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María Eugenia Talerico: «Los silenciosos son un gran problema para la Argentina»

Una charla con la abogada penalista, ex vicepresidente de la UIF y excandidata a Senadora Nacional de Juntos por el Cambio, para reflexionar sobre por qué es tan importante que la Justicia sea el gran tema del debate social y político en la Argentina.

Por Sophia

La abogada penalista María Eugenia Talerico. 

Por Cristina Miguens y María Eugenia Sidoti

Una tarea solitaria. Muchas veces, sigilosa. Reconocer, en medio de la oscuridad de la noche, dónde queda el punto exacto que divide el bien del mal. Cuando de pequeños veíamos la escena en los programas de superhéroes, la satisfacción de ver que los villanos recibían, por fin, su merecido, era enorme. Y entonces, bajo bigotes de chocolatada, una sonrisa se nos dibujaba en el rostro con la certeza de que, mientras hubiera por ahí valientes guardianes de la Justicia, un mundo mejor estaba asegurado. 

Más tarde la vida iba a demostrarnos que la realidad resultaba más dolorosa. Y así nos enteramos de que lo injusto podía estar muy cerca. Tanto, que bastaba con salir a la calle para mirarlo a los ojos: pobreza, delitos, falta de esperanza, fractura del tejido social. Eso que pasa cuando, por cansancio o apatía, “los buenos” bajamos la guardia y el engranaje de lo corrompido comienza a hacerse hábito. 

Una trama que en Argentina conocemos bien. “Vivimos una corrupción sistémica y estructural”, define María Eugenia Talerico a la situación actual de nuestro país. Nacida en Colón, Buenos Aires y preocupada desde chica por la injusticia, eligió ubicarse siempre en el bando que velaba por lo correcto. Eso la llevó a estudiar Derecho y, más tarde, a involucrarse desde la sociedad civil en temas relacionados con la justicia, fundando junto a abogados notables la agrupación Será Justicia. Más tarde, se unió a la Red por una Justicia Independiente (REJIA), Acción Conjunta Republicana, Profesores Republicanos y Abogados en Acción. “Hoy la Justicia independiente está amenazada”, dice agitando una bandera: la de institucionalidad. 

Abogada penalista, ex vicepresidente de la UIF y excandidata a Senadora Nacional de Juntos por el Cambio, María Eugenia no esquiva la autocrítica. Al contrario, señala abiertamente los puntos flacos de su espacio. Apoyando ahora a Javier Milei, sigue creyendo que la pelea es desde adentro, renovando a la clase política. ¿El objetivo? Conseguir un antídoto para el alto nivel de anestesia que corre por las venas de nuestra sociedad. 

Claro que le duelen los últimos resultados. Sobre todo porque desnudan una verdad: poco importaron los casos de corrupción que ella misma participó en desentrañar, como el de «Chocolate» Rigau o Martín Insaurralde. No obstante, eso no le quita las ganas de seguir adelante con sus investigaciones y acaba de presentar una denuncia contra el candidato a presidente Sergio Massa por financiar su campaña con fondos del Estado. 

“Los gobiernos kirchneristas captaron desde siempre las estructuras del Estado para cometer delitos, de dos maneras: con las cajas políticas, que generan un montón de puestos y cargos que no sirven para nada (por eso no tenemos sábanas en los hospitales, pero hay un montón de gente trabajando en los ministerios de Salud) y después con los negocios del Estado, a partir de licitaciones de obra pública, contratos, pedidos de coimas; otro tipo de corrupción”, señala en esta charla con Sophia. Y, de cara al balotaje, advierte que reflexionar sobre nuestro futuro es tan necesario como urgente.

Excandidata a Senadora Nacional de JxC, se lanzó a la política durante la pandemia. 

—¿Cómo se corrompe un país? 

—Haciendo de estas acciones una política de Estado. Si un político es correcto en su actuar, el otro lado del mostrador se adapta a trabajar sin reglas de la corrupción. Pero si la política te dice que los negocios y el modo de actuar en la Argentina es a través de métodos corruptos, las reglas del juego cambian. La impunidad se instala en la medida que no haya sanciones que sean proporcionales, disuasivas. Y el kirchnerismo lo primero que hace siempre es cooptar los organismos de investigación y de control, como la UIF, la AFIP, la Aduana, la Sindicatura General de la Nación… Es parte de su “manual castro-chavista”. 

—¿Qué ocurre en ese marco con la Justicia?

—La protección judicial de la política es muy dañina. Se avanzó sobre la Justicia con la cooptación del Consejo de la Magistratura por acuerdos políticos en los que se termina negociando a los jueces. Entonces tenés al organismo que sanciona a los jueces y los nombra interferido por intereses. Hoy, en el Poder Judicial hay una alta cantidad de vacancias y dejó de ser un servicio para la gente. ¿Por qué? Porque el cuerpo que designa y que remueve a los jueces está funcionando mal. 

—Suena desesperanzador…

—El Poder Judicial es el último garante de controlar el poder y sus abusos, es el poder contramayoritario. No está formado por el voto popular, sino por jueces que tienen que ser idóneos, independientes y cuyo deber es hablar a través de sus sentencias. Pero la Argentina es un país donde están todos mezclados, hay mucho amiguismo y corrupción, y eso es un problema que debilita el funcionamiento de las instituciones. Los jueces no pueden aparecer en los cócteles o cumpleaños, donde se ejercen influencias indebidas. Si no, la gente ya no tiene confianza en nada y con esta ética tan “elástica” que tenemos, surgen un montón de inconvenientes y confusiones.

—¿Qué pasa cuando, a pesar de los vaivenes políticos, se quiere seguir trabajando en la justicia de manera independiente?

—Te quedás solo. Y aparecen las presiones. Es lo que le pasó, por ejemplo, al fiscal Sergio Mola, que se encuentra al frente de la investigación de la causa de Martín Insaurralde. Con uno de los  jueces de la jurisdicción , Federico Villena, en Lomas de Zamora que tiene múltiples acusaciones en su contra. El otro juez, que al final tiene el caso, Ernesto Kreplak, que es hermano del ministro de Salud de la provincia y que demoró un montón de días en disponer los allanamientos, obstruyendo de algun modo el descubrimiento de la verdad.

—¿No hay ningún organismo de control que tenga independencia del actual gobierno?

—Diría que no. La Auditoría General, tiene un Presidente de la oposición, pero un directorio muy trabado, y a las debilidades institucionales este gobierno las conoce muy bien. Tienen al Consejo de la Magistratura y a la Corte en jaque; se disolvió el área penal de la Oficina Anticorrupción… La Unidad de Información Financiera dio vuelta los criterios sobre lavado de dinero para no acusar a Cristina Kirchner. El ataque al Poder Judicial es permanente y hace muchos años que sufre embates e intentos de cooptación. Eso hace que esté muy débil y que haga falta una reconstrucción a partir de las bases de selección de las personas a cargo, y obviamente de una remoción más rápida de quienes no merecen seguir siendo magistrados.

—¿Por qué creés que, a pesar de casos de corrupción tan resonantes como la causa de los cuadernos, de “Chocolate” Rigaud o el Yategate de Insaurralde, la gente continúa eligiendo lo mismo? 

—Siento que la sociedad está anestesiada. Amado Boudou, Julio De Vido, Ricardo Jaime, Milagro Sala, José López, las Madres por la Fundación Sueños compartidos; todos fueron condenados. Eso pasó, nos pasó. Pero por alguna razón hay quienes eligen no ver. Creo que la política de la pobreza y de la precarización de la cultura es parte de un plan armado que incluye, además, el control de muchos medios de comunicación y el fraccionamiento de la oposición, que es lo que acaba de pasar y están en el balotaje.

—Con una oposición fragmentada hace bastante sentido el dicho “divide y reinarás”. 

—Es así: al fragmentar, se gana. Y luego está el control del Poder Judicial, de los organismos electorales (que tienen la última palabra en los comicios electorales), el control de la prensa o la aniquilación de la prensa libre, la persecución de los opositores. Como ocurre en otras dictaduras del siglo XXI, como Cuba o Venezuela, donde tienen muchísimos opositores presos o en el exilio, sin otro delito más que el de ser críticos con las decisiones del Estado. Y dentro de esa escala de cosas que hacen, el fraccionamiento de la oposición es necesario, porque garantiza la permanencia.

—¿Qué pensás del voto en blanco? 

—Lo comprendo, pero me manifiesto en contra por la experiencia venezolana. Cuando ganó Hugo Chávez en 1998, los votos en blanco superaron el porcentaje de votos con el que él llegó al poder. Y no lo sacaron más. Entonces, para mí el voto en blanco en una disyuntiva de balotaje favorece un escenario similar. Mi prioridad es sacar a Sergio Massa, porque es un hombre al que lo único que le importa es el pragmatismo para llegar y conservar el poder a toda costa: con los narcos, con los sindicalistas mafiosos; se va a aliar con todo lo que sustente ese poder. Para él y a su mujer, una nueva dupla a la que nos tiene tan acostumbrados el peronismo. 

En Miami, disertando sobre el desmantelamiento institucional de la Argentina, invitada por el Interamerican Institute for Democracy. 

—¿Qué es lo que hace que JxC hoy sea inviable?

—El mismo funcionamiento de la política durante todos estos años: te traicionó tu marido, te lo bancaste por tus hijos, pero el matrimonio igual se quebró. Por suerte la Argentina se está sincerando políticamente, la gente está pidiendo otra cosa. Necesitamos una renovación generacional de la política, porque si no seguimos viendo a los responsables de este fracaso mostrándose como los portadores de la supuesta solución. Y es importante que los nuevos políticos no se contagien. Una vez me dijeron: “Ya te vas a transformar”. Pero jamás me corrí de mis valores ni de mis convicciones…

—¿Recibiste “invitaciones” a alejarte de ese camino? 

—No directamente, porque mi naturaleza es bastante obvia. Pero no solo se trata de recibir presiones o amenazas, como funcionario siempre tenés otro margen: el de no hacer las cosas como se deben, hacerte el distraído, tardar demasiado en investigar, guardar silencio para mantener el status quo. Cuando tomás el desafío de hacer las cosas bien, estás eligiendo el camino difícil, que además es muy solitario. Por eso necesitamos gente nueva que ejerza liderazgos más virtuosos, que tenga valores fuertes para resistir el “te damos más plata”, “metemos más gente en tu lista”, “nombrá a tu mujer acá, a tu tío”. 

—¿Qué te mueve a investigar esas causas? ¿No te da miedo?

—Primero, soy bastante creyente. Pero no soy ilusa. Estoy haciendo lo que tengo que hacer y estoy atenta a los riesgos. Obviamente hay algo de misión también. Por eso me siento muy segura, no tengo miedo. 

—¿Vivimos una crisis institucional?

—No hay dudas. Y esa crisis institucional es la causa del subdesarrollo, de la pobreza y de la decadencia argentina. Yo insisto en el valor de la integridad como pilar para reconstruirnos, porque si no la amenaza es latente. Por esa razón, la lucha contra la corrupción debe ser una política de Estado y hay que tener tolerancia cero a los corruptos. Con corrupción, las decisiones no están puestas genuinamente en las necesidades del bienestar general, sino donde hay más oportunidades de coima. Es así que las funciones esenciales del Estado se tergiversan, se tuercen, y el caos generalizado que estamos viviendo tiene muchísimo que ver con esa falta de integridad.

—¿Qué podemos hacer los ciudadanos en la búsqueda colectiva del cambio? 

—Están muy bien las protestas y las marchas, pero la transformación pasa por tener el poder para hacer el cambio. Para eso existen canales como son las sociedades intermedias, las ONGs, que hoy son débiles en la Argentina, esencialmente por falta de financiamiento. En REJIA integramos una red de 11 entidades que trabajan por una justicia independiente. Pero la debilidad a la hora de conseguir una voz más potente son los recursos económicos y humanos. Sería muy bueno que las ONGs estén más despiertas, logren reforzar recursos y persistan para que el esfuerzo no se disperse, y se resuelvan temas de fondo.

—¿Deberíamos volvernos fiscales de nuestra sociedad?

—Sí. Pero estamos quietos en nuestro metro cuadrado por un tema de educación, por la coyuntura económica, por los problemas permanentes de la Argentina. Y eso hace que esta coyuntura nos lleve puestos y que la gente no le preste atención a los temas de la justicia

—¿Qué nos falta para que sea “el tiempo de la justicia” de verdad en este país?

—Una renovación, y cubrir las vacantes del Poder Judicial y del Ministerio Público Fiscal con personas que tengan sobradas muestras de credibilidad, de honestidad y de integridad para poder desempeñar esas funciones y, sobre todo, independencia ideológica para que las preferencias políticas no intervengan o no interfieran en los criterios que se usan para resolver las cuestiones judiciales sometidas a conocimiento de jueces y fiscales. Que sean la ley y nuestra Constitución Nacional y las constancias de la causa, las únicas variables que inciden en las resoluciones de las cuestiones judiciales. Siento que “el tiempo de la justicia” es muy necesario 

—¿Cuándo se alegra alguien que trabaja en ese ámbito? 

—Cuando ves que después de catorce años hay un juicio tan complicado como el de la Causa Vialidad, que condenó a Cristina Fernández de Kirchner, con todos los embates que hubieron, e igual se logra dictar sentencia porque hay dos fiscales y tres jueces que se animaron a hacerlo. El triunfo de la Justicia se ve cuando los funcionarios actúan sin asustarse, aunque se sientan muy solos. 

—¿Dónde debemos dar la pelea?

—En el ámbito de la ética personal. Vos podés tener padres ejemplares, una formación impecable y aun así llegar al poder la serpiente te empieza a envolver, y te vas corriendo de los valores, del deber ser. Aparece el “no devuelvas los viáticos” o “usá este auto porque total otros tienen autos oficiales”. Y entonces lo hacés. Estamos en un país muy pobre y no asociamos que el gasto de cada uno de los funcionarios forma parte de ese todo, de ese gasto público. Es como si para algunos la función viniera con “amenities” y nadie se da cuenta de que eso está impactando en la vida de la gente. 

—¿Una idea para cerrar?

—Los argentinos estamos muy cansados y ahora, además, nuestros hijos se quieren ir. También se están yendo las empresas, los que producen, los que generan riquezas. Es un país que se está achicando y los que nos quedamos tenemos que dar pelea. Porque hay un montón de argentinos virtuosos, llenos de coraje, que no tienen miedo de hacer las cosas bien. Lo que falta es que lleguen a lugares de poder, porque si no vivimos una sensación de injusticia permanente. Necesitamos participar, alzar la voz, porque los silenciosos son un gran problema para la Argentina. Debemos recuperar la confianza que hoy, al estar quebrada, acrecienta todos los problemas que tenemos, liderar con virtud e involucrarnos para hacer el bien.

¿Dónde involucrarse en temas de Justicia? Más información:Red de Entidades por una Justicia Independiente de la Argentina (REJIA) | Será Justicia | Acción Conjunta Republicana | Abogados en Acción

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