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Lucía Zicos: «La música tiene el poder de transformarnos individual y colectivamente»

La directora de orquesta argentina recibió la visita de Sophia para hablar sobre el enorme poder que tiene la música para transformar nuestro universo personal y colectivo, y explicarnos por qué siempre vale la pena dejarse atravesar por su magia.

Por Sophia

La directora de orquesta argentina Lucía Zicos durante la visita de Sophia a la Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la UCA. 

Al otro lado del pasillo de la facultad, alguien toca al piano una pieza clásica. Es un alumno que, movido por una fuerte vocación, pasa ensayando allí la mayor parte de sus días. Nada parece poder alejarlo de esas teclas y, durante lo que dure esta entrevista, la música no dejará de sonar ni un instante. Sin enterarse, ese joven al que solo tendremos el gusto de conocer a través de su conmovedora interpretación, se convertirá en el disparador de esta charla que transcurre en un aula cercana y que gira en torno al arte, pero también a la entrega y el compromiso que supone sentirse llamado por algo mayor. 

La cita es con la prestigiosa directora de orquesta Lucía Zicos (45), quien recibe la visita de Sophia en la sede de la UCA, la misma universidad donde cursó la carrera de Dirección Orquestal y Dirección Coral y donde hoy se desempeña como Coordinadora Académica en la Facultad de Artes y Ciencias Musicales. Ella comprende, como nadie, el espíritu que mueve a aquel estudiante a seguir tocando. “La vocación es eso que tenés que ser, eso que está en tu esencia. De pronto, no puede haber otra cosa en la vida que no sea eso, porque es ahí donde vas a dar lo mejor de vos, sostiene Lucía, directora principal invitada de la Orquesta Nacional de Música Argentina “Juan de Dios Filiberto”, que también tuvo a su cargo compañías en distintos países de Europa y Latinoamérica.

Al recordar cómo fue su primera conexión musical, tan visceral como trascendente, dice que ocurrió cuando era muy chica a través de lo que se escuchaba en su casa. “La música me llevaba a un mundo de emociones y de fantasías, y no me veía solo como audiencia, me imaginaba expresándome a través de ella. Entonces mis papás me  llevaron a un instituto de música de Avellaneda, que estaba pegado al Teatro Roma, donde ellos se habían conocido bailando folklore. Yo tendría seis años, que era menos edad de la que se necesitaba para ingresar, pero el llamado era tan fuerte que me dejaron entrar». 

—¿Cómo fueron esos primeros pasos?

—Comencé con la guitarra. El instituto de música al que iba tenía una puerta que conectaba con el teatro, donde había una orquesta y, cuando fui más grande, comencé a pasar a través de ella para escucharla. Y me encantó. Pero como en la orquesta no había guitarra, le pedí a mi tía su violín y empecé a estudiar. Así fue que, más tarde, me decidí por la dirección: el sonido orquestal me atrapaba, me hacía volar. Luego pasé a la viola y entré a la Orquesta Académica del Teatro Colón. Hicimos una gira, viajamos a Europa y eso me un vuelo artístico muy alto. Hacíamos un repertorio muy comprometido que me enseñó a ver qué es lo que necesita un músico de un director. 

—El director tiene un papel muy importante, que es hacer que la suma de las partes de lugar a algo superador, ¿lo sentís así?

—Tal cual. Los músicos tienen su parte, pero el director aporta una puesta en común que requiere decisiones musicales e interpretativas después de haber estudiado la partitura. Y también al compositor: es importante conocer su vida, porque no es lo mismo el músico que componía para la corte o el que lo hacía para el teatro, es decir, para sus vecinos. Por más que las corcheas y las negras fueran las mismas, el compromiso comunicacional de esas situaciones es diferente. Por eso, el contexto de la obra es fundamental y la circunstancia histórica le da un valor agregado. Al investigar por qué el compositor creó esa obra y qué buscó expresar, aparecen hilos invisibles. Por ejemplo, saber que el coro de esclavos de Nabucco fue compuesto para expresar la desazón de un pueblo que está buscando su independencia te da un empuje y una energía muy especial porque, cuando eso se comprende, se transmite distinto.

—Es algo muy sutil, intangible, una impronta… ¿verdad?

—Es tan etéreo lo que uno hace… Alguien podría decir “¡Pero nada más te movés!”. Y sí, es así como uno puede crear distintos sonidos que después, a lo mejor, te van a conmover. Para mí, la música te puede llevar a recorrer mil mundos, tiene el poder de transformarnos: viajás, llorás, te ponés alegre, te levanta la serotonina… No salís igual. 

Lucía en el podio, retratada por la fotógrafa Georgina García para la Dirección Nacional de Organismos Estables. 

Mujer orquesta

A pesar de los cambios que, en materia de género, hemos celebrado en los últimos años, Lucía aún forma parte de un grupo pequeño: el de las mujeres que consiguieron subirse al podio para dirigir. “Cuando a los 15 o 16 decidí seguir la carrera de Dirección, no podía decidirme por un instrumento; el violín no me alcanzaba. En ningún momento me planteé si era un mundo de hombres o de unos pocos. Pero cuando lo empecé a contar, ahí sí escuché decir: ‘No es una para una mujer’. Hasta ese momento nunca me había cuestionado si existían profesiones para unos u otros. Era mi vocación, lo que yo quería hacer, y no había nada que pudiera impedir que lo hiciera. Pero claro, entré a la facultad y éramos diez varones y dos chicas, y entonces se hizo tangible”, dice y sonríe con resignación.

—¿Sentiste alguna diferencia en el trato?

—Cuando hacíamos las prácticas, si me iba bien mis compañeros me decían “¡Lo hiciste como un varón!”. En ese momento lo celebraba, me parecía algo bueno, porque estaba dentro de un sistema que me validaba de ese modo. Hoy, en cambio, esa afirmación suena terrible. En la vida hay masculino y femenino y esas fuerzas también conviven en nosotros. Lo mismo pasa en la música, donde existe lo tranquilo, lo rimbombante, lo anecdótico, lo triste, lo guerrero, lo pacificador… Para la expresión hay que saber recorrer e integrar todos esos matices. Y, para eso, hombres y mujeres estamos igual de preparados. 

—¿Sentís que te costó más por ser mujer?

—Después de salir de mi burbuja sí, lo fui sintiendo. Es que hay lugares en los que cuesta más recibir a una mujer, porque creo que piensan que una no se puede hacer cargo de una producción grande, o de una puesta que requiere determinado engranaje complejo que implica cuestiones organizativas y organizar grupos. Me parece que el que tiene que dar esa oportunidad a veces tiene el miedo de que no funcionemos. Pero nunca me dijeron que no por eso. Sí me pasó que, el otro día, dando una función en una camerata junto a chicas muy jóvenes, algunas instrumentistas me contaron que sus comienzos fueron muy duros en ese sentido. 

—¿Cómo te has ido dejando atravesar por la música?

—Como directora, mi cabeza va por determinados lugares. En el primer ensayo estoy abocada a armar la obra. Pero cuando empiezo a darme cuenta de que la relación con el músico es de ida y vuelta y que no tengo que pedirle, como creía cuando estudiaba, porque antes de darle entrada él ya me está dando algo, es algo maravilloso: ahí está el sonido, ahí está la chispa. La conexión de energía es fundamental. Puede ser una justeza rítmica o un sonido rico en armónicos, no importa, pero siempre nace de eso: de hacer algo en conjunto. Al conectarnos con el otro, la magia sucede. 

«Para mí, la dirección te puede llevar a recorrer mil mundos y eso siempre puede ser transformador para quien escucha: viajás, llorás, te ponés alegre, te levanta la serotonina… No salís igual».

—Es una linda metáfora para la vida. 

—Totalmente. La orquesta es fantástica, porque es el ejemplo por excelencia de la convivencia y del trabajo en equipo. En la interpretación en vivo puede haber desajustes, corrimientos, pueden pasar muchas cosas. Pero cuando la energía del hacer juntos fluye, es algo increíble. Podemos estar haciendo un concierto y no estar juntos; no se trata solo de trabajar en eso, sino de creer en eso. A veces es tirarse a la pileta y no mirar: confiar en el otro es sentir que siempre hay agua. Y trato de que eso me pase siempre, porque es lo que me movió al comienzo. Porque yo me inspiré y el otro también me inspiró, y entonces hubo algo entre nosotros. Eso es lo que tiene de mágico la música. 

La directora al frente a la Orquesta Nacional de Música Argentina «Juan de Dios Filiberto». Foto: luciazicos.com

—¿Qué es el silencio para alguien que trabaja creando sonidos?

—Para mí no es la ausencia de algo, es la presencia de otra cosa. Es la energía conectora de los sonidos. Por ejemplo, el silencio en una audiencia es muy significativo. Lo mismo en la música: en el compás de silencio entre un momento y otro, entre un movimiento y otro, no te relajás, mantenés la tensión hasta el próximo sonido. Por eso, para mí es algo que une, que conecta, que expresa. 

—La música dice mucho de nosotros…

—Mirá, alrededor de 1950, un compositor llamado John Cage creó la obra 4 33, donde el pianista hacía cuatro minutos treinta y tres de silencio. Hoy es anecdótico, pero nos sigue interpelando: ¿dónde está el ser humano en la orquesta? Tenemos que escucharnos, no podemos hablar todos juntos, ni todos fuerte. Algunos hablan más fuerte y otros acompañan. Hay que mirarse, ir al mismo ritmo, darse lugar. Por eso son tan importantes las orquestas infanto juveniles, que no solo sacan al chico de la calle y le dan un instrumento, que está buenísimo, hacen algo todavía mejor: le enseñan que vive en un mundo con otros con los que tiene que convivir y a los que tiene que escuchar y esperar, porque todos son necesarios. La satisfacción inmediata de las redes sociales, donde te sacás una foto y te dan likes, no existe en la orquesta. Acá hay que estudiar mucho y después, cuando por fin llega el aplauso, de verdad es genuino, porque trabajaste duro para eso. 

En una de las aulas de la facultad donde Lucía se desempeña como docente y Coordinadora Académica.

—¿Cómo es vivir del arte? ¿Se puede? ¿Es difícil? 

—A mí me preguntaron mucho de qué iba a vivir, una parte de mi familia estaba muy preocupada. Pero hoy en día, en este país, ¿qué garantías tenés de que te va a ir bien por ser contadora? Cuando vienen los estudiantes una de las preguntas obligadas es: “¿De qué se trabaja?”. Ahí es donde vuelvo a la palabra “vocación». No hay mejor modo de salir adelante que haciendo lo que te gusta. En cualquier profesión, en la vida misma, hay altibajos, desafíos, momentos en los que uno quiere dejar todo. Porque desde afuera parece que es divino, pero no lo es: yo me levanto a las seis de la mañana para estudiar, llevo a mi nene al colegio, doy clases en la universidad, voy a un ensayo, vuelvo a las siete de la tarde, juego a los dinosaurios con mi nene, sigo estudiando… No siempre tengo ganas, pero es lo que elegí y lo que quiero para mi vida. 

—¿Qué te sostiene frente a los sinsabores?

—Preguntarme por qué estoy haciendo lo que hago. Entonces me veo a los ocho años tocando la guitarra, a los quince tocando el violín. ¿Dónde busco la fuerza? Ahí. Cuando me recibí, hice mi propia orquesta, con unos amigos, porque sabía que nadie me iba a contratar, fui buscando. También me formé para la docencia, di clases en todos los niveles, desde el jardín hasta la universidad. Mi conocimiento musical me ayudó a vivir de eso hasta que por fin pude dirigir una orquesta. Buscar adentro tuyo quién sos te va a dar la fuerza que necesitás y te va a marcar el camino, te va a ayudar a levantarte una y otra vez.

—¿Sentís que falta apoyo a la música en nuestro país?

—Sobre todo en tiempos de crisis, todavía parece necesario explicar por qué la cultura es importante. Cuando alguien tiene que administrar me imagino que dirá “Lo más importante es la salud y la educación, recortemos por el entretenimiento”. Lo que pasa es que no sé si se dimensiona que “el entretenimiento” significa mucho para la gente. En la pandemia, por ejemplo, para algunos fue la gran diferencia entre la depresión o salir adelante. Escuchás algo y te emocionás, te transporta, porque podés canalizar todos los condimentos de la vida. No podés explicar lo que te pasa, pero te sana. Por eso, es importante que aquellos sectores que tengan que decidir si respaldarla o no, a nivel estatal o privado, tomen contacto con el hecho cultural para permitir que los conmueva. 

—¿Creés que la música nos acerca a lo sagrado?

—Cuando digo que el hecho performático tiene magia, me refiero un poco a eso. Es un plano que sucede, pero no se puede explicar. Y el hacer música con el otro para mí es estar y no estar al mismo tiempo. Uno puede salir de uno y ver la situación, fluir. Es como estar arriba, volando. Para mí ese estado es de una gran espiritualidad porque, al suceder de una manera en la cual uno conscientemente no tiene tanta injerencia, entonces aparece algo más.

«¿Dónde está el ser humano en la orquesta? Tenemos que escucharnos, no podemos hablar todos juntos ni todos fuerte; algunos hablan más fuerte y otros acompañan. Hay que mirarse, ir al mismo ritmo, darse lugar».

—Una comunión.

—Sí, porque uno reinterpreta, y a lo mejor la persona que compuso esa obra ya no está viva pero se hace sentir, o está ahí sentada, como me pasó hace poco con Nelly Gómez. Ella estaba en la primera fila y yo interpretaba su obra, dando mi visión de lo que ella había querido decir. Porque una obra está en manos de todos: quien la escribió, quienes la interpretan y quienes la reciben. Ese impulso de pensar en lo maravilloso de esa conexión es lo que me da la certeza de que estoy haciendo lo correcto. 

—¿Qué hay del poder que te da dirigir y tener una clara autoridad? 

—El concepto del director de orquesta, que en los comienzos era una cosa muy autoritaria, ha cambiado. Hoy hay un diálogo y el director déspota está quedando relegado, hay una cosa más convocante. Cuando empecé a trabajar me ponía delante de orquestas en las que había gente que tenía el doble de mi edad en experiencia y mi pregunta era siempre qué les iba a proponer a esas personas que ya habían tocado la misma obra muchas veces. 

—¿Cuál fue la respuesta?

—Llegué a la conclusión de que lo único distinto que tenía era yo transmutando esa obra para ellos. Ese fue mi diferencial, todo lo demás ellos me lo podían enseñar a mí, así que decidí no imponer, sino aprovechar la experiencia de otros y generar un diálogo. El líder perfecto, o que pretende serlo, no existe: uno se encuentra humano todos los días que se sube al podio. El rol en la dirección musical pasa por ser un facilitador, un canal. Lo entendí así desde un comienzo y por eso siempre estoy agradecida de encontrarme con músicos que saben más que yo. 

Lucía comenzó de pequeña estudiando guitarra y de la mano del violín y la viola logró años más tarde entrar por fin en una orquesta. 

—¿Cómo es tu relación con la música en el día a día? ¿Qué géneros compartís con tu hijo?

—Trato que escuche música que esté bien hecha, que haya afinación, que sea adecuada para sus 5 años y que lo estimule a cosas positivas. En el día a día en mi casa suena samba brasileña, jazz, rock y ritmos latinoamericanos, que tienen más percusión. A mi nene le encanta bailar rock and roll, como a todos los chicos la cosa del ritmo lo llama. Cuando tengo un concierto lo llevo, le gusta, lo comentamos. A veces me dice “qué linda música” o “esta música me da miedo”. ¡Ahora estamos a full escuchando los temas de Encanto, la película de Disney! Me parece que la construcción viene por ahí. 

—¿Cuál es actualmente la situación de la música académica o clásica? Hay gente que no se siente preparada para recibirla…

—Es importante que la gente venga porque nos estamos quedando solos. No se necesita “preparación” para ver. ¿No te gustó? Te vas, no pasa nada. Hoy en día hay muchos conciertos gratuitos, el cuco está en subir la escalera y entrar. Durante la cuarentena las orquestas comenzaron a subir videos a las redes sociales y fue fantástico, porque pudimos verlas desde el celular, que siempre es más fácil que entrar a una sala de conciertos. Hay que canalizar eso y captar a ese público que muchas veces no se anima. Que la propuesta incluya artistas populares y piezas clásicas, que haya mezcla de géneros, es una experiencia muy rica en ese sentido, porque uno toma contacto con lo que ya le gusta y con aquello que quizás todavía no conoce. 

—¿Sentiste alguna vez un éxtasis con la música?

—Sí, por ejemplo con La Boheme: ¡sé como termina y sin embargo no puedo soportar que Mimí muera! Cada vez que llega el cuadro final entro en una cosa irracional, no lo puedo entender, es desesperante. El realismo en Puccini te hace sentir eso: no se muere con un sobreagudo, como en otras óperas, acá nadie se entera. Y cuando una persona se va del mundo es más o menos así, apenas un aliento y ya no está. Eso me conmueve, lo mismo que Tosca matando a Scarpia, el abuso de poder de él, y que cuando ella lo mata le dice algo así como: “Y pensar que frente a vos temblaba toda Roma”. Entonces uno quiere que se escape con el tenor, pero siempre la agarran. ¡Está escrito, lo sé, pero es más fuerte que yo! (se ríe). 

—Sabiendo el poder transformador que tiene la música, ¿qué reflexión te gustaría dejarnos con esta charla?

—(Piensa) Que la música es un arte maravilloso y es para todos, no hay que entenderla, simplemente… está. Nos ha acompañado desde los comienzos expresando emociones, sentimientos, anhelos; sobreviviendo, porque cuando estaba en los palacios pasó al teatro, y cuando el teatro pareció convertirse en algo de élite, se fue a los espectáculos callejeros. La música va buscando a la gente, por eso, cuando se hace en conjunto resulta tan hermosa; los valores que queremos para nuestros hijos están ahí: la empatía, la solidaridad, la paciencia. El ser humano la necesita para seguir adelante, para entenderse, para expresarse, para descargarse, para transmutar. Por eso para mí, más que uno modo de vida, la música es una forma de creer. 

Por María Eugenia Sidoti. Agradecimiento: Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la UCA. 

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