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María Marta Guitart: «Las palabras son caricias o son dagas»

La actriz, que recitaba a García Lorca en los colectivos y hoy transmite la poesía desde Radio Milenium, nos recibe para hablar acerca del enorme poder que tiene el teatro para dar amparo a quienes se sienten solos y necesitan una "casa de afecto".

Por Sophia

María Marta Guitart es actriz, poeta, locutora y conductora de un programa de radio donde comparte poesías con los oyentes. 

Por María Evangelina Vázquez

María Marta Guitart (46) es poeta, actriz, locutora y cantante. Su misión es difundir la poesía por todos los medios a su alcance. En sus obras, que son montadas en distintos espacios de Buenos Aires, como el Museo Fernández Blanco y también en colegios, comparte la poesía de Federico García Lorca, Gabriela Mistral y Alfonsina Storni. Con la pandemia aparecieron, además, sus Bombones poéticos, regalos de poesía a demanda de los oyentes, y luego el Delivery de poemas, formato en el que hizo llegar una vez más los poemas a su audiencia. Su Delivery se transformó en un programa de radio donde hoy difunde poesía en FM Milenium 106.7, los sábados de 23 a 24. 

En esta entrevista hablamos de su infancia bella pero difícil y de cómo su gran sensibilidad le dificultó el tránsito hacia la vida adulta. Hasta que descubrió que su camino era el arte, y ya no tuvo más dudas. Desde que trabajaba en una parrilla para costear sus estudios de actuación y el equipo amplificador para recitar en los colectivos, María Marta ha recorrido un largo camino, y lo sigue recorriendo con la esencia intacta. Y un propósito: amparar y sanar a quienes necesitan esa caricia en el corazón que es la poesía.

Hasta fines de junio se puede ver Canto a Federico, el poeta regresa, un espectáculo poético teatral unipersonal de María Marta Guitart, con una dramaturgia que nace partiendo del sonido de la tierra del poeta Federico García Lorca, que luego de estrenarse en su versión de Relato Sonoro en 2020 en medio de la pandemia, llega ahora con el desafío de ser llevado a escena en La Gloria Teatral. Las entradas se pueden conseguir en www.alternativateatral.com

Ferviente amante de Lorca y de su prosa “visceral”, María Marta tiene una gira por España en su haber. La actriz es autora de tres espectáculos, que fue componiendo sobre la base de distintos textos: Federico tuvo un sueño, Cartas a mi hijo Federico y Canto a Federico. Este último se repone actualmente los sábados en La Gloria Espacio Teatral, con acompañamiento de violoncello.

–Contame sobre aquella época en la que recitabas a Lorca en los colectivos… ¿Cómo fue?

–Empezó en 1997, cuando una compañera del Conservatorio me dijo: “Yo hago monólogos cómicos en los colectivos, ¿no querés venir?”. Para entrar a estudiar a lo que ahora es la Universidad Nacional de las Artes (que antes era el Conservatorio Nacional), teníamos que hacer un monólogo. Entonces, debíamos armar nueve días de escenas; era hermoso, como un viaje de egresados. Yo hice un trabajo con Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Lorca, que es un drama total. Pero mi compañera insistió y la primera vez que fui la gente empezó a aplaudir, me daban plata… Fue algo impensado, que me llamó.

–¿Cuánto tiempo estuviste haciéndolo?

–Diez años.

–¡Diez años! ¿Desde 1997 hasta 2007?

–Sí, hasta que quedé embarazada y ya no lo hice más, porque cuando tenés la panza o un hijo esperando, todas tus prioridades cambian. Lo hice con intermitencias, iba y venía, era como un llamado y con eso pagaba la pensión, pagaba las clases, pagaba el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica, donde estudié la carrera de locutora.

–Con eso financiabas todas tus cosas…

–Sí. También trabajaba de moza y en el teatro.  Mi energía estaba toda ocupada.

–¿Estuviste en colegios con estos espectáculos?

–En muchos colegios. Desde el 2011 hasta 2019 hicimos varias funciones, acá en Buenos Aires, en San Luis, y la experiencia con los jóvenes es hermosa, por eso ahora estamos volviendo después de la pandemia. Me preocupa y me ocupa la soledad de los adolescentes, los vacíos. Días atrás se suicidó un nene en una escuela secundaria y yo siempre digo: si uno pudiera estar ahí ¿pero cómo? Para el docente es difícil, para el mundo es difícil, pero cuando yo voy a veces a las escuelas y los chicos y las chicas se quieren sacar fotos, te miran con los ojitos brillantes y te dicen: “¿Te sacás una foto conmigo?”, “Yo también quiero ser actor”, “A mí me gusta la poesía”. Y ese es un buen lugar para los chicos, porque hay mucha soledad, también en lo tecnológico: la maquinita, el celular… Una vez, después de ver el espectáculo, un chico se abrió y mostró las poesías que escribía. Y me dijeron: “Nunca nos hubiéramos imaginado que este chico escribía poesías”. Por eso, además de las obras, en las escuelas doy una charla para que ellos puedan poner de sí.

Canto a Federico, el poeta regresa, se llama el espectáculo poético que interpreta y se puede ver hasta fines de junio en La Gloria Teatral. 

–Tu mamá nació en el campo… ¿Te identificás con la poesía de Gabriela Mistral?

–Mi mamá nació en Santiago del Estero y terminó la primaria conmigo, acompañándola. Su casa era un rancho con piso de tierra. Mis abuelas eran gente de campo, pobre. Entonces, a través de eso que uno no vivió (a mi abuela, la madre de mi mamá, no la conocí), sin duda hay algo en mí que sabe eso por lo ancestral, por lo heredado. Y Gabriela habla de eso: de la misericordia, del amor, de la pobreza, del pan, de la injusticia. Tenía un pensamiento feminista, transformó la pedagogía en México. Tiene un texto extraordinario, donde le dice al hijo que corten el pan, pero que mejor lo deje porque, si otro nene se muere de hambre, es mejor no comerlo. En sus palabras: “Y si otros niños no lo tienen, mejor, mi hijo, no lo tocaras, y no comerlo mejor sería con mano y mano avergonzadas”. ¡Escribe unas cosas extraordinarias!

«El teatro –como la poesía– es, para mí, una casa de afecto y eso es lo que los seres humanos necesitamos. Tengo espectadores de quienes me he hecho amiga y vienen a verme desde hace años».

–¿Cómo fue tu adolescencia, fue difícil? 

–Sí, porque yo tenía –ahora me doy cuenta– este universo de lo sensible que no estaba contemplado en ningún lugar. Una sensibilidad muy particular que es una mirada, un ser en el mundo que yo tengo y que tuve siempre, porque escribo poesía desde que soy chiquita. A mi mamá la llamaban para felicitarla por lo que yo escribía en la escuela.

–¡Son hermosos tus poemas!

–Me encantaban las palabras, y me acuerdo, también, de que todo lo miraba con mucha sensibilidad. Cuando tenía cuatro o cinco años, para cada cumpleaños la maestra traía un conejo de papel crepe con confites adentro. Pero llegó mi cumpleaños y no me lo dio. Como era alta y grandota, me dije: “Capaz que piensa que no soy una nena y que quiero el conejo”. Era como una mirada adulta. No lo conté en mi casa, pero me provocó un dolor tan grande, que cuando fui a terapia lloré mucho, porque había sido una desilusión, pero yo me auto-amparé. ¿Sabés cómo se reparó? Un día en el ISER hicimos un ejercicio en el que teníamos que contar una anécdota de la infancia y la compartí, pensando que no me iba a pasar nada, pero lloré como una marrana. Entonces mis compañeros me hicieron un conejo, lo firmaron y me lo regalaron.

–¿El teatro te permitió canalizar esa sensibilidad?

–Claro. Antes del teatro, de la poesía y de la filosofía, no sabía que había un lugar para mí. En mi casa el arte estaba dado por la música, por el folclore. Crecí escuchando Larralde, Zitarrosa, Cabral… toda una época. En la adolescencia, la pregunta era: “¿Cómo me pongo en el mundo?”. Se ve que no había escucha para eso, de hecho, mi mamá me decía: “¿Teatro? ¿Y qué vas a hacer?”. Para mí no había opción, porque la sensibilidad estuvo siempre más allá de mí… Cuando leí El extranjero, de Alber Camus, compartí esa sensación de ser espectadora, de mirar de afuera. Por supuesto que, con los años, uno aprende a tener su propia identidad, a aceptarse como es, con mucho aprendizaje y cosas que se asientan. Lo bueno es que siempre tuve mucha capacidad para ilusionarme.

–¿Le inculcás el amor por las letras y la poesía a tu hija Francesca?

–Sí, Francesca creció con eso, entonces le leo poemas escritos para ella. Le digo: “Mirá lo que te escribí”, “Mirá la canción que te hice”. Y ella canta, va a una escuela de música, toca instrumentos, es muy sensible también, charlamos mucho… Una vez, cuando era chiquita, hizo una grabación donde hablaba de Federico García Lorca, de Gabriela Mistral, de Alfonsina Storni imaginando cómo eran. Trato de contarle que es valioso el universo sensible de las personas, porque es una sociedad donde, a veces, parece que se ocultara. 

La actriz y poeta en escena, poniendo en movimiento el inmenso poder de la palabra. 

–¿Te parece importante expresar las emociones?

–Sí, creo que es por ahí. Por eso tanta gente se enferma, tanta gente necesita pastillas, tanta gente siente soledad. Por eso trato de que mi hija pueda hablar, contar lo que le duele. En la radio digo siempre: “Las palabras son caricias o son dagas”. Es increíble eso: toda tu potencia puede variar si alguien te mira con fe. La palabra es tan misteriosa… Ahora lo dicen mucho los médicos y está bueno, empiezo a escuchar lo que yo creía cuando era chica y nadie me entendía: “Pero a mí esto me duele”. “A mí tal palabra me hace daño”. Eso de los cuerpos ¿viste? Antes se opinaba sobre el cuerpo ajeno y yo siempre sentí que no se podía ver al otro por el cuerpo. 

–¿A vos te han dicho cosas de tu cuerpo que no querías escuchar?

–Claro, cuando era chiquita, sí. En los niños eso es un sufrimiento que después tenés que sanar, una forma de violencia, por eso yo protejo mucho el valor de las palabras… ¡Es un niño! En los adultos igual, ¿qué me importa tu aspecto? Yo me arreglo porque me gusta para mí, me gustan los vestidos, soy coqueta; pero eso no tiene que ver con quién soy. Esa mirada del otro es muy dolorosa, ¡sobre todo en los chicos, cuando los veo sufrir por el bullying! 

–¿Pensás que el mundo sigue necesitando arte, sigue necesitando poesía?

–¡Sí! De hecho, ayer venía en el tren y vi a una chica joven tocando el ukelele, cantando una canción, y sentí cómo se transformaba el aire. Hay mucha necesidad. Por eso invito a venir al teatro, porque siento que es un momento bello, que hace bien. No es para que vean lo que hago yo, sino porque creo que tiene que haber algo que aporte, que calme, que ampare, porque cada ser humano tiene dentro una gran dificultad. Valoro cuando alguien te elige para ir a verte o para escucharte, es una responsabilidad. Es como querer dar un abrazo, miles de abrazos. Me parece que todos necesitamos un remanso y finalmente, al crecer, uno comprende que lo que necesitaba era la casita, el cobijo, no pasar frío, no pasar hambre, tener amor. Lo de María Onetto, que se quitó la vida recientemente, por ejemplo, me dio mucho dolor. Y no bastan ni los honores, ni los laureles, ni los aplausos, ni nada, cuando hay algo adentro que es una tristeza o una soledad tan grande. Yo creo que ahí está la capacidad del ser humano de ser amparo para otro, y de eso se trata: de dar lo mejor de uno y de abrirse al destino. 

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