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3 marzo, 2020 | Por

Magdalena Fleitas: “Compartir es lo que saca a los chicos de las pantallas”

La popular cantante y musicoterapeuta nos cuenta cómo es su nuevo disco y comparte algunos de sus tesoros: el valor de cantar, reírse, jugar, celebrar la vida y la tierra. Una invitación a que los chicos se conecten más con el mundo que los rodea y menos con la tele, el celu y la play.

Por María Evangelina Vázquez. Fotos: Risas de la Tierra.

Autodeclarada defensora de la alegría, Magdalena Fleitas acaba de sacar su disco Risas del Rock, con la participación de los chicos poniendo sus voces a canciones emblemáticas del rock nacional. Leo Sbaraglia, Antonio Birabent, Ricardo Mollo y las chicas de Eruca Sativa colaboraron también con este proyecto que Magdalena define como un homenaje amoroso y feliz al rock argentino, una invitación a las nuevas generaciones para que sigan multiplicando estos temas tan nuestros. El disco se fue gestando a lo largo de los años y en viaje por las rutas argentinas. Comenzó en fogones, en rondas de guitarreadas y en una noche de sobremesa en el Bolsón se comenzó a cocinar a fuego lento.

Mientras prepara sus presentaciones para mitad del año, la cantante y musicoterapeuta nos habla del poder curativo de la música, que nos posibilita alejar por unos momentos a los chicos de las pantallas, para que puedan conectarse con su propio ritmo, con sus propios sonidos.

Un repaso desde sus inicios en la enseñanza, su trayectoria en Risas de la Tierra (el jardín de infantes y escuela de música para niños  que dirige), su trabajo en Pakapaka y en el CCK, pasando por su serie de discos, donde rescata el folclore y el juego musical para estimular a los más chicos. Además, anticipa una novedad: el lanzamiento de un portal educativo con material didáctico para acompañar a los padres y a los chicos en su crecimiento.

¿Cómo fue ese entorno donde vos creciste, esa familia “ruidosa y numerosa” que mencionaste en tu última charla TED?

–Vengo de una familia con muchos tíos, tías, primos, donde a mis abuelos les importaba la presencia del arte y el ejercicio de compartir todos juntos. En las Navidades, por ejemplo, armábamos un pesebre y todos teníamos que actuar: cantábamos villancicos, pero también zambas, chacareras, porque había un gran amor por el folclore. ¡Aún hoy lo seguimos haciendo! Mi bisabuelo era Alberto Williams, un músico clásico muy conocido en la Argentina, que promovió también la música de aquí… Entonces tengo esa cultura en relación con la música y el compartir que traigo desde que nací y que impregna desde siempre mi trabajo.

¿Cómo se fue transformando esa escuela rodante que montabas en las casas al principio y que se convirtió en un jardín de infantes y en una escuela?

–Yo iba a las casas con una bolsa de pelotas, con palanganas, con espuma para poner en las palanganas, con toallas para limpiar la espuma, con títeres, con bolsas de instrumentos. Pero llegó un momento en que ya no entrábamos, entonces tuve que alquilar un lugar (N. de la R.: al principio fue el Museo Metropolitano de Buenos Aires). El paso siguiente fue abrir mi propio espacio, que es hoy Risas de la Tierra. El crecimiento fue orgánico así que, cuando el proyecto creció, el desafío fue seguir manteniendo ese hermoso clima familiar que había en las casas y cuidar el matiz comunitario de los comienzos.

“La música es un lenguaje que nos integra, nos ayuda a canalizar las experiencias que vamos viviendo y además es muy placentero, genera sensaciones muy placenteras y bellas en relación al compartir”.

¿Pensás que la música puede ser un espacio de encuentro y creatividad para los más chicos?

–La música es un medio de comunicación de los más antiguos, que no hay que buscar afuera porque ya habita en nosotros. Está presente en latidos, en pulsos. Para los más pequeñitos, la voz es un juguete, es un juego de pajaritos y hablar “idioma bebé” también implica conocer este lenguaje de jugar con la percusión corporal, chasquear los dedos, hacer palmas, saltar, bailar, jugar con los ruiditos y laleos y balbuceos; es un lenguaje de comunicación natural para los niños y las niñas. Si los adultos entendemos esto, podemos comunicarnos más allá del acceso a la palabra hablada. Por eso es un lenguaje que nos integra, nos ayuda a canalizar las experiencias que vamos viviendo y además es muy placentero, genera sensaciones muy bellas.

Sos musicoterapeuta, docente y además música. ¿En qué orden dirías que sos todo eso o, mejor, cómo se integran esas facetas?

–Es difícil, depende de cada día. Cada día soy algo distinto, soy bastante multifacética porque también a veces soy cocinera, a veces soy jardinera… Creo que soy más música y docente que musicoterapeuta porque no trabajo en clínica, pero mi abordaje está totalmente comprometido con un camino de la salud y por eso mi propuesta tiene que ver con integrar educación, arte y salud. Por lo cual te diría que soy un poco de todo.

Jugar un poquito a todo

Magdalena continúa curando el espacio de infancia del CCK, que se encuentra actualmente en transición por el cambio de gobierno. “Estoy en algunas áreas y se están haciendo cosas hermosas. Hay nuevas propuestas, un piso nuevo, muchos conciertos y yo estoy a cargo de los talleres vinculados a mi pedagogía Risas de la Tierra”, cuenta Magdalena, responsable de muchas de las actividades que se dan de forma gratuita allí, adonde llegan familias enteras para jugar y cantar.

¿Cómo ves la posibilidad de que la música pueda sacar a los chicos un rato de las pantallas?

–Yo creo que lo que puede sacar a los chicos de las pantallas es compartir, sea desde la experiencia que sea: jugar con bloques, mirar un libro, cantar y bailar, escuchar juntos un disco… Me parece que hay algo de las pantallas que reemplaza la presencia del adulto, en general. Las mamás y los papás estamos a veces sobrecargados, con mucho trabajo, y no tenemos la disponibilidad para compartir. Entonces ponemos la tele, que los hipnotiza y luego los chicos quieren cada vez más. Pero está en los adultos ponerles límites a las pantallas, porque la experiencia directa, el juego con las manos, el juego con todo el cuerpo no se reemplaza con ningún buen programa de televisión.

Has hecho investigación en la música de los pueblos originarios. ¿Qué te llevó a interesarte por ese repertorio?

–Básicamente el amor, porque me conmueven los cantos de muchas tradiciones culturales; los folclores de los pueblos que expresan lo que les pasa desde las letras que hablan sobre sus rituales para darse la bienvenida, para despedirse, para acompañar la vida con todo lo que la vida trae. En el repertorio de muchos pueblos africanos, incluso en el norte de la Argentina, uno ve que las letras tienen complejidad, no son naives, no hablan solamente del gatito, el perrito y mover las manitos, sino que hablan de la misma manera a los niños y a los adultos, y eso también me parece que aporta una riqueza interesante. Hablan de experiencias más complejas: de la cosecha, de cómo despedir a alguien que muere, del solsticio y del día más largo del año… Muchos temas están vinculados a la naturaleza y a la vida cotidiana, entonces el amor y el entusiasmo por conocer acerca de esas culturas me llevó a profundizar en eso.

“Si la mamá o el papá elige un disco, ya sea de Los Beatles o de Peteco Carbajal, y se lo hace escuchar al hijo contándole historias de su infancia o diciéndole por qué le gusta esa música, le está legando un tesoro maravilloso que tiene que ver con la historia musical y de los juegos, pero también con la propia esencia”.

Venís haciendo los discos de Risas, Risas de la Tierra, del sol, del agua, del Viento ahora Risas del Rock. ¿Cómo es esa serie que trabajás a lo largo de los años?

–Fui descubriendo que soy una defensora de la alegría. Para mí, hablar de la felicidad con los chicos es algo importante. Con eso me refiero a estar presentes en la alegría de vivir. Pero no hablo de estar todo el tiempo contentos, sino de poder ir atravesando la vida celebrándola. Risas de la Tierra fue mi primer disco y hay chamamés, litoraleñas, candombe, huaynos… Me pareció que era un fruto de la Tierra y que, por lo tanto, me daba una alegría especial y se llamó Risas. Mi abuela Delfina, que es una gran maestra y guía para mí, me dijo: “¿Y por qué no aprovechás y llamás los siguientes discos del Viento por el aire, del Sol por el fuego y del Agua?”, trabajando con los cinco elementos. Y como yo creo que los chicos están cerca del suelo, de la tierra, me pareció una idea genial. Luego la gente votó en las redes que este último disco se llame Risas del Rock.

¿Cómo hacés para que los chicos canten tan bien y se enganchen con el proyecto de hacer un disco?

–El corazón de este proyecto es que canten niños y niñas, porque yo quiero que a este repertorio lo canten en las escuelas y en casa o en el auto, con la mamá y el papá, con la abuela y el abuelo cuando lo cuidan o lo lleva a pasear. Es una música que recorre varias generaciones y me pareció un tesoro que los protagonistas fueran los chicos y las chicas. En vez de cantar, busqué enseñar y transmitir estas canciones; luego pasamos al estudio. Pero no quería un coro prolijito, quería que este disco tuviera ese espíritu de rebeldía que tiene el rock, de juego, de frescura, de libertad, de protesta, de amistad. Entonces hicimos muchas meriendas en mi casa con tortas y galletitas jugando, contándonos cosas. De ahí fue surgiendo ese espíritu tan cooperativo que tiene el disco, donde incluso los chicos cantaron con total frescura y entusiasmo junto a los músicos invitados.

Hora de hacer música

Dice Magdalena que no es fácil, pero que trabajar con chicos siempre tiene sentido. “Al principio me costó, en el primer estudio de grabación el técnico me decía: ‘Esto es un lío, hay demasiados chicos dando vueltas, corriendo, subiendo, bajando’. Y yo le respondía: ‘¡Pero eso es lo que quiero! Que el disco tenga este espíritu’. Sentí la necesidad de defender el caos creativo –destaca y señala que, para lograrlo, armó un estudio móvil en el fondo de su casa–. Venía un técnico con todos sus equipos y mientras algunos tomaban la merienda adelante, otros grababan atrás. Por eso se oye tan linda la presencia de los chicos y las chicas”.

¿Qué expectativas tenés con el disco?

–Quisiera que se multiplique: que se cante en las escuelas, en las casas, en el auto; los chicos necesitan un repertorio que le dé sentido a lo que viven, que no sea un producto comercial que les llegue a través de los sellos y de la tele y que habla de experiencias que no tienen nada que ver con lo que les pasa a ellos, como algunos géneros urbanos que están muy sexualizados o que hablan de la industria y en realidad empobrecen el lenguaje musical.

¿Tenés hijos?

–Sí, Vicente tiene 8 y Santi tiene 5, son mi felicidad. Fui mamá grande y disfruto cada momento con ellos, cantan en mis discos, se la pasan cantando y tocando el piano, la batería, jugamos mucho. Todo lo que hago en la escuela lo hago en casa con ellos… Vamos mucho al parque, a la plaza, me encanta el mundo de las plazas y vamos al parque de noche, llevamos la pelota,  hacemos una vida muy sencilla.

¿Te parece que todos podemos hacer música?

–La música es un derecho democrático, pueden hacerla todos los que quieran. Pero tiene que ser una elección libre, no sirve imponerla, lo que sirve es reconocer cuál es mi propia música, cómo suena mi entorno, cuáles son las canciones de mi ambiente, entender que la palabra es también parte de la experiencia musical, la palabra en tanto juego con la voz, la musicalidad que trae la palabra, la sonoridad. La música está al servicio del hombre, de la felicidad, de expresar lo que nos pasa y canalizar las experiencias. Es la reina de las artes, la música.

¿Pensás que tiene un poder curativo de alguna manera?

–Es muy terapéutica. Te voy a contar una anécdota: yo tenía un grupito de nenes y Anahí, que tenía 4 años, era muy, muy tímida. Estábamos en la sala de música y ella casi no hablaba y yo canté una canción muy íntima que viene del folclore tradicional y fue recopilada por Leda Valladares,  Ay mi palomita, que dice: “Se voló y se fue. Viendo que no vuelve, me pongo a llorar”. Cuando terminó la canción, Anahí dijo: “Yo quiero contar algo” y contó que su papá estaba llorando porque se había muerto su abuelo. Entonces otro de los nenes la abrazó y le dijo: “Yo dejé el chupete”.

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