, cada alternativa, cada posibilidad de producción y cada actividad, genera diferentes oportunidades. Pero esto va más allá de la siembra directa. Tiene que ver con la bioeconomía, que es sinónimo de arraigo y tiende a generar desarrollo en cada rincón del país. Argentina no escapa a las estadísticas mundiales que señalan que un tercio de la población global somos mujeres rurales y representamos el 43 por ciento de la mano de obra agrícola. Hay una diversidad enorme en estas mujeres. Y este sistema productivo une a la vulnerabilidad con las posibilidades.

—¿Qué se necesita para potenciar ese impacto positivo en las comunidades?

—Carecemos de una visión estratégica de país que nos incluya a todos, que nos enamore a todos. Necesitamos entender que este sistema impulsa la horizontalidad y brinda oportunidades para muchos. Impulsa el federalismo, siempre pendiente en Argentina. Podría ser una marca país, pero necesita diseño de políticas muy claras, estables a mediano y largo plazo, con una seguridad jurídica muy importante. Se necesitan inversiones, grandes inversiones, para que esto suceda, y muchas vienen del exterior. Toda esa red de contención es necesaria para avanzar.

En una de sus visitas a las Naciones Unidas, convocada para exponer los beneficios y el potencial de la siembra directa.

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