Sophia - Despliega el Alma

11 noviembre, 2021 | Por

Norma Morandini: “La Argentina necesita una indagación profunda, filosófica y humana”

La referente de derechos humanos nos abre las puertas de su casa y de su historia para ayudarnos a reflexionar acerca del difícil momento que estamos viviendo y la necesidad de buscar una salida allí donde la política no indaga: la compasión, la solidaridad, la espiritualidad y la empatía.


A sus 73 años, Norma Morandini sigue hablando y escribiendo para ayudar a crear conciencia colectiva. 

Por María Eugenia Sidoti

Cuando el pasado 17 de octubre, durante la Marcha por el Día de la Lealtad Peronista, un grupo de manifestantes caminó con desdén sobre las piedras que descansaban en la Playa de Mayo en homenaje a los muertos por covid en la Argentina, Norma Morandini, periodista, referente de los derechos humanos y exlegisladora nacional, sintió que el dolor le resultaba insoportable. No porque esa tragedia la hubiera tocado en carne propia, sino porque no podía dejar de ponerse en el lugar de aquellas personas que habían perdido un ser querido. Días más tarde, escribió una columna a la que tituló “Profanación”, donde plasmó su pesar y su estupor frente a la falta de empatía y la ausencia de recogimiento ante los rituales compartidos. Todavía le duele recordar esas imágenes, al evocarlas, sus ojos celestes se nublan.

La pandemia continúa. A pesar de los cuidados de rigor, que no cesan, esta mujer lúcida y sensible invita a una charla cara a cara. Con las ventanas del living abiertas de par en par (por donde se cuelan la luz de la mañana, el canto de los pájaros y el olor de la primavera), Norma sirve café y repasa junto a Sophia algunos de sus datos biográficos: nació en Córdoba en 1948, en el seno de una familia trabajadora y de chica soñaba con tener una biblioteca. No sabía que el destino le daría el paraíso de los libros, pero también el desgarro de perder a sus dos hermanos menores, Néstor y Cristina, detenidos-desaparecidos durante la última dictadura militar.

Sin embargo, no hay rencor en sus recuerdos. Por el contrario, eligió tomar otro camino, el más largo, en ese viaje interminable que es bucear a través del alma atormentada en busca de paz.

Durante su juventud, cuando volvió al país buscando dejar atrás la soledad del exilio. 

–Has transitado muchos dolores pero encontraste en este, que no te tocó tan de cerca, la necesidad de escribir sobre lo que ocurrió con las piedras que honran a las víctimas del covid. ¿Por qué?

–Porque me siento parte: he pasado por eso y sé que el sufrimiento nunca es ideológico. Por eso aprendí a desconfiar de los que gritan, porque el que realmente ha tenido un dolor profundo lo atraviesa en silencio y puede reconocer el dolor en otros. Me impresiona ver cómo eso se rompió entre nosotros. En esta pandemia se demostró que había una sola forma de resolver el problema, con vacunas, pero acá se estafó a las personas. A los voluntarios y a quienes esperaban sus dosis. No hay manera de no responsabilizar. Hubo mentiras, burlas. Y profanación. Si nos hubieran vacunado sin ideologizar, se habrían evitado muchas muertes. Alguien puede decir que es soberbio creer que se tiene ese poder sobre la vida, pero lo que sí debemos tener siempre es responsabilidad. Algo que el Estado no tuvo.

–Hablás del valor que sí tuvo el ritual de las piedras, te conmueve eso…

–Sí, porque esos gestos son los que crean comunidad: poder abrazarnos porque nos identificamos en el sufrimiento. En la medida que eso no esté, todo será más difícil. ¿Por qué no tenemos ceremonias compartidas? Cada grupo va con sus muertos a cuestas porque quienes nos gobiernan nunca han impulsado la integración. Al contrario, nos han separado.

–¿Por qué creés que ocurre eso?

–Porque no hay una autoridad que nos convoque al silencio. Los gritos e insultos son la primera profanación. Se necesita silencio para conectar con el dolor propio y ajeno. Eso me parece lo más lastimado entre nosotros. Hablamos de números, no de personas. Y no hay nada que haya hecho más superflua a la vida que las cifras. Durante la pandemia, cada mañana nos daban el número de muertos como si se tratara de la temperatura. Y entonces se pierden los símbolos, se los vacía, se cancela lo humano.

“No hay una autoridad que nos convoque al silencio. Los gritos e insultos son la primera profanación”.

–¿Cuál es la lectura de esa pérdida simbólica?

–Que nuestras instituciones son débiles. Por un lado, hay ciudadanía. Pero no se trata de cortar las calles, acá hay una falsa idea de creer que el que gana la calle es el que tiene poder, cuando no es así. En una democracia, los ciudadanos se movilizan voluntariamente, como pasó con los padres que defendieron la educación de sus hijos. La misma simbología de la piedra está mostrando comunidad. Hay una comunidad de argentinos movilizados a los que nadie acarreó ni recibieron nada a cambio. Del otro lado, por el contrario, hay dogma.

–¿Cómo te hace sentir todo esto que estamos viviendo?

–Trato de no enojarme, porque cuando me enojo gana el otro. Ver a los jóvenes repitiendo como loros las consignas que aprendieron me da pena, porque se pierden la posibilidad de pensar por ellos mismos. Y cuando uno no piensa por sí mismo pierde la capacidad de discernimiento. Me impresionan el culto a la personalidad, la falta de empatía, los privilegios. Por eso creo que la Argentina necesita, ante todo, una indagación profunda, filosófica y humana.

Un largo recorrido de vida

Durante la charla enseguida aparece Rosa, su mamá, esa mujer que luchó sin descanso para saber qué había pasado con dos de sus hijos anudándose un pañuelo blanco en la cabeza. Un ritual compartido con otras madres que nunca dejaba de ser a la vez triste, solitario y secreto. “Mi madre fue una figura muy importante, que no cruzó de la plaza al palacio de gobierno para recibir sus favores. Las Madres deberían ser homenajeadas por toda la sociedad, pero no tendrían que ser utilizadas por un partido para llevar a cabo sus ideas. Eso también es una estafa. Ella decía una cosa muy sabia: ‘Cuidado, ya empezaron los discursos’. Los insultos hicieron que el poder del silencio pierda fuerza. Llevo años de mi vida entre personas lastimadas y sé que quienes sufren no gritan”, destaca sentada en un amplio sillón, mientras comparte que, hoy jubilada, trabaja en un nuevo libro acerca del enorme valor que tiene silencio. 

Unos metros más allá, sobre una mesa, se encuentran los portarretratos de sus imágenes más queridas. Hay muchas, pero es fácil reconocer a su madre, que lleva el emblemático pañuelo, y a sus hermanos. Y también, en el centro de todas las fotos, está Iván, su único hijo, que vive en España y al que visita cada vez que puede. “No es fácil el destierro, uno se siente muy solo”, reconoce Norma que vivió en el exilio en España y Portugal hasta entrada la democracia. Pero dice que, en esos tiempos de oscuridad, el periodismo la salvó y las palabras fueron lumbre para encender su espíritu. Durante aquellos años, colaboró con distintos medios nacionales y extranjeros y escribió decenas de libros.

Pero, sin duda, cubrir el Juicio a las Juntas para el diario brasileño O Globo fue su trabajo más movilizante. “Eso marcó un antes y un después para mí. Los Falcon todavía estacionaban en la puerta de los tribunales, había mucho miedo y nunca sabíamos en quién podíamos confiar. Veinte años después de eso tuve la necesidad de escribir un libro”, comparte. Recién en 2012 logró publicar De la culpa al perdón: Cómo construir una convivencia democrática sobre las intolerancias del pasado (Sudamericana), un relato en primera persona que invita a asumir las responsabilidades del pasado y así liberar a las nuevas generaciones de la herencia de rencor y venganza.

“Me impresionan el culto a la personalidad, la falta de empatía, los privilegios. Por eso creo que la Argentina necesita, ante todo, una indagación profunda, filosófica y humana”.

Nació en Córdoba y estudió medicina, psicología y periodismo. En 1976 se mudó a Buenos Aires, donde trabajó como periodista. El secuestro de sus hermanos la expulsó al exilio: vivió en Portugal y en España. Al regresar a la Argentina cubrió el histórico Juicio a las Juntas y se involucró en la defensa de los Derechos Humanos. Condujo programas de televisión y escribió varios ensayos. Tras la debacle institucional de 2001, cambió la pluma por la tribuna de legisladora. Fue diputada entre 2005 y 2009 y senadora hasta 2015. En 2010 recibió la Pluma de Honor otorgada por la Academia Nacional del Periodista.

–Usar la palabra “perdón” en un libro sobre aquella época habrá tenido un costo…

–No sabés cómo me vapulearon por usarla, me acusaron de traición y ninguna editorial lo quería publicar. Tuve que esperar diez años para poder editarlo. ¿Por qué? Porque le tienen miedo a las organizaciones que se han apropiado de los derechos humanos, nadie las quiere cuestionar. A Estela de Carlotto, que decía que yo promovía el fin de los juicios, nunca salí a corresponderle porque respeto su lucha. Pero ella no es un tribunal y no acepto ser juzgada ni por ella ni por nadie. ¿Quién puede arrogarse el poder de decidir cuándo perdonar o cuándo no? El perdón es algo íntimo y solo uno, internamente, puede alcanzarlo. Sin embargo, la reconciliación es una aspiración mayor y por eso creo que las generaciones nuevas no pueden seguir con los enfrentamientos del pasado.

–¿Te dolió que te criticaran otros familiares de desaparecidos?

–No. Me advierte mucho sobre el otro, más que sobre mí. Y me sirve como espejo. En mi vida, las Madres de Plaza de Mayo siempre serán lo que han sido, pero no les pongo nombre propio, el pañuelo las trasciende. Con el tiempo, los organismos se llenaron de militantes ideológicos. Mi madre se enojaba mucho porque esas personas iban cooptando las organizaciones que ellas habían fundado.

–¿Por qué creés que nos cuesta ver las contradicciones de los relatos?

–Porque creo que hay mucha culpa. En Alemania, los símbolos del Holocausto no se le han dado a la política y se han contabilizado los muertos debidamente a través de comisiones interdisciplinarias. Acá, en cambio, no existen las certezas porque todo fue clandestino. ¿Cómo no convocar a una comisión para que se establezca el número real de muertos? Por culpa, han dejado ese papel a los organismos de derechos humanos.

–Culpa…

–Sí, porque los totalitarismos te encierran y pasás a tener una experiencia de soledad, de miedo, de desconfianza y así no construís comunidad. Entonces, cuando veo gente de mi generación repitiendo cosas de los 70, no pongo en duda ese sentimiento, pero sí creo que sienten culpa. Lo he visto. Mi madre siempre contaba que, cuando fueron a declarar ante OEA, como era el campeonato de fútbol juvenil en Japón y los relatores decían que se hacían campañas contra la Argentina, algunos adolescentes pasaban y las insultaban. Desde entonces, siempre me pregunto: ¿Qué edad tienen hoy esos chiquilines? ¿Qué sintieron al saber lo que había pasado realmente? Sentir culpa es, ante todo, hacerse responsable.

–¿Qué tipo de respuestas creés que necesitamos?

–Necesitamos respuestas morales. Por lo menos, indagarnos. Creo que hace falta paciencia, esperar a que se vaya la ira. Mientras tanto, yo puedo dar otra versión, desde mi experiencia, porque la memoria es un hecho plural y no son solo algunas personas que han sufrido las que nos dicen al resto lo que pasó. Cada uno tiene derecho a construir su propia memoria y a ser honesto para participarla y construir así una memoria colectiva. Cuando hicimos el Nunca Más, hubo un consenso que después se rompió. ¿Y los intelectuales? No se han animado a ir más allá, reconstruyeron lo que pasó, pero no se preguntaron por qué nos pasó. Y cuando estábamos listos para hacernos esa pregunta, a fines de los 90, llegó la crisis y se ideologizó todo, cancelando la reflexión moral.

–¿Cuál sería esa reflexión?

–Son preguntas. ¿Cómo puede ser que un chico criado en un hogar de clase media haya sentido que era legítimo tomar un arma para hacer acá la revolución socialista? ¿Por qué un joven que entraba a la Marina, que era la élite de las Fuerzas Armadas, con su ilusión de ir por el mundo, terminó siendo un asesino? No hay respuestas posibles si no las formulamos.

–A pesar tus tristezas, ¿qué le agradecés a la vida?

–Le agradezco no haberme resentido. Porque veo que la gente que se queda en la revancha o en la venganza, se enferma. Ni siquiera me he animado a poner un rostro al que endilgarle mi pena. Por el contrario, he tratado de reconstruir, de ser solidaria. Para escribir sobre el silencio recurrí a dos libros de sobrevivientes y a través de ellos me acerqué a la intimidad de mis hermanos en la ESMA. Ahí descubrí que montaron una unidad básica y que Massera, que quería ser el nuevo Perón, se sirvió de los detenidos. Tengo compasión por ellos, no podría juzgarlos. Pero que no se erijan héroes ni atenúen la responsabilidad que tuvo ese pacto que se firmó en otro lado. Mis hermanos no pudieron negociar y yo tengo derecho a preguntarme por qué ellos no sobrevivieron. Es algo muy doloroso.

–¿Qué es lo más doloroso?

–La mentira. Por eso estoy sensible a estas manipulaciones que nos siguen ocurriendo. Yo fui muy crítica del museo de la ESMA porque se hizo sin consultar. Los mismos sobrevivientes que estaban en el instituto que construyó Espacio Memoria, que nació de manera plural, no escucharon las objeciones y se les dio dinero sin haber firmado un convenio. Es absurdo que se llame ex ESMA. Nadie dice Ex Auschwitz. La mejor forma de honrar a nuestros familiares es recordarlos con vida, no hacer asados donde estuvieron detenidos. La dictadura ha sido una tragedia colectiva que solo se resignifica con la democracia. Después, de manera personal, cada uno hace su propio ritual.

“La tragedia de la Argentina es que los Kirchner cancelaron la historia impidiendo evolucionar de manera colectiva, porque se apropiaron e ideologizaron símbolos que son de todos. Yo creo que ese ha sido el daño mayor.”.

–¿Cómo lograste sanar?

–Hice un trabajo espiritual, no desde una religión, sino desde la certeza de que el espíritu es más fuerte que el cuerpo y que la vida es lo trascendente, que somos parte de un misterio y todos estamos unidos. Me han pasado infinidad de cosas que trascienden la razón. Pero no salí a buscar ese camino, me encontró. Cuando uno está en un momento de mucha oscuridad la espiritualidad es necesaria. Yo era una persona de la razón, una pesada que siempre hablaba de lo mismo, porque vivía atormentada. Ahora también hablo de mis hermanos, pero desde otro lugar, porque pude transformar ese sufrimiento en algo más. Eso me abrió a pensar de otra manera. A veces uno acusa a la ideología porque “lava el cerebro”. Bueno, yo hice exactamente eso: me lavé el cerebro de todas las cosas que había creído.

“El perdón es algo íntimo y solo uno, internamente, puede alcanzarlo. Sin embargo, la reconciliación es una aspiración mayor y por eso creo que las generaciones nuevas no pueden seguir con los enfrentamientos del pasado”.

De chica soñaba con tener una gran biblioteca como la que hoy ocupa un lugar central en su casa. 

–¿Por ejemplo?

–La soberbia de pensar que teníamos la razón, de creer que se podía hacer una revolución en un país que no tenía pobreza, cuando la vida nos fue mostrando que las revoluciones terminaron en pesadillas totalitarias. Desde muy chica leí cosas sobre la Unión Soviética y la Revolución Francesa y hoy sé que lo único que hay es evolución. La tragedia de la Argentina es que los Kirchner cancelaron la historia impidiendo evolucionar de manera colectiva, porque se apropiaron e ideologizaron símbolos que son de todos. Yo creo que ese ha sido el daño mayor.

–¿Qué valores necesitamos rescatar?

–La compasión, la solidaridad, la empatía, que no son valores relevantes para la política, cuando deberían serlo. Es una pena cómo la ideología nos priva de la aventura humana, a la vida hay que honrarla. En cambio, cuando armás un relato, te alejás de la riqueza del encuentro con los demás. Eso me parece que es lo que hay entre nosotros: mucha banalidad. Acá es más importante lo que decís que lo que hacés, cuando es tomando conciencia sobre lo que uno hace lo que nos ayuda a vivir de una manera más verdadera.

–¿Qué es para vos lo espiritual?

–La verdad que uno intuye, que es anterior a la razón. Lo espiritual es darte cuenta de la necesidad de aquietar la mente, porque lo que construye sufrimiento es el pensamiento. Los maestros espirituales dicen que lo único que tenemos es el ahora, el momento en el que estamos totalmente, sin pensar en lo que hicimos ni en lo que estamos por hacer. Si lo llevás al terreno colectivo, sería la conciencia. Por eso, hasta que los argentinos no tomemos conciencia de lo que nos ha pasado vamos a seguir proyectando maldad, desencuentro y sufrimiento. Vamos a seguir lastimando al otro involuntariamente, cometiendo injusticias. Me impresiona ver cómo nos tratamos y esa es una construcción que hacemos con la cabeza. El daño que se está haciendo es muy triste.

–¿Sentís que hay un despertar colectivo?

–Hay indicios. Lo que pasa en Twitter es muy importante. Hay gente joven que no cree en el discurso de este gobierno, porque ve que el tema de los derechos humanos y las cuestiones de género se usaron como un chantaje emocional. Eso nos falta, hacernos cargo de cómo hemos tolerado la mentira y el silencio de tanta cosa callada, de tanta corrupción y falta de justicia. Sin embargo, mientras unos pocos gritan, hay una nueva corriente de personas que hablan de lo espiritual, de lo colaborativo y aunque todavía no se animan a hacerlo en voz alta, son muchas. Ya no me importa que me consideren una “predicadora cívica”, es lo que soy, porque creo realmente que los derechos humanos son una religión laica que ponen en el centro lo que hay que proteger: la vida.

–¿Qué tenemos las mujeres para aportar a ese movimiento?

–Ahora hay muchas mujeres en la política, como nunca las hubo. Y sin embargo, sigue en el banquillo de los acusados, está sospechada y desprestigiada. Entonces, ¿qué le aportamos las mujeres a la política? No le hemos dado prestigio. Somos más, pero sobreviven las dinastías políticas feudales: esposas, amantes y dedos masculinos que designan. No quiero ser injusta, en el medio también hay muchísimas que se destacan. Pero son dos modelos que no terminan de cuajar. Hoy todavía es más fuerte la viuda, la mujer que nace de una costilla masculina poderosa. Hay paridad, pero no hemos mejorado la política. No digo que sea una función de las mujeres, lo que digo es que nosotras somos las que podemos hacer la diferencia. Si nosotras no podemos tener compasión y ser solidarias, volvamos a criar a los hijos. Lo digo con cinismo, porque el sacrificio de la mujer que va a la política o a la empresa es doble, hay mucho sufrimiento.

–¿Qué atesorás de la niña y de la joven que fuiste?

–La rebeldía. Pero cada vez se me hace más fuerte la gratitud. Crecí en un hogar sin libros, de padres amorosos, pero sin biblioteca. Mi papá era empleado del ferrocarril y mi madre, que estaba en la casa, nos crio con enorme libertad, mandándonos a tomar clases de todo. Imaginate, ella nació en un hogar árabe, ni siquiera la dejaron estudiar. Mi primera rebeldía fue con eso, con la parte árabe. Yo siempre digo que me hice feminista porque mi abuela le servía más keppe crudo a mis primos varones que a mí, que me encanta. Recuerdo el guardapolvo blanco, iba a la escuela pública y estudiaba con la hija de un juez de paz que era muy exigente. En esa casa vi por primera vez una biblioteca inmensa y quedé fascinada. Eso es lo que me maravilla de la vida, que yo nunca me hubiera imaginado adonde me trajo.

“Nos falta hacernos cargo de cómo hemos tolerado la mentira y el silencio de tanta cosa callada, de tanta corrupción y falta de justicia. Sin embargo, mientras unos pocos gritan, hay una nueva corriente de personas que hablan de lo espiritual, de lo colaborativo y aunque todavía no se animan a hacerlo en voz alta, son muchas”.

–Te emociona eso…

–Sí, porque la emoción es conectar con la vida. Poder abrirte a los otros es hermoso. Cuando fui a la ESMA el chico del remise me reconoció y al bajar del auto me abrazó. ¿Sabés cómo se llamaba? Néstor, como mi hermano. Cuando te pasan esas cosas no tenés cómo ser soberbia. Y vivís más tranquila. No tengo sentimientos contra Cristina Fernández, solo estoy en contra de su concepción política, económica y de vida. Pero he aprendido, aunque no totalmente, a no juzgar a las personas. Y no es porque no tenga una opinión. Eso me hace vivir muy bien conmigo.

–¿Qué pensás cada noche antes de irte a dormir?

–Pienso que estoy en paz con el camino que elegí, pero nunca me dije “no me voy a traicionar”, hice lo que pude, fui viviendo. Y sí, uno siempre tiene contradicciones, eso también forma parte de la vida. Lo que hago ahora es ver una película antes de acostarme: creo que el arte llega más a la verdad que cualquier discurso político.

“Cada uno tiene derecho a construir su propia memoria y a ser honesto para participarla y construir así una memoria colectiva”.

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