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5 diciembre, 2022 | Por

Mailen Ubiedo Myskow: «Mi gratificación es sentir que con la música se achica la desigualdad»

Ella lleva la música a los barrios vulnerables y con el Festival de Ópera Villera demuestra que un gran repertorio musical también puede ser producido desde los lugares con menos recursos del país. ¿Su mayor satisfacción? Ver a los chicos vencer miles de obstáculos para darlo todo sobre el escenario.


Merecidos aplausos para Mailen Ubiedo Myskow, directora del proyecto C.A.S.A. para llevar el arte a los barrios vulnerables.

Por María Evangelina Vázquez

Como directora de la asociación civil C.A.S.A. (Centro Artístico Solidario Argentino), Mailen Ubiedo Myskow se encarga de enseñar música de forma gratuita a niños, niñas y adolescentes de los barrios Ricciardelli, de Bajo Flores más conocido como la 1.11.14 y Fátima, de Villa Soldati. También está a la cabeza del Festival de Ópera Villera que nació en 2021, donde brinda herramientas a los chicos de mayor vulnerabilidad para que puedan participar de una ópera, mostrándoles todas las artes que están involucradas en la producción de un espectáculo.

Mailen, que tiene 33 años, viene trabajando con los chicos desde hace 12, enseñándoles, junto a un equipo de docentes, a tocar instrumentos y formando orquestas. Y a quienes tienen vocación por la música, los incentiva a ingresar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, a la Universidad Nacional de las Artes y a la Universidad Católica Argentina. Para lograrlo, se piden becas de creación y formación al Fondo Nacional de las Artes.

Las orquestas infantiles y juveniles brindan apoyo y contención a los chicos que atraviesan situaciones familiares complejas.

Además, a los chicos se les da la oportunidad de componer. Y las óperas que se estrenaron durante los últimos años trataron distintos temas elegidos por ellos: la vida de Cecilia Grierson, el grooming y la captación de las redes de trata. También hubo una obra basada en la preocupación por el uso indiscriminado del plástico y por la ecología. Los chicos propusieron, asimismo, el tema de los vínculos: familiares, de pareja, con el trabajo y la tecnología, y el tema del acceso laboral. 

Hoy Mailen nos habla de su rol en C.A.S.A y también de la felicidad que siente al poder hacer que la vida de los chicos que viven en las villas pueda enriquecerse y ser un poco más luminosa gracias al contacto con la música. Gracias a su trabajo, su historia y la de Ópera Villera fue difundida por el documental de Néstor Sánchez Sotelo y Ana Farini que este año se estrenó en el cine Gaumont.

Chicas, chicos y adolescentes del Bajo Flores y de Villa Soldati lograron iluminar realidades difíciles gracias a la música. 

—Contame qué te motivó a formar esta asociación…

Desde chica, siempre trabajé en espacios sociales vinculados a la religión, pero lo único que conocía como trabajo social estaba vinculado a lo que ellos llamaban ‘la misión’. Entonces trabajábamos mucho con hogares, pero siempre era ir un día y llevar algo, nunca había contacto persona a persona. Hasta que después de un retiro espiritual, cuando tenía 16 años, entré en otro espacio y empezamos a trabajar con chicos que estaban en hogares por distintos tipos de problemáticas, cosas que hoy que las pienso eran muy fuertes para trabajar a esa edad. Éramos un grupo de tres chicas haciendo actividades recreativas y a mí me encantaba, aunque me iba llorando a veces.

Después de eso empecé a estudiar en la UCA. Sabía que lo mío era la música y quería hacer Dirección Orquestal, pero finalmente me decidí por la composición. A los dos años, más o menos, la universidad ofrecía una especie de convenio con curas villeros y ahí empezamos a trabajar. 

Mailen estudió música en la UCA y decidió compartir sus saberes y experiencias con otros para ayudarlos a crecer profesional y humanamente.

—¿Siempre tuviste vocación docente?

Siempre. Me encanta enseñar y me gusta la idea de darles a las personas las posibilidades que yo tuve, porque me tocaron. Si hubiese nacido en otra situación o en otro contexto quizás no habría sido posible. Y suplir también algunas de mis carencias, como por ejemplo tener una persona que me guíe en la carrera artística. Me habría ordenado, habría aprovechado mejor el tiempo y un montón de cosas más. Todo eso busco dárselo a los alumnos porque, a veces, creo que falta ese nexo con la universidad, con las posibilidades. 

—¿Cómo es tu vínculo con los chicos?

Es un vínculo especial porque yo enseño, pero también acompaño. Hay mucho de escuchar las situaciones familiares, de estar ahí viendo si comieron, si no comieron, cosas que a veces uno piensa que son algo básico en la vida, pero para nuestros chicos no siempre lo son. Tratando de ver las problemáticas de cada uno y si es necesario que vayan a un hogar o no, o si pueden aguantar ahí y colaborar desde ese lugar…

—Porque cada uno vive en su casa, ¿verdad?

Algunos chicos viven en sus casas y otros en hogares, pero están también los que atraviesan una situación medio de limbo, entre que viven en la casa con la familia y viven en un hogar. Algunos niños están en situaciones muy, muy, muy difíciles, pero los que suelen estar en la Escuela de Música no tanto. El hecho de que puedan estar en la Escuela de Música ya es casi un privilegio en los barrios. Es una actividad extracurricular, vienen los fines de semana. A quienes tienen vulnerabilidades muy fuertes trato de agarrarlos como sea, los motivo a venir el sábado que viene, les compro algo para comer, les doy un regalo… Quiero que sientan las ganas de querer volver y una vez que se habitúan al instrumento, que se sienten contenidos, que se sienten parte del grupo, si hay otras problemáticas ya podemos meternos más de lleno para ayudarlos. 

—¿Qué te dicen ellos de la experiencia? ¿La viven como un recreo de sus realidades cotidianas?

Muchas veces sí, sobre todo los que trabajan o tienen que cuidar hermanos. Ya sé que en los horarios de salida de escuela no puedo programar actividades porque pierdo el noventa por ciento de los alumnos: casi todos van a buscar hermanos o sobrinos, se hacen cargo de alguien o cumplen horarios laborales. Es complicado. La mayoría trabaja en talleres de costura: pegan marcas a la ropa, planchan, en eso toman menores clandestinamente. Son trabajos fuertes, quedan cansados, son muchas horas, pero, a veces, es la única salida que hay… Y la mayoría cursa la escuela, así que ahí estamos tratando de sostener esa realidad del estudio y el trabajo, entonces es un poco un recreo. Es el momento que ellos tienen para ser niños o adolescentes, el momento donde la pasan bien, se relajan, hacen chistes, pavean un rato… Cosas típicas de la edad: les gusta uno, les gusta el otro. Y muchos te dicen eso, que es como un alivio de la vida cotidiana.

El Festival de Ópera Villera nació en 2021 para llevar este género musical a los barrios y nutrirse de la creatividad propia de cada uno de ellos. 

—¿Qué te motiva a hacer el Festival de Ópera Villera?

Para mí lo más fuerte y lo más importante que me lleva a gestionar este festival es que se creen nuevas óperas y que no se piense siempre desde el asistencialismo. Yo llevo esta música al barrio, pero el barrio también puede producir repertorio tradicional y además puede producir repertorio nuevo, que es algo que ni siquiera se hace en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Entonces es como una forma de decir: “Che, si lo estamos haciendo nosotros, ¿cómo el Estado no puede gestionar esto?”.

—¿Pensás que son chicos que ya tienen la vocación o se les despierta la vocación en el ir, en el estar con otros?

Es raro. Algunos empiezan muy chiquitos, es muy difícil darse cuenta. Pero sí te das cuenta los que tienen vocación, que no te faltan nunca o que se maravillan con todo: “¿Querés esto?”. “Sí”. “¿Te anotás acá?”. “Sí”. Ahora, por ejemplo, en el Festival de Ópera tuvimos un grupo de chicas de entre 9 y 12 años que cantó en el coro de niños de la ópera Carmen, en una producción profesional con su paga, con su trabajo, con sus ensayos. Y ahí te das cuenta de que hay vocación, que van, que están felices de ensayar, de cantar en francés… 

—¿El rol de las familias es fundamental?

Sé que todas estas propuestas las puedo hacer porque, dentro de las situaciones de vulnerabilidad, hay algunos que son menos vulnerables que otros, que tienen más acompañamiento. Entonces sé que los padres los van a llevar, los van a traer, los van a acompañar y si hay algo que no tienen me lo van a pedir. Pero hay otros chicos que, por ahí, podrían haber estado y por más que yo traté de hablar con una hermana mayor o con alguien de la familia, nadie se va a comprometer a llevarlos y, al no poder ir, se quedan afuera. Esas son las realidades, por más que a veces es un poco frustrante, uno busca igual sostenerlo hasta que tengan mayoría de edad o se puedan mover solos para poder abordarlo ellos mismos. Pero hasta en eso se ve la brecha de la desigualdad.

—¿Hubo alguna situación que te haya movilizado, que hayas dicho “cambio de profesión” o “me meto en una institución que me dé todo servido?

Eso ocurre un poco todos los días. La gestión es muy agotadora y cuando ocurren todos estos eventos grandes termino muy cansada. Pero ya redacté el presupuesto para el año que viene, entonces no me puedo desentender. Aun así, me estreso mucho, siempre estoy tratando de buscar que haya más gente trabajando porque yo sola no puedo con toda la demanda. Si bien cada uno se desenvuelve en su área, a veces uno necesita dos o tres personas más y hay que estar un poco al tanto de todo. Y ahí es donde digo que me encantaría estar en un espacio donde yo pudiera hacer lo mío, enseñar, y no estar preocupada por todo eso. Pero bueno, es parte de gestionar y de hacer, y a veces uno recibe un montón de cosas, yo he recibido un montón de oportunidades por mi trabajo de gestión, entonces eso se ve también.

—Debés ver cosas muy complejas…

Hay muchas situaciones que es mejor no contarlas. Me encantaría tener una residencia universitaria para los que ya son mayores de edad y están muy solos o cuidan de muchos hermanos, para que puedan estudiar tranquilos y no tengan que trabajar un montón de horas para pagar una fortuna por un cuartito sin luz, sin ventanas, en medio de la villa. 

Intérprete, compositora y docente, Mailen despliega su talento en el violín minutos antes de salir a escena. 

—¿Ves que el arte puede ser algo terapéutico más allá de la calidad artística, que la expresión en sí libera un montón?

Totalmente. Primero, se sienten escuchados. Segundo, hay un ámbito muy amable, entonces todo el mundo se siente muy contenido, sabe que nadie va a ser juzgado y que no va a haber instancias de maltrato, ni de los compañeros ni de los docentes. Eso hace que ellos puedan abrirse de otra manera. Algunos chicos que tal vez no tienen tantos amigos o no se animan a participar demasiado en la escuela, acá se animan un poco más. El arte siempre trabaja otras inteligencias. Tenemos una alumna con mutismo selectivo que empezó a venir y acá hablaba, entonces te das cuenta que el espacio también es terapéutico. Por ahí, a veces te dicen: “Vos sos como mi segunda mamá”, y vos pensás: “Pará, porque lloro”, 

—¿Qué es lo que más te gratifica de tu trabajo?

Ver que, cuando ya tienen herramientas y no nos necesitan tanto, pueden salir adelante solos. Eso está buenísimo, no sólo a nivel carrera sino a nivel supervivencia. O saber que pudimos prevenir que un pibe de una situación familiar complicada haya terminado en cualquiera; esa para mí es una de las gratificaciones más grandes. Siempre digo que en el arte es mucho más fácil apreciar todo el trabajo realizado, porque hay momentos puntuales: los conciertos de fin de año, el estreno de las óperas. Ahí ves el moño cerrado, la frutilla del postre y decís: “¡Ya está, valió la pena!”. Ni hablar cuando les dan una beca o hacen carrera. Días atrás, mi mamá estaba mirando la tele y me mandó un WhatsApp para preguntarme: “Che, ¿esta no es alumna tuya?”. Y vos sentís que está buenísimo, porque una piba que nació en el barrio tiene la misma o mejor carrera que otro que tuvo todas las posibilidades y todo el dinero a mano. Ahí también achicamos un poco la desigualdad.

—¿Cómo ven tus familiares el trabajo que estás haciendo?

Cada vez les gusta más. Al principio hubo bastante resistencia con que fuera a la villa, no les gustaba mucho. Pero después comprendieron que lo voy a seguir haciendo. Aparte conocí ahí a mi pareja actual, entonces no tienen muchas formas de resistirse, el proyecto crece cada vez más. Y yo creo que ver el documental también les sirvió un poco, varias veces me han dicho: “Nosotros queremos que vos seas feliz, que viajes, que hagas tu vida”. Y yo les digo que, tal vez, ese es su concepto de felicidad. A mí me hace feliz estar acá, me gusta trabajar en comunidad, con las familias, con los pibes. Me gusta hacer música, compartir la música. Me gusta cuando veo que el chico está comiendo en un tupper en medio de la calle y al otro día se presenta en la Usina del Arte, de traje y con su guitarra. Todas esas posibilidades y esos espacios son los que me dan felicidad.

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