Sophia - Despliega el Alma

14 diciembre, 2020 | Por

Mercedes Resch: “El silencio es parte fundamental de la palabra”

Escribe poesía y hace cuadros pero no se siente cómoda con la denominación de “artista”. También lleva adelante una pulpería/boliche/peña/espacio de cultura en Cura Malal, un pueblo con menos de cien habitantes en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Y tiene una sonrisa que hace acordar al sol...

Por Lola López 

En las paredes de la pulpería cuelgan unos ¿fierros? enmarcados. Sí, son fierros (herrumbrados y encontrados por el campo) que componen una secuencia, que a la vez integran una obra artística completa. La autora es Mercedes Resch, que se mudó a Buenos Aires para estudiar en la escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y luego decidió volver a vivir a Cura Malal, su lugar de origen, un pueblo con pocos habitantes que pertenece al partido de Coronel Suárez, ubicado a 550 kilómetros del Obelisco.

Mercedes es hija de Reimunda Silvera y José Resch, y es la novena de diez hermanos. Con su voz suave cuenta que, en un pueblo, la vida cotidiana está atravesada por la naturaleza, el encuentro con el horizonte, el despertar con los pájaros y el clima que condiciona los días (el paisaje no se vivencia igual con lluvia, con calor o con el frío que pide fuego). También, recalca, se vive en un contacto pleno con los animales como compañía y necesidad.

–¿De niña acompañabas a tu madre a pastorear el ganado?

–Sí, con frecuencia. Reimunda tuvo siempre unas vaquitas y ese fue el sustento de sus diez hijos, sobre todo en las épocas difíciles y de mucha necesidad. Ante la dificultad económica en algunas temporadas donde mi padre no tenía trabajo, se podía vender un animal para alimentar a la familia. Y en las buenas épocas, esas vacas eran ordeñadas y daban una leche tibia con espuma blanca que fue nuestro alimento de todas las mañanas.

Así era (es) la vida en el campo: la armonía y el equilibrio mezclado con la necesidad de cubrir lo básico para poder vivir dependía, sobre todo, de lo que la naturaleza ofrecía… Pero había que trabajar. Por eso su madre sostenía la rutina diaria de despertarse muy temprano para ordeñar “la lechera” en un tiempo donde todas las familias eran muy numerosas y la mayoría subsistía con el trabajo rural de cada padre de familia.

Un viaje de ida y vuelta

Luego de terminar la escuela secundaria Mercedes fue a formarse artísticamente a Buenos Aires y a fines del 2003 retornó, en pareja, a Cura Malal. Durante los primeros años se dedicaron arreglar la casa que compró con sus ahorros (que a su vez era el “boliche” del pueblo) y a “hacerla habitable“, como dice. Así que los días se construían sobre la base de una nueva vida cotidiana: hachar leña para el fuego, levantar paredes, hacer huerta y arreglar todo lo que el tiempo había roto. Poca energía quedaba para el arte que le habían enseñado en la academia.

Hacia 2007, Mercedes se quedó sola en su casa y tuvo que ponerse a pensar cómo seguir, para dónde rumbear, en su nueva condición. Ese momento bisagra fue el germen de lo que hoy es La Tranca de Cura Malal, una pulpería/almacén que también es residencia de artistas y lugar de peñas.

–¿Dónde encontraste inspiración para crear la pulpería?

–En mi infancia hacía las compras con libreta en el boliche que estaba ubicado a la vuelta de la esquina de mi casa. En ese lugar no solo se podía comprar lo necesario para la vida, sino también tomar una copa de vino, jugar a las cartas, charlar, comentar lo sucedido en la semana. Ese boliche, llamado “Lo de Leonhardt”, es hoy mi casa, taller, espacio de arte y pulpería llamado La Tranca, un proyecto con el que soñé durante muchos años.

–¿Cómo fue el proceso?

–Sin saber bien cuál era el camino, me planté en lo único que tenía: un techo que era el viejo boliche de Leonhardt y unas pocas horas de trabajo como docente en la escuela del pueblo. De esta manera fui construyendo lazos con lo comunitario, con la idea del arte como vida. Pero yo aún tenía una pregunta que me rondaba todo el tiempo…

Lo que se preguntaba Mercedes era cómo podía hacer para que el arte no quedara solo en su obra, sino que pudiera abrirse a algo más comunitario. Así fue que empezó a generar otros lazos para encontrar nuevas redes de socialización. En esa búsqueda surgió una invitación para sumarse a un grupo de turismo rural del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), que agrupa a un buen número de productores agropecuarios que ofrecen actividades de turismo como complemento de su economía familiar, y al cual La Tranca pertenece hasta hoy.

Otra parte muy importante de lo que ofrece Mercedes es el hospedaje rural llamado “El Gallinero” (un lugar sencillo, hermoso, donde se pueden alojar hasta tres personas), que se inauguró por necesidad de dar cobijo a artistas y amigos, y luego se abrió a otras personas. Allí se han hospedado artistas y escritores que buscan inspiración y tranquilidad para producir o, simplemente, para descansar.

–¿Cómo te las arreglaste material y espiritualmente para poner la pulpería en funcionamiento?

–Nunca planifico demasiado. Sueño un proyecto y me pongo a realizarlo. Con pocos recursos, con muchas ganas, con mis manos y las de muchas almas generosas, la familia y los amigos; esa es la receta. Corral de Piedra (Cura Malal en lengua originaria) es el nombre del proyecto general que da cobijo a todos los sueños: el hospedaje, la pulpería, el taller de arte, el hogar, las ediciones en papel, el archivo, el patio de baile, el encuentro en cada taller con los niños del pueblo y, sobre todo, con el arte.

–¿Cómo es tu vida en La Tranca?

–En general me despierto muy temprano y sin ningún plan riguroso. Trabajo mucho y todo el tiempo. Sobre cada mesa, en cada lugar hay un plan, una tarea que me espera. Soy alguien que tiene muchos proyectos abiertos y en ejecución al mismo tiempo. Todo se va construyendo a la par. En lo único que cuido el horario y respeto pautas es en la tarea como docente. Soy profe de plástica y arte en varias escuelas secundarias del distrito y maestra de plástica en la escuela primaria de Cura Malal.

Mercedes sonríe y hace una pausa antes de seguir. Dice que de chica quería vivir muchas vidas, ser muchas cosas a la vez y que encontraba que ser mujer era un condicionante para lograrlo. En su infancia era el hombre el que estaba en acción y, en general, las mujeres eran seres anónimos a quienes no se veía en la calle porque se ocupaban del hogar y de la cocina. A la vez, comparte, tuvo la suerte de tener una abuela y una madre que eran mujeres de acción: “Reimunda fue un ejemplo que me marcó –reflexiona–. Su fuerza y fortaleza para enfrentar una vida difícil, con condiciones adversas, eran admirables. Mi madre era una persona que le abría la puerta a todo el mundo y sus palabras fortalecían cualquier espíritu roto”.

–¿Entonces Corral de Piedra te permite dar lugar a todas esas vidas que querías?

–Exactamente eso es este proyecto para mí.  Aquí no tengo fronteras ni límites: me permito escribir, aunque nunca me formé en ese campo, y los viernes a la noche, cuando la pulpería La Tranca abre sus puertas al caer el sol, cambia mi actividad y me transformo en cocinera y cantinera junto al compañero de proyecto Marcelo Morel.

–¿Cómo son esas peñas?

–La noche no se planifica, es el azar y cada encuentro se construye con cada parroquiano. Son ellos los que entran a escena y son los protagonistas de la noche. Hay veces que surge la música y el baile, otros son encuentros de largas charlas, de juegos de carta. Otras veces suceden presentación de libros, encuentros de poesía, obras de títeres en el marco de la pulpería. Y luego la noche transcurre con el pulso propio de los asistentes.

Mercedes destaca la importancia de la docencia como el eje de sus días, una actividad que comenzó a “abrazar tímida y lentamente”, dice, y de la cual se enamoró al encontrar en la tarea con niñas, niños y jóvenes una gran experiencia de vida. También, el lugar que ocupan los proyectos comunitarios “donde todo se puede construir con la suma de muchas manos” y menciona la agrupación folklórica “La Tranca”, que junto al profesor Hugo Sein reúne a más de 35 bailarines de la región y el trabajo colectivo del Proyecto Hermosura junto a las docentes y artistas Verónica Suanno y Nilda Rosemberg, donde se fusionan la poesía y el documental.

–¿Qué es la poesía para vos? ¿Y la naturaleza?

–La naturaleza es poesía y ella siempre estuvo a mano, en el contorno del horizonte y en el silencio, que es un gran aliado.  El silencio es parte fundamental de la palabra. Y en Cura Malal el silencio fue una de mis mayores riquezas, porque la poesía es palabra, es imagen, es silencio.

Fotos: Lola López y archivo personal Mercedes Resch. 

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