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6 enero, 2022 | Por

“Para tratar la enfermedad psicosomática debemos interrogar a nuestros demonios”

Jorge Ulnik, médico argentino y autor del libro "El psicoanálisis y la piel", galardonado recientemente con un prestigioso reconocimiento internacional, repasa en esta charla la importancia de mirar hacia adentro y dar lugar a las emociones como un camino para alcanzar salud y bienestar.


Por María Eugenia Sidoti

“Yo todavía no lo puedo creer, porque me eligieron entre profesionales de todo el mundo. Si fuera tenista, habría sido como ganar el Abierto de los Estados Unidos”, señala Jorge Ulnik, el reconocido médico y psicoanalista argentino que acaba de recibir el Sigourney Award. Un prestigioso jurado lo eligió entre una nutrida nómina de candidatos de distintas nacionalidades para premiarlo por sus aportes en el abordaje de la relación mente-cuerpo desde una perspectiva psicoanalítica. Su foto y su nombre aparecen en la prensa estadounidense y también los medios locales que dan cuenta de la magnitud del galardón. No es para menos: se trata de una distinción muy importante.

El premio, creado en 1989 por la psicoanalista y filántropa Mary Sigourney para reconocer y promover el empleo del pensamiento psicoanalítico en pos de mejorar la humanidad, reconoce año a año la trayectoria de los profesionales de este campo. En el caso de Ulnik, la distinción fue otorgada por tender un puente entre el psicoanálisis y la dermatología, un tema que trabajó en su libro El psicoanálisis y la piel, que fue publicado en 5 países y se tradujo a 4 idiomas. “A través del libro se difundieron mis ideas en el mundo entero y eso despertó interés en muchos países, como por ejemplo en Rusia, donde brindé clases sobre enfermedades psicosomáticas”, señala.

Jorge Ulnik es médico psicoanalista y psiquiatra. Doctor por la Universidad de Granada, España. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Profesor Asociado de Fisiopatología y Enfermedades Presidente del Centro de Estudios Psicosomáticos de la Argentina. Presidente de EULAPS (Escuela Euro Latinoamericana de Psicosomática Psicoanalítica). Autor del libro El psicoanálisis y la piel y de numerosos artículos de temas relacionados con la psicosomática psicoanalítica, la interdisciplina, la interconsulta y el trabajo con pacientes con problemas de la piel.

–¿Por qué creés que el tema suscitó ese interés?

–Esa pregunta me encanta. Porque cuando alguien se enferma de algo psicosomático no es una persona que tenga una psicopatología, sino que es alguien normal que tiene una enfermedad que empeora cuando se estresa, cuando se deprime, cuando tiene ansiedad, cuando trabaja demás o cuando se pelea con la esposa o tiene un conflicto con los hijos. Entonces, cuando ve al médico y este le dice que tiene que ir a un psicólogo o a un psicoanalista, el paciente dice “pero yo no estoy loco”, piensa que ese profesional no sabe o no lo entiende, y lo que hace es cambiar de médico. Pero no recurre al psicoanálisis.

–¿Qué ocurre entonces?

–Si esa persona va al psiquiatra para evaluar su nivel de depresión, de angustia o de impulsividad, no se va a encontrar mucho: no se angustia, no delira, no tiene ideas de suicidio… Es simplemente que, a lo mejor, trabaja demasiado. ¿Y qué tiene de raro eso? Si no se indaga, el profesional queda encerrado en la separación mente-cuerpo que rige nuestro pensamiento occidental desde la época de Descartes: por un lado está lo que se puede tocar, medir y pesar, y por el otro lo espiritual y lo psicológico; la cosa material y la cosa pensante, o pensada. Desde siempre, la Medicina funciona con esa disociación psicosomática: si el paciente viene con un problema en la piel, para el dermatólogo y para el psiquiatra será eso, un problema en la piel. Sentirán que no tienen nada que aportar, salvo que el paciente no pueda dormir, tenga miedo a morirse o se quiera matar y, en ese caso, le recetarán ansiolíticos o antidepresivos. En cambio, lo que hace un psicoanalista es, de a poquito, eso que Sigmund Freud llamaba “abrir la caja de Pandora”, es decir, abrir una puertita para que empiecen a aparecer los problemas cotidianos que en cierta manera tenemos todos, pero que no a todos nos afectan de la misma manera.

–¿Cuáles son en general esos problemas?

–Pueden ser llevarse mal con la suegra, tener una dificultad sexual, enamorarse de alguien que no es la pareja, pelearse con la mamá o el papá, sufrir la muerte de un ser querido, afrontar un juicio por herencia, reformar la casa… Cosas de todos los días. La vida es como una telenovela de la tarde: hay envidia, celos, amoríos prohibidos, buenos y villanos, ambiciones que no se pueden concretar. Los psicoanalistas nos metemos con todo eso desde una perspectiva profesional y estamos entrenados para tolerar aquellos aspectos donde los “enfermos” se nos parecen. Ya no hay una división tajante entre ese enfermo y yo, somos semejantes, aunque el otro puede tener una enfermedad de la piel o un cáncer y yo no. Pero en cuanto me cuenta sobre sus problemas o sus miedos, me reconozco en él. Eso implica un acercamiento intimista con el paciente que es fundamental en el arte de curar.

–Un encuentro humano, aparte del profesional…

–Sí, pero no solo en el sentido de la solidaridad o de ser generoso y bueno con el paciente. La propuesta no es que le vamos a dar amor y con eso solo ya se va a curar. No, a veces hay que ser como el cirujano, que abre el cuerpo y duele. Hay que ir a lo profundo y el sufrimiento va a aparecer. Pero el entrenamiento hará que uno vaya solo por donde esa persona lo pueda tolerar. Freud decía que no podemos abrir la caja de Pandora y hacer salir a los demonios sin haberlos interrogado antes. Para despedirlos antes hay que preguntarles por qué están ahí, qué se proponen y cómo llegaron a ese lugar.

–Es decir, no negar nuestras sombras sino reconocerlas y abrazarlas.

–Exacto. Hay un montón de gente que dice “yo de este tema no quiero hablar porque me hace mal”. Le angustia, porque le duele. Pero el psicoanalista le dice que van a tener que hablar de eso, porque ahí está la caja de Pandora, ahí están los demonios. Se podría comparar con una especie de exorcismo, aunque nada tiene que ver; es solo una metáfora para comprender que a los problemas hay que ponerlos sobre la mesa y ver cómo son, intentando que ya no lastimen. Pero, para resolverlos, no podemos silenciarlos ni asustarnos de ellos.

“Lo que hace un psicoanalista es, de a poquito, eso que Sigmund Freud llamaba “abrir la caja de Pandora”, es decir, abrir una puertita para que empiecen a aparecer los problemas cotidianos que en cierta manera tenemos todos, pero que no a todos nos afectan de la misma manera”.

–¿Por qué creés que te premiaron?

–Valoraron una técnica que desarrollé que es la atención conjunta. Es decir, en vez de que al paciente me lo deriven a Psicopatología, como se hace habitualmente, yo voy al consultorio externo del servicio de Dermatología, por ejemplo, y así no lo hago venir a mi espacio para disipar el miedo o el prejuicio de que “ahí solo van los que están locos”.

–¿Qué expresa la piel a través de las patologías?

–La piel es una pantalla de expresión de las emociones y a veces, lo que en uno es ponerse rojo de vergüenza, en otro es una rosácea, que es una enfermedad de la piel vinculada con un montón de otros factores, entre ellos los psicológicos. Hay personas que se ponen muy tristes y otros a los que, ante la muerte de un ser querido, les brota por primera vez una psoriasis, que es una enfermedad inflamatoria de la piel. Por eso, tenemos que ir a buscar en esa dirección: las ideas reprimidas, los conflictos inconscientes o la dificultad para expresar las emociones.

–Es muy complejo pensar que el cuerpo se ataca a sí mismo, eso debe generar mucha culpa…

–Por eso hay que evitar la doble imposición. Si uno le explica al paciente que su propio sistema inmune le está produciendo una enfermedad, y el paciente cree que es producto de su voluntad, entonces va a tener dos problemas: la enfermedad autoinmune y la culpa de que se lo está fabricando. El paciente no tiene la autoinmunidad a propósito. No es culpable, aunque sí puede ser responsable, porque lo que le pasa puede tener que ver con lo que hace, con lo que elige. Pero la autoinmunidad es mucho más común de lo que parece: se trata de una reacción del organismo frente a algo que se vive como una agresión.

–¿Cómo identificar y asumir que uno tiene que salir de una situación que, por la razón que sea, le resulta agresiva?

–Hay que darse cuenta de que las cosas que a uno le pasan en la vida no son todas macetas que caen de un balcón, sino que siempre tenemos algo que ver con eso. Uno debería preguntarse: “¿Qué tiene que ver conmigo, con mi manera de vivir, con mis sentimientos y con mis vínculos esto que me está pasando?”. La aproximación psicoanalítica apunta a que uno sea sincero, recién ahí comienza el proceso de elaboración.

–En ese proceso es muy importante la palabra, ¿verdad?

–Tal cual. En la película De eso no se habla, de María Luisa Bemberg, una mujer decide no hablar del enanismo de su hija con la idea errónea de que, al dejar de nombrarlo, eso que duele va a desaparecer. Es un buen ejemplo de que cuando no se habla de un tema este no solo no desaparece, sino que se encadena a otros temas de los que tampoco se puede hablar. Hay familias que restringen todas sus conversaciones porque, como dicen los ingleses, “tienen un muerto en el placard” y llega un día en el que ya no se puede hablar de nada. Cuando eso ocurre, la única manera de sobrellevar los acontecimientos de la vida es dividirse en dos. Una parte que percibe la verdad traumática y la sufre, y otra parte que vive como si nada pasara. Lo psicosomático es una línea de corte y la manera de dividirse es llevar todo al cuerpo. En teoría, a vos no te pasa nada, pero tenés una enfermedad crónica que va cada vez peor.

–¿Por qué elegiste tender un puente entre el psicoanálisis y la Medicina?

–El objetivo de los psicoanalistas que trabajamos en enfermedades psicosomáticas es serles útiles a los médicos y que, en conjunto, podamos ayudar a los pacientes a crearles más bienestar, que es el objetivo final. En ese sentido, les debo mucho a mis padres: mi madre era dentista infantil y fue de las primeras profesionales del país en trabajar el miedo de los niños a través del juego para que sus primeras experiencias no fueran traumáticas. Ella introdujo el psicoanálisis en mi casa y luego tuve un tío que se formó para trabajar en psicosomáticas, que fue quien me inició en el tema. Cuando estaba en tercer año de Medicina empecé a hacer grupo de Freud y cuando me recibí ya era prácticamente psicoanalista. Así que hice toda la carrera con un enfoque humanístico y psicológico.

–¿Por qué decidiste investigar las emociones que se escriben en la piel?

–Cuando me recibí, hice la unidad hospitalaria en el Hospital Italiano y el tutor que nos repartió a los pacientes mandó a uno de mis compañeros a ver a alguien que tenía lepra y a mí a realizarle un examen físico a una mujer que ejercía la prostitución: quería mostrarnos cómo los prejuicios podían influir en el correcto diagnóstico médico. Ese hombre fue un verdadero maestro para mí. Y creo que debe haber influido aquel paciente con lepra en mi decisión de trabajar en el tema de la piel. Pero también el hecho de que los dermatólogos me proveían algo maravilloso: las fotos del antes y del después. Siempre se dice que una imagen vale más que mil palabras pero, para los psicoanalistas, es al revés. Ahora que, si las palabras y las imágenes juegan entre sí, ahí está la perfecta combinación psicosomática: lo que se escucha y lo que se ve.

–Hoy muchos sienten que lo que se ve es más importante que lo que se escucha…

–Sí, pareciera que la imagen es todo. Entonces, si debemos vernos perfectos, ¿qué hacemos con nuestros defectos, con nuestros errores, con lo que nos falta? No nos queda más remedio que escondernos detrás de una coraza. Nadie es infalible, hay muchas cosas imposibles y la imagen no lo es todo. El distanciamiento social y la prohibición de tocar están generando un predominio de lo visual por sobre lo táctil. Y entonces todo es pantalla, todo es redes sociales y el inconsciente es proyectado hacia afuera. El tocar y el ver se empiezan a confundir y uno cree que existe solo porque es visto. Como no se puede tocar ni hablar, se muestra, por eso hoy prevalecen los tatuajes y los piercings.

–En definitiva, siempre estamos buscando al otro. 

–Exactamente. Lo entendiste perfecto.

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