Sophia - Despliega el Alma

9 junio, 2021 | Por

Mario Quintana: “Estamos enfermos en nuestra relación con el poder”

Una charla profunda con el ex Vicejefe de Gabinete del gobierno de Mauricio Macri y creador de la cadena Farmacity para ahondar en sus reflexiones sobre el sentido de la vida y la necesidad que tenemos los seres humanos de transformarnos y dejar en el mundo nuestra huella.

Mario Quintana recibió a Sophia en Capilla del Señor, donde incuba una vida en comunidad junto a su mujer.

Por Carolina Cattaneo

Por Whatsapp, Mario Quintana (54) dice que prefiere una entrevista personal a una llamada telefónica. Para ir al encuentro con él, padre de tres hijos, empresario, ex Vicejefe de Gabinete del Gobierno Nacional durante la presidencia de Mauricio Macri, habrá que alejarse unos 80 kilómetros de la Ciudad de Buenos, con destino hacia la ciudad de Capilla del Señor. Una vez en el sitio acordado, habrá que cruzar una tranquera de campo y conducir unos metros por un camino de tierra envuelto en un túnel de fresnos teñidos de otoño: amarillos, naranjas claros y ocres marcan el camino hacia la entrada principal. En ese entorno natural, un campo privado propiedad de una amiga personal, con laguna, aves silvestres y grandes arboledas, Mario Quintana y su esposa, Ana Isabel Beccuti, ensayan una vida en comunidad. “Incuban”, en palabras de la pareja, una existencia colectiva y cotidiana junto con otras personas que los acompañan en esa travesía desde hace un año.

Mario Quintana llegó hasta allí después de recorrer senderos vitales cuyo sentido, dice, quizás aún no entiende del todo. Llegó después una vida que relatará al reparo de una galería mientras, detrás de él, el cielo de esta tierra de grandes extensiones de césped verde en el Noroeste del Gran Buenos Aires, es cruzado por cotorras que van y vienen cargando ramitas en su pico para fabricar sus nidos y prepararse para el frío y húmedo invierno bonaerense.

Pero hoy, aún, es una mañana de mayo tibia, el pasto todavía está salpicado por el rocío y los mosquitos acosan atacando de a millones. “Es el único insecto que estoy autorizado a matar por David”, dirá Mario Quintana después de aplastar de un manotazo sobre la mesa a un insecto que rondaba cerca suyo y amenazaba con picarlo. Cuando diga “David”, Quintana se referirá al austríaco David Steindl-Rast, un monje benedictino de 94 años que lleva meses afincado temporalmente en la Argentina, con quien compartió recientemente la escritura de un ensayo sobre las Bienaventuranzas, el relato bíblico del Sermón de la Montaña y que es, junto al filósofo argentino Bernardo Nante, fundador de la ONG Vocación Humana, una de las personas que Quintana llama “sus muchos maestros”.

De Mario Quintana se saben algunas cosas. Que creció en Mataderos y es hijo de una pareja de médicos, ambos, primera generación de profesionales de la familia, dos personas a las que él describe como “gente de abajo, de mucho sacrificio y mucho trabajo”, ella, hija de una empleada doméstica y él, un chico de Pompeya que empezó a trabajar a los 15 años como vendedor de café en la cancha. Se sabe también que de esa pareja nacieron tres varones, y que Mario es el del medio. Que estudió en colegios católicos y que tuvo una actividad intensa, en su adolescencia y en su juventud, en grupos religiosos. Que el santuario de San Cayetano, de Liniers, símbolo de los trabajadores, “marcó su identidad”, que con 20 años iba a todas las misas y lloraba, emocionado. Que se casó allí, “de apuro” y en una boda pública, atípica, musicalizada por los bombos de los fieles y el órgano del coro del santuario. Que sus ídolos tempranos fueron Francisco de Asís, adalid cristiano de la austeridad, la pobreza y el amor por los animales, y Jesús. Que misionó con otros jóvenes, una de ellas, su novia Ana. Que de una de esas misiones a la Patagonia volvieron convertidos en futuros padres, con 22 años él y 20 ella. Que fue un alumno aplicado en el colegio y más tarde en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, de la que se graduó como Licenciado en Economía. Que recibió becas de otros países para estudiar y que trabajó en Siemens. Que hizo un máster en Francia y, al volver al país, se desempeñó en la consultora internacional McKinsey. Que con menos de 30 años creó  los supermercados Eki, luego Farmacity, la cadena más grande de farmacias del país, más tarde el fondo de inversión Pegasus. Que se convertiría en accionista de decenas de empresas. Que del universo empresarial daría el salto a la arena pública como funcionario de un gobierno nacional que llegó al poder con una coalición política joven que prometía pobreza cero y buscaba la unión de los argentinos. De ese terreno en el que ejerció desde 2015 decidió irse, en 2018 y antes de que el gobierno terminara su mandato, en un momento en que el país atravesaba una grave crisis económica, financiera y social.

Esta mañana de mayo, prepara tres tazas de un té de hierbas en una inmensa cocina de aspecto campamentil, con grandes hornallas, heladeras comunitarias y enormes mesadas con frutas frescas y frutos secos. Lleva puestos unos jeans sueltos, sin ruedo y desflecados, alpargatas, una remera de algodón y un buzo con capucha. Nada en su aspecto informal revela qué hay debajo de las muchas capas que conforman a Mario Quintana, salvo una: se siente cómodo por estos días o, en sus palabras y como dirá al reparo de la galería, está viviendo, aquí y ahora, uno de los años más felices de su vida.

–Se conoce tu actividad empresarial y política, pero de tu infancia se sabe poco. ¿Qué contarías de esa época?

–Mis padres han sido padres muy dedicados a sus hijos. Somos tres hermanos. Muy unidos, muy unidos, desde que nacimos. Una familia así, de barrio. El relato de mis padres siempre fue: “A ustedes no les va a faltar nada, como nos faltó a nosotros, pero ustedes tienen que ser los número uno y esforzarse”. Nos mandaron a colegios privados. En la escuela primaria tuve como catequista a un hermano que se llamaba Genaro Sáenz de Ugarte, que después fue padre espiritual mío hasta 2018. Fue la relación más larga de mi vida después de mis padres. Falleció en 2018, a los ochenta y pico. Gran santo. Fue mi maestro espiritual muchos años. Entonces, yo desde chico estuve muy inclinado a lo religioso, muy.

–¿Por tu mamá, por el colegio, por una búsqueda personal?

–Es una construcción colectiva, hay algo muy personal y, sin dudas, mi madre tuvo que ver. Mis sueños, desde la primera infancia, eran de contenido religioso. Cuando terminé la secundaria, quería hacerme monje franciscano. Genaro me frenó. En la adolescencia, estaba muy metido en la iglesia. Y a partir de los 17, también metido en las villas, con el movimiento de la Teología de la Liberación y en el movimiento que se llamaba Renovación carismática. Fue una época muy linda de mi vida. Para mí esos años fueron muy místicos, muy entregados, muy idealistas, con unos amigos extraordinarios. Ahí la conocí a Ana, mi esposa. Durante mucho tiempo, yo recordaba esos años como los años más felices de mi vida. Hoy digo que hoy son los más felices. Pero todo tuvo una lógica, una trama de sentido. Después lo aprendí a leer.

En aquellos años de juventud, dedicados a la actividad social y religiosa, también germinó su familia. Invitados a misionar a una comunidad mapuche de la provincia de Río Negro, la joven pareja de novios regresó embarazada.

–Para un chico religioso como eras vos, aquello debe haber sido todo un acto de rebeldía.

–Un pecado mortal. Teníamos mucha culpa. Los dos estábamos muy golpeados con la noticia, hasta que fuimos a ver unos de nuestros curas amigos, el cura del grupo juvenil de San Cayetano. Él nos preguntó: “¿Qué van a decidir?”. “¿Cómo qué vamos a decidir? Está embarazada”. Y él nos dijo: “Nadie puede ser padre si no es desde la libertad. ¿Qué van a decidir?”. Me quedó grabado. Me emociono cuando lo cuento. Yo iba a comunión diaria: “¿Cómo voy a recibir a Jesús sacramental después de matar un hijo?”. Y él me miró y me dijo: “Si vos creés que Jesús se mete en tu boca por mérito propio, no entendiste nada hasta ahora. Jesús te va a querer igual, decidas lo que decidas. La decisión es toda tuya”. Difícil encontrar un cura que te hable así. Con Ana dijimos: “Vamos para adelante, juntos”. Y fue el mejor regalo de nuestras vidas. Lejos, lejos, lejos. David dice que hay dos formas de vivir: desde el miedo o desde la confianza. Y que a lo que estamos llamados es a confiar en la vida. Y si yo miro para atrás, todas las decisiones más sabias las tomó la vida por mí. Aunque siempre hay un salto de tirarse y de decir “sí”, y esos “sí” después vuelven con más regalo.

“En la adolescencia, estaba muy metido en la iglesia. Y a partir de los 17, también metido en las villas, con el movimiento de la Teología de la Liberación y en el movimiento que se llamaba Renovación carismática. Fue una época muy linda de mi vida. Para mí esos años fueron muy místicos, muy entregados, muy idealistas, con unos amigos extraordinarios”.

–Después de esos años de juventud activa en lo religioso vino una etapa exitosa en lo profesional y a la vez más turbulenta en lo personal, según lo que recogen de tu vida algunos medios.

–Voy a citar a Jung (Carl Gustav Jung, psiquiatra suizo). Uno no vive su biografía. Uno vive su propio mito. En ese mito, ese Mario ideal que quería cambiar el mundo, de repente se convirtió en padre de familia, sin previo aviso. Y había que salir a bancar a la familia, a laburar. Entonces dije: “Bueno, ahora, hermano, apechugar. A juntar plata, obra social, tener un hijo”.

–Después de una etapa tan asociada a valores no materiales, te convertís en empresario y comenzás a conectar con otro aspecto de la vida, más material.

–Me zambullí en la materia durante 20 años. Me zambullí. En ese sentido, Bernardo y Vocación Humana me permitieron encontrarle el sentido a ese derrotero. ¿Por qué estudié Economía, cuando yo quería ser monje franciscano? En una charla, Genaro, mi profesor de catecismo, me dijo: “Mario, tenés 16 años, nunca estuviste de novio, no conocés el amor humano, no conocés el mundo. Si la vocación está ahí, no hay que apurarlo. Estudiá algo, después ves, no hay apuro”. Entonces pensé en estudiar Teología. “Rodeado de curas no va a haber mucho discernimiento, no vas a encontrar novia”, me dijo. Bueno, “Filosofía”, pensé. Siempre me interesaron las preguntas últimas. Y fue la única vez que mi viejo intervino. Me dijo: “Yo empecé estudiando Filosofía antes de Medicina. Pero nosotros no tenemos esa posibilidad. Eso es para familias que pueden vivir de otra cosa. Vos vas a tener que vivir de tu laburo y estudiar algo que te permita vivir”. Yo no sabía para dónde arrancar, no tenía vocación de economista, pero me interesó siempre la cuestión social. Era bueno con los números y quería estudiar la economía social, así que me puse a estudiar Economía. Como era buen alumno, conseguí una beca del Episcopado alemán por dos años para analizar las raíces de la pobreza desde un punto de vista teológico y económico. Mi economía iba por ahí.

Por aquella beca, Mario Quintana recibía en dólares una cifra que , en tiempos de hiperinflación, era cinco veces mayor a su sueldo en la empresa Siemens. Estaba por renunciar a su empleo para dedicarse a la investigación de cuestiones socioeconómicas, pero ocurrió aquello de que se fue a misionar y al volver, supo que sería padre. “No renuncies, que estoy embarazada”, le dijo su novia Ana. Y entonces llegó una etapa vertiginosa: con 22 años se casó, se convirtió en padre y se inició en la carrera empresaria. También coqueteó con algunos excesos: “Entre los 22 y los 30 años engordé 30 kilos. Fumaba como un escuerzo, iba a los bingos a la noche. Un horror. Me iba a morir, estaba inflado como un sapo a punto de explotar. Volvía manejando en la ruta y me quedaba dormido, varias veces me despertaron camiones de frente. En el medio creé Farmacity, creé Eki, pasé por McKinsey: me iba bien en la vida, pero estaba disociado”, recuerda.

–¿Qué siguió a eso?

–A los 30, 31 años, empecé un proceso de reconciliación muy lindo, muy profundo. Un terapeuta que tuve, Guillermo Vilaseca, otro regalo de la vida, con quien seguimos siendo amigos, me dijo: “Tenemos que empezar a hacer el luto del Mario San Francisco de Asís, el idealista que quería cambiar el mundo, al que mataron de un día para el otro y del que vos nunca hiciste el duelo. Te metiste a otra vida, queriendo ser otra cosa, y acá estás, peleado con vos”. Así me empecé a reconciliar con esa historia, con mi cuerpo, bajé de peso, empecé a hacer deporte. Me fui reconciliando con el rol de un empresario que podía ser más consciente, que podía trabajar en ONGs, a vincularme con empresas B para llevar propósito a la compañía. En ese tiempo conocí a Nante, a Vocación Humana, esta trama de sentido.

–¿Qué es la trama de sentido?

–En la vida, uno va atando nudos como puede y, como si viera un tapiz al revés, no los entiende. Hasta que llegan esos momentos cumbre en los que la vida te muestra ese tapiz dado vuelta y ves que todo hacía sentido y que hay una belleza misteriosa que se fue tejiendo. Esos procesos tienen momentos de regalo donde se abren ventanitas y uno ve la luz, y después ya sabe que esa luz está. Hay un cambio. Yo creo en la transformación de la consciencia, creo que a eso venimos. Uno va ganando, captando la lógica que tiene la propia vida. Y surge la gratitud como respuesta porque decís: “Sí, todo hacía sentido”.

–¿Tuviste momentos de angustia en aquella época más vertiginosa?

–Hubo una época de mi vida en que hablaba mucho de “la santa angustia”. Angustia entendida como una sed de sentido que te oprime el pecho, pero que no te deja dormir en el sinsentido. Hay una angustia que llama y que está buenísima. Hoy me gusta hablar de “angustia de canal de parto”: la palabra angustia viene de angosto, se siente en el pecho, que se angosta y te cuesta respirar. David hace una distinción entre miedo y angustia. El miedo es una decisión nuestra de cómo responder a la vida y es totalmente evitable. La angustia no, la angustia son momentos por los cuales uno tiene que pasar. Pero está bueno reconocerlos como lo angosto de un canal de parto, porque siempre que uno dice “sí” a ese pasaje, nace una nueva vida. Y eso es maravilloso.

En contacto con la naturaleza, de jeans y alpargatas, Quintana abraza su pasaje a una nueva vida. 

“En la vida, uno va atando nudos como puede y, como si viera un tapiz al revés, no los entiende. Hasta que llegan esos momentos cumbre en los que la vida te muestra ese tapiz dado vuelta y ves que todo hacía sentido y que hay una belleza misteriosa que se fue tejiendo. Esos procesos tienen momentos de regalo donde se abren ventanitas y uno ve la luz, y después ya sabe que esa luz está. Hay un cambio”.

–¿Cuáles fueron los tuyos?

–Hubo muchos, muchísimos. Y sigue habiendo chiquitos, todos los días. Cuando salí del gobierno fue un momento bravo. Yo no venía de la política y me sumé atrás de un sueño de transformar el país. Viví unos tres años con una energía y una épica que desconocía, rodeado de cientos de tipos con la misma épica. Y de repente, un campanazo: no salió. Yo me siento corresponsable, no le puedo echar la culpa a nadie, si yo estaba ahí, al lado de Macri tomando decisiones. Por primera vez, me topé con que mis errores y mis sombras podían generar dolor social, a millones. Tremendo. Fue una experiencia corporal de mucho dolor.

–Al imaginar el rol de un funcionario, la sensación es como de “esto es demasiado para mí”. ¿Cómo fue para vos?

–Hubo una energía, una épica de sentido compartida, que pocas veces sentí, eso de levantarme con tantas ganas de laburar. Bernardo (Nante) lo decía y yo lo hice propio: “Lo que agota no son las horas trabajadas, ni los problemas, ni los conflictos, lo que te agota es la falta de sentido”. Cuando uno encuentra sentido en lo que hace, la energía viene de la tierra, del cielo, del corazón, de todos lados. Por eso, el ser humano que no encuentra el sentido de la vida atraviesa un sufrimiento agobiante. Cuando uno tiene un ideal y siente que está trabajando en pos de eso, la energía está. Yo le decía a mi equipo todos los días: “Demos gracias de estar acá, vamos a dejar la vida para intentar cambiar el país, no sé si va a andar o no, pero que esta experiencia nos cambia, eso seguro”. Lo vuelvo a elegir aun sabiendo el final, aun sabiendo los costos. Diecisiete causas penales.

–¿Vos sabías que te iba a pasar?

La decisión mirada, en términos del Libro Rojo (de Carl Jung), con el espíritu de este tiempo,  fue la decisión más estúpida que pude haber tomado en mi vida, la más errónea, con menos beneficios, la más costosa, puro costo. En 27 años de vida corporativa, nunca tuve un juicio personal. Acá, a los dos meses ya tenía causas penales, todas inventadas. Pero visto con el espíritu de la profundidad, lo vuelvo a elegir. Ese escenario, La Casa Rosada, símbolo de poder, es extraordinario para trabajarse. Yo escribía algunas cosas y las llevaba, o las hablaba con el equipo, con los ministros. En uno de los primeros escritos que llevé, decía que uno de los principales problemas de la sociedad argentina era su vínculo con el poder. Estamos enfermos en nuestra relación con el poder, somos como adolescentes rebeldes frente a la jerarquía, a cualquier jerarquía. Pero a su vez, apenas tenemos algo de poder, tendemos al abuso. Tenemos que sanar nuestra relación con el poder. Es un laburo interno. ¿Cómo nos paramos frente al poder de manera sana? A mí me ha servido muchísimo.

–¿Por qué fue tan doloroso irte?

–El dolor vino de reconocer que ese intento no estaba dando los frutos que nosotros mismos y la expectativa social había generado. No quiero hablar de fracaso, porque la historia dirá qué fue, pero claramente nos pegamos un porrazo que arrancó con el mercado financiero, después derivó en lo económico, con recesión, inflación, perder las elecciones. Puta, la cagamos. Algo pasó: errores propios, circunstancias, lo que sea. Una combinación, creo que todo es multicausal. Yo soy muy autocrítico. De mi propio rol, no con ánimo de auto flagelarme, pero sí de aprender. Entonces, ahí hay un duelo, dolor de un duelo.

“Estamos enfermos en nuestra relación con el poder, somos como adolescentes rebeldes frente a la jerarquía, a cualquier jerarquía. Pero a su vez, apenas tenemos algo de poder, tendemos al abuso. Tenemos que sanar nuestra relación con el poder. Es un laburo interno. ¿Cómo nos paramos frente al poder de manera sana? A mí me ha servido muchísimo”.

–¿Y por qué, si ibas con tanto entusiasmo a trabajar, decidiste irte?

–Yo estaba convencido de que había tiempo de corregir el rumbo. Todavía faltaban 15 meses de gobierno y había que cambiar muchas cosas y hacer un recambio. Creía que yo era parte de un recambio más grande, que era momento de tener un equipo fresco para recuperar el entusiasmo de la gente. Mauricio no quería que me fuera yo ni que se fuera nadie. Llegado el momento, me terminé yendo yo solo. ¿Por qué terminó así? No sé. Puede resultar pueril, pero estoy convencido de que fue una decisión de la vida, que así tenía tenía que ser.

–Hablabas de la relación que tenemos los argentinos con el poder. ¿Cómo es esa relación en tu caso?

–Llevo una vida de trabajo de ese vínculo. Y ahora acá (N. de R.: se refiere a la experiencia de vivir en comunidad), es otra oportunidad extraordinaria de trabajo de cómo decidir en círculo, hay algo personal pero también civilizatorio, arquetípico. Hoy hay movimientos que hablan del unboss, organizaciones sin jefe. Creo que hay una transformación muy profunda en el cómo liderar. Esa transformación la vivo, la he laburado, la sigo trabajando, yo creo en el poder como herramienta. El poder en sí mismo no es ni bueno ni malo, es una potencia. El poder político y el poder económico son fuerzas que transforman a muchas personas en sus sirvientes, donde el yo queda transformado a un ego apegado a eso. Hay que ponerle mucha fuerza, mucha consciencia, mucho amor para compensarlo. Siento que a mí es uno de los laburos que se me pide. Creo que todos tenemos mucho poder, y muchos no queremos verlo, porque significa asumir responsabilidad. Es un laburo estrictamente de cada ser humano, un laburo civilizatorio. Y particularmente en Argentina, donde tenemos un vínculo con el poder, a mi juicio, dañado. Ejercer el poder como servicio es el llamado, requiere un trabajo interior muy fino, porque uno se engaña rápido.

–¿Hoy en qué estado estás de esa relación? Según se sabe, vendiste Farmacity, te desprendiste de tus empresas, ya no estás más en la función pública. ¿Dónde ejercés hoy ese poder y cómo te relacionás con él?

–Uno podría decir que estoy hecho un vago (ríe). Aprovecho la pregunta, pero no para esquivarla: para mí es muy serio mi compromiso con la verdad. Yo no miento. Cuando dije que vendí Farmacity, vendí Farmacity. Vivimos en una sociedad que miente y que asume que todo es sospechoso. Yo no miento. Y esto lo vengo diciendo hace tiempo: yo no quiero mentir, no miento, no me gusta la mentira, creo que es un cáncer que nos destroza, en primer lugar, nuestra propia alma. Vendí. Es decir: no tengo un vínculo con el mundo empresario, ninguno. Desde que tomé esa decisión, no me he metido en otro negocio, no he hecho nada. Ahora estoy empezando a considerar hacer algunas inversiones de impacto para frenar el cambio climático. Pero quiero volver a tu pregunta. ¿Adónde ejerzo el poder hoy? Visto con los ojos del mundo, hoy soy un cuatro de copas. En Pegasus llegamos a tener casi diez mil empleados, hoy no tengo ninguno. No manejo empresas, no manejo un gobierno, no manejo nada.

–Qué alivio, ¿no?

–Tremendo alivio, siempre y cuando no sea esquivar el bulto o escaparse de un llamado o de una misión. Y en ese sentido, estoy en un proceso de discernimiento, en el que quiero ponerle mucha consciencia a mi cotidianidad. Darse tiempo para admirar un pájaro, abrazar un árbol, mirarnos a los ojos, comer con más consciencia, dedicarnos a nuestras prácticas de yoga, de silencio, meditación, o a las caminatas en la naturaleza. Desde esa consciencia, usar la potencia para transformar. Creo que para eso hay que usar el poder, para cuidar la vida, la vida de cada uno, de cada humano, de cada no humano. ¿Cómo se hace eso hoy? No sé. Humildemente, tengo que decirlo: “No sé”. Mi sensación es que, como humanidad, estamos viviendo un momento en el que sentimos que lo viejo no va más, y que todavía lo nuevo no nació. Entonces, habitar eso con gratitud, con alegría, no con pena ni desesperación. Es un momento de creatividad y de incertidumbre puras.

–¿Qué es lo viejo para vos?

–No soy fatalista, creo en la evolución. Creo que la humanidad viene transitando un proceso maravilloso pero que hay que seguir empujando esa evolución. Siento que estamos mucho mejor que hace 500 años. Pero hay ciertas cosas que llaman a cambios muy profundos.

Una imagen de sus ajetreados días en la política como miembro del gabinete del ex presidente Mauricio Macri (Foto: El Doce TV). 

“Estoy en un proceso de discernimiento, en el que quiero ponerle mucha consciencia a mi cotidianidad. Darse tiempo para admirar un pájaro, abrazar un árbol, mirarnos a los ojos, comer con más consciencia, dedicarnos a nuestras prácticas de yoga, de silencio, meditación, o a las caminatas en la naturaleza. Desde esa consciencia, usar la potencia para transformar. Creo que para eso hay que usar el poder, para cuidar la vida, la vida de cada uno, de cada humano, de cada no humano. “.

–¿Cuáles?

–Para mí, las tres cosas menos resueltas hoy son, primero, la brecha entre pobres y ricos, hemos diseñado un sistema que está mal. La desigualdad hay que corregirla. El segundo gran tema es el agotamiento de la tierra. Nos hemos embarcado en un proceso de acumulación perpetua que lleva a la aniquilación de la vida. Hay que cambiar ese paradigma. El tercer elemento tiene que ver con el sentido. No veo una correlación entre acumulación y felicidad. Cuando no tenés un hábitat digno, no tenés para comer, no tenés salud, o tus hijos no pueden educarse, ahí sí hay una correlación. Pero superado cierto nivel de bienestar mínimo, no la hay, y sin embargo, el eje articulador de los proyectos de vida ha sido la acumulación. Hoy hay una generación que dice: “Yo no quiero más eso”. Eso es lo que está en crisis y lo que está naciendo. Pero los cómo, las instituciones que responden a esto, todavía no han nacido. Hay que revisar la forma de convivencia, la familia nuclear, la educación, el Estado, el mercado, las religiones. Es muy profundo.

–¿Por dónde se comienza?

–Por volver al centro, que es el volver al corazón, que es el volver a nuestro vínculo con el misterio. Esta vez, desde la más profunda libertad. Hay un texto de Aurobindo donde dice “Quizás estos trescientos años de materialismo progresista fueron el precio que hubo para pagar para reencontrarnos con lo sagrado desde la libertad”. Me encanta, conceptualmente. ¿Cómo nos encontramos? Con el ser humano individualizado, no individualista, construyendo juntos. Hacia una consciencia de unidad desde la libertad personal. Desde ahí hay que pensar las instituciones, la economía, etcétera. Y tenemos a la tierra como maestra. Me gusta mucho un autor que se llama Raimon Panikkar. Él habla mucho de ecosofía, de acercarse a la Tierra reconociéndola sabia. Si nos acercamos a la naturaleza, a nuestros sueños, al misterio como quien se acerca a la música y, aunque no la entienda, se hace uno con ella, empieza a aparecer otro tipo de consciencia.

–¿Cómo ves a la Argentina hoy?

–Llorando. La veo sufriendo. Me duele, la Argentina. Estamos llegando a dos tercios de pobres, más del 60%, una locura. Creo que nos llama en primer lugar a laburar nuestra sombra. Vivo rodeado de gente que se siente digna de vivir en Suiza, Suecia, Nueva Zelanda, y que, por culpa de los demás, está acá. ¿No hay una sombra colectiva de la cual todos somos parte? ¿No podemos apropiarnos de esto en vez de que, como adolescentes, sigamos diciendo “la culpa es el del otro”? Si no empezamos en serio a trabajar internamente en este reconocimiento y después, externamente, en la construcción de un proyecto que nos incluya a todos, creo que no tenemos salida. La solución no puede ser la aniquilación del otro. No podemos considerarnos condenados a la tragedia. Nosotros vivimos polarizados. Vuelvo a Jung: tenemos que reconciliar los opuestos, interna y externamente.

–Tenés una preocupación por lo social y a la vez sos una persona que tiene medios económicos, ¿cómo lidiás con esa polaridad?

–En primer lugar, tengo algunas convicciones, que quizás no son políticamente correctas. Creo en el misterio y creo que el impacto que nosotros generamos es un misterio. El caso más claro es el de Jesús: un ser humano que cambió la historia de la humanidad, pero que en ese momento no se veía. Doce amigos que no lo entendieron, lo traicionaron y murió como un delincuente, como un revolucionario fracasado. No hay salida si no vemos a la humanidad como un todo, del cual cada uno de nosotros es una manifestación. ¿Cómo aportamos en ese tránsito a la humanidad? Creo que desde el amor. No importa lo que uno tenga, haga, sepa, estudie o deje de hacer, si no ama. Creo más en desde qué energía se hace, que en el impacto externo, porque no lo vamos a ver. Nadie lo vio a lo largo de su vida, ni los más grandes. ¿Dónde la vida me va a llevar? No lo sé. Lo que sí tengo claro es que no quiero encerrarme en una cápsula de felicidad en una sociedad que se derrumba.

“Mi sensación es que, como humanidad, estamos viviendo un momento en el que sentimos que lo viejo no va más, y que todavía lo nuevo no nació. Entonces, habitar eso con gratitud, con alegría, no con pena ni desesperación. Es un momento de creatividad y de incertidumbre puras”.

–¿Cómo fue la experiencia de escribir el ensayo con Brother David sobre las Bienaventuranzas?

–Brother David, monje benedictino, 94 años, gran maestro espiritual y un regalo que esté en la Argentina, estaba escribiendo un libro y yo me fui a vivir un tiempo con él, tres meses en tres momentos distintos, y me puse a disposición para ayudarlo a escribir el libro. Él estaba muy contento y yo estaba como si me hubieran invitado a jugar un picadito con Messi. Después de un tiempo me dice: “Me están pidiendo escribir un ensayo. Se me ocurrió que podemos escribir juntos”. Yo le dije que sí, antes de ponerle el título. A los tres días me dijo: “Se me ocurrió este tema”. Fue muy significativo porque el Sermón de la Montaña es el texto que más me inspiró desde chiquito, me resulta hiper sagrado.

–¿Esa tarea te hizo llegar a alguna conclusión?

–Estos textos tan altos son siempre nuevos, nunca se agotan. El énfasis de mi reflexión está puesto en la política de hoy, en qué desafíos implica, así que en ese sentido, me topé con procesos internos que me hicieron un clic. Yo venía diciendo hace tiempo que para hacer buena política, tenés que ser libre de tus apegos por el poder, el dinero y el prestigio, porque si no sos libre, terminás siendo rehén. Después de escribir también me di cuenta que tenés que ser libre de los resultados o las expectativas. Está en el Bhagavad Gita: desapego de los frutos. Me parece que a lo que se nos llama es a la entrega sin esperar frutos. No es “me entrego pero mostrarme dónde se va a ver mi impacto”, es la entrega confiada en que hay un misterio que teje su trama, más allá de que la veamos o no. Así termina el ensayo: David mirándome –me emociona– me dice: “¿Y te entregás?”. “Sí”, le dije. Entonces escribimos: “Ambos nos entregamos sin ver los frutos”. Un momento muy lindo, es esto del “misterio fascinante y tremendo”, donde se mezclan dolores muy íntimos con gozo inexpresable.

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