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23 agosto, 2022 | Por

Mercedes Canle: «Hay que observar a los hijos y saber que ellos también nos observan»

La especialista en niñas y niños con discapacidad auditiva y en trastorno del espectro autista nos cuenta cómo su dedicación influyó en su hijo, Mateo Salvatto, creador de la aplicación "Háblalo", a través de la cual se comunican miles de personas, entre ellas el exsenador Esteban Bullrich.


Por Luciana Tixi

Mercedes Canle tiene 55 años, está casada desde los 19 y tiene dos hijos, Augusto y Mateo. Con su voz jovial y clara nos cuenta acerca de su carrera. Lo hace como si fuera un cuento épico, y es que razones tiene, porque su trayectoria profesional como profesora de sordos estuvo marcada por una pelea incesante por cambiar la forma de concebir la enseñanza a las personas sordas; por cambiar la forma en que se las “incluía”. 

La historia de Mercedes es también la de una mujer que se casó y fue mamá muy joven pero, aun así, logró seguir el llamado de una vocación y convertirse en una profesional reconocida en su ámbito, sosteniendo un sutil equilibrio entre la maternidad y la profesión. Su ejemplo de tesón y compromiso por su tarea fue inspirador para sus hijos, hoy destacados profesionales cada uno en su ámbito, Augusto escritor y asesor de empresas, y Mateo, creador de Háblalo, la aplicación que permitió al ex senador Esteban Bullrich comunicarse luego de su diagnóstico de ELA. 

Mateo Salvatto y Esteban Bullrich durante el festival «La vida es hoy» para recaudar fondos en la lucha contra la ELA. Foto: Instagram @mateons

«¿Qué me incentivó a crear ‘Háblalo’? El trabajo incansable de mi mamá por mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad. Como fanático de la tecnología, simplemente no me entraba en la cabeza cómo la humanidad era capaz de poner un robot autónomo en Marte, pero un sordo no podía hacer una denuncia o una consulta médica», expresó Mateo el año pasado en una charla del banco Santander. Por eso, quisimos conocer a la mujer que, con su ejemplo, sembró el germen de uno de los desarrollos tecnológicos más importantes del último tiempo en materia de inclusión en nuestro país.

Junto a su esposo y sus dos hijos durante unas de las últimas vacaciones familiares. 

—Mercedes, nos gustaría conocer tu historia de vida, ¿cómo fue que te decidiste a estudiar profesorado para sordos, que te convertiste en intérprete de lengua de señas? 

—La carrera de profesora especial para sordos fue la primera que hice. En realidad yo quería estudiar Medicina, me gustaba mucho el contacto con la gente y las patologías. Pero mi marido me propuso casamiento muy joven, y a los diecinueve años me casé. Para mí la familia era lo principal y la carrera de medicina requería mucho tiempo y mucha entrega, no la encontraba compatible. Entonces, una vez, hablando con una mujer que había sido profesora mía, ella me sugirió esta carrera, me dijo que yo tenía pasta para este tipo de trabajos que tenían que ver con ayudar a otros, a las personas discapacitadas. Así fue que me metí en este tema y me fascinó, me encantó estudiar la carrera y después ejercerla. 

—¿Cómo fueron tus primeros años ejerciendo la carrera?

—En el momento en el que me recibí, en los institutos de enseñanza para sordos estaba prácticamente prohibido usar la lengua de señas. La idea establecida era que como ellos vivían en una comunidad hablante, tenían que aprender a hablar para comunicarse. A mí me parecía un error esa postura, porque es como si uno le pidiera a un ciego que leyera un cartel: no puede, hay una imposibilidad real. Entonces empecé a usarla un poco a escondidas.

—¿Y qué ocurrió entonces?

—Un día una directora entró al aula donde estaba dando clase y me vio explicando el sistema solar con señas. Todos los chicos y chicas estaban muy atentos. Y se quedó pasmada, porque en general cuesta mucho que se interesen y presten atención. Así, de a poco me fui haciendo conocida como la profesora que usaba el lengua de señas. Obviamente con mucha resistencia y muchas pujas de poder, porque al ir contra la corriente, siempre me quisieron correr del instituto. Sin embargo insistí y así me fui integrando a la comunidad de ellos, de los sordos, que es una comunidad muy aislada, muy sufrida. Y desde ahí empecé a buscar que ellos pudieran ser protagonistas de su educación, y  con los años pude ver que algunas personas sordas se convertían en profesores. 

—¿Cómo es la situación de la comunidad sorda en nuestro país? 

—La comunidad sorda es un grupo muy aislado y, como decía, sufrido, porque es una discapacidad que no se ve. Para empezar, hasta hace algunos años la educación apuntaba a una “reeducación”, buscaban que la persona sorda hablara. Las personas sordas sufrían una especie de castigo por su condición, no se les dejaba utilizar la lengua de señas y ellos lo fueron desarrollando solos. Cuando yo empecé había internados separados para mujeres y varones, y las lenguas de señas eran distintos en cada uno. 

—¿Cómo estamos respecto de su inclusión?

—La verdad es que no estamos muy bien. Reconozco que hemos avanzado bastante, porque cuando yo empecé la gente no tenía idea de que existía siquiera el profesorado para sordos; la discapacidad en general y la auditiva en especial eran invisibles. Y hoy tampoco son temas que le importen a la sociedad. No hay un intento real por integrarlos, entonces las personas sordas son desconfiadas, porque sienten que se pueden estar riendo de ellas, o hablando mal de ellas, porque no saben lo que está pasando a nivel de la conversación. 

—¿Y en cuanto a la educación?

—Respecto de la educación para la comunidad sorda, en general las condiciones y el abordaje son bastante malos. Solo en capital y en algunas partes de la provincia de Buenos Aires hay escuelas especializadas según la discapacidad, en el interior las escuelas toman a personas con distintas discapacidades. Un avance importante es el del estudio de las otoemisiones al nacer, pero el problema es que no todos los hospitales tienen el aparato y mucha gente, sobre todo gente más carenciada, no sabe que existe este estudio y no lo reclama.

La educadora en plena tarea de enseñanza, rompiendo barreras y tendiendo puentes. 

—De alguna manera vos también fuiste una emprendedora, como tus hijos. 

—Claro, mirándolos a ellos, a mis hijos, veo que a mi manera yo también fui una emprendedora. A partir de esa experiencia en el instituto muchas veces me llamaban como intérprete para que tradujera a personas sordas en distintas situaciones. En los años en que el SIDA era una enfermedad frecuente me llamaban para que tradujera medidas de prevención a los sordos, trabajé en zonas carenciadas, me convertí un poco en la intérprete a la que llamaban cuando había que entender a una persona sorda. Una vez me vinieron a buscar a casa porque había una señora en la comisaría y no entendían lo que quería decir. El tema era que le habían llevado el auto, pero a los policías ni siquiera se les había ocurrido ofrecerle una birome para que escribiera lo que necesitaba. 

Los hermanos Mateo y Augusto Salvatto acaban de publicar el libro La batalla del futuro, del que donarán parte de lo recaudado a la inclusión de personas con discapacidad. 

—¿Cómo compatibilizabas este trabajo, que debe haber sido muy demandante, con los hijos chiquitos?

—Siempre fui de llevarlos al trabajo conmigo. Por ahí iba con el corralito y los tenía al lado mío mientras daba clases. Ya cuando eran más grandes, en casa yo hablaba mucho de lo que me pasaba en el trabajo, eran partícipes de mi batalla para que se enseñara con lengua de señas. Los chicos también veían cómo me buscaban para hacer de traductora entre personas sordas y oyentes, en varias situaciones en las que no se podían comunicar, como cuando tenían que ir al médico, por ejemplo. 

—En sus charlas, cada vez que cuenta sobre “Háblalo”, Mateo dice que vos fuiste una gran inspiración para él. ¿Qué crees que lo ayudó a convertirse en el emprendedor que es hoy?

—La verdad es que no creo que haya hecho nada especial. Sí, soy de la idea de que hay que mirar mucho a los hijos para darse cuenta de cuáles son sus intereses singulares, sus necesidades específicas. Cuando nació Mateo puse en práctica las mismas estrategias que tenía con Agu para hacerlo dormir: me lo pegaba al cuello y ahí lo arrullaba. Pero Mateo se movía mucho y me marcó que él prefería dormir de otra manera, entonces lo alzaba más suelto y así sí se dormía. Uno aprende que cada hijo es distinto y necesita distintas cosas. Entonces, por un lado hay que observarlos y, por el otro, saber que ellos nos están observando a nosotros, somos un modelo para ellos. Mis hijos vivieron en un ambiente donde la solidaridad estuvo siempre presente, vivíamos tratando de ayudar a las personas sordas. Pero no creo que haya hecho esto con un fin determinado, buscando que mis hijos fueran emprendedores, eso es mérito de ellos. 

—¿A medida que Mateo crecía hubo indicios de que se convertiría en un emprendedor con estas características? 

—Creo que sí. Mateo siempre me sorprendió, desde bebé. Siempre marcó muy claramente lo que le gustaba y lo que no. A diferencia del hermano mayor, al que yo siempre leía cuentos, él no tenía paciencia y quería terminarlos para ver qué había en la última página. Le encantaba jugar con herramientas, con bloques, tornillos. A veces me pedía que le desarmara una caja y si yo no podía, él me mostraba cómo hacerlo. Le encantaba estar con gente más grande, no se sentía muy cómodo con los chicos de su edad. En quinto grado decidió que iba a ir al colegio ORT: habíamos pasado algunas veces por ahí y estaba fascinado. Nosotros lo desalentamos un poco, porque pensamos que era muy exigente y que era una pena que no terminara la primaria con sus amigos. Pero él estaba muy determinado, se preparó y lo logró. Ahí se empezó a entusiasmar mucho con la robótica y acompañaba a los más grandes como ayudante a las competencias. Él estaba decidido a ser campeón de la Argentina para poder irse a Israel a competir. Yo trataba de bajarle las expectativas, pero un día lo escuché gritar “¡Me voy!” y sí, había sido seleccionado para ir a la competencia de robótica en Israel, donde salió campeón también.

—Si tuvieras que describir a Mateo, ¿qué dirías?

—Diría que es un “golpea puertas” incansable. Una vez, cuando todavía había no terminado el secundario, se le ocurrió que iba a trabajar en Microsoft. Un amigo le comentó que un profesor de los chicos más grandes trabajaba ahí. Mateo iba todos los días a tocarle la puerta, lo perseguía porque quería hablarle. Hasta que el profesor tuvo que darle bolilla. Así es Mateo, persistente, pero también muy atento al entorno. Muy sensible a la gente que tiene alrededor. 

Mercedes junto a sus dos hijos: a la izquierda con Mateo y a la derecha con Augusto. 

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