Sophia - Despliega el Alma

7 enero, 2019 | Por

“Los niños tienen maneras de expresar lo que les pasa más allá de las palabras”

¿Qué comunican los chicos a través de sus síntomas físicos? ¿Y de sus patologías? ¿Cómo acompañamos su malestar en este momento desafiante y convulsionado? El psicoanalista y psicomotricista infantil Esteban Levin responde a estas y otras preguntas.

Esteban Levin es psiaquiatra, psicomotricista y autor de libros sobre terapias infantiles.

Por Agustina Rabaini 

“Es tanto lo que se pierde de aquella espontaneidad y libertad de cuando éramos niños”, le escuché decir, palabras más, palabras menos, durante una conferencia -agachado en el piso y rodeado de juguetes- a Esteban Levin, este terapeuta y psicomotricista personalísimo a la hora de abordar la clínica y la relación con sus pacientes -niños y adolescentes- y con los adultos detrás, los padres.

Psicoanalista y profesor de educación física que considera al juego corporal mucho más que un recurso y más bien una convicción a defender en tiempos de desafíos virtuales, Levin le escapa a toda atadura, rótulo o idea fija. En la cuadra donde trabaja es habitual verlo salir del consultorio para saludar o acompañar a sus pacientes, y ayudarlos a dejar atrás mandatos y fortalecerse más allá de los diagnósticos de patologías graves que prefiere no aplicar con nombres esquematizantes.

De lo que está seguro, en todo caso, es de lo que sus pacientes con problemas serios en el desarrollo sí pueden hacer para mejorar; de sus logros pequeños y asombrosos o constantes, y de que, así como el psicoanálisis privilegia la escucha, la psicomotricidad privilegia la mirada y la experiencia corporal: el uso del cuerpo como puente terapéutico.

Eso es algo de lo que intenta transmitir a los padres de los chicos que llegan buscando certezas o estrategias para persistir en los tratamientos, mientras sus hijos se expresan, lentamente se sueltan y él como terapeuta les pone el cuerpo. Esto es, desde mojarse y jugar con agua en plena sesión, hasta correr con carritos llenos de juguetes por la vereda de la mano de un niño, para sorpresa de los vecinos que los ven pasar muertos de risa, en una interrelación que, para un chico diagnosticado con Síndrome de Espectro Autista, hubiera parecido impensable.

“Los niños vienen con tantos diagnósticos y pronósticos previos que se pierde la subjetividad. Tanto en la clínica como en los libros que escribo, prefiero enfocarme en la humanidad de quien llega al consultorio”, explica el autor de Autismos y espectros al acecho (Noveduc, 2018), su más reciente publicación, durante una charla con Sophia.

“El afecto circula de manera diferente a otras épocas, y el hijo no solo ocupa más espacio, sino que es El espacio”.

¿Por qué te ocupás de chicos con problemas en el desarrollo desde hace tantos años?

-Tal vez tendría que contar algo de mi historia. Mi madre fue una de las primeras oncólogas del país y hacía prevención contra el cáncer. Era una médica como las de antes, que escuchaba y muchas veces cobraba poco para poder ayudar; una mujer de convicciones profundas que llegó a tener una Fundación. Yo crecí viéndola a ella y también a mi padre, un bioquímico. Primero estudié Educación Física, en paralelo cursé Psicología, y cuando tuve la oportunidad de trabajar en el Hospital Israelita, por invitación de un profesor mío, con el tiempo me convertí y me formé como psicomotricista. Pasaba tiempo con pacientes graves que venían al séptimo piso del hospital y así, interactuando con ellos, pude darme cuenta de que venían de una manera fija, pero yo podía plantear juegos y dinámicas para transformar algo y ver cómo aparecía la figura del espejo. Tenía 20 años y todavía no sabía bien qué era el concepto de espejo, pero ya hablaba de experiencias fijas. En esa época, 1991, publiqué mi primer libro, El cuerpo en el lenguaje.

-Decís que, en un medio cargado de tensión como el que vivimos, los primeros en reaccionar son los chicos. ¿Qué ves en el consultorio?

-Primero hay que decir que el lugar que ocupa el niño ha cambiado, el concepto de familia ha cambiado, y que los lazos se licúan un poco. El afecto circula de manera diferente a otras épocas, y el hijo no solo ocupa más espacio, sino que es “el” espacio. En muchos casos, solo hay familia porque hay un hijo. Es el único lazo que no se puede desarmar y entonces hay un espejo que se va invirtiendo. Si los hijos son los reflejos de los padres, también vienen a darnos algo. Ya no es que le damos los padres a los hijos en el sentido de otros tiempos, sino que los hijos nos dan a nosotros ¿Y qué nos dan? Una potencia de existir diferente. Ya no es que yo le doy un sentido a la vida de mi hijo, sino que mi hijo me da un sentido a mí.

-Hay quienes señalan, como el terapeuta Miguel Espeche, que no hay que necesitar tanto a los hijos, “sino solo amarlos y acompañarlos”.

-Sí, justamente, ahí está todo lo que vemos a diario en el consultorio y todo lo que gira alrededor de ese hijo: la escuela, lo que hacen, lo qué les ofrecemos o no, lo que les dejamos mirar y tener, lo que esperamos de ellos. Además de estar tan pendientes, uno de los efectos de los cambios de época es que se invierte la promesa, y si antes había un lugar donde mirar en el clan familiar, en el abuelo, en el padre y en lo tradicional, ahora la promesa está en el hijo y en lo que puede ser o alcanzar. El niño es el futuro y no es un futuro doctor o médico; la promesa es acá y ahora. Tiene que poder aprender más idiomas, le tiene que ir bien y cuánto antes mejor, y si además es buen deportista, lindo y amoroso, mejor. Y si podemos ofrecerle un colegio ya no bilingue, trilingüe, mejor aún. Un hijo marca un tiempo y un ahora que actualiza al mismo tiempo el pasado. Pero si un hijo actualiza un pasado, algo de la propia historia de los padres está en juego. Y si al volver a la infancia hay cuestiones que no pudo resolver, ¿por qué no las resolverá el hijo? Tal vez ese niño pueda lograr algo de lo que él no pudo.

– ¿Todo eso cargamos en nuestros hijos?

-Si partimos de la teoría de que solo hay familia por un hijo en una gran cantidad de casos, y no podemos aislarnos de esa idea, podemos decir que los vínculos se licúan y pierden peso y que la intensidad se va colocando en otros lugares. Aparecen estos múltiples escudos por los cuales un niño habla menos y la imagen y las horas de pantalla empiezan a ocupar un lugar preponderante.

“Los niños tienen maneras de expresar lo que les pasa más allá de las palabras, a flor de piel. Difícilmente un niño diga que está angustiado, pero tal vez no pare de moverse, no quiere comer, se levanta a la noche, se hace pis y se pasa a la cama de sus padres”.

-Lo de la imagen me lleva a preguntar por lo que diste en llamar “la muerte del juego corporal”, y por esta realidad de chicos atados o adictos a la pantalla…

-Sí, una de las cuestiones que más me está preocupando es algo sobre lo que escribí en un libro que saldrá en los próximos meses. Los niños tienen maneras de expresar lo que les pasa más allá de las palabras, a flor de piel. Difícilmente un niño diga que está angustiado, pero tal vez no pare de moverse, no quiere comer, se levanta a la noche, se hace pis y se pasa a la cama de sus padres. Tal vez no quiera ir a la escuela, no pueda aprender a esperar o muestre dificultad para vincularse: todos ejemplos de una puesta en acto del sufrimiento. A todos les cuesta, y podríamos decir que sin malestar tampoco podríamos vivir, porque nos hace ser humanos. Los niños necesitan jugar a aquello que les resulta imposible de pensar, aquello que nosotros podríamos llamar del orden de lo siniestro, lo horroroso, lo mortal o lo violento. ¿Y qué hace un niño con eso? Por suerte, tiene el recurso de jugarlo. Pero una cosa es que él juegue y lo ponga en escena, y otra que haya una imagen más violenta que no termina de poder representarse y qué él, pasivo como está frente a la pantalla, no termine de poder jugarla. El niño solo tiene una posición fija. La que se mueve es la imagen y él queda por fuera de ella.

-¿Cómo incide esto en su psiquis, en su día a día? 

-En el día a día vemos que estas experiencias fijas producen experiencias pobres, con poca creación y poca imaginación, poco volumen escénico y poca teatralidad. Hay una repetición ahí donde pareciera que no pasa nada. Para los chicos, llegado un momento da un poco igual si los papás se pelean, si les va bien o no en la escuela y empiezan a perder interés. No desean ni hay una intensidad que los lleve a otro lugar. Las experiencias son poco plásticas o porosas y empiezo a encontrarme con niños que se defienden del afuera y de experiencias nuevas; niños a los que les cuesta jugar con otros. Los juegos del celular y la imagen les permiten ir armando memoria y huella, son experiencias potentes para reelegir y obtener lo mismo, pero impotentes para generar una diferencia.

-No reemplazan el juego corporal y la cercanía con otro… 

-Claro, pero no es que a los chicos les cueste abrirse a una experiencia nueva, sino perder la vieja, la que conforma una imagen estática pero segura y consistente. El teléfono celular no es un juguete como puede ser ese otro objeto plástico que el niño transforma a medida que lo escenifica. Un auto puede ser un objeto de plástico, pero lo interesante es lo que ocurre cuando el niño interactúa con él y le carga nafta, lo lleva al mecánico, viaja por el espacio o va a la playa: las representaciones y la relación que establece con ese auto que ya no es auto. Con el celular, en cambio, lo vemos pendiente de una imagen que a su vez lo atrapa y lo condensa, pero sin que pueda modificar nada. Se encierra en ese objeto que implica una comunicación porque están en juego la imaginación, las palabras, los colores y otros estímulos y donde hay otros, pero donde se pierde el “entre dos”. Hay una imagen fija que no toca y sin embargo toca, una imagen que no llora y sin embargo llora. Puede haber alguien llorando, pero es solo una imagen, no hay movimiento de otro cuerpo. Y si no hay cuerpo es más difícil que circule el afecto.

– ¿Qué tipo de problemas y patologías conlleva esto?

-Por empezar, genera tensión en los vínculos, ese malestar que vemos cuando el padre o la madre buscan poner un límite y los quieren sacar de ahí. Pero hay que ver que el mundo adulto también se provee de esa misma conexión, de esas mismas imágenes. Acá no es cuestión de eliminar la tecnología sino de saber cuándo, cuánto tiempo y de qué manera se comparte con el otro, con un humano, otro.

¿Cómo hacemos para no perder la comunicación con los chicos y, a la vez, poner límites claros?

-Creo que se trata de generar espacios o territorios, momentos donde pueda circular complicidad con nuestros hijos y poder ubicarnos, como adultos, en otro lugar. Esa complicidad puede venir de compartir algunas imágenes, una serie o de abrir situaciones que permitan que el afecto circule y que podamos conversar sobre temas puntuales y mostrarles otros puntos de vista. Ver una serie que dé para charlar y donde aparezcan los temas y las preguntas: ¿Mamá, esto a vos te pasó? Claro que esto implica para los adultos dejar la propia experiencia, y eso requiere ser plásticos, pero sin que eso implique perder la asimetría y dejar de marcar los límites claros y necesarios para que existan los padres y los hijos.

-¿Cómo se logra compartir con niños con problemas de desarrollo graves como puede ser un espectro autista, y cómo armás los diagnósticos sobre los cuales tenés una visión crítica, particular?

– Con un paciente así, lo más importante es darle la bienvenida y poder jugar con él. Mi manera de armar un diagnóstico es jugando. No diagnosticamos una etiqueta, una patología, un síndrome o inclusive una psicopatología del orden del autismo, la neurosis, la psicosis o la debilidad mental rápidamente, sino que vemos qué experiencia tiene el niño, si puede constituir la imagen en el cuerpo, jugar, hablar, simbolizar. Si esta experiencia está fija y repite lo mismo. Si, por ejemplo, tiene miedos y entonces no puede dormir, o no puede prestar atención y no para de moverse -efecto de una separación o de una muerte o de ciertas cuestiones que afectan a los niños de manera tal que no pueden ejercer el aprendizaje-. Hay una experiencia que queda cristalizada y de la cual no pueden salir. En ese caso, se buscan maneras de armar un diagnóstico que no implique colocar a los niños en una patología, una etiqueta. Además, por experiencia puedo decir que no hay dos diagnósticos iguales ni una única forma de diagnosticar.

“La complicidad entre padres e hijos puede venir de compartir algunas imágenes, una serie o de abrir situaciones que permitan que el afecto circule y que podamos conversar sobre temas puntuales y mostrarles otros puntos de vista”.

 

De todos modos, las estadísticas indican que los casos de autismo aumentaron. ¿A qué lo atribuís?

-En este mundo de tensión, exigencias y consumo, el diálogo y la comunicación se ven empobrecidos. En ese contexto, hay chicos que, además de pedir y pedir, se defienden del mundo del afuera o del otro, y están los padres que, frente a un diagnóstico, les indican que hay que hacer un tratamiento, que la medicación la paga la obra social, y se quedan con eso y los chicos siguen hasta cinco tratamientos distintos. Por supuesto que hay muchos casos reales de autismo y que crecieron; en varones, por ejemplo, hay un niño con ese diagnóstico cada 60 o 70 nacimientos. La incidencia está estadísticamente comprobada.

-¿Hay algo hereditario o vinculado a la tensión de época que explique esa tendencia?

Debe haber una asociación clara con la tensión de la época, pero no podría ser exhaustivo. En algunos casos puede haber alguna predisposición, pero que en gran medida tiene que ver con cómo se van armando los vínculos, no es algo tan fijo. El niño muy pequeño tiene plasticidad neuronal y capacidad simbólica. Viene con un equipamiento que, en algún momento, puede fallar un poco. Si se encuentra con este mundo adulto que toma más distancia, eso hace que haya menos plasticidad simbólica y afectiva, y menos plasticidad neuronal. Hay menos redes afectivas que son las que arman la red neuronal. En la medida que haya afecto y plasticidad, hay desarrollo y transformación.

-Uno de tus proyectos de libros aborda, justamente, el tema de las experiencias fundantes en la primera infancia. ¿Nos contás?

Sí, hace un tiempo empecé a estudiar filosofía con Diego Sztulwark y empezamos a pensar en cuestiones que tienen que ver con las ideologías y con la pregunta, luego del siglo XX y la caída del muro, sobre qué es lo revolucionario hoy. De ahí que me puse a pensar en la infancia como lo revolucionario. ¿Y qué implica lo revolucionario para un niño? Por primera vez largarse a caminar, hablar, hacer amigos o ponerse de novio. Ya no se trata de una revolución ideológica, sino de lo revolucionario que se puede producir en el gesto pequeño y tomando la infancia como punto de partida, pero también como idea de destino. Pablo Picasso, ya viejito, decía: “Ojalá pudiera pintar como un niño, poder hacer un trazo que haría un niño”. Se refería a poder recuperar o volver a algo de eso que fuimos perdiendo o dejando de lado, a lo largo de toda la vida.

 


 

El entrevistado

Esteban Levin es Director y Docente de la Escuela de Formación en Clínica Psicomotriz y Problemas de la Infancia de Buenos Aires. Es Licenciado en Psicología, psicoanalista, psicomotricista, profesor de Educación Física y autor de publicaciones en torno a la temática de la infancia, en castellano y portugués. Publicó una decena de libros, entre ellos, La experiencia de ser niño. Plasticidad Simbólica (Editorial Nueva Visión, 2010) Pinochos: ¿Marionetas o niños de verdad? Las desventuras del deseo. (Editorial Nueva Visión, 2014).

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