Sophia - Despliega el Alma

26 enero, 2021 | Por

Luciano Lutereau: “Las madres y los padres también necesitan ser cuidados”

En tiempos difíciles, el psicoanalista y escritor nos habla sobre la necesidad de recuperar la ternura y recurrir siempre a aquellas caricias que protegen. Una charla acerca del valor de los vínculos.

Luciano Lutereau es psicoanalista, doctor en Filosofía, doctor en Psicología, investigador, docente y escritor. 

Por María Evangelina Vázquez 

Luciano Lutereau es un prolífico autor, con varios títulos publicados, donde problematiza los roles del hombre y la mujer y también aborda temas relativos a la construcción de la familia y la crianza de los hijos. Doctor en Psicología y en Filosofía (UBA), publicó varios libros y su título más reciente es La pareja en disputa (Letras del Sur), donde describe los vínculos contemporáneos en los que priman el sexo sin erotismo y, tantas veces, la desconexión.

El escritor y filósofo viene de familia numerosa: tiene cinco hermanos y treinta primos. Sus padres son católicos practicantes y de ellos aprendió a no dejarse llevar por la mirada ajena. “Nunca me limitaron o me bajaron línea pensando en el qué dirán. Son dos personas muy flexibles y nos dieron libertad para tomar nuestras propias decisiones”, explica.

Luciano aprovechó ese espíritu y aprendió a vivir los momentos de crisis como una oportunidad. Y, más allá de la perplejidad que sintió al inicio de la cuarentena, decidió conectar con la vida desde otro lugar, tomándose un tiempo para pasar más horas con su hijo de siete años. Hoy que retomó sus actividades laborales, sigue siendo un padre presente y su mayor esfuerzo es luchar por no quedar capturado en las redes de lo virtual. Algo que, sostiene, se agravó durante la pandemia.

“Hay una idea importante en psicología, que es que a quien cuida hay que cuidarlo también. En un primer momento los padres pudieron responder desde el cuidado, pero también, con el tiempo, se encontraron desprotegidos”.

No es la vida de siempre en la pantalla, sino que son vidas completamente distintas. Hay personas que tienen cada vez más problemas para encontrarse con alguien más allá de un dispositivo. El dispositivo es prácticamente la condición vincular que tienen y no pueden verse a sí mismos por fuera del personaje que han hecho en las pantallas”, resalta y asegura que vivimos una época donde prevalece el elogio de la imagen del cuerpo. “No es una sociedad del disfrute o de la expansión del cuerpo. Es la sociedad del cuerpo que es visto, que existe para la mirada. Se trata del cuerpo proyectable, no de la vida del cuerpo”.

Así, según dice, los vínculos se complejizan y es más difícil encontrarse con el otro, perdiendo en el camino uno de los ejercicios humanos más importantes de la vida: ser tiernos.

–En tu último libro hablás sobre el valor de la ternura. ¿Podés desarrollar un poco esa idea?

–Para el psicoanálisis clásico, tradicional freudiano, la ternura es como una limitación, una inhibición de lo sexual, de lo erótico en un sentido más pleno. Hoy, en una sociedad donde es muy fácil tener sexo de manera anónima, de manera exprés, donde prácticamente disponemos de aplicaciones para eso, lo que encontramos es que, en realidad, lo que más lazos produce es la ternura. El sexo puede ser completamente deserotizado y la ternura, como una derivación o un amortiguamiento de lo sexual, muchas veces es lo originario, el principio, la forma mínima de lazo con el otro. Además, la ternura tiene que ver con dos aspectos importantísimos, que son el cuidado y la protección. Una caricia protege, es una forma de cuidado: en la caricia siempre es mucho más lo que se da que lo que se obtiene. En la renuncia al propio placer se puede dar contención, cuidado. Todos recordamos alguna caricia o algún abrazo que fue sumamente conmovedor…

–Hablando de cuidar, ¿cómo atravesaron madres y padres este tiempo con los chicos en la casa, haciendo al mismo tiempo las tareas del hogar, el trabajo, ocupándose de la educación y el entretenimiento de sus hijos y teniendo que responder a varios grupos de Whatsapp?

–En términos generales, los niños más pequeños son los que pudieron atravesarlo mejor, porque todavía tienen una vida muy pegada a los hábitos de los padres y al mismo tiempo cuentan con el juego. Pero algo muy distinto les pasó a los niños que tienen ocho años, supongamos, que quizá ya no juegan tanto de manera autónoma, sino que están más cerca de las pantallas y quedaron pegados a eso. Desde el punto de vista vincular, para muchos chicos fue un tiempo de reencuentro con los padres. Pienso en aquellos casos de padres que no veían muy frecuentemente a sus hijos y entonces pudieron compartir más. Siempre se busca resaltar lo patológico, pero muchos chicos lograron crecer madurativamente en este tiempo y eso es muy importante.

– ¿Y qué sucedió con los padres y las madres?

–Hay una idea importante en psicología, que es que a quien cuida hay que cuidarlo también. En un primer momento los padres pudieron responder desde el cuidado, pero también, con el tiempo, se encontraron desprotegidos. De hecho, te diría que el tipo de consulta que más creció en este tiempo es la de padres que consultan y quieren un espacio para poder desahogarse y hablar de lo que les pasa, lo que tradicionalmente se llama “entrevista de orientación a padres”. Eso muestra de qué manera los padres necesitan ser cuidados, algo de lo que les cuesta mucho darse cuenta a ellos, porque en general todavía culturalmente es muy fuerte la idea de que “si yo soy la madre o el padre, yo tengo que poder”.

–¿Fue muy dura la cuarentena para ellos?

–Para todas las personas que están a cargo de niños, la cuarentena fue especialmente compleja, salvo que pudieran vivir sin trabajar. Para cualquier persona que tiene que generar un ingreso y al mismo tiempo tiene que ocupar roles de crianza, una de las caras más duras que mostró el teletrabajo es que no tiene prácticamente en cuenta la parentalidad de quien trabaja, en ideas básicas como el derecho a la desconexión. Sobre todo, para quienes se desempeñan de manera autónoma o independiente y tienen que trabajar igual, quedó en evidencia que culturalmente la nuestra es una sociedad poco hospitalaria con los padres. No por nada las tasas de personas deciden no tener hijos son cada vez mayores.

Padre dedicado, dice que su hijo es su “gran maestro” (Foto: IG). A la derecha, la portada de su último libro, donde se pregunta por qué nos cuesta tanto estar juntos. 

–¿Por qué, como describís en tu libro, muchas personas se quejan de que tienen que quedarse cuidando a los chicos?

–Yo creo que detrás de ese reproche hay otro. No es que no les guste quedarse con sus hijos y cuidarlos. Me parece que lo que está detrás de ese reproche es la necesidad que tiene quien cría de tener algún tipo de sostén. Es una idea que yo subrayo mucho en mi libro Más crianza, menos terapia. No se puede criar solo; todo aquel que cría necesita poder apoyarse en otro. Entonces cuando alguien dice: “¡Pero vos salís y yo me quedo con los chicos!” no es que le moleste quedarse con los chicos, en realidad está diciendo que, para poder quedarse con los chicos, necesita poder apoyarse o tener garantizadas ciertas cuestiones que a veces no están. En ese sentido, no es que se reniegue de la parentalidad.

–En tu libro decís que el 70% de las parejas se separa después del nacimiento del primer hijo y que las parejas se constituyen como parentales antes que conyugales.

–Claro. ¿Qué muestra eso? Que, en última instancia, eran parejas armadas para tener un hijo, porque después pueden seguir criándolo en forma común no siendo pareja. O pueden aparecer las familias ampliadas, donde tenés el padre con su pareja actual, la madre con su pareja actual, lo que yo llamo “parejas de separados”. Y es un modelo muy distinto a lo que se llamaba hasta hace un tiempo “las nuevas parentalidades”, porque no son familias ensambladas, sino que lo que prima es la separación. Hay una frase muy común: “Lunes, miércoles y sábados estoy con mi hijo; martes y viernes veo a mi novia”, o sea, son dos espacios completamente disociados. Por eso, una de las cuestiones que marco en el libro es esa posición de “separado”, que no es lo mismo que ser divorciado. Es toda una forma de vivir, todo un estatuto civil; así como está el soltero, el casado, el divorciado, está el separado, que es aquel que atravesó una relación importante y se sigue definiendo por su relación anterior.

–¿Qué rol juegan los abuelos hoy? 

–Muchos abuelos extrañaron a sus nietos y muchos nietos extrañaron a sus abuelos. Pero pocos niños quisieron vincularse con ellos a través de la videocámara o lo hicieron de forma muy episódica: “Mandale un beso a tu abuelo”, les dicen sus padres. Entonces aparecen, les mandan un beso y se van. Esa es una vincularidad que se vio afectada, pero ya de un tiempo a esta parte… Te diría que hace años que la institución abuelidad está debilitada en nuestra cultura. De hecho, cuando te decía que criar siempre es con otro o que quienes crían necesitan un apoyo, históricamente ese apoyo era el de los abuelos. Ahora en nuestra cultura una persona de sesenta y cinco años está lejos de jubilarse y si se jubila, quiere hacer otras cosas y quizás ya no es la abuela de hace treinta o cuarenta años, que tenía todas las tardes a sus nietos en su casa, sino que es una visita. Los abuelos dejaron de ser el sostén de la crianza y eso aplanó nuestro esquema de crianza.

–¿O sea que el sistema actual excluye a los abuelos?

–Los abuelos antes ocupaban un lugar muy importante y hoy quedan en un lugar satelital. Hasta hace un tiempo era común que una persona recurriera a su papá o a su mamá para preguntarle qué hacer con respecto a sus hijos. Los abuelos tenían voz y voto en la crianza. Hoy, los abuelos son retados por sus hijos: “¡¿Cómo le vas a dar Coca Cola?!”, les dicen. Recuerdo una mujer que me contaba el otro día que su hija, madre primeriza, le reprochaba: “¡Vos tenés que entender que no le podés dar eso porque ella es muy chica!”. Y entonces la abuela le dijo a su hija: “Yo tuve cinco hijos y vos sos una de ellos, ¿me vas a explicar a mí cómo criar?”. Es muy fuerte la inversión generacional.

–Porque también en esta cultura todo lo que se relaciona con la vejez y la sabiduría está subvalorado…

–Está subvalorado y, sobre todo, creo que se perdió la cadena generacional de transmisión y por eso, por lo general, los padres de esta generación ¿qué hacen? van a googlear. Es más común que googleen en lugar de preguntarles a los padres cuando tienen una duda respecto de la crianza de sus hijos. Es algo muy propio de nuestra cultura: que el saber aparentemente neutro parece más válido que lo que nos dice otro ser humano.

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